Portada El Incómodo color de la memoria.

Portada del libro El incómodo color de la memoria.

 

El racismo es una guerra no declarada. Sus muertos casi nunca se cuentan, nadie sabe cuándo empezó y, todavía, el color de su piel les marca el destino a muchos. Entre los afectados por esa guerra silenciosa están los afrodescendientes, cuya historia está trazada por la exclusión y la esclavitud. Javier Ortiz Cassiani, un escritor e historiador nacido en Valledupar, ha dedicado gran parte de su trabajo a investigar la historia y el racismo, pues él ha vivido en carne propia varios desplantes por su color de piel.

Ortiz Cassiani ha aprovechado su espacio como columnista de los diarios El Heraldo y El Espectador, para tejer la memoria de la diáspora africana en Colombia y el mundo. Mezclando elementos y formas del periodismo y la historia, entrelaza la esclavitud y las ansías de libertad con los conflictos actuales, dándoles sentido desde sus orígenes hasta hoy. Echando mano de abundantes recursos literarios, el autor le devuelve la vida a la historia.

Cuando quiso reunir en un libro algunos de los relatos que venía publicando en medios, el Ministerio de Cultura se interesó por el proyecto, con la idea de hacerlo parte de las actividades que están llevando a cabo por el Decenio Internacional para los Afrodescendientes (2015-2024), una proclamación promovida por Naciones Unidas que pretende proteger los derechos de las personas de ascendencia africana, reconociendo sus aportaciones y la preservación de su rico patrimonio cultural.

Así nació El incómodo color de la memoria, una obra que, a lo largo de 200 páginas, recorre la historia de aquellos que llegaron como esclavos y terminaron siendo determinantes en la construcción de Colombia como nación. Una historia de dignidad y resistencia contada a partir de ensayos, columnas de opinión y perfiles. Es la historia negra en Colombia y el racismo que la cobija.

 

Javier Ortiz Cassiani. Foto vía.

Javier Ortiz Cassiani. Foto vía.

 

¿Cómo hablamos los colombianos de racismo?

A propósito del título, El incómodo color de la memoria, el racismo es uno de los temas más incómodos en este país y en el mundo. Tenemos un mundo supremamente sofisticado, que ha construido niveles de organización social altísimos, pero, por otro lado, tiene otra agenda, la de los prejuicios, que siguen estando allí.

Es como si el mundo se resistiera a darse cuenta de que a pesar de todo ese grado de desarrollo político, algunas cosas tan premodernas como los prejuicios sociales siguen jugando un papel central.

 

¿Por qué le dedica tanto de su trabajo al racismo?

Es muy difícil en un territorio como el colombiano no darse cuenta de que eres negro. Te lo hacen sentir. El trato es diferente, las bromas. Yo siempre recuerdo estas formas de representación, cuando se celebraban en el colegio los actos cívicos del día de la raza.  Por supuesto, ya sabías qué papel te tocaba si tenías el color de piel más oscuro que el resto de tus compañeros. Hay una sociedad que se encarga de que no pase desapercibido esa condición tuya.

Además, cuando vine a Cartagena, encontré una ciudad mucho más negra que Valledupar. Fue la primera ciudad receptora de esclavos durante el periodo colonial. Eso se ve en la cotidianidad de la ciudad, en unas prácticas de exclusión, de marginalidad. En Cartagena hay una relación directamente proporcional entre la capacidad adquisitiva y la condición étnica. Los más pobres son las personas más negras.

 

¿Cómo nos han pintado a los negros en la historia de Colombia?

Está la idea de la inferioridad, de que la única virtud, si se puede llamar virtud, de la población negra es su condición física. También, la idea de que la población negra no tenía alma y que por lo tanto sacarlos de África y traerlos como esclavos a otro territorio era hacerles un favor. Así mismo, la idea de que la población negra solo está hecha para percutir tambores. La hipersexualización del hombre, la exotización de la imagen sexual del hombre y la mujer negra. Son ideas que son recurrentes y se han vendido siempre en Colombia.

En el siglo XIX uno encuentra muchos académicos hablando del blanqueamiento. Si tu no bailas, no tocas tambores o no tienes una sexualidad exuberante, te estás blanqueando. Eso les dijeron a los primeros negros en este país que comenzaron a escribir. 

 

¿Qué hemos hecho por superar el racismo?

Mentiría si digo que la situación actual es la misma de hace 40 o 50 años, no digamos un siglo. Por supuesto que hay algunos avances. Pero todavía sigue pesando la idea del país mestizo, y ese mestizaje tiende a ocultar, en vez de reconocer. El mestizaje es para decir lo que no somos. No podemos decir que somos españoles, porque no lo somos, pero mucho menos hay que decir que somos indígenas, o negros.

