Ilustración: Laura Velasco.

En Colombia, los partidos de la selección de fútbol tienen eso que le hace falta a las elecciones: una sensación de inevitabilidad, de que así no nos guste a todos nos toca. Los partidos, cuando son de verdad y no amistosos, son de esos eventos a los que no se les puede dar la espalda. Lo mismo pasaba en lo profundo de la selva, donde se peleaba la guerra.

“Me acuerdo mucho del partido que íbamos perdiendo contra Chile 3 a 0  y terminamos empatando 3-3. Ese lo disfruté muchísimo, llevaba casi un año sin ver a la selección”, me dice Jairo Hernandez, quien militó desde 1989 hasta hace unos meses en el bloque móvil Arturo Ruiz, uno de los cuerpos militares más activos de las Farc.

En su lucha de cinco décadas en contra del Estado, la guerrilla de las Farc creó todo un conjunto de instituciones paralelas para satisfacer la necesidades básicas y secundarias  de una tropa que llegó a ser de 18.000 personas. Sin embargo, pese a ser una especie de subestado, su equipo de fútbol sí era el mismo que el todos los demás colombianos.

“En la guerrilla, los días de partido eran de mucha alegría”, cuenta Hernández, quien hoy en día organiza el equipo de fútbol del Espacio de Normalización de La Elvira, Cauca. “Desde la mañana nos sentábamos a hablar del rival y los posibles marcadores”.

Hacer una pausa para ver el partido puede parecer normal en cualquier oficina, pero estos eran soldados en medio de una guerra sin tregua: “En la guerrilla el orden y la seguridad siempre son lo más importante, y el día del partido era igual. Si uno estaba de guardia o en alguna operación, no había ninguna posibilidad de ver partido. Tocaba que le contaran después” dice Hernández, quien aparte de los partidos de la selección, seguía desde el monte al Junior de Barranquilla, “como buen costeño”.

Sin embargo, en la guerrilla no siempre fue fácil mantenerse en contacto con la selección, ni con el resto del mundo exterior. “Durante el gobierno Uribe, la presión militar desde el aire era tan fuerte que no podíamos prender los televisores que todavía teníamos en el campamento”, cuenta Sofía Reyes, quien militó durante 25 años en el frente 47 de las Farc y siguió a la selección durante esos años a pesar de las adversidades.

“Cuando los aviones estaban sobre nosotros –me contó Reyes– los guerrilleros que éramos hinchas (la mayoría) sacábamos nuestros radios y nos reuníamos en grupitos de cuatro o de cinco para escuchar el partido en la oscuridad”.

Hernández, por su parte, tuvo que escuchar por la radio los 5 goles que Colombia le hizo a Argentina en el 93 y que llevaron a la selección al mundial de Estados Unidos 94. No obstante, sí logró ver en un caserío el gol que Freddy Rincón rincón le hizo a Alemania en 1990, para clasificar al equipo a la segunda fase del mundial de Italia.

Entre el 9 y el 30 de junio de 2014, las Farc, que ya completaban casi dos años en negociaciones de paz con el gobierno, declararon una tregua unilateral con motivo de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Casualmente, por esos mismos días Colombia tendría su mejor participación en la historia de los mundiales, al llegar a los cuartos de final en Brasil.

Casi un año antes, cuando la selección clasificó al torneo justo con ese 3 a 3 con Chile, Rodrigo Granda, conocido como el ‘canciller’ de las Farc, salió a felicitar a los jugadores vistiendo la camiseta oficial de la selección. Unos días antes del debut de Colombia en el torneo, la delegación de paz de las Farc publicó un comunicado en el que, en su característica jerga, enviaban sus buenos deseos: “Al capitán Mario Alberto Yepes, a James Rodríguez y a toda la muchachada mundialista”.

En ese mismo mensaje, los miembros de la delegación de paz de las Farc no pudieron evitar citar a Eduardo Galeano diciendo: “el fútbol y la patria están siempre atados y con frecuencia los políticos y los dictadores especulan con esos vínculos de identidad”.

Tanto Jairo como Sofía pudieron ver por televisión los partidos de Colombia en Brasil 2014, él en las montañas del sur del Chocó y ella en una comunidad indígena del Urabá antioqueño. Ese, hasta ahora, ha sido el único mundial que la guerrilla pudo vivir en relativa calma.

Con el televisor listo

Incluso en una época en la que el rechazo de las Farc al ‘establecimiento’, en todas sus expresiones, era mucho más radical, la guerrilla –a su manera– le hacía un guiños a la selección. En junio de 2001, mientras el gobierno y las Farc negociaban en El Caguán y el país estaba designado para ser sede de la Copa América, la guerrilla secuestró al entonces vicepresidente de la Federación Colombiana de Fútbol, Hernán Mejía Campuzano. La noticia forzó a la Confederación Suramericana de Fútbol (Conmebol) a considerar la cancelación del torneo. Ante esa posibilidad, las Farc liberaron a Mejía luego de 70 horas de retención.

“Cuando se dieron cuenta que la copa podía suspenderse en Colombia para llevar la sede a otro país, los guerrilleros se desesperaron, seguramente porque pensaron que iban a quedar muy mal con sus compatriotas y entonces liberaron a Mejía”, dijo años después el entonces presidente de la Conmebol, Nicolás Leoz. El incidente, sin embargo, bastó para que Argentina retirara su participación y Brasil enviara un equipo suplente, ausencias que le quitaron mucho brillo al torneo que al final ganó Colombia.

A pesar de que, como Jairo y Sofía indican, la mayoría de la tropa guerrillera seguía a la selección y algún club del torneo local, el fútbol moderno —quizá el máximo exponente del capitalismo depredador– no deja der ser un espectáculo algo incómodo para un revolucionario:

“Es una lástima que el fútbol haya perdido su esencia de integración para convertirse un negocio. A cualquiera le incomoda ver que alguien gana cifras millonarias cuando ahí afuera del estadio hay gente en condiciones de miseria”, comenta Jairo Hernández acerca del trasfondo social de los partidos de la selección. Sofía recuerda que, aunque eran  pocos, en su frente siempre hubo guerrilleros que no se acercaban a los radios de sus compañeros para escuchar los partidos de la selección porque ese era un equipo “que no les había dado nada”.

Independientemente de sus posiciones políticas frente a todo lo que sucede en el fútbol, hoy, casi cuatro años después de que un miembro del Estado Mayor Central se parara por primera vez frente a la cámaras con la camiseta de la selección puesta, los exguerrilleros de las Farc van a reunirse en tranquilidad para ver el partido contra Paraguay. Lo harán desde las zonas donde se preparan para reintegrarse a la sociedad.

“Aquí ya tenemos lista una señal de televisión para ver el partido en grupo, como todo lo que hacemos”, me dice Jairo Hernández desde La Elvira, Cauca.

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