Ilustración: Ashley Goodall – Vice

Por: Carolina Mila. 

Se supone que Facebook debía conectarnos y también democratizarnos. Así lo ha manifestado varias veces el fundador Mark Zuckerberg, para quien el objetivo de la red social más popular y poderosa que existe siempre fue el de “crear una comunidad global” que trascendiera las fronteras nacionales y que “democratizara la información”, facilitando su acceso y su circulación.

En poco más de 10 años (fue creada en el 2004), Facebook pasó de ser una plataforma limitada al uso social de los estudiantes de Harvard a prácticamente reemplazar el mundo de internet. Hoy nos conectamos a Facebook no solamente a comentar las fotos de nuestros amigos, sino también para leer las noticias y enterarnos de lo que está pasando.

Desde que superó a Google en el 2015, Facebook se ha convertido en la plataforma líder en dirigir a los lectores a contenidos informativos fuera de la aplicación. Hoy en día Facebook tiene más de 2.130 millones de usuarios, mientras que Twitter solo 332 millones.

La gente tiende a preferir Facebook porque está más orientada a la interacción social que al debate y ha sido tan efectiva que la comunidad sigue creciendo a pesar de que sabemos que nuestros datos son usados para vendérselos a empresas de mercadeo que a su vez nos venden cosas.

“Un circuito cerrado de retroalimentación de validación social”. Así lo llamó el primer presidente de Facebook, Sean Parker, en una intervención en Filadelfia el año pasado. “Sabíamos que teníamos que dar un poquito de dopamina a cada rato, o bien porque alguien había dado me gusta o porque habían comentado tu foto”. Los creadores de Facebook descubrieron que esta era la manera de mantener a los usuarios conectados a la aplicación el mayor tiempo posible. Los creadores de Facebook supieron explotar nuestra necesidad humana de contacto y aceptación. El éxito de la plataforma se debe, en gran parte, a su naturaleza altamente adictiva.

Hoy en día hasta existe un síndrome de ansiedad en los niños y adolescentes, por querer ser populares en las redes sociales, que se llama Fomo. Y se empieza a hablar de cómo dentro de poco habrá que tratar la adicción a las redes sociales como se trata la adicción a la comida rápida, como un problema de salud pública.

Facebook también ha sido protagonista en temas de influencia política y movilización ciudadana, aunque en menor grado. En su mejor versión, ayudó a la Primavera Árabe, porque les permitió a los activistas organizarse y compartir información vetada por el régimen, así como ayudó a impulsar las marchas de paz en octubre de 2016, cuando el acuerdo de paz parecía en peligro. En su peor versión, influyó en las pasadas elecciones estadounidenses, porque mostraba las noticias mentirosas y contenidos basura al mismo nivel que la información periodística juiciosa.


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Facebook ha desencadenado consecuencias que probablemente nadie imaginó en su momento. Al principio era claro que favorecía el intercambio libre de información entre los ciudadanos, pero con el tiempo se evidenció que la forma como mostraba la información influenciaba a los usuarios poderosamente al punto de poder convertirse en una herramienta de saboteo contra el opositor.

Mucha gente se siente a salvo de las complicaciones de Facebook, porque solo usa la aplicación como un portal de noticias para ver la información más relevante (o dicho de otra forma, las noticias que a sus amigos le están pareciendo relevantes). Pero incluso este uso no resulta inocuo.

Lo cierto es que nadie nunca ve todo lo que publican sus contactos. Ve lo que la plataforma elige para mostrarnos conforme a una fórmula que Facebook no revela, cuyo objetivo realmente no es muy claro. De esta manera, además de que Facebook se lucra con los datos, reduce su libertad en internet; elige lo que la gente debe leer y decide tendencias.

Facebook en gran parte, evidencia la fuerza del impulso humano por conectarse con otros. De ver a los otros y de ser visto; de hacer parte de algo. Me hace pensar que tal vez, desde hace mucho tiempo, por la velocidad de nuestras ciudades e inmediatez de los medios, las personas hemos tendido a quedarnos aisladas sin saber muy bien dónde y cómo encontrarnos con otros extraños distintos a nosotros, para conectarnos y generar intercambios.

Cada vez estamos menos tiempo en la calle y conocemos menos a nuestros vecinos. Cada vez más los problemas del barrio son de la Alcaldía y no de los habitantes de la cuadra. No puede ser que nuestra participación política se reduzca a comentar por redes a los candidatos. No puede ser que sacrifiquemos una abstracta “comunidad global” por una palpable y contundente comunidad local, que está aquí al alcance de la mano todos los días. Habría que volver a salir a la calle. Habría que volver a confiar más en los seres humanos que en la tecnología.

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