César López, con una de sus guitarras. Fotos por Pablo David G.

Si el evento tiene la palabra paz por alguna parte, cuente con que César López va a estar ahí: Va a llegar con su escopetarra, se va parar en el escenario y va cantar alguna balada suave con el mismo mensaje pacifista (con p minúscula) que viene dando desde hace más de una década. Luego, por Twitter, algunos –no pocos– van a acribillarlo con insultos y burlas, y a exigir el silencio de su escopetarra.

¿Pero, cómo es que en un país lleno de corruptos, homicidas y otros infractores menores, un tipo de buenas intenciones y regulares canciones logra atraer tanta negatividad? López tiene su propia hipótesis:

“Yo sé que a veces me paso de mamerto”, me dijo el otro día, sentado en el estudio musical que tiene en el patio de su casa.

Es verdad: histriónico, insistente, monotemático, perpetuamente indignado y cursi a ratos, el hombre de la escopetarra reúne todas las cualidades objetivas para llevar la etiqueta de mamerto. Y la lleva desde hace rato:

César –quien es lo suficientemente generoso para abrirle la puerta a un perfecto desconocido que viene a recordarle que la gente, a veces, lo odia—  empezó su carrera como músico en los noventa tocando la batería en Poligamia, la banda de Andrés Cepeda. Luego, en 2001, se metió al activismo con algo que bautizó “Batallón Artístico de Reacción Inmediata”.

“En ese entonces el conflicto estaba en su momento de mayor tensión y cada tanto estallaba una granada o un petardo en algún lugar de Bogotá”, explica López desde su fortaleza de la música consciente. Y continúa: “nosotros éramos un grupo de músicos, actores y artistas en general que hacíamos presencia en el lugar del atentado y acompañábamos la personas con canciones”.

–¿Cuáles canciones?

–Repertorio hippie– me contesta y enseguida toma una de sus guitarras y canta ocho segundos de Solo le pido a Dios, de Mercedes Sosa.


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Mientras conversamos, detrás suyo y como un elefante en la habitación, veo cuatro modelos distintos de la escopetarra. López, antes de empezar a contar cómo nació el proyecto, señala su preferido: uno que hizo con un Kalashnikov, el fusil guerrillero por excelencia.

La historia es más o menos así: luego del carro bomba que estalló en el club El Nogal de Bogotá, el 7 de febrero de 2003, César y los demás miembros del Batallón Artístico de Reacción Inmediata hicieron presencia en la zona, donde se encontraron con un grupo de militares que estaban tratando de acordonar el perímetro:

“Traté de acercarme pero un soldado me lo impidió y terminamos frente a frente, los dos con nuestras herramientas: él con su fusil y yo con mi guitarra”, recuerda César acerca de ese día en el que pensó esa idea que lo puso en las noticias.

Sin embargo, otra es la historia de Bruno Coon, un músico californiano que en 1983 convirtió un fusil M-16 en una guitarra que le regaló a su ídolo, el músico Jamaiquino Peter Tosh. César está al tanto de que existe un antecedente de la escopetarra , pero asegura haber llegado a la suya por inspiración propia.

López exhibe su escopetarra favorita.

***

“Antes que nada quiero decir que yo no odio a César López”, me dijo unos días después de mi encuentro con López el periodista Adolfo Zableh, una de las personas que más le ha ‘cascado’ al hombre de la escopetarra desde Twitter y otros balcones. “A mí simplemente no me conmueve ni me convence su trabajo”.

Hecha la distinción entre el autor y su obra, Zableh explicó el fastidio que le produce el activismo de César López:

“Yo creo que con él pasan varias cosas, la primera es que los colombianos por lo general no apreciamos lo nuestro –me decía Zableh por teléfono. Yo creo que si este man fuera extranjero todos nos rendiríamos a sus pies”.

