Piedad Bonnett en su alcoba. Asegura que le fascina el tema de la cárcel, ya que ella se considera claustrofóbica. Foto: Aitor Sáez | ¡Pacifista!

Piedad Bonnett se considera claustrofóbica. Foto: Aitor Sáez | ¡Pacifista!

Piedad Bonnett no estaba tan asediada como de costumbre la noche del pasado miércoles 17 de mayo, cuando llegó al Teatro Nacional de Bogotá para ver el estreno de temporada de su obra Máxima seguridad. Quizá porque, pese a haber escrito y traducido ocho obras de teatro en las últimas tres décadas, Piedad es poco conocida como dramaturga, aunque ampliamente valorada como poeta, novelista y columnista. El reconocimiento de su obra llegó a su punto más alto en 2013, cuando en un ejercicio de sanación espiritual escribió Lo que no tiene nombre, el libro testimonial sobre la enfermedad mental y el suicidio de su amado hijo Daniel.

Piedad, que se siente claustrofóbica, se sentó esa noche en la esquina de la primera fila del teatro. Al frente había una celda con dos camastros en la que transcurre toda la obra, que es un retrato de la crudeza de la vida en la cárcel.

Los personajes: un paramilitar que colabora con la justicia, un ladrón, un desplazado y un guardia corrupto. Adentro de los barrotes se sienten el hambre, el hacinamiento, la suciedad y las contradicciones políticas que se viven en las prisiones colombianas.

La mañana siguiente Piedad nos recibió en su casa para hablar de Máxima seguridad, que se podrá ver hasta el 24 de junio. Conversamos sobre la cárcel y el teatro, pero también sobre el conflicto colombiano y los intelectuales. Así fue el diálogo con ¡Pacifista!:

Piedad, vamos al comienzo. Se ha escrito sobre tu trabajo como poeta y novelista, pero muy poco sobre tu faceta de dramaturga. ¿De qué manera llegaste al teatro? 

Llegué por iniciativa de Ricardo Camacho, director del Teatro Libre, que hace más de 30 años me pidió escribir una versión de Noche de Epifanía, de Shakespeare. Me gustó muchísimo hacer esa versión, que además se convirtió en la obra con la que se estrenó ese teatro en Chapinero. En seguida, “colombianicé” un monólogo de Manfred Karge. Ahí empecé a aprender de teatro con Ricardo, del tipo de teatro que a él le interesa, que no es eminentemente realista. Después leí mucho sobre teatro, fui profesora de lectura de los actores del Libre y di clases de dramaturgia en la universidad.

Foto: María Camila Salamanca - Teatro Nacional

Una escena de ‘Máxima seguridad’, dirigida por Nelson Celis e interpretada por los actores Christian Ballesteros, Nelson Camayo, Cesar Morales y Alejandro Gómez. Foto: María Camila Salamanca – Teatro Nacional

¿Cómo fue la transición de escribir poesía a escribir un guion?

Yo trabajo en mucha soledad. Un novelista y un poeta trabajan solos, ateniéndose a su propias inseguridades. Pero en el teatro el trabajo de escritura es solo una parte; tú no controlas, tú entregas… al director, a las luces, a los actores. Pero, además, como el teatro es un arte vivo, nunca me he afanado por publicar esas obras, y por eso puede ser que la gente no sepa mucho de mi faceta de dramaturga. Como ves, esa consignación no me interesa demasiado, entre otras cosas porque en mi proyecto de vida la dramaturgia no está en un plano principal. Es una cosa que me divierte, pero que se me dificulta, porque implica jugar con la naturalidad del lenguaje y con la verosimilitud, pero también con cierto artificio.

A propósito de lo verosímil, me llamó la atención que la obra incluyera diálogos tan coloquiales, groserías, tonos característicos del mundo criminal. ¿Cómo fue el proceso de investigación para el guion?

Trabajé con un tipo que estuvo en la cárcel. Estuvimos horas hablando sobre los patios, la jerga, las jerarquías, la comida, los guardias. Tomé muchas notas, y luego tuve un glosario de términos carcelarios. Pero yo no quería caer en una cosa costumbrista, que todo el lenguaje fuera de esa naturaleza, porque el espectador se fatiga. Solo quise usar unos terminachos que en contexto se entienden relativamente bien. Ahora, en el estreno dijeron demasiados “hijueputas”, yo no creo que los haya puesto todos (risas).

