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Por: Andrei Gómez-Suárez (Profesor y Consultor en Justicia Transicional y miembro de Rodeemos el Diálogo @AndGomezSuarez)

Foto Andrei Gómez Suárez

Si hemos aprendido la lección sabremos que la discusión sobre la implementación no va a restringirse a las explicaciones racionalistas de las políticas públicas que buscan reversar los impactos de la guerra y desmontar las estructuras armadas que prolongaron la confrontación durante 52 años.

Seguramente, los debates sobre las leyes que harán realidad el Acuerdo de Bogotá se basarán en una argumentación emocional que defiende posturas morales, tal como lo vimos durante su refrendación en el Congreso.

A pesar del álgido debate emocional que se avecina, es muy probable que la implementación legislativa esté terminada para mediados de 2017 debido al fast-track aprobado por la Corte Constitucional, ya que el gobierno tiene las mayorías en el Congreso. Pero en el trasfondo de los debates por venir estarán los mensajes que serán enviados a la opinión pública colombiana sobre cómo interpretar el proceso de implementación; y esta sociedad elegirá un nuevo gobierno en 2018.

La construcción de una paz estable y duradera depende del 2017. Durante ese año todos debemos buscar afianzar un cambio en la opinión pública, para que en el 2018 esta sociedad no le pase una cuenta de cobro al gobierno eligiendo una postura revanchista, que reverse los logros de la implementación legislativa del acuerdo.

El reto para los que aspiramos consolidar este proceso, que inició formalmente en septiembre de 2012, es inmenso. La estrategia detrás de la negociación ha tenido un componente racionalista que ha minimizado y restringido el potencial del componente emocional, y nosotros no hemos sabido conectar las dos esferas. Esto explica en gran medida la paradoja que vivimos en el 2016: el éxito de la negociación al lograr un acuerdo de paz y el fracaso de la refrendación al no lograr transmitir la esencia del acuerdo a una población desconectada de la negociación.

Durante la campaña para el plebiscito, e incluso desde antes, se explicó desde una perspectiva racionalista los beneficios de la reforma rural integral, la dejación de armas de las FARC, la colaboración gobierno-FARC para desmontar el narcotráfico y la creación de un sistema integral para satisfacer los derechos de las víctimas. La Unión Europea, los Estados Unidos, las Naciones Unidas y otros actores de la comunidad internacional, que defienden la idea de un mundo en el predominan los valores de las democracias liberales, fueron presentados a la opinión pública como los garantes de la calidad del acuerdo y los veedores de su implementación.

Explicar los beneficios de dichas reformas desde una perspectiva emocional también podría haber sido sencillo, si se hubiera valorado el componente emocional que subyace las políticas públicas que buscan poner fin a las causas de la guerra, reversar sus impactos y evitar su continuación. Sin embargo, el aspecto emocional fue menospreciado. Relegar el componente emocional a un segundo plano tuvo dos consecuencias nefastas: (1) una apropiación segmentada (y tímida) de los acuerdos y (2) el monopolio de mensajes emocionales por parte de los críticos del acuerdo, estableciendo así un canal de comunicación directo con el aspecto más básico de la humanidad de los colombianos: sus sentimientos.

Por consiguiente, si queremos sentar bases sólidas para la construcción de una paz estable y duradera en el 2017 tenemos un gran reto por delante: debemos afinar nuestra inteligencia emocional. Con esto quiero decir que no podemos dejar la argumentación emocional en manos de los críticos del acuerdo; los que defendemos este acuerdo debemos centrarnos en difundir la pasión que nos mueve a apostarle a la construcción de paz. En este proceso quizá lograremos traducir una política pública que tiene muchos beneficios económicos, en un universo de sentimientos que resignifican el presente y el futuro del país: si en medio de la guerra los colombianos nos sentíamos la gente más feliz del mundo, durante la construcción de paz podremos además sentirnos orgullosos de empezar a dejar la guerra atrás.

*Esta es una columna de opinión, que no compromete la posición editorial de ¡Pacifista!.

 

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