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Foto por SJR Colombia.

En Colombia no existen cifras exactas sobre la cantidad de niños que hacen parte de los grupos armados. En 2011, la Coalición contra la vinculación de niños, niñas y jóvenes al conflicto armado (Coalico) aseguró que el número podía estar entre 8 mil y 13 mil menores de edad reclutados. Según la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), el 40 por ciento de los desmovilizados que se encuentran en proceso de reintegración desde 2014 fueron reclutados siendo menores de 18 años.

Pues bien, las bandas criminales emergentes (Bacrim) o grupos posdesmovilización son los principales actores en el reclutamiento infantil, seguidos de las FARC y el ELN. Así lo sostuvo la Defensoría del Pueblo en el informe de balance, ‘Prevención de reclutamiento a niños, niñas y adolescentes’, a principios de 2014. Estos grupos involucran a niños y adolescentes en las dinámicas de sus organizaciones armadas y les encargan actividades de inteligencia y colaboración, según explica la Defensoría en el documento.

Los menores de edad de más de 150 municipios en 28 departamentos, entre esos Antioquia, Chocó, Valle del Cauca y la Guajira, se encuentran en riesgo de ser enlistados por las Bacrim. Gran parte de la vulnerabilidad estas zonas se debe a los altos niveles de pobreza y analfabetismo de sus habitantes, y la marcada presencia de las bandas en los barrios y alrededores de los municipios.

Ante la alarma que encendió la Defensoría, el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR-Colombia y SJR LAC) y la Coalico compartieron algunos aspectos de preocupación en torno al reclutamiento infantil en el informe ‘El riesgo no cesa’, que se lanzó hace pocos días. La investigación brinda un panorama histórico de los hechos y un listado de las formas de seducción que utilizan las Bacrim para atrapar a los niños en sus redes armadas.

¿Cómo los convencen?¿Qué les prometen?¿Por qué cambian una caminata diaria de seis kilómetros a su escuela por una moto y un sueldo mensual?¿Cuál es el modelo de vida que se está construyendo a la sombra de las Bacrim? El informe trata de darle un rostro a las maniobras de reclutamiento infantil, haciendo énfasis en que la guerra ya no solo está en el monte sino que se ha tomado las calles y el núcleo familiar.

La idealización de un estilo de vida: “Le damos moto y plata, si nos hace unos mandados”

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Foto por Elciberecovirtual.

El reclutamiento de menores muchas veces está vinculado con la idea de un ascenso en la escala social. La posibilidad de conseguir dinero fácil siembra en los más jóvenes un sentimiento de ambición y deseo de opulencia; las Bacrim se aprovechan de esta situación y compran con objetos su tiempo y sus intereses. Según cuenta Vera Samudio, coordinadora nacional de incidencia del SJR Colombia, se está construyendo un estilo de vida con base en este intercambio de favores.

“Los grupos posdesmovilización le están vendiendo un modo de vida fácil a los menores de edad. Identifican las necesidades del menor y lo seducen con objetos y la idea de que puede conseguir más de lo mismo si trabaja para ellos. El hecho de tener, por ejemplo, una moto, un arma y un sueldo fijo ya es un ascenso social para los chicos. Son vistos por los otros como los ‘machos’, los grandes de su comunidad”, explicó Samudio.

La conexión material que se establece entre las Bacrim y el niño muestra que ya no es necesario un enlistamiento directo, como sucede en las guerrillas. El niño no trabaja directamente con los ilegales, sino que se encarga de actividades de colaboración e inteligencia, como la construcción de artefactos explosivos y la instalación de minas antipersonales, en las zonas bajo el poder del grupo o en los territorios enemigos.

“La instrumentalización del menor de edad es el primer escalón en un proyecto de vida dentro de la banda criminal. Con el tiempo ya no son favores sino que estas actividades se convierten en su día a día. Muchos dicen que van para la escuela, cuando se van a delinquir y a cumplir con su organización”, señaló Samudio.

Evitar que los niños se enlisten en la contraparte: “Hay que ser leales a la ‘banda’ del barrio”

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Foto por Bandascriminales.blog.

El reclutamiento infantil no solo tiene un impacto en la vida del niño y su familia, sino que afecta las relaciones comunitarias. El enfrentamiento por el poder territorial entre los actores criminales lleva a que se den exclusiones en las poblaciones. Las bandas buscan enlistar niños en sus territorios para tener más poder frente al enemigo o reclutar en territorio de la contraparte para debilitarla.

