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Por Andrés Bermúdez Liévano

Muchos libros se han escrito sobre Pablo Escobar, sobre el cartel de Cali y sobre las redes de cocaína colombiana en Estados Unidos. Pero muy pocos que nos ayuden a entender la realidad del campo colombiano en donde crece la coca, de la gente que más afectada se ha visto por la violencia de esas redes criminales (como cultivadores y consumidores) y de la misteriosa planta que dio origen a uno de los negocios ilegales más rentables del mundo.

Por eso consultamos a 10 de las personas que mejor conocen el tema de drogas en Colombia y estos son los libros que recomiendan leer estas vacaciones.

La planta

El río (1996) – Wade Davis

Antes que nada, este es un libro de aventuras. Durante dos años, entre 1975 y 1975, este etnobotánico y aventurero canadiense recorrió las selvas de media Colombia con una misión: estudiar las propiedades medicinales de la planta de coca.

Quizás el mejor diario de viajes por Colombia jamás escrito, el libro de Davis reconstruye su viaje en busca de la coca y el que hizo en los años 40 su mentor –el famoso explorador y profesor de Harvard Richard Evans Schultes (el mismo que sale en El abrazo de la serpiente)– para estudiar las propiedades y los usos de las distintas plantas medicinales y alucinógenas que crecen en Colombia. Su conclusión sigue siendo vigente hoy: “El corazón del debate, antes y ahora, no ha sido la farmacología de la coca ni los efectos nocivos de la cocaína”.

 

La coca, pasado y presente, mitos y realidades (2007) – Sandro Calvani

Este librito sencillo, compilado por un italiano que trabajó con los programas antidrogas de Naciones Unidas en Bolivia y en Colombia, aborda la manera cómo la coca pasó de ser una planta ancestral de gran importancia cultural y social para varias sociedades de América Latina (sobre todo Perú y Bolivia a ser el ingrediente activo de un negocio ilegal global.

Sobre todo se recomienda el primer ensayo, “La historia y la mitología de la coca tienen 5.000 años de antigüedad”, del peruano Hugo Cabieses.

 

 

Los campesinos cocaleros

Entre el Estado y la guerrilla – María Clemencia Ramírez

El libro de esta antropóloga, a partir de un extenso trabajo de campo en Putumayo, es probablemente el mejor que se ha hecho sobre quiénes son los que cultivan la coca en Colombia.

“Es un trabajo pionero ( y además el más completo hasta ahora) sobre la movilización de los cocaleros en 1996, sus dilemas frente al Estado y la Guerrilla de las Farc y su lucha por ser reconocidos como ciudadanos colombianos, a pesar de su ilegalidad”, cuenta María Clara Torres, una historiadora que viene siguiendo en terreno casos de sustitución de cultivos.

La droga prohibida

Cocaína andina – Paul Gootenberg

Pocos libros hay tan completos –y tan entretenidos- sobre la historia de la cocaína como el de Gootenberg, un historiador económico que reconstruye los azares del alcaloide que sale de la hoja de coca a lo largo de los últimos 150 años.

Esa ha sido una historia de altos y bajos, porque –tras ser descubierto el alcaloide en un laboratorio alemán a partir de una hoja peruana– la cocaína se convirtió en uno de los productos más exitosos de comienzos del siglo XX, protagonista de escritos de Freud, medicamento favorito de las boticas e ingrediente secreto de la Coca-Cola. Hasta que, en los años 20, comienza la campaña de Estados Unidos por prohibirla a nivel mundial. Eso lleva a que, en los 70, el consumo se dispare y aparezcan las redes criminales que se encargan de ofrecerla (en donde –aunque cueste creerlo– los colombianos aparecen tardíamente, remplazando sobre todo a los chilenos).

Al final, es una historia de éxito netamente latinoamericana. Como dice Gootenberg, “es la única cultura global de droga basada completamente en una iniciativa, una cultura y unos recursos latinoamericanos. Dejando de lado cualquier sensacionalismo, podemos decir que la cocaína es hoy por hoy el producto más emblemático de Sudamérica”.

