Ilustración por Laura Velasco

En el papel, hace un año, preguntarle a la gente era una buena idea: respaldados por una votación masiva, el Acuerdo de Paz con las Farc –negociado en La Habana– quedaría escrito piedra y la gente saldría a las calles para celebrar la decisión colectiva e informada de terminar una guerra de más de 50 años. Sin embargo, en la realidad, menos de la mitad de los colombianos salieron a votar y el 50,28 por ciento de esos que sí lo hicieron tacharon ‘No’ en el tarjetón. Y su rechazo al acuerdo ganó, para del Gobierno, los encuestadores y el resto del planeta.

Un año después, el plebiscito del 2 de octubre sigue siendo el hecho que atraviesa toda nuestra política. Mientras quienes hicieron campaña por el ‘Sí’ tratan de descartarlo como un error de cálculo producto de la borrachera de la paz, el bando contrario se aferra a su dolor y lo ha convertido en parte de su mito fundacional. Hoy argumentan que las reformas de las que fue centro el acuerdo, ratificado dos meses después en el Teatro Colón, no fue más que un ‘conejo’.

Los del ‘No’

“El 2 de octubre no se olvida”, me decía Josías Fiesco, un tipo de 25 años y miembro del Partido Conservador, quien lideró la campaña de jóvenes por el ‘No’ en Bogotá. Al igual que otros representantes la derecha, Josías ha construido una narrativa épica en torno a la campaña ganadora del plebiscito:      “Ganamos en contra del unanimismo de los medios, en contra de una inversión millonaria en publicidad del Gobierno, en contra de las encuestas y de todos los partidos políticos”, dice Fiesco ahora, poco más de 365 días después.

Para los promotores del ‘No’, el 2 de octubre significó una victoria moral y ese día, se conformó una suerte de coalición tácita  entre el expresidente y ahora senador Álvaro Uribe, algunos pastores cristianos, el exprocurador Alejandro Ordoñez y otros aliados en esa causa como Josías Fiesco. Sin embargo, en los últimos 12 meses, quienes votaron por el ‘No’ han perdido la euforia del triunfo y han pasado al rencor: “Ellos  se robaron el plebiscito y desconocieron nuestro voto. El mandato de las urnas era tumbar el acuerdo, como lo desconocieron hoy tenemos sed de revancha”, asegura Fiesco.

El joven conservador por ejemplo, no reconoce ningún beneficio en los acuerdos y espera hoy exactamente lo mismo que esperaba hace un año: tumbarlos. “El mandato está ahí,  basta con convocar un referendo y si se caen los acuerdos, se cae todo”, dice  haciendo alusión a la última propuesta del Centro Democrático: hacer un referendo para derogar la Justicia Especial para la Paz (JEP), la participación política de los líderes guerrilleros y otros aspectos centrales de los acuerdos de paz.

Pero, ¿cuáles serían los costos humanos de volverle a declarar la guerra a un ejército desarmado?. Si quienes se oponen a los acuerdos vuelven a ganar en las urnas, ¿qué pasaría con esos 10.000 colombianos, aproximadamente, que entregaron las armas durante el primer semestre de este año?. Fiesco tiene una respuesta: “Lo mismo que venía pasando hasta antes del acuerdo”.

Los del ‘Sí’

“El problema fundamental del plebiscito era que partía de un presupuesto equivocado: que el Gobierno podía cumplir su promesa de respetar la decisión popular en caso de que ganara el ‘No’”, afirma José Antequera, uno de los más reconocidos representantes de la ‘izquierda joven’, quien también estuvo muy activo en la campaña, pero desde el bando del ‘Sí’.

Según Antequera, para el momento en que se votó el plebiscito, echar para atrás los acuerdos era imposible: “Ya no se podía volver a la guerra porque las Farc habían tomado la decisión irreversible de dejar las armas. En ese sentido (el plebiscito) fue un error histórico, era absurdo preguntarle al país por una decisión que no estaba en sus manos: estaba en las manos de las Farc”.

No obstante, Humberto de la Calle, jefe del equipo negociador del gobierno en La Habana, dice que había buenas razones para que la guerrilla y el Gobierno se inclinaran por lo que ahora parece un error.

“En su momento, ambas partes pensamos que una refrendación popular le daba más legitimidad a lo que se acordara. Nosotros sabíamos que iba a ser una discusión muy profunda con muchas disyuntivas morales para los colombianos”, nos contó De la Calle en la redacción de ¡Pacifista!, durante una visita que coincidió con el aniversario de la elección.

Más allá de los debates políticos, lo cierto es que en los últimos 12 meses la guerrilla de las Farc se concentró, pidió perdón en varias ocasiones y entregó las armas y los mapas para llegar a sus caletas. Así que en parte, y más allá de lo duro de esta derrota inesperada por los del ‘Sí’, lo que consiguió el plebiscito fue ponerle un principio de realidad al fin del conflicto en Colombia: “Era iluso pensar –asegura Antequera– que esta discusión se acababa. El conflicto duró cincuenta años y no se iba a terminar con una votación. La discusión no se resuelve nunca porque esta es nuestra historia y la historia no se acaba , por ahora lo importante es lograr defender estos acuerdos”

La guerrilla

“Claro que me acuerdo, estábamos en el Yarí y se acaba de terminar nuestra décima conferencia”, dice Jorge Suárez, hijo del exlíder militar de las Farc, ‘Jorge Briceño’ o ‘Mono Jojoy’. Suárez hoy forma parte del equipo de comunicaciones del partido de la guerrilla y relata: ”el día después de la victoria del ‘No’, el ambiente se enrareció y muchos nos mirábamos como: ¿Y ahora qué? Había mucha angustia porque era un momento en el que cese al fuego no estaba tan avanzado”.

Para Suárez, las manifestaciones ciudadanas que los en los días posteriores al plebiscito, que salieron a  exigir que se respetaran los acuerdos de paz, fueron claves para mantener a la tropa guerrillera firme en el propósito de dejar las armas. Sin embargo, la derrota en el plebiscito dejó secuelas en el camino: “Creo que perdimos seguridad jurídica.El proceso no estaba concebido para ser sometido al Congreso y eso ha afectado la implementación. Igual hemos avanzado y hemos podido convencer a cada vez más gente de que el camino es la paz”, dice Suárez.

Por uno o varios errores de cálculo, o porque quienes rechazaban los acuerdos lograron persuadir mejor a la gente, el plebiscito no pudo ser el punto y aparte que prometía para confrontación en el país. Un año después los colombianos seguimos en la misma discusión sobre la legitimidad de lo acordado y guardando los mismos duelos: los del ‘Sí’ que perdieron y los del ‘No’, que se quejan de que su victoria no fue respetada. El 2 de octubre de 2016, más allá de no tener a nadie contento, ha servido al menos para dejarnos bien claro lo difícil que es la tarea de acabar una guerra.

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