Los niños y niñas se convierten en fichas de ajedrez que las Bacrim mueven en lugares estratégicos para expandirse en territorios vecinos y atacar. Los manipulan para incorporarlos a su bando por medio de ropa, juguetes y, en casos más extremos, drogas; la Defensoría señaló en su informe que las golosinas a base de marihuana eran una modalidad para reclutar a menores,

“Las Bacrim se valen de la excusa de la lealtad a la ‘banda’. Si el chico se queda con ellos se convierte en parte de la familia y está bajo la protección de todos; si dice que no se convierte automáticamente en un enemigo y es necesario eliminarlo. Para convencerlos utilizan el lazo de afecto que tienen con la comunidad y también les prometen cosas materiales como muestra de agradecimiento y camaradería”, explicó Samudio.

Buenaventura es una de las zonas donde más sucede este tipo de casos, según el informe. A medidos de 2014, hubo casos de desplazamiento por riesgo a reclutamiento después de que un joven fuera asesinado al negarse a hacer parte de dos de las Bacrim que controlan el territorio, La Empresa y Los Urabeños.

“En últimas, esta es la única forma de comer y ayudar a la familia”

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Foto por Coalico.

Según el informe del SJR, territorios entre Táchira en Venezuela y Norte de Santander, o Tamalameque en César, Tumaco en Nariño y el sur de Bolívar, donde las oportunidades de empleo son casi nulas, se han convertido en un caldo de cultivo propicio para el nacimiento de una nueva generación de paramilitares. Un escenario de pobreza cerca de las fronteras y las salidas al mar se convierte en un semillero para las Bacrim.

“En 2014, un adolescente de Buenaventura empezó a trabajar como sicario después de que una banda criminal le prometiera una casa para su mamá. No solo está creciendo un modelo de vida a la sombra de estas actividades ilícitas, sino que muchas veces la necesidad lleva a los niños y niñas a vincularse con estos grupos”, explicó Samudio.

La prostitución también se ha identificado como una instrumentalización de niñas y mujeres adolescentes. Las familias permiten que sus hijas sean utilizadas como objetos sexuales o ellas mismas se prestan para eso con tal de tener una salida económica en medio de la miseria. Aunque en estas zonas hay una notable concentración de recursos y posibilidades de transacciones económicas, los beneficios están bajo el poder de los grupos armados o se desvían por la corrupción.

“Un caso que evidencia estas cadenas de violación y explotación sexual por parte de las Bacrim, sucedió a principios de 2014 en Cúcuta, una ciudad fronteriza. Los Urabeños secuestraron a dos chicas menores de edad, entre 13 y 15 años, las violaron y luego las obligaron a mantener relaciones sexuales consecutivamente con los de la banda durante mucho tiempo. Les decían que así serían liberadas y que ayudarían a sus familias”, comentó Samudio.

En 2014, un adolescente de Buenaventura empezó a trabajar como sicario después de que una banda criminal le prometiera una casa para su mamá

El desplazamiento forzado si no hay reclutamiento: “Lo obligo a estar bajo mi protección”

Una de las formas de presión que utilizan las Bacrim para reclutar a menores de edad, es la revictimización a la población que vive en el territorio donde se asientan. Según explica el informe, muchos de los habitantes de estas zonas han llegado por situaciones vulnerables, como la victimización por desplazamiento forzado. El proceder de estos grupos criminales es ofrecerles protección si permiten que sus hijos se vinculen a sus actividades, o volver a desplazarlos si se niegan a hacerlo.

Algunas de las familias optan por asociarse con las Bacrim a través del servicio de sus hijos para no tener que desplazarse del territorio y, en varios casos, evitar  ser amenazados de muerte. La instrumentalización con ‘mandados’ o explotación sexual son las formas más comunes de reclutamiento. La protección del núcleo familiar recae sobre los hombros del niño y lo obliga a aceptar la situación.

“Muchos padres son conscientes de que sus hijos se han vinculado a estas bandas de sus zonas; de hecho, este tipo de transacción de seguridad parece que funciona para ellos. Pero otros no aceptan este tipo de propuestas; y,  así, desplazados del Caquetá o del Magdalena Medio que llegan a ciudades como Cúcuta y Barrancabermeja son revictimizados”, añadió Samudio.

El informe cita un caso  en el departamento de Nariño. Una familia llegó a Pasto desplazada por un grupo posdesmovilización en julio de 2015 y años atrás ya había sido despojada por un grupo armado sin identificar en el municipio de Policarpa, en el mismo departamento. Los dos destierros forzados fueron a causa del riesgo que corrían sus hijos de ser reclutados.

“Los niños y sus familias son obligados a parar el curso normal de sus vidas por la disputa de estas bandas en el territorio urbano. Ya se planea qué se va a hacer con los menores de edad que se desmovilizan de las guerrillas pero, ¿qué va a pasar con los niños de las Bacrim?”, se preguntó Samudio.

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