Ilustración por Emily López

No importa lo que diga el calendario, en Colombia el año solo tiene 51 semanas seguidas de 7 días que cuelgan perezosamente entre 24 y el 31 de diciembre sin llegar a redondear una semana productiva completa.

Y aunque bancos, hospitales y otros servicios esenciales sigan operando con aparente normalidad, las fiestas de fin año son para la mayoría de los colombianos un periodo de excepción en el que o no se trabaja o se trabaja a media marcha.

¿Pero qué pasa en el monte? ¿Allá donde  soldados y guerrilleros se enfrentaron a plomo por cinco décadas y dónde no se trabajaba por un sueldo sino por la supervivencia?
¡Pacifista! le preguntó a varios excombatientes del ejército y de las Farc cómo era pasar navidad y año nuevo en medio del conflicto, y esto fue lo que nos contaron:

“Mi primera navidad de regular la pasé prestando seguridad en los cerros que rodean el Municipio de Caicedo, Antioquia. El pueblo estaba sin estación de Policía y llevaba 3 tomas guerrilleras en el ultimo año. La noche del 24 (los guerrilleros) nos hostigaron”, recuerda Aleksander Gezkov, uno en una docena de exmilitares que compartieron conmigo sus recuerdos de las navidades en el ejercito a través de una encuesta de Facebook.

Sus testimonios dan cuenta de cómo en el monte el 24 y 31 de diciembre eran días comunes y corrientes para la tropa del ejercito: “El año nuevo de 1988 no lo sentí. Sencillamente me dí cuenta que estaba en 1989 porque alguien lo menciono”, dice Ramiro Osorio, otro ex militar.

Las cifras también dan cuenta de que la guerra no respeta fiestas. Solo en la ultima década, el Ejercito entró en combate en 42 ocasiones durante la semana que va del 24 al 31 de diciembre ,según datos de Naciones Unidas. Al preguntarle a los ex militares si en algún punto de su carera recordaban haber pactado con la guerrilla alguna tregua informal para las fiestas de fin de año, sus respuestas eran negativas:

“No, cuál tregua. En Cuturu y Puerto Claver, Antioquia, las unidades del batallón Colombia pasamos el 24 metidos en las trincheras”, dice David Avendaño Paez, “Era muy triste estar ahí y sentíamos mucha nostalgia porque por esas épocas habíamos perdido varios lanceros”, recuerda el ex militar

Los testimonios de los soldados también revelan cómo la nostalgia iba cediendo a medida que los combatientes iban acumulando diciembres en el monte:

“Me acuerdo que un 31 fui a pasarle revista al centinela. Cuando llegué al sitio le pregunté: Soldado ¿qué hora es? El me contestó: mire al fondo mi cabo ¿si ve las luces de la pólvora celebrando el año nuevo? Ya son la doce mi cabo. Nos dimos el feliz año pero él comenzó a llorar. Entonces yo le dije: ‘tranquilo muchacho, el otro año estarás en tu casa, pero a mí me faltan 20 años pal retiro’. Dejó de llorar y ahí terminó la charla. No me acuerdo del nombre del soldado, pero todavía se me quiebra la voz contando esa historia” cuenta Javier García Cifuentes.
Por su parte, Arnulfo Fuentes Hernandez, también ex militar,  dice que “diez diciembres en el área lo vuelven a uno inmune a la nostalgia. Cuando llegaba el permiso de enero, me desquitaba”

En el otro bando de la guerra, el fin de año era una historia muy distinta:

“El 31 de diciembre era una fecha muy importante en la organización y, si las condiciones lo permitían, lo festejábamos” dice Antonia Simón, exguerrillera de las Farc y actual candidata a la cámara de representantes por la Farc.

Antonia Simón pasó doce diciembres en la selva colombiana.

Para los guerrilleros, quienes no tenían un régimen de permisos regulares y podían pasar varios años sin descansar, diciembre era un mes en el que la disciplina de la lucha armada daba un respiro:

“Ya desde principios de diciembre comenzaban a llegar a los campamentos chocolatinas Jet , Bom bom Bunes y otros alimentos que no veíamos durante el resto del año”, cuenta Simón, . “También cambiaban algunas dinámicas, por ejemplo: las reuniones que normalmente se dedicaban a las tareas políticas, en diciembre se dedicaban a hacer natilla y buñuelo” recuerda la ex combatiente, quien militó en las Farc desde 2004.

Evidentemente, las guerrillas marxistas no rezan la novena. Sin embargo, durante diciembre la tropa guerrillera se reunía al final de cada jornada para compartir el mecato navideño. El 31, según cuenta Simón, venía la fiesta y el baile.

¿Pero cómo es una farra organizada por una de las organizaciones más disciplinadas que haya existido en la tierra?

“Primero nombrábamos una comisión disciplinaria conformada por 5 o 6 personas que eran las encargadas de verificar que no se cometieran excesos durante la celebración. Luego guardábamos las armas en un armario y comenzaba la fiesta”, cuenta Simón.

La otra gran diferencia entre la fiesta de fin de año de las Farc y la de una empresa cualquiera es el horario. Mientras que afuera del monte las fiestas se prenden a medida que el sol se oculta, en la guerrilla el atardecer marca el final de la fiesta.

Julián Lyster Suarez, quien militó durante 17 años en el bloque oriental de las Farc, describe así un día de fiesta guerrillera:

“El día empezaba a las 4:50 de la madrugada, con un baño, después el tinto, y a las seis empezaba a sonar la música, para calentar no faltaban los cuatro tragos de Ron, Néctar o si alcanzaba el presupuesto Buchanan´s y Chivas o Vodka. De ahí en adelante cada hora se daba un trago.

Desayunábamos con un rico tamal, y por ahí a las nueve había juegos, ajedrez, voleibol y si había condiciones se hacia una cancha provisional de micro. Los que no hacían deporte bien podían ir moviendo la cadera. Al almuerzo una carne asada con papa yuca, y la comida casi siempre un arroz con leche, carne frita y la popular Cancharina (una especie de arepa de trigo frita).

La fiesta iba hasta las 18:30 horas. No se podía mas por que cualquier luz en la manigua podría ocasionar ser descubiertos por la aviación”.

Sin embargo, los recuerdos de Julián, como los de Antonia, siempre vienen acompañados de un gran asterisco: “si la situación lo permitía”.

El propio Suárez también recuerda haber pasado el fin de año resistiendo una emboscada del Ejército o marchando por la serranía de la Macarena. Incluso, el dos de enero de 2008, la fiesta de año nuevo de la compañía a la que pertencía Julián Suárez fue interrumpida por una operación del Ejército que acabó con la vida de uno de sus compañeros.

Eran síntomas de un cambio en la correlación de fuerzas en el conflicto y hubo  repercusiones: “Antes del la arremetida gubernamental (8 años Uribe, 2 Santos) se amanecía bailando y tomando trago. Fiestas  de hasta tres días continuos. Después tocó tomar mas medidas”, afirma Julián, quien hoy en día se encuentra en el proceso de reintegración a la vida civil.

En todo caso, la magia del fin de año siempre encontró una manera de llegar a lo más profundo de la selva.

Durante uno de los doce diciembres que Antonia Simón pasó en la selva una carta llegó al campamento guerrillero donde se encontraba. La carta estaba firmada por un Mayor del Ejército que se encontraba en una vereda cercana y proponía un tregua decembrina entre soldados y guerrilleros en esa región.

“Nuestro comandante nos leyó la carta y preguntó qué opinábamos”, recuerda Antonia, “Ese fue un diciembre tranquilo ”.

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