Esta columna forma parte de nuestro proyecto #NiUnMuertoMas, de la estrategia latinoamericana de reducción de homicidios Instinto de Vida de Open Society Foundations e Igarapé. Para ver todos los contenidos haga clic aquí.

Lea aquí la primera y la segunda entrega de ‘Violencia homicida’.

La gran brecha social que se vive Bogotá, como en el resto de Colombia, hace que la juventud tenga diferentes formas de vivir y enfrentar la realidad. En los estratos bajos, por la carencia de recursos, los chicos muchas veces se ven obligados a abandonar sus estudios para generar ingresos monetarios para la manutención de su familia o para costear sus gastos básicos de supervivencia. Muchos de ellos, además, ingresan a la alargada fila de la economía informal o callejera, en trabajos que no les ofrecen una mínima garantía de progreso. De empleo en empleo de baja calidad se les va la juventud y la vida.

En el caso de las mujeres jóvenes, a veces sin una asesoría o educación sexual de parte de sus familias, quedan embarazadas a temprana edad y el camino de la vida las hace madurar de una forma acelerada. Ellas deben asumir una responsabilidad grande, que es la crianza de sus hijos, asumiendo un rol que les impide concentrarse en su preparación intelectual.

Es indudable que la educación es una herramienta de progreso y que mantiene a los jóvenes alejados del ocio, que suele incitar a los chicos al crimen en las esquinas de esta cruenta ciudad. Esto último sucede especialmente en los estratos bajos, donde impera la ley del más fuerte y donde hay un nivel de homicidios más alto que en los estratos altos. Allí, además, reina la impunidad, gracias a un sistema de justicia permeado por la corrupción e incapaz de resocializar a los asesinos. Todo ello ha hecho que el homicidio sea recurrente y que muchos jóvenes incurran en él.

En otro lado, están los jóvenes de los estratos altos, en los que poco se ve la violencia homicida debido a la formación y las garantías que el entorno les ofrece. Con el dinero de sus familias, estos jóvenes estudian en muy buenos colegios y universidades, luego hacen posgrados fuera del país y al final tienen asegurado un gran puesto de trabajo y buena parte de su futuro.

Tenemos, yéndonos a los extremos, dos tipos de juventud que parecen ser de países diferentes, pero que pertenecen a una Colombia abismalmente dividida por las clases sociales. Cosa que no es tan marcada, por ejemplo, en países de Europa, donde el Estado tiene una obligación con toda la juventud: prepararla sin excluir a nadie, para mantener una nación formada y productiva.

Para que los jóvenes dejen de matarse se necesita más presencia del Estado a nivel de seguridad y, junto con esto, una gran inyección económica que, entre otras cosas, permita abrir mas escuelas y universidades y mejorar la calidad de la educación. Creo que, con un mejor panorama en sus vidas y con un ambiente menos tosco, los jóvenes se van a motivar a enfrentar el futuro apartados de la delincuencia y la criminalidad.

Mientras no haya un cambio de parte todos, partiendo de nuestros mismos dirigentes, seguiremos viendo el peso de la balanza inclinado hacia los jóvenes pobres. En consecuencia, seguiremos viendo una sociedad sin esperanza de cambio, carente de amor y un sin mañana para estos chicos que a diario mueren de olvido y falta de oportunidades. Al final, la responsabilidad es de una sociedad que los marginó y les ofreció pocas posibilidades para encontrar la salida del hondo y oscuro hoyo de la pobreza y la desesperanza.

La cuestión es tratar de romper ese círculo vicioso que ha empujado a muchos jóvenes a una vida sin horizonte. Esto depende, en gran medida, de las garantías que les pueda ofrecer el Estado en cuanto a educación, salud y calidad de vida. Con los impuestos que pagamos todos, el gobierno debería invertir menos dinero en guerra y más en educación. Que lo haga por el futuro de las nuevas generaciones.

 

*Kany 5-27 es uno de los tres fundadores del legendario grupo de rap bogotano La Etnnia. 

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