Julián hace parte del grupo de 20 bibliotecarios que irán a las zonas veredales de transición y normalización de la mano de las Bibliotecas Públicas Móviles. Foto Mateo Rueda

Julián hace parte del grupo de 20 bibliotecarios que irán a las zonas veredales de transición y normalización de la mano de las Bibliotecas Públicas Móviles. Foto Mateo Rueda

 

Antes de entrar a la imponente y desértica Zona Franca de Mosquera, Cundinamarca, a una hora de Bogotá, donde están instaladas, por ahora, las Bibliotecas Públicas Móviles (BPM) que pronto serán trasladadas a sus lugares de destino, Julián García saca un ‘peche’ de un paquete de cigarrillos arrugado, lo enciende y le cuenta a una compañera que la noche anterior no ha podido dormir.

“Yo estoy que me trabajo”, le dice a la mujer mientras maniobra para guardar el encendedor en su bolsillo. A García el orgullo se le nota en los ojos. Él hace parte del grupo de 20 bibliotecarios que prestarán sus servicios en las bibliotecas móviles que este sábado 11 de febrero se inaugurarán en algunas de las Zonas Veredales de Transición y Normalización (ZVTN), donde los integrantes de las Farc se preparan para dejar las armas y empezar su tránsito a la vida civil.

García tira la colilla al suelo, entra al lugar y camina de prisa hacia una de las bodegas donde están las BPM. Sube velozmente las escaleras y justo frente a una de las cajas que darán forma a la biblioteca toma aire, se agacha y la abraza.

La destapa. Sabe que los 300 libros, las 17 tabletas digitales, los computadores, las cámaras de video y el sistema de cine que contiene cada caja no son para él. Pero no puede evitar sentirse como niño estrenando un juguete.

García recorre las cuatro cajas. Cada una es un módulo, una especie de ficha del rompecabezas que forma la biblioteca. Hay un módulo de lectura, uno informático, uno audiovisual y uno administrativo. Los cuatro, juntos, constituyen una biblioteca móvil.

El equipo coordinador, que integran funcionarios de Bibliotecas Sin Fronteras y la Red de Bibliotecas Públicas, le dice a Julián que le baje al entusiasmo, al menos mientras el resto de bibliotecarios se divide en dos grupos para así empezar a desplegar las cajas y armar los módulos.

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Los módulos que componen cada biblioteca se convierten en estantes para libros y mesas para las tablets y computadores. Foto Mateo Rueda

Uno de los grupos se queda trabajando en de la bodega, mientras que el otro, más arriesgado, prefiere hacerlo bajo el sol. Julián dice ser “todo terreno”, y es de los primeros en salir, según él, a broncearse pese a su piel morena. Se amarra en la cabeza una bufanda verde a cuadros y advierte la presencia de un equipo de herramientas dentro del contenedor. “Uy, menos mal aquí hay. Yo ya estaba pensando en traer las mías”, se burla. Sus compañeros se ríen.

Durante el descanso prende otro ‘peche’. Mientras fuma cuenta que su vida es el arte. Es oriundo de Piendamó, Cauca, y allá hace 35 años empezó a hacer teatro. Prácticamente hizo de la Casa de la Cultura de su municipio, su propia casa, pues rara vez sale de ahí.

Además de actor, Julián también es lector. Siempre lleva más de un libro adónde va. Parte de su tiempo y sus conocimientos los ha dedicado a ayudar a comunidades indígenas en la lucha por sus derechos. A los misak y a los nasa, ambas comunidades del Cauca, les ha ayudado a desarrollar proyectos de comunicación y educación. García está seguro de que estos aprendizajes son valiosos y de que serán su gran aporte en la biblioteca móvil que estará a su cargo en la vereda La Guajira, en el departamento del Meta.

