Este artículo fue orginalmente publicado en Vice Colombia.

Por: Andrés Páramo Izquierdo

Enrique Peñalosa es un mal alcalde. No digo nada nuevo ni tampoco un secreto que alguien desconociera. Él seguramente piensa otra cosa: que es un mandatario impopular, pero de decisiones correctas, injustamente evaluado por una sociedad sin criterio. Él cree (y yo estoy convencido de ello, porque lo ha repetido miles de veces en sus entrevistas) que los bogotanos le agradecerán una vez su modelo de ciudad esté listo, como pasó la primera vez que fue alcalde.

Pero hay que aclararle algo de lo que no se ha percatado: esta no es la misma ciudad que se encontró en 1998, con ciudadanos inconscientes de sus derechos y sin voz. No, alcalde, no es lo mismo: por eso cualquier persona que hoy tenga un computador con Internet puede decir que un funcionario no tiene los títulos de doctorado que alega. Y eso es importante.

Adentrándome un poco en esto último: los bogotanos no somos los mismos ciudadanos que éramos en los años 90 y creo que él no lo entiende. Ya no funciona, por ejemplo, imitar los innovadores jueguitos que Antanas Mockus aplicó en 1995, con los mimos y los payasos pedagógicos, poniendo en las calles a unos ridículos conos vivientes o a un pato en Transmilenio que nadie termina de entender.

Pero Peñalosa insiste. Quiere terminar de armar su ciudad como si fuera cosa de haber dejado los platos en remojo durante el fin de semana.

Arrancó su gestión con un tema pendiente de su primera Alcaldía: intervenir la Reserva van der Hammen, a la cual solo puede calificar como una sumatoria de potreros, para hacer allí unas obras viales divinas y parques y alamedas y canchas de fútbol.

Con esta salida en falso, el alcalde hizo caso omiso a las recomendaciones que 11 sabios ambientalistas hicieron desde el año 2000 en un Plan de Manejo Ambiental. Ellos anunciaron el potencial ecológico que tenía este corredor natural que se asienta entre los Cerros Orientales y el Río Bogotá, y pidieron su protección y mantenimiento para rehacerlo como la gran reserva que siempre debió ser. Pero que no, dijo el alcalde. Que no y que no y que no y que no: potreros al fin y al cabo, repite hasta hoy. Potreros que no conectan cerros y río, como aseguró hace poco en un hotel de Bogotá.

Siguió su periodo como alcalde con la operación de El Bronx, igualita a la que adelantó en El Cartucho en su primera gestión hace 20 años, desatendiendo esta vez absolutamente todas las críticas que personas autorizadas le hicieron. El alcalde se pasó por la faja el hecho de que la criminalidad encuentra asiento así la barran de las calles, como sucedió con El Cartucho, vaya casualidad, cuando se convirtió finalmente en El Bronx de este siglo. Y el fenómeno, por la falta de intervención humanitaria, ya tiene sus coletazos y pequeñas ollitas previsibles. Pero no importa.

Sigue y sigue, insistiendo en más Transmilenios que la gente no quiere que pasen por la Séptima, hablando a las carreras de cómo ese sistema es mucho mejor que un metro (así haya prometido el maldito metro para hacerse elegir como alcalde), peleando contra el uso del carro particular, pensando en liberar las tarifas de los parqueaderos para que cobren lo que quieran, empecinado en la teoría vieja de que “donde hay suciedad hay criminalidad”.

Eso fue lo último que supimos: la aplicación a rajatabla de la “teoría de las ventanas rotas”, una vieja postura de la criminología del siglo pasado. Por eso es que Peñalosa se fue al sur, al barrio Los Puentes, a pintar a su gusto un barrio entero, para generar allí sentido de pertenencia. Y por eso es que va al centro de la ciudad, a La Candelaria, a borrar los grafitis que no le gustan, donde la pertenencia ya existe.

¿No están convencidos de su terquedad? Véanlo acá, frente a Yamid Amat, después de que el Deprimido de la 94 se inundara por completo. Él mismo, ahogándose solo, soltando frases sobre las lluvias del mes de abril, la falla humana, las moto bombas eléctricas que no existieron en ese momento, el operario que no estaba. Yamid le pregunta lo obvio: ¿Por qué una obra se inauguró sin estar lista? “El Deprimido opera perfectamente con lluvia”, respondió el alcalde.

Increíble.

Más que rabia, Peñalosa da lástima. Pobre Enrique, de verdad: un alcalde magnífico que le cambió hace 20 años la cara a Bogotá, haciendo hoy estas mamarrachadas. Poniéndose bravo (véalo aquí y aquí y aquí) cada vez que alguien le dice que piensa diferente a él. Puede que tenga propuestas y proyectos buenos y efectivos pero, como dice, “los ciudadanos no entienden”. Tiene toda la razón, alcalde: yo soy uno de los que no entiende. ¿Pero será que tiene razón? ¿Será que nos va a dejar una mejor ciudad, como prometió? ¿Será que su impopularidad está llena de buenos actos que nadie entiende? No creo.

No esta vez, al menos.

Quienes votaron por él se equivocaron en pensarlo como un cambio. Nos desesperamos con la corrupción y arrogancia de los dos gobiernos anteriores. Él no es un cambio, lamento decirles: es el mismo alcalde que nos tocó en otra Bogotá, la de hace 20 años, cuando su propuesta sí era innovadora y revolucionaria.

Pasó de ser un técnico interesante, un conferencista internacional, a un bobo. El Siglo XXI, como deja ver en esos tuits ininteligibles que a cada rato despliega con fiereza, le quedó grande a Enrique. Bogotá, por ahora, también.

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