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Bakongo se lleva a cabo en varios lugares de Colombia, como Ráquira (Boyacá). Foto cortesía Bakongo

Bakongo se lleva a cabo en varios lugares de Colombia, como Cartagena y Boyacá. Foto cortesía Bakongo

Una muda de ropa para dañar, otra para mojar, un sombrero, una maleta pequeña y una cantimplora, eso es todo lo que tienen que llevar los niños al campamento de Bakongo. No son hijos de estratos altos, y muchos no viven en la ciudades. Muchos han aprendido a disparar antes que a jugar con sus muñecos o balones, y otros vieron morir a sus familiares por la violencia de soldados, guerrilleros o paramilitares.

La idea de los creadores de esta iniciativa es reunir a los hijos del conflicto armado con el fin de transformar sus realidades y  promover la reconciliación entre ellos a través de mecanismos que les permitan desarrollar habilidades creativas que se puedan poner al servicio de sus comunidades. En Bakongo, los niños que han sufrido el conflicto armado pueden convertirse en verdaderos agentes de cambio.

La iniciativa, que se financia a través de donaciones pues no le cobran a los usuarios, nació en Global Shapers de Bogotá, una comunidad de activistas. Bakongo se materializó tras diferentes estudios sobre el papel de los niños en escenarios de paz y reconciliación. Ya han hecho varios campamentos en diferentes lugares del país. Incluso inventaron una especie de “campamento en la playa” el año pasado, en la que los niños fueron a Cartagena.

El proyecto fue premiado durante la última edición del Foro Económico Mundial, y ya es reconocido a nivel internacional por sus aportes a la construcción de tejido social desde la infancia. ¡Pacifista! habló con Daniel Buriticá, director y fundador de Bakongo, sobre los retos y lecciones que le ha dejado este trabajo.

¿Cómo nació Bakongo?

Yo he dirigido campamentos desde hace ya diez años, además he sido emprendedor independiente toda mi vida. Debido a esa experiencia en los negocios, fui invitado a una serie de charlas y conferencias sobre diferentes temas en Dublín (Irlanda), ahí conocí a Regis Ortíz, desmovilizado de las Farc, allí nos sentamos a hablar sobre procesos de construcción de paz.

Ortíz y yo coincidimos en muchas visiones sobre la reconciliación en Colombia. esa fue una experiencia fascinante. Cuando llegamos a Bogotá concluimos que lo que habíamos hablado no podía quedarse en una simple charla, ahí nació la iniciativa, como una forma de aportar a la construcción de paz desde los niños, porque ellos son la semilla de la sociedad.

Hacer un campamento de paz para niños parece difícil ¿Cómo lo logró?

Antes de que el campamento se consolidara, junto con un grupo de voluntarios hicimos algunas investigaciones con base en teorías de resolución de conflictos. Tras esa indagación nos dimos cuenta de que el juego es clave para enseñar lecciones, pues las vivencias tienen mucho más impacto que las palabras.

Cuando entendimos eso, quisimos apostarle a la paz a través de la experiencia. Los niños que van a Bakongo están todo el tiempo en actividades diferentes, en ellas, ponen en práctica algunos valores esenciales para la reconciliación como la tolerancia y la empatía.

Hablarles a los niños sobre paz es difícil si lo hacemos de una forma tradicional, pero si jugamos con ellos y vivimos aventuras juntos, entenderán más fácil de qué se trata y comprenderán que ellos tienen mucho que ver con el futuro del país.

Usted dice que hablar con los niños sobre paz no es fácil, parece mucho más difícil tocar este tema con los menores que han sido víctimas de la violencia. ¿Cómo entregarles a ellos un mensaje de reconciliación?

Nosotros vemos en televisión que los grupos armados hacen entrega de diez niños reclutados pero, en realidad quedan miles por sacar de la guerrilla y las Bacrim. La violencia maltrató a la infancia y las acciones estatales son insuficientes.

Esos niños reclutados han sido forzados a olvidarse de su infancia. Yo hablo con algunos de ellos, por ejemplo, sobre ir a una piñata y ellos no saben qué es eso. La única solución a ese maltrato sistemático que han vivido está en actuar con amor.

A parte del reto que supone hablar de paz con los niños ¿Cuál ha sido el mayor desafío que ha enfrentado en el proceso de sacar adelante esta iniciativa?

El dinero. Nuestra idea siempre ha sido llevar con nosotros el mayor número posible de niños en situaciones vulnerables, de hecho, tenemos una fundación aliada que se encarga de la selección de los menores que irán al campamento, pero, por temas de dinero es muy difícil.

Los recursos salen a través de donaciones. Tenemos algunas empresas que nos apoyan con los gastos, aunque lo más bonito ha sido ver que quienes más donan a la iniciativa son personas naturales, inclusive estudiantes que no quieren que el proyecto desaparezca.

Para usted ¿Cuáles son las principales lecciones de paz que le deja este trabajo con los niños?

Hay algo muy curioso. Normalmente, a los niños se les habla de paz como debería hablársele a los adultos. La sociedad cree que a los mayores no hay que hablarles a través del amor, pero es todo lo contrario.

Los adultos también responden al amor, a través de él podrían eliminarse las etiquetas y la sociedad podría unirse más para terminar con diferentes conflictos que no solo existen en las armas. Los mayores no deben creer que su misión es educar para la paz, yo diría más bien que lo que deben hacer es inspirar para la paz.

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