Foto: Sara Gómez

El Festival Hip Hop al Parque, uno de los eventos distritales más sonados en el país, se ha convertido en un tema noticioso para los medios no tanto por su cartel y alta asistencia, sino –sobre todo– por sus polémicas. En la edición de este año, que acaba de pasar,  74.000 amantes del rap y del hip hop se reunieron una vez más en el parque Simón Bolívar para ver 27 agrupaciones nacionales e internacionales y participar de las diferentes actividades musicales y culturales del evento. Sin embargo, en esta ocasión y como en algunas anteriores, la buena cara del festival fue eclipasada en los titulares por las peleas, los cuchillos y las 14 personas lesionadas que dejó el evento.

No obstante, más allá de los problemas de seguridad que empañaron esta edición, hay una característica del festival sobre la que los medios no han comentado mucho, pero que es inevitable notar: las diferencias logísticas con otros festivales.

Una muestra de eso, solo para empezar, es la oferta de comida. Este año, eran apenas dos las opciones: o perros calientes o paquetes de Todo Rico. Además, las carpas de comida eran contadísimas: alrededor de seis para más de 70.000 personas. Podría parecer insignificante, pero teniendo en cuenta que la oferta gastronómica es mucho más variada en, por ejemplo, Jazz al parque —un festival al que no asiste ni la mitad de la gente que asiste a Hip Hop al parque—, cabe preguntarse entonces cuáles son los motivos detrás de esas diferencias.

Por otro lado, los programas de la Secretaría de Integración Social, que suelen hacer presencia en este tipo de festivales, también brillaron por su ausencia. En ninguno de los días de festival se vieron los usuales programas de educación sexual, con entrega de preservativos, o las guías de planificación repartidas por el equipo de esa secretaría. El año pasado, para citar otro ejemplo, esa entidad sí incluyó dentro de estas iniciativas a más de 5.000 jóvenes asistentes al evento.

Lo curioso es que este tipo de olvidos, o de vacíos logísticos, sucedan en el corazón del festival más grande de la capital después de Rock al Parque —que este año tuvo una asistencia de alrededor 300.000 personas— y que cuente con muchas menos ofertas que Jazz al Parque, uno de los festivales más pequeños de la capital.

En cambio, donde sí, evidentemente, se vio el despliegue de logística, fue en las medidas de seguridad implementadas por el Distrito y la Policía de Bogotá. Este año, como todos los años, los filtros de entrada al parque Simón Bolívar fueron estrictos y los controles de puertas para adentro, constantes.

Pese a los heridos, este lunes, el alcalde Enrique Peñalosa trinó aclarando que este año hubo menos problemas de orden público que otros años. Y en otro trino dijo que era necesario buscar con los jóvenes una cultura de “no violencia”.

¿Pero por qué hay violencia entonces? Para Manuel Garzón, el cantante líder de Reincidentes, una de las bandas que participó en el Festival, “este no es un problema de la escena rapera, es un problema social, que se refleja particularmente en la escena”.

No obstante, resulta al menos inquietante pretender buscar una cultura de no violencia cuando el poco interés de ofrecer alternativas para los asistentes se parece más al abandono. ¿Cómo se motiva a otros a que cambien comportamientos cuando las empresas y organizaciones no gubernamentales y gubernamentales son reacias a participar en el evento?

Un festival difícil de vender

Según Edison Moreno, el gerente encargado de música del Instituto Distrital de Artes  (Idartes), “no es tan fácil vender los espacios de comercialización en el festival. A diferencia de Rock al Parque, donde hay mucho más publico y cuestiones de seguridad, claramente”. Moreno aclaró que las empresas que desisten de participan en Hip Hop al Parque no les “dicen directamente que la razón sea por cuestiones de seguridad”, pero en Idartes “es el supuesto que se tiene”. Asimismo, la curadora del festival, Diana Avella, calificó de ‘desafortunado’ el estigma que pesa sobre el festival en Bogotá y sobre el que también los medios han contribuido. Eso es lo que podría ocasionar que, en últimas, las marcas no quieran participar en estos espacios.

Avella explicó que en un futuro se quiere que “los líderes de las marcas se animen a trabajar en estos espacios”, pero tiene claro que, como entidad, no se puede obligar a nadie a que preste sus servicios. Concluyó que aunque el festival no fue perfecto, trabajarán “con los que creen en el proyecto”, ya que la movilización que hubo el fin de semana fue una de las más históricas y pacíficas de Hip Hop al Parque.


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De otro lado, Juliana Restrepo, directora Idartes, explicó que este “es un festival donde no se consumen tantos alimentos, porque la gente no va a parchar en el parque”. De acuerdo con ella, la demanda es muy baja como para ofrecer más opciones: “no es un público que consuma”, aseguró.

Ausencia de programas de educación sexual

Frente a la ausencia de programas de educación sexual la curadora del festival, argumentó que al tener este año el enfoque de paz y reconciliación, la estrategia no era enseñar “prevención sino proyección”. Es decir, el propósito de los organizadores era mostrarles a los asistentes cómo armar un proyecto de vida. “Esto se reflejó desde el afiche hasta el festival como tal, porque da la misma que se quieran llenar de hijos si no tienen un proyecto”, explicó Avella.

Diana agregó que el tema no era presupuestal, ya que la mayoría de estas apuestas se hacen por medio de alianzas y no de contrataciones, y aceptó que entregar preservativos es “solo una línea para atacar el problema”.


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”Este año hubo otras estrategias frente al tema  de educación sexual”, argumentó la directora Restrepo, quien aseguró que en esta versión se le dio mucho énfasis a la prevención de consumo de drogas y a la violencia, una problemática recurrente en el festival.

Más allá del enfoque curatorial de la edición de este año, o de los problemas con las carpas, o de la discusión sobre si la presencia de campañas de educación sexual son fundamentales o no, es evidente que hay una escasez en la participación de los sectores públicos y privados en el festival. Sí, hay un problema de seguridad, pero no por eso es menos problemático el abandono institucional y la falta de interés de las empresas.

Pero lo más preocupante de esa actitud, tal vez, es que de alguna u otra forma termina inscrita en la estigmatización cultural del sector hip hopper. Y esa es la misma estigmatización que se refleja en redes sociales cuando algunos lo llaman ‘chirrete al parque’, ‘ñerolandia’ o se refieren a sus asistentes con adjetivos peyorativos, además de recurrir a toda clase de insultos entre chistes y memes.

El fin de semana pasado no le cabía una persona al parque Simón Bolívar. ¿No valdría la pena que en vez de las mismas medidas de seguridad que aplican todos los años, el Distrito aprovechará la ocasión y le apostara a medidas más participativas?

Lo veremos el año que viene, porque lo que está claro es que, a pesar de los problemas, el festival debe continuar.

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