En la cárcel hay gente detenida por muchas razones. Sin embargo, Máxima seguridad retrata a un paramilitar, a una víctima del conflicto que cometió un delito y a un preso social. ¿A qué se debe esa elección?

Es cierto que la cárcel da para todo: puedes encontrar allí la historia tenebrosa de un asesino o de un psicópata. Pero yo estoy convencida de que el teatro es un arte político, popular y transformador. Además, la figura del paramilitar siempre me ha inquietado muchísimo, porque llega a unos niveles de maldad inimaginables. El pícaro, de otro lado, es siempre un personaje de esta sociedad. Ahora, meterse en la naturaleza masculina no fue fácil y es cierto que la cárcel me es ajena: es un mundo que intuyo simplemente, porque en mi novela yo trabajo la clase media alta, que es lo que domino más.

Justo quería ir hacia allá. ¿Cómo puede una escritora de clase media alta retratar a hombres pobres y criminales?

Esa es la tarea del escritor. Si no, Flaubert no habría podido escribir Madame Bovary, ni Tolstói Ana Karenina. Lo otro es que un escritor siempre tiene una curiosidad morbosa. Yo soy una lectora de periódicos y me interesa todo lo macabro, porque me interesa la naturaleza humana. Cuando leo noticias sobre asesinos, me pregunto: ¿Qué pasó en su infancia? ¿Dónde está el daño? ¿Qué hace que (los jefes paramilitares) Carlos y Vicente Castaño, que nacieron en mi mismo pueblo, terminen descuartizando? Creo que si tú te haces esas preguntas, puedes entrar en esos territorios. Pero la posibilidad de fracaso existe siempre, porque hacer arte es jugar con el fracaso.

Piedad Bonnett en su casa. Foto: Aitor Sáez | ¡Pacifista!

Atrás, una pintura de Daniel, el hijo de Piedad Bonnett. Foto: Aitor Sáez | ¡Pacifista!

Yo intuyo que a los colombianos nos interesa más la imagen del paramilitar que la del guerrillero. Tu obra, por ejemplo, tiene bien definido al primero, pero muy difuso al segundo. ¿Hay allí una inclinación por retratar eso que nos atrae?

No, a mí no me pasa eso. No te imaginas lo que me produce la figura del guerrillero. A mí el guerrillero me parece un personaje tremendamente trágico: tipos que tienen 70 años, pero que no hicieron la revolución, que se extraviaron por el camino. Me impresiona que hayan caído en la perversión personas que fueron universitarios, que leyeron a Marx. Además, como yo pertenezco a la generación que vio la Revolución Cubana, veo esto como un fracaso generacional horrible, y ellos me producen una dosis igual de empatía y de rechazo. Puedo ver el trasfondo juvenil de esos seres humanos, que ahora son casi unos burócratas, y creo que ellos encarnan el fracaso del sueño humano de transformación del mundo. Mientras, el paramilitar es una cosa infinitamente más descarnada, que atrae por siniestra. De todos modos, es algo que si ponemos en blanco y negro se vuelve una mentira. Por eso, los personajes de la obra tienen matices.

En Máxima seguridad el ladrón es el centro de la empatía, de lo cómico, de la solidaridad. ¿Por qué?

El arte tiene esa cosa bonita de relativizar hasta cierto punto el bien y el mal. Como vivimos en una sociedad con tan poquitas oportunidades para la gente, uno es capaz de entender al que coge el camino del pillaje. En estas sociedades desamparadas el pillo es un personaje que no te produce un rechazo visceral, como sí lo hacen el paramilitar o el guerrillero degenerado.

¿A qué te refieres con eso de la degeneración?

La guerra degenera a los seres humanos. Robin Hood es un mito. Es decir, no existe un personaje que pueda robar siempre para los pobres y mantenerse como una especie de ángel guardián. Es una cosa que intentó ser, por ejemplo, el Subcomandante Marcos, que no tuvo futuro ni hizo la revolución, pero que parecía un guerrero mítico, porque estaba abanderando una causa justa y además era ilustrado. ¿Viste que quise introducir el tema de los libros en la obra?

