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Foto: Jerónimo Delgado Caicedo

Memorial de los premios Nobel de Paz en el Waterfront de Ciudad del Cabo. Fotos: Jerónimo Delgado Caicedo

Por Jerónimo Delgado Caicedo*

La existencia actual de Sudáfrica es una contradicción en sí misma. Hablamos de un país que, durante décadas, hizo todo, absolutamente todo lo necesario, para sumergirse en la mayor de las guerras civiles que jamás haya visto África pero que, al final, logró salvarse del peor de los destinos.

Con la llegada del Partido Nacional al poder en 1948, la política oficial del gobierno blanco se basó en el término “Apartheid”, un sistema que – al menos en teoría – pretendía generar desarrollos separados para las diferentes razas del país, pero que en realidad legalizó la discriminación de blancos hacia no blancos (negros, indios, y “coloureds” principalmente) en todo el territorio nacional.

Las ciudades se dividieron entre zonas blancas y no blancas, los trenes tenían vagones diferenciados para blancos y no blancos, y la educación se modificó para enseñar matemáticas, física y química a los blancos mientras que los negros aprendían cómo lavar ropa o hacer los oficios domésticos. Más allá, los derechos políticos de los no-blancos fueron limitados y el sistema económico se organizó de tal forma que un negro recibía un sueldo 16 veces menor al de un blanco.

Con una población blanca (el 10% de Sudáfrica) que gobernaba política y económicamente al país gracias a un uso desmedido de la fuerza policial, los blancos lograron someter y deshumanizar al 90% restante. Era, sin duda, una receta para un desastre de proporciones inimaginables. Y el desastre empezó. Con el surgimiento de grupos negros de oposición tanto política como armada, los enfrentamientos entre la policía y los manifestantes se tradujeron en un sinnúmero de muertes y las tristemente célebres masacres de Sharpeville y Soweto, esta última con un saldo de 176 niños asesinados por la policía mientras huían de los disparos.

Oliver Tambo, presidente del Congreso Nacional Africano entre 1967 y 1991, afirmó: “antes de que llegue el fin, esperamos ríos de sangre. Los arroyos ya han empezado y dependerá de la comunidad internacional restringir la duración de la masacre”. Frente a este escenario, los pronósticos en Sudáfrica superaban los dos millones de muertos de la guerra civil de Sudán, el millón de muertos durante el genocidio rwandés o los 300.000 de la guerra civil en Sierra Leona.

Foto: Jerónimo Delgado Caicedo

“Entrada solo para no blancos”, se lee en una señal vigente durante el Apartheid.

Pero el apocalipsis que se había pronosticado para Sudáfrica nunca llegó. Sí, hubo muertos, hubo oposición, incluso hubo enfrentamientos entre los xhosas y los zulúes durante el período de transición, pero el apocalipsis que acabaría con Sudáfrica nunca llegó. El fin de Apartheid fue negociado entre el presidente De Klerk por el gobierno, Nelson Mandela por el Congreso Nacional Africano y Buthelezi por el Partido Inkatha para la Libertad. Fueron cinco años de tensión y de violencia, en algunos momentos desmedida, e incluso apoyada por el mismo gobierno para desestabilizar las negociaciones.

Sin embargo, al final, el acuerdo fue una realidad. Empezaron con la legalización de los partidos políticos no blancos y culminaron con la realización de un referendo sólo para blancos en el que se les preguntaba si apoyaban la continuación de las negociaciones que conducirían a la redacción de una nueva constitución y el fin del régimen del Apartheid. El resultado: 68.73% a favor y 31.27% en contra.

Las similitudes con Colombia en los momentos previos a la consulta saltan a la vista. La campaña del no incluía argumentos que alertaban a la población de los peligros que traería un eventual gobierno comunista del Congreso Nacional Africano, mientras la campaña del sí mostraba una foto de Eugène Terreblanche, líder del partido de extrema derecha blanco AWB, mientras sostenía una pistola con un texto que decía “¡tú puedes detener a este hombre! vota Sí”.

La polarización y la confrontación entre derecha e izquierda en Sudáfrica eran evidentes. Como en Colombia, el gobierno y sus partidos aliados se centraron en contrarrestar los ataques de la derecha radical afirmando que las negociaciones no le otorgaban el poder al Congreso Nacional Africano ni al comunismo, al tiempo que alertaban que, de ganar el no, continuarían las sanciones internacionales contra el país y Sudáfrica caería en un espiral de violencia y caos.

Foto: Jerónimo Delgado Caicedo

“Recordar”, es un letrero en el Hospital público de Mthatha, la antigua capital del Bantustán de Transkei.

Por su parte, la campaña del no, es decir, el Partido Conservador y el AWB, argumentaban que el gobierno no tenía el mandato para negociar con el Congreso Nacional Africano y que lo que se estaba acordando iba en contra de la Constitución. Es más, el presidente De Klerk manifestó que de ganar la opción del no, renunciaría y convocaría a elecciones por considerar que él no estaría en capacidad de liderar el país post-referendo. Las causas y los actores del conflicto en Sudáfrica y Colombia son completamente diferentes, sin embargo, el escenario previo a la consulta parecen ser casi una fiel copia el uno del otro.