 

Los fracasos históricos

Acabando con la guerra contra las drogas (2014) – John Collins y London School of Economics

Hace tres años, una de las universidades más prestigiosas del mundo reunió a varios de los investigadores más importantes del mundo (incluyendo a dos colombianos) para examinar la guerra contra las drogas. Su conclusión, tras un año de trabajo, fue tajante: le pidió a las Naciones Unidas que la repiense y priorice una basada en evidencia científica.

“La ONU ha tratado por demasiado tiempo de hacer cumplir una aproximación represiva y orientada a ‘meter a todos en un mismo saco’. Ahora el consenso que apuntaló este sistema se está desmoronando y hay un nuevo camino hacia aceptar un pluralismo global en políticas [de drogas]”, dice el prólogo este informe fácil de leer, que firman una treintena de conocidos políticos y cinco premios Nobel de economía. (Puede descargar y leerlo gratis en español acá).

 

Políticas antidroga en Colombia: éxitos, fracasos y extravíos (2011) – Alejandro Gaviria y Daniel Mejía

Este libro académico –que reúne ensayos de una decena de investigadores– es quizás el que mejor muestra todos los efectos en Colombia –la mayoría nocivos– de esa ‘guerra contra las drogas’ que declaró el presidente gringo Richard Nixon en 1971.

Uno por uno, desgrana cada uno de esos coletazos de la fracasada política antidrogas: la baja efectividad de la fumigación aérea de coca, los pobres resultados de la sustitución de cultivos y el lavado de activos, las altas tasas de encarcelamiento de consumidores y no de los peces gordos del crimen, la desconfianza de los campesinos al Estado en zonas cocaleras y la flaqueza de las campañas de prevención del consumo.

 

Alguien tiene que llevar la contraria (2016) – Alejandro Gaviria

Antes de ser ministro de Salud, Gaviria era profesor de economía y uno de los mayores estudiosos del impacto del narcotráfico en nuestro país. Uno de los ensayos de este libro, llamado “Colombia y la guerra contra las drogas”, es una explicación bastante sencilla de por qué la política antidrogas gringa se ensañó con Colombia.

Como dice Gaviria “en 1971 comenzó a escribirse la historia contemporánea de Colombia. O, mejor, a torcerse el destino de nuestro país”.

 

 

 

El problema rural

¿De quién es la tierra? (2011) – Marco Palacios

Guerreros y campesinos (2009) – Alejandro Reyes Posada

Bandoleros, gamonales y campesinos (1983) – Gonzalo Sánchez y Donny Meertens

  

No hay cómo resolver el problema de las drogas en Colombia sin reconocer que pasa por mejorar la situación de miles de personas pobres en el campo, que no han tenido otras alternativas y que necesitan oportunidades distintas. Esos campesinos –que cultivan y raspan coca, que la transportan a mula y en canoas– son los eslabones más débiles de la cadena y a duras penas sobreviven.

“La coca es la superficie de un problema profundo del modelo agrario en Colombia. Y estos tres libros explican bien cómo llegamos a estos niveles de concentración de tierra y conflicto”, dice Daniel Mauricio Rico, un economista que se ha dedicado a seguir el tema de la coca y al cocaína en el terreno.

El narcotráfico en la sociedad colombiana (2014) – Álvaro Camacho Guizado

Camacho fue uno de las primeras personas en Colombia en investigar con rigor los mercados ilegales en Colombia, en analizar el narcotráfico como una empresa ilegal y en investigar cada uno de los eslabones, o encadenamientos, de ese negocio en los propios lugares donde se daba. Sus ensayos sociológicos, escritos con una prosa muy rica de leer, casi siempre se narran desde el propio terreno y lejos del escritorio, desde las comunidades rurales donde sucedían esos fenómenos.

Uno de los ensayos más recomendados del libro –que compila todo lo que escribió Camacho (quien murió en 2011) sobre drogas a lo largo de cuatro décadas– se llama “Estructura de una narcocracia regional: Villa Pujante”. En él, se sumergió en un poblado cultivador y observó cómo la falta de Estado y de bienes públicos facilitaron que un pueblo se convirtiera en el epicentro de un negocio ilegal global.