Y de pronto lo haríamos:

En el estudio de López me encontré con el estuche rectangular de su escopetarra. Lo adornaban varios stickers de las Naciones Unidas que explican –en inglés, español y alemán— que “esto no es un arma, es una guitarra”. Sí, aparte del rechazo de algunos de sus compatriotas durante esta década y media de activismo, la escopetarra le he valido a César una invitación a la Asamblea General de las Naciones Unidas, un toque en lo que queda del muro de Berlín y un encuentro con la nieta de Mahatma Gandhi.

Sin embargo, para Zableh, López es más que una inocente víctima del síndrome de colombiano come colombiano, porque según él, también existen buenas razones para criticarlo: “César es un tipo inquieto, que siempre está inventando proyectos, experimentos. Se nota que es un tipo disciplinado y responsable, pero no parece ser especialmente talentoso”, me decía el periodista por teléfono.

López está bien al tanto de esta clase de crítica: “Algunas han sido constructivas”, me decía. “Recuerdo que alguna vez Gustavo Gómez me envió una carta diciéndome: ‘César a mí lo que me preocupa es que usted siendo un buen músico, termine entregado totalmente a su activismo: ¿Dónde están sus nuevos albums, sus nuevas canciones’. Y yo quedé muy agradecido con él y tengo su observación muy presente”, cuenta el músico con tono optimista.

El piano que López tiene en su estudio está contramarcado con su nombre.

En efecto, a pesar de lo que indican su estudio y su piano contramarcado con su nombre, la ocupación principal de César López dejó de ser la música hace un tiempo. Desde julio del año pasado, López dedica la mayor parte de sus esfuerzos a la fundación 24-0, con la cual pretende disminuir las muertes violentas en Colombia. Cada dos o tres meses, él y su equipo promueven una jornada para invocar a que, por 24 horas al menos, no haya en el país ninguna muerte violenta. Ya van siete de estas jornadas y la última fue  del 7 al 8 de octubre.

“La otra razón por la que no me gusta lo que hace César López –continúa Zableh– es que simplemente no lo siento honesto. De golpe en esa insistencia de él con el tema de la paz uno lo que termina viendo es algo de oportunismo”.

En realidad solo el propio López sabrá acerca de la sinceridad o falta de sinceridad en su activa mamertería. Lo que sí les puedo asegurar es que no es vegetariano: En un momento de nuestra conversación alguien abre la puerta deslizante que conduce a su estudio e interrumpe la entrevista. Se trata de Catalina González, una bailarina que es la esposa de César y su principal colaboradora en la fundación 24-0. Está aquí para consultar opciones de almuerzo.

–Voy a ir a Kokoriko por un pollo, ¿Te parece?

– Sí claro, por mí está bien, responde López.

– Dale, ya vengo entonces.

Marido y mujer intercambian sonrisas. Catalina se disculpa por la interrupción y de nuevo César se queda solo con el tipo que vino a preguntarle por qué cree que lo atacan tanto por redes sociales.

“Hay unas críticas que responden a unos odios viscerales –retoma César. Hay gente que no le gusta nada de lo que yo haga ni diga. Y eso está bien. Uno los lee a veces en Twitter, sobre todo atacando la escopetarra. De pronto la comuniqué mal y la gente se quedó en el objeto, más que en mí”, comenta, antes de quedarse mirando a su creación con esa mirada conmovida que no termina de conmover a la de los demás.

“Podría sentarme con cada una de esas personas y argumentarles el proceso, pero uno tampoco puede darle una respuesta a todo el mundo en la vida”, concluye.

No obstante, ¿por qué debería Cesar López trasnocharse porque la gente no lo quiere por Twitter?

La vida le ha alcanzado para tener no una, sino dos carreras (la de músico y la de activista) relativamente exitosas; una casa en el Parkway (tierra prometida de los mamertos); una esposa con la que parece entenderse y un pollo asado que le va a llegar en cualquier momento sin necesidad de mover un dedo.

Al final, quizá todos podamos aprender algo de César, ese mamerto…

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