1994 fue el punto de quiebre para Sudáfrica. En medio de un temor generalizado por parte de los blancos frente a posibles represalias del nuevo gobierno negro, Nelson Mandela rechazó las ideas de exclusión y venganza y, por el contrario, basó el postconflicto en el concepto de Ubuntu, una palabra en idioma xhosa cuya traducción sería “humanidad hacia los demás” o “yo existo porque los demás existen”. Hace referencia directa a la necesidad de rehumanizar la sociedad y pensarla en términos del bienestar común. Este término se vio reforzado por otras frases como “//Hapz ge //hapo tama /haohasib dis tamas ka i bo”, un proverbio en idioma khoi que significa “un sueño no es un sueño hasta que es compartido por toda la comunidad”.

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Nelson Mandela. Foto: Tomada de Youtube.

Así, con un discurso basado en la rehumanización y la necesidad de construir un nuevo país, una “nación arcoíris”, como él la llamó, Nelson Mandela logró disminuir considerablemente las tensiones entre blancos y no blancos apoyado principalmente en el trabajo de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación. La verdad se convirtió en la herramienta más importante de reparación a las víctimas al tiempo que logró que la mayoría de la población sudafricana entendiera que, en momentos de crisis, la reconciliación nacional como objetivo ulterior del Estado está por encima de las venganzas personales.

Y en este punto es justamente en el que Sudáfrica se debe convertir en un referente para Colombia. Si bien es cierto que hay muchas voces en el país que trabajan no sólo por la desmilitarización de las mentes de los colombianos sino incluso por la rehumanización de los antiguos guerrilleros, esas voces aún están lejos de convertirse en un discurso unificado y lo suficientemente fuerte para tener efectos similares a los ocurridos en Sudáfrica. El presidente Santos habla de paz, los negociadores del gobierno hacen referencia a la necesidad de volver a empezar como sociedad, pero el mensaje no ha tenido el peso político necesario para convencer a un grupo considerable de colombianos que aún se oponen a un acuerdo que podría llevar a Colombia por un camino de la reconciliación similar al de Sudáfrica.

Hoy, Colombia necesita apelar no sólo a la razón sino también a los sentimientos. Porque el resentimiento contra “aquel otro” que por décadas fue el enemigo no se piensa, no se analiza, no se decide, no se justifica racionalmente… simplemente se siente. Por eso, basados en la experiencia sudafricana, el camino es regresar a nuestra condición de seres humanos para exaltar que cualquier persona es capaz de perdonar cuando el objetivo ulterior así lo amerita. Es fundamental hacerle entender a la población que ningún esfuerzo o sacrificio es demasiado grande cuando se trabaja por el fin de la guerra y que la construcción de una verdadera democracia que incluya a todos los colombianos empieza con el silencio de las armas.

En Sudáfrica, el proceso lo lideró Mandela, una figura con la suficiente autoridad moral para defender la necesidad de rehumanizar a la sociedad. Y hay que decirlo, en Colombia no existe un Mandela. La opción, entonces, es unir fuerzas para que varias personas, medios de comunicación, grupos políticos y sectores de la sociedad civil hagan ese trabajo. No se trata de copiar el Ubuntu para Colombia. Ubuntu funcionó en Sudáfrica porque hacía parte de su cultura y de su memoria colectiva. Se trata entonces de entender las características particulares de los colombianos, su forma de pensar y, sobre todo, su forma de sentir para que los discursos de reconciliación y rehumanización puedan permear el funcionamiento de la sociedad en el día a día.

Una de las piezas de la campaña que se opuso al Apartheid. Foto: Archivo particular.

Una de las piezas de la campaña que se opuso al fin del Apartheid. Foto: Archivo particular.

Sudáfrica no es un paraíso y está lejos de serlo. La seguridad en las ciudades, el desempleo y la corrupción siguen siendo problemas reales y probablemente pasarán décadas antes de que el gobierno pueda eliminar por completo las consecuencias económicas del régimen del Apartheid. Sin embargo, la rehumanización de víctimas y victimarios por igual, así como como la unificación de la población en torno a un objetivo nacional común, lograron lo impensable: un país donde, por más de que aún exista el racismo, blancos y no blancos pueden convivir en una armonía funcional y, sobre todo, sin matarse unos a otros.

En 1993, Ahmed Kathrada afirmó sobre el proceso de reconciliación sudafricano: “Queremos que sea un triunfo del espíritu humano sobre las fuerzas del mal. Un triunfo de la sabiduría y la grandeza de espíritu sobre las mentes pequeñas y la mezquindad. Un triunfo del coraje y la determinación sobre la fragilidad y debilidad humanas”. Es sin duda el momento para que en Colombia aprendamos de la experiencia sudafricana. Es el momento para rehumanizar a quienes hicieron daño en el pasado y sumarlos, como ciudadanos colombianos que son, en el proyecto de la nueva Colombia que queremos crear. Que ese //hapo (sueño) del que hablaron los sudafricanos se convierta en un sueño para toda la sociedad colombiana y se traduzca en un país donde podamos, al menos, vivir sin matarnos y solucionando nuestras diferencias en el marco de la democracia. En últimas, un Ubuntu que implique que Colombia es porque todos los que vivimos en ella somos.

Profesor / Investigador – Estudios Africanos de la Universidad Externado de Colombia

@EstudiosAfrica

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