Esta columna forma parte de nuestro proyecto #NiUnMuertoMas, de la estrategia latinoamericana de reducción de homicidios Instinto de Vida de Open Society Foundations e Igarapé. Para ver todos los contenidos haga clic aquí.

Lea aquí la primera entrega de ‘Violencia homicida’.

Colombia, el país donde ronda el dicho de “usted no sabe quién soy yo”. Entre tonos amenazantes vemos trascurrir el día a día en las ciudades de este país, donde muchos viven con ínfulas de poder o de lugartenientes de algún cartel mafioso, y otros son herederos de la violencia del narcotráfico, que nos aqueja desde los años 80. El país donde nos hemos adaptado a que la gente mate a su semejante por cualquier irrisoria razón.

Muchos salen de sus casas y no regresan por algún infortunio, porque pueden caer presa de algún acto indolente. Una palabra mal dicha puede desencadenar una balacera, un vicioso que le quita una papeleta de bazuco a otro puede terminar asesinado a puñal o un ciudadano puede resultar bañado en sangre por haberle subido el volumen a su equipo de sonido. Hasta ahí llega la tolerancia.

Es cierto que mucha gente muere en Colombia por pensar diferente. Pero, también, que mucha otra muere por cosas banales. Como el resultado de un partido de fútbol en el que los aficionados arrebatan el soplo de vida de un rival, o el caso del delincuente que mata por un par de zapatillas, un reloj, una gorra o un celular. Todo, sin que los asesinos piensen en el dolor que provocarán en una familia y en la marcas imborrables que quedarán en la misma.

Además, en el comercio informal aparecen personas ofreciendo créditos de fácil acceso. Quienes sin medir las consecuencias acceden a esos créditos y no los cancelan terminan pagando con su vida. Muchas veces por montos insignificantes aparece la mano del sicario, y así trascurre todo: sin dios ni ley.

Las mujeres también mueren a diario. En esta sociedad machista tratar de escapar de relaciones nocivas les ha costado la vida a muchas de ellas. Así, nos sigue dominando la ignorancia: la de ignorar que la vida de los demás prima sobre cualquier cosa. Seguimos sin entender el valor y el significado de la vida.

Una de las formas para empezar a cambiar ese concepto extremo del desprecio por el otro debe partir de los jóvenes, los que llevarán las riendas del futuro. Es necesario prepararlos, educarlos y darles formas de emprender proyectos que los mantengan motivados a encontrar un gran futuro. También es importante trabajar en el desarme total de la ciudadanía, como sucedió en Japón, donde viven casi 130 millones de personas y lograron erradicar casi por completo las armas de fuego de las casas, dando como resultado un bajo nivel de homicidios.

Sería bueno que el gobierno, que en últimas tiene gran parte de responsabilidad en esta descomposición social, invierta en campañas publicitarias en radio, prensa, televisión y redes sociales para sacar adelante este tema que tanto nos agobia. Como los medios influyen en el comportamiento de las personas, sería muy eficaz hacer uso de ellos para inculcar los valores básicos para respetar la vida y así dejar atrás esas cosas tan absurdas por las cuales se matan los colombianos.

Aunque en los últimos años hayan disminuido los homicidios, aún nos falta mucho para sanar esa herida de la violencia y erradicarla totalmente. Hasta que llegue el día en que nos escandalicemos como sucedería en Islandia o Australia si escucharan que acontecen ese tipo de actos que acabo de describir. Y hasta que aprendamos a respetar las decisiones ajenas y le demos el valor verdadero al soplo de vida que a diario es arrebatado por una bala, con la que alguien estará incrementando su cuenta bancaria en el sucio negocio de la guerra.

 

*Kany 5-27 es uno de los tres fundadores del legendario grupo de rap bogotano La Etnnia. 

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