 

¿Cómo podemos empezar a cambiar esas categorías?

Hay unos pasos que hay que seguir dando. Cada vez hay más gente que se atreve a denunciar el racismo. Como en el caso de la violencia de género, hay que preparar al aparato de justicia y a los jueces para entender el racismo. Es como cuando una mujer es violada y el juez se atreve a preguntarle cómo iba vestida o si iba caminando por un lugar donde ella no debía caminar… Algo similar ocurre frente a lo racial. 

 

¿Qué grandes personajes afrodescendientes de nuestra historia no hemos dimensionado?

José Padilla, por ejemplo. La independencia de lo que sería después Colombia, y de varias naciones latinoamericanas, no hubiera sido posible sin su figura. Te podría mencionar también a Candelario Obeso, a Joaquina Robles o a Jorge Artel.

Hay una serie de personajes que habría que tener en cuenta en la misma dimensión que se les mira a blancos o mestizos. Pero el problema no es la falta de reconocimiento, sino cómo se les reconoce. Siempre está esa carga exótica y eso no permite tener una mirada más seria, responsable y respetable sobre estos personajes.

 

¿Podemos hablar de paz sin hablar de racismo?

Hay dos cosas. Por un lado, está demostrado que hay una relación muy clara entre la guerra y la condición étnica. No en vano los más afectados en este país con el conflicto han sido las poblaciones indígenas y negras.

Yo siempre he dicho que resulta mucho más fácil, por los prejuicios que tenemos, matar a un negro que a un mestizo, o que a un blanco. La guerra inferioriza. Viendo al otro inferior, es más fácil matarlo. 

Por el otro lado, para hablar de paz es necesario tener en cuenta el racismo y las discriminaciones que hay. En el libro hay unos casos de Barú que hablan sobre eso. Barú no sufre el conflicto tradicional. Allí no hubo una masacre como la hubo en Bojayá, pero es una población a la que sistemáticamente los proyectos económicos le han venido quitando su tierra, los han venido desplazando.

Todo eso hay que tenerlo en cuenta. Son fenómenos subyacentes a los que, si no se les presta atención, se convierten en focos de violencia.

 

Cómo se borra un pueblo del mapa es una de las historias del libro que une a la historia con su relación con el presente…

Esa es la ventaja, yo creo, de estar haciendo periodismo siendo historiador. Creo que si alguna razón de ser tiene la historia en un país como este es demostrar que los problemas no se inventaron ayer. Como consumimos cada vez más información, en estos tiempos en que todo se vuelve anticuado a los tres días, se nos olvida que el mundo es un lugar difícil desde hace mucho tiempo. Y se nos olvida conectar estos pasados de exclusión y de marginación con hechos actuales. La historia me ha ayudado como referente. Me ha servido para construir un discurso de la dignidad.

 

¿En Colombia tenemos memoria a corto plazo y, además, selectiva?

La memoria es siempre selectiva. Al igual que la historia, se activa de acuerdo con los intereses que se tengan en el presente. No hay nada que se escriba más desde el presente que la historia.

En Colombia las memorias se activan en ciertas coyunturas y se vuelven operativas para ciertas cosas. Para los grupos indígenas y negros, por poner un ejemplo, la violencia no es la violencia partidista de mediados de siglo, ni la violencia de los grupos guerrilleros. La violencia de ellos viene de mucho más atrás. Para los indígenas, desde que empezaron a quitarles los territorios con la llegada de los españoles. Para los afrodescendientes, desde el momento en que llegaron los primeros esclavizados y empezaron a nacer sus hijos y a ser perseguidos. 

A veces se nos olvida que hay unos dolores que tienen una tradición mucho más vieja que las violencias recientes.

 

¿Cuáles diría que son las formas de racismo más comunes pero menos perceptibles, aquellas que sólo son dolorosas para aquel que las recibe?

Te voy a decir algo muy personal para ilustrar esto. Si yo como negro voy a un restaurante caro en Cartagena, es común que quien me atienda me pregunte de dónde soy, o que me entregue la carta en inglés, pues parte de la idea de que, si yo soy negro, y cartagenero, difícilmente puedo pagar en ese lugar.

El trato cambia si se dan cuenta. Entonces, la lectura que hacen es: bueno, si este tipo negro está aquí, debe ser alguien especial. Y eso quiere decir que, al negro común y corriente, que no tiene para estar ahí, lo van a ver siempre como una persona inferior.

Esas prácticas cotidianas pasan desapercibidas para la gente que nunca las ha sufrido porque es muy difícil ponerse en los zapatos del otro. Les cuesta entender porque nunca van a sentir lo que son este tipo de prácticas de exclusión que solo le ocurren a cierta gente.

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