Por Caroline Haidacher
Todas las fotos fueron tomadas por la autora

Los 518 miembros de las Farc que están en la zona veredal Buenavista prepararon una fiesta por todo lo alto: mataron a 10 vacas en la noche del viernes y a otras 10 en la noche del sábado para alimentar a los cerca de 2.000 invitados que asistirían a la celebración. No era cualquier fiesta. Se trataba del  aniversario número 53 de la organización, conmemorado este fin de semana simultáneamente en todas las zonas veredales del país. Y a pesar de que no era un número redondo, la ocasión sí tenía un componente  definitivamente histórico: iba a ser el último aniversario de la guerrilla en armas y el primero en toda su historia festejado como evento publico, abierto a la sociedad civil y sin el silencio propio de la clandestinidad. 

Llegué a Buenavista el viernes después de andar 10 horas en carro desde Bogotá y de caminar una hora más desde la carretera hasta la zona veredal. Y desde el primer momento, una autentica euforia se percibía en el ambiente.  Los guerrilleros decoraron el sitio, incluido el sendero que conectaba con la carretera, con mucho esfuerzo y detalle: banderita roja con el logo de las Farc, banderita blanca con la paloma de Paz, una tras otra, hasta donde alcanzaba la mirada. Todavía no había sido noticia el anuncio de la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación del Acuerdo Final y del presidente Juan Manuel Santos, que extendía la vigencia de las zonas veredales hasta el 1 de agosto, debido a los retrasos logísticos en algunas de ellas.

Lo primero que vi el día de mi llegada fue que los guerrilleros trabajaban la carne con dedicación, pero con eficiencia militar: la cortaban y la alistaban a una velocidad impresionante. Todos trabajaban con concentración, sin embargo entre ellos comenzaba a ser latente una preocupación. El cielo oscurecía y el rumor de un aguacero comenzaba a amenazar la llegada de los invitados que tanto habían esperado.

Y la lluvia llegó y convirtió el lugar en un espacio caótico, lleno de barro. Sin embargo, el agua no bajó la euforia y mucho menos el ritmo de los preparativos. Empezaron a asar la carne, prendieron los parlantes para hacer pruebas de audio y llegaron los primeros invitados de la población civil con sus carpas, sleepings y ganas de aprovechar la fiesta. Solo faltaban los grupos de música, pero eso iba a ser un lujo del sábado.

Por la tarde también se empezaron a llenar los potreros de carpas. Llegaron, del Meta y de otras regiones del país,  grupos de organizaciones civiles, adolescentes, familias y parejas que acudían voluntariamente a participar de esta ‘última celebración’ que la guerrilla quiso hacer de puertas abiertas para cualquier interesado. Por eso, por momentos me daba la impresión de que ahora se empezaba a crear un nuevo tipo de turismo: un turismo de paz, o un turismo de mirar con boca abierta los nuevos miembros oficiales de la sociedad colombiana y que venía a ser testigo de este periodo de transición. 

Hablando con los ‘turistas’, comencé a entender la seriedad de su interés: “Vine a conocer, a romper mitos que tiene uno sobre el guerrillero, el militar y el campamento”, contaba una estudiante llamada Angélica, quien había llegado desde Bogotá. “Uno ve que son seres humanos. Es hora de empezar a tejer sociedad”, complementó.

Llegaron también sindicalistas de Villavicencio, quienes confesaron que habían apoyado a las Farc desde hace muchos años.  “Es muy rico poder estar aquí y poder reunirse abiertamente con los camaradas”, decía una enfermera y continuaba: “Antes uno no podía hablar con nadie sobre eso, era demasiado peligroso”.

Libertad para celebrar abiertamente, esa era la sensación que invadió el ambiente desde muy temprano el sábado. Por primera vez en décadas eso estaba ocurriendo y era perceptibles un sentimiento de alegría generalizado.

Por la noche llegó el aguardiente y se empezó a armar la fiesta. Primero de forma tímida, todos sentados en sillas, escuchando a los grupos de música ranchera que se tomaron el escenario. Pero a medida que las notas sonaban y las copas quedaban vacías, guerrilleros e invitados se empezaban a levantar para cantar y bailar. Aparecieron en el cielo juegos pirotécnicos que sacaron gritos de júbilo y aplausos.

Los altoparlantes estaban a un volumen tan exagerado, que por un momento pensé en todo lo que había estado reprimido:  ahora la guerrilla quiere subir el volumen y tener toda la fiesta que no han podido tener en 53 años de lucha en la selva. Por eso esa música que animó a los cientos de personas que asistieron a Buenavista bien podría ser una metáfora de la política en tiempos de paz: que ahora que las armas se están silenciando, sea la política y sus volúmenes la que domine la realidad.

Cuando llegó el amanecer del domingo todavía la gente estaba bailando en el barro e iban a seguir haciéndolo hasta el mediodía. Prendieron otra vez las brasas para asar más carne, nuevamente lanzaron juegos pirotécnicos y nuevamente cayó un aguacero.

El fin de semana se acabó después de una larga fiesta de casi tres días. La música dejó de sonar en Buenavista y comenzaron las horas de recuperación de la resaca. Las voces de quienes comenzaban a marcharse y los guerrilleros que conversaban entre sí redundaban al rededor de una misma idea: era momento de descansar porque la paz, con sus esfuerzos, está cada vez más cerca. Ahora faltan dos meses para que estos 518 guerrilleros que pasan los días aquí comiencen su camino definitivo hacia la vida civil. La hora está llegando.

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