Sí, tenía anotada esa pregunta. En la obra hay una discusión entre el paramilitar y la víctima sobre la importancia de la lectura. Pero no estoy segura de si un debate así pueda suceder entre personajes como esos, y en una cárcel…

Sí, yo creo que sí. El paramilitar es la ausencia de libros y el otro chico está leyendo a Tomás Moro (abogado y político del siglo XV), porque viene seguramente de la universidad, siendo un niño campesino. Y el paramilitar lo odia porque lee, porque “si este lee es un engreído”. Quise hablar de esa idea que tiene la gente caracterizada por una virilidad mal entendida: la noción de que la cultura también puede llegar a ser despreciable.

Piedad Bonnett en su casa durante la entrevista. Foto: Aitor Sáez | ¡Pacifista!

Bonnett es columnista de El Espectador. Foto: Aitor Sáez | ¡Pacifista!

Hay un personaje del que no hemos hablado. El guardia, la imagen del Estado corrupto que es incapaz de reintegrar a los criminales…

Los guardias son a veces los verdaderos tiranos de la cárcel: los que podrían estar dentro de la celda, pero están afuera y abusan del poder. Creo, además, que el mundo de la cárcel es el mundo de la corrupción del dinero: pagarle al guarda por un cigarrillo, por tener dónde dormir. El fracaso total de la civilización es una cárcel. Es el Estado impotente. Es la dignidad del hombre postrada.

A mi modo de ver, la obra converge en un fracaso colectivo (al final hay un muerto, y no hay atisbo de esperanza). ¿Por qué?

Porque no hay esperanza. ¿Tú crees que hay esperanza con las cárceles en este país? Es decir, el Ministro de Justicia contestaría que sí, pero no es cierto. Es que no hay esperanza ni siquiera con el proceso de paz. Sabemos que estamos transformándonos, pero ya empezaron a matar a los líderes sociales: viene la reacción de la derecha. Lo bueno que está pasando con Bojayá o con la restitución de tierras son apenas lucecitas en un panorama negro. Lo más terrible de este país es que no se puede tener esperanza, ni siquiera de que no se inunde el deprimido de la 94 (risas). Y esto ocurre porque la clase dirigente ha sido una porquería y porque a los pocos que han querido levantarse los han matado: Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán, Luis Carlos Galán.

Hace 15 años te preguntaban siempre, como a todos los artistas, cuál era el papel de los intelectuales en una época de conflicto armado. Hoy, la pregunta de mi generación es diferente: ¿cuál es el papel de los intelectuales en la construcción de la paz? Y, de hecho, ¿debería haber un papel?

Tiene que haberlo. A mí me molesta mucho cuando se menosprecia el término “intelectual”. Es posible que no seamos verdaderamente útiles, no creo que los columnistas de opinión transformemos el mundo. Pero tú no te imaginas la cantidad de gente que lee a los columnistas, y eso representa un diálogo tácito con el hombre de clase media que lee los periódicos. Por ejemplo, la gente que va a ver la obra se tiene que plantear, al menos por una hora, qué pasa en una cárcel. Entonces, yo creo que el deber del intelectual es señalar la contradicción, hurgar en la llaga, mirar la belleza de la cultura. Lo que hacemos es plantear inquietudes, incomodar.

Hay un tema que no mencionaste, pero que está claro en la obra, y es el de la memoria. Es posible que, durante un tiempo, siga estando en nosotros la necesidad de hablar de la guerra y sus estragos, como hacen los personajes de Máxima seguridad. ¿Hasta cuándo es saludable seguir hurgando esa herida colectiva?

Esto tiene que tener un fin. Es muy interesante lo que plantea David Rieff, el hijo de Susan Sontag, sobre que la memoria a veces no ayuda. Hay que encontrar un sabio término entre el volcamiento hacia el pasado y el despeje para poder ver el futuro. Lo que pasa es que si no hay justicia y reparación no podrá haber sanación y siempre habrá memoria. Por eso da tanto susto esta llegada al poder de la derecha universal, porque es como si la humanidad retrocediera en sus conquistas y quedara presa del racismo, la indolencia, el neoliberalismo. Falta un pensamiento que venga y plantee otras cosas. Pero, con todo, creo que llegará.

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