Foto: Luisa Machacón

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Por Alfredo Molano

Existen varias hipótesis sobre el comienzo de la producción de cocaína en el país. En los años 1920 hubo un pequeño grupo de negociantes ilustrados -alguno de sus miembros vinculado a la familia antioqueña Olózaga- que transformaban la hoja de coca cultivada por indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta en cocaína, para venderla en La Habana y Miami. Pero la empresa no prosperó, afectada por la implantación de la Ley Seca en EE. UU. (1920-1933).

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Otra hipótesis se desprende de la fumigación de la marihuana, sobre todo en la Sierra Nevada. Algunos combos que habían extendido sus negocios a la región de La Macarena, Meta, importaron las técnicas de fabricación de cocaína e iniciaron cultivos. Hasta donde he podido investigar, la iniciativa fue de Rodríguez Gacha y tuvo una fuerte oposición de las Farc, que consideraron que la producción de marihuana y cocaína era una estrategia norteamericana para enviciar a los campesinos y crear la anarquía en los guerrilleros. Se habla de la construcción de pistas y laboratorios destruidos por la guerrilla en la zona de Vistahermosa.

Por último, existen numerosos testimonios de colonos antiguos, llegados a la zona de El Retorno, Guaviare en los años 1970, que dan cuenta del cultivo de la hoja de coca y de su trasformación en lo que ellos consideraban una extraña sustancia. Se trataba de una empresa fundada por el Manteco Murcia, esmeraldero de Boyacá y heredero de las minas de Efraín González, el célebre bandolero conservador. En un comienzo repartió gratuitamente esquejes de matas de coca entre colonos a los que compraba la hoja a buenos precios. Al mismo tiempo compró mejoras e hizo una gran hacienda donde metió ganado y cultivó directamente la hoja. Tanto la que compraba como la que cultivaba eran procesadas en construcciones alejadas.

En el secreto del procesamiento estaba el negocio real. Pero poco a poco los “químicos”, los técnicos en el procesamiento, vendieron las fórmulas de producción de base de cocaína, conocida como “mercancía”. De manera que muy rápidamente el cultivo y el procesamiento se popularizaron y Murcia y un nuevo socio, Carlos Lehder hicieron lo mismo que los cafeteros antioqueños: dejaron en manos de campesinos la producción de la coca y su procesamiento inicial para monopolizar el “salto de merca en cristal” y, naturalmente, su comercialización y exportación. Las guerrillas se opusieron radicalmente hasta el día en que los colonos les dijeron: o permiten la bonanza o es quitamos el apoyo.

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Los colonos defendieron a ultranza la nueva bonanza. Los viejos habían conocido la del caucho y la de las pieles y sabían que pese a la violencia esas olas de prosperidad mejoraban las miserables condiciones de la población que rompía la montaña y se endeudaba para sacar unas cosechas que sólo contribuían a caer en manos de comerciantes y de prestamistas. La población de las colonizaciones que se han desarrollado a partir de los años 1920, han tenido que ver con el problema agrario. Es decir, con la concentración de la tierra en reducidos bolsillos, con el despojo de sus fincas, con la violencia. Pero la tierra ha sido siempre su gran promesa y su único medio de vida.

Vieron al rompe que los cultivos ilícitos, primero los de marihuana y después los de coca y amapola, representaban por primea vez en sus vidas un trabajo que era reconocido económicamente. El producto de su trabajo familiar era pagado –y muchas veces muy bien pago- con la venta de la yerba, la base de coca o la mancha (resina) de la amapola.

La bonanza de coca, la más persistente y extendida, le resolvió al campesino uno de los principales obstáculos: el transporte. Llevar al hombro un bulto de maíz un kilómetro era una proeza; llevar 50 bultos de arroz al mercado, una hazaña. En cambio, para llevar un kilo de pasta básica no era necesario tener 10 mulas, una canoa con motor, pagar un camión. La cosecha se llevaba en una mochila.

Y en el mercado, encontraba siempre compradores que competían para quedarse con la “mercancía” y es más: le adelantaban el dinero que necesitara para ampliar la chagra, mejorar la casa, comprar una en el pueblo para que los hijos pudieran estudiar; adquirir un motor fuera de borda, un campero; viajar a visitar la familia que quedó en el lugar de origen. Comer en un restaurante, llevar a la mujer a la peluquería, comprarles un balón a los niños. Una muñeca. En una palabra, entrar al mundo mágico del consumo, satisfacer demandas acumuladas y gustos reprimidos. Liberarse de los agiotistas, pagar las deudas, no verse obligados a vender la mejora, hablar duro en la alcaldía. En fin, ser un ciudadano y un consumidor.

Para llevar un kilo de pasta básica no era necesario tener 10 mulas, una canoa con motor, pagar un camión. La cosecha se llevaba en una mochila.

Todo lo que le había sido arrebatado y negado por el sistema económico, la coca se lo había dado de buenas a primeras. Tierra, crédito, transporte, precio estable y participación política llegaron atados a la bonanza. Todo lo que las reformas agrarias desde los años 1930 les habían prometido, por lo que habían luchado y muerto y luego los gobiernos burlado, la coca se los daba y a manos llenas. Por primera vez su economía fue defendida a muerte por el poder local, la guerrilla. El papel que la guerrilla jugó al defender la coca como una actividad legítima desde el punto de vista de las condiciones de pobreza -el delito de hambre- permitió que el colono se sintiera partícipe del poder de la guerrilla que además de defenderlo contra el Gobierno establecía normas de convivencia entre vecinos, cultivadores, comerciantes y autoridades legales. El apoyo campesino al papel de la guerrilla como defensora de una economía y de una cultura fue total.   

 

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