Cada biblioteca cuenta con un kit de herramientas para que así se puedan instalar las mesas y los páneles que la conforman. Foto Mateo Rueda

Cada biblioteca cuenta con un kit de herramientas para que así se puedan instalar las mesas y los páneles que la conforman. Foto Mateo Rueda

García tiene miedo, no lo niega. Sabe que pasará seis meses en una de las zonas más afectadas por la violencia en el país. Solo en Mesetas, el municipio donde se encuentra la vereda, el conflicto armado dejó más 3.000 víctimas. Recuerda también cuando ese territorio hizo parte de la llamada Zona de Distensión durante el fallido proceso de paz del presidente Andrés Pastrana.

Algo que tienen en común quienes estarán a cargo de las bibliotecas móviles es su amor por los libros y los procesos culturales. El cucuteño Gilberto Sandoval fue elegido por los líderes del proyecto para hacerse cargo de la biblioteca que estará ubicada en la zona veredal del El Conejo en la Guajira.

“Los organizadores sabían que yo había sido voluntario en Norte de Santander con un camioncito que funcionaba como biblioteca. Uno me llamó y me dijo que le mandara mi hoja de vida urgente. Poco después me aviso que me habían seleccionado como bibliotecario de la paz. Yo no sabía si era cierto, no lo podía creer”, cuenta Sandoval.

Vea también: De La Vorágine al Acuerdo de Paz, así son las bibliotecas que llegarán a las zonas veredales

Los bibliotecarios parecen genuinamente enamorados de su misión. Muchos sueñan con cauterizar las heridas de la guerra mediante las letras. Quieren que los guerrilleros en proceso de desarme y las comunidades alrededor de las zonas conozcan los pormenores de la vida de Diomedes Díaz a través del cronista Alberto Salcedo Ramos o que el escritor Evelio Rosero les muestre cómo un pueblo ficticio se va quedando sin habitantes a causa de una guerra sin sentido, como lo describió en su novela ‘Los ejércitos’.

Julián trabaja como una hormiga. Se esmera por entender cómo funciona la conexión a internet en uno de los módulos. Tras la explicación que le dio uno de los siete funcionarios de Bibliotecas Sin Fronteras parece no tiene más dudas. Quiere aprender rápido, pues tiene solo hasta el 11 de febrero para prepararse. Ese sábado, García y los otros 19 bibliotecarios partirán rumbo a las 20 zonas veredales.

Se necesitan varias personas para acomodar los cuatro contenedores que pesan 750 kilos. Foto Mateo Rueda

Se necesitan varias personas para acomodar los cuatro contenedores que pesan 750 kilos. Foto Mateo Rueda

La jornada es larga. Con el paso de las horas, el sol se hace picante e intenso. Según el informe meteorológico, el día será el más caliente de la historia de Bogotá. Pero los 25 grados celsius no detienen la labor de los bibliotecarios. Para evitar los rayos deciden mover los contenedores a un espacio donde hay algo de sombra.

Ahí, con las mejillas coloradas, reposando en uno de los sillones inflables que hacen parte de la biblioteca está Astrid López. Araucana de nacimiento y socióloga de profesión, usa constantemente la palabra inclusión para describir esta iniciativa de la que ahora hace parte. No le teme al historial violento de Arauquita, mucho menos a la vereda Filipinas, lugar del cuál será bibliotecaria.

“¿Sabe a mí qué me da miedo?”, dice. “La indiferencia. ¿Qué tal que nadie les pare bolas a los libros?”.

Astrid se queda un rato en silencio, pensando. Después continúa ayudando con el despliegue. Como es la primera vez que el grupo de bibliotecarios realiza la labor, el proceso se demora más de la cuenta. Lo ideal es que armar los módulos no tome más de 20 minutos.

Es hora del refrigerio. Los bibliotecarios están cansados, pero felices. Comen y saludan a la prensa, algunos posan tímidamente ante las cámaras que acaban de llegar, saben que el resto del día no será fácil y que falta mucho por aprender. El más dispuesto a continuar con el aprendizaje parece ser Julián, quien con una risa pícara frota sus manos como preguntándose: “¿Qué más hay pa’ hacer?”.

 

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