Por: Natalia Otero 

La guerra, entre otras cosas, separa familias. Desde el momento en que el hermano, el hijo, el amigo o el conocido entra (o es reclutado) a la guerrilla, arranca la búsqueda. La búsqueda, pero también la incertidumbre, la angustia, la tristeza. Y desde entonces, los que se quedan de este lado, el de la legalidad, esperan señales de humo: que mandó un mensaje con un pariente lejano, que pasó por algún lado hace un tiempo, que mandó un mensaje de texto reportándose, que las noticias anunciaron los muertos en combate y que alguno de los abatidos es el hermano, el hijo, el amigo o el conocido. Y esto no cesa hasta saber con certeza qué pasó.

El fenómeno comenzó a ocurrir casi desde que inició el proceso de paz en La Habana: los familiares y amigos de combatientes de la guerrilla, ante la oportunidad de tenerla localizada, quieta y pública, empezaron a contactar al equipo de prensa de lesa organización. En ésta, la décima y última Conferencia de las Farc como grupo armado, no se limitaron a mandar correos sino que muchos, desde diferentes partes de Colombia, la mayoría cercanos a la región, vinieron con la esperanza de reencontrarse con ellos. Desde que se anunció la conferencia, muchos iniciaron la búsqueda para detectar dónde sería la sede y cómo llegar. Entonces, recolectaron la plata y arrancaron. En las noches del evento se han presentado reencuentros, lo que ha incrementado la motivación.

Aquí, en los Llanos del Yarí, mirando caras y preguntando entre guerrilleros, las familias de los combatientes pasan los días esperando a que, por casualidad, su conocido esté presente para verlo y abrazarlo. Muchos allegados no saben el nombre de guerra de su gente y, en las Farc, no conocen el nombre original del compañero. Los han movido de frente. No saben cómo lucen: si está flaco, gordo, mocho, entero, vivo o muerto. Aquí vienen todos, como sea, para acabar al menos con la incertidumbre. Para descansar.

Aunque durante la conferencia no se tenía planeado un espacio para reencuentro de familiares, el número de visitantes en búsqueda de guerrilleros fue incrementando. Bayron Yépez, miembro del Estado Mayor del Bloque Oriental, y director de la operación logística detrás de este enorme campamento, dijo que “eventualmente habrá una reunión con las familias, tal vez en las zonas veredales. Pero si la gente viene a buscarlos, nosotros podemos ayudar a ubicar al muchacho o muchacha de alguna unidad y, si está acá, facilitar que se encuentren. No podemos impedirlo, incluso yo quisiera ver a mi familia”.

Hablamos con más de 25 familiares y amigos que están en esta búsqueda. Hay varios que llevan más de diez años sin verse, sin saber absolutamente nada. Algunos lograron reencontrarse, otros siguen en la misión.

Estas son las historias de cinco de ellos.

 

Adriana. Busca a su esposo -14 años sin verlo. A su hermano- 4 años sin verlo. A su cuñado- tiempo indeterminado. Viene de Florencia, Caquetá.  

Foto: Alejandro Bernal

Foto: Alejandro Bernal

Hace cuatro años no veo a mi hermano. En julio 23 del año pasado, nos entregaron un cuerpo todo quemado, irreconocible, y una nota que decía que había muerto armando un artefacto. No le hicieron prueba de ADN y nosotras no sabemos dónde hacerla ni cuánto cuesta. Mi madre no pudo saber si era o no. El hermano mío se vino de 16 años y creemos que está en el Frente 14 o en el Frente 15, porque eso es lo que nos han dicho. Nacimos en Solano, nos criamos en Puerto Rico, pero fue estando en Florencia que él se fue. Mi hermano trabajaba en Lusitania y en ese tiempo la guerrilla daba escuela y les enseñaba a manejar armas. Yo creo que eso le gustó y un día se fue. La señora con la que él trabajaba nos mandó a decir que había ingresado y que no nos preocupáramos.

Me vine sola porque soy la más echada pa’lante de mis siete hermanos. Además porque busco a tres: los otros dos son mi cuñado y mi esposo. A mi cuñado, dicen, lo apodan ‘Fabián mala cara’, pero no sé nadita más. Con mi esposo tampoco, nadita sé.  Cuando mi hijo tenía cuatro meses, él se fue. Ya estábamos separados en esa época, se consiguió otra mujer, pero la dejó botada. Yo creo que se fue por despecho. Uno no dice que uno no siente nada ya, porque eso sería una mentira, pero lo que me importa a mí es que mi hijo pueda conocer al papá. Yo traje la foto de mi hijo que es la copia del papá y la foto que le sacamos a mi hermano justo antes de que se fuera.

Salí hoy a las cinco de la mañana en mi moto. Le eché 20 mil pesos a la gasolina y arranqué. Me pararon en varios peajes y yo ¡ay!, pues miedo. Pero bueno, llegué acá a las tres de la tarde. Voy a ir aquí al campamento donde hay algunos del Frente 15 a ver si alguien lo reconoce. O tal vez en el concierto. No sé su nombre guerrillero, no sé nada de él porque nunca se comunicó.

(*Hasta el momento, ninguno de los del campamento reconocieron al hermano de Adriana).

 

Deyanira Padilla. Busca a sus hermanos Milton Javier Padilla y José Duberley Padilla- 15 años sin verse. Viene de Playa Rica, Caquetá.

 

No veo a mis hermanos hace 15 años. El año antepasado les mandé un mensaje con la emisora del Ejército Nacional, dando sus nombres, el mío y mi número. Al día siguiente me llegó un mensaje al celular que decía: ‘mami, nosotros hasta el presente estamos bien y andando los dos. Gracias a Dios no nos ha pasado nada. Chao mami, te queremos mucho’.

No me dijeron dónde estaban. No dijeron nada más, nunca. Como ellos siempre quisieron cuidarme yo digo que seguro no se comunicaron ni me mandaron a decir dónde estaban