 

Las redes criminales

Aprendizaje criminal en Colombia (2014) – Isaac Beltrán

En este librito, Beltrán mira –a través de una red de comercializadores de droga– cómo funcionan los mercados de droga y se van adaptando a las nuevas realidades.

“Da mucha información, de manera muy accesible, sobre cómo funciona una red criminal”, dice el historiador y economista Alberto Sánchez. Primero, sobre cómo cada fase de la cadena tiene unos eslabones fuertes y unos débiles, tanto en términos de rentabilidad como de uso de la fuerza. Segundo, cómo a mayor información del Estado sobre esas redes criminales, más fuerte y más eficaz su actuación contra eses redes, pero también cómo éstas justamente van aprendiendo y adaptándose estratégicamente. Y, tercero, cómo en Colombia hemos aprendido mucho sobre la manera cómo funcionan las empresas ilegales en las ciudades (por ejemplo, los grandes carteles), pero muy poco en las zonas rurales, reflejando la misma miopía nacional hacia el campo.

 

El consumo y la cárcel

Delitos de drogas y sobredosis carcelaria en Colombia (2017) – Rodrigo Uprimny y Dejusticia

En este librito, Uprimny y los investigadores de Dejusticia se meten a mirar en detalle uno de los costos más altos que ha tenido la guerra contra las drogas: cómo las cárceles están hacinadas en gran medida por la detención de personas que difícilmente forman parte de los eslabones más rentables del narcotráfico y que más bien requieren una atención en salud.

“La criminalización de estas personas no ha contribuido sustancialmente a desmontar las organizaciones delictivas ni a reducir la oferta y demanda de drogas ilícitas. No obstante, sí ha sobrecargado el sistema penitenciario, ha desnaturalizado su función, y le ha ocasionado enormes costos fiscales al Estado y al resto de la sociedad”, dicen.

 

El futuro

Qué hacer con las drogas (2017) – Juan Gabriel Tokatlian

Aunque su libro sobre las drogas está pensado más desde el punto de vista de Argentina, este ensayo de Tokatlian sobre el negocio de las drogas está permeado por su experiencia viviendo e investigando durante casi dos décadas en Colombia.

“Las políticas más punitivas y coercitivas no solamente no han resuelto el problema de la pobreza sino que han generado más desigualdades. Estas políticas afectan a algunos pero benefician a otros y hay connivencia transnacional y financiera con estos negocios, un entramado de la clase empresarial y política que tiene un doble standard: beneficia a los poderosos y afecta a los más vulnerables”, explica él, dando pie para su reflexión de por qué debe haber soluciones distintas y creativas para, por ejemplo, solucionar con desarrollo social los problemas de los cultivadores o salud pública para resolver los de los cultivadores.

“Es, creo, el llamado más sensato y mejor argumentado a un cambio de políticas y de visiones no políticas de los problemas asociados a la comercialización y consumo de drogas”, dice Alberto Sánchez.

 

La amapola, la ‘otra’ droga

Papaver somniferum (2004) – Juan Fernando Herrán

Aunque la historia de las drogas en Colombia está más fuertemente asociada a la coca y la cocaína, no siempre fue así. Una parte importante de Cauca y Nariño tuvo miles de hectáreas de amapola sembrada para producir heroína y morfina, un número que ha ido disminuyendo fuertemente aunque no ha desaparecido (Colombia todavía tiene 462 hectáreas de amapola, contra 142.000 de coca).

Herrán, uno de los artistas contemporáneos más importantes de Colombia, se dedicó durante tres años a conocer a quienes vivían de cultivar esta flor que se volvió sinónima de criminalidad y en otros países de memoria a los caídos (en Inglaterra se usan como prendedores para recordar los horrores de la Primera Guerra Mundial). Las fotos y las obras de arte que resultaron son una reflexión sobre cómo esa guerra contra las drogas se ensañó con los eslabones más frágiles de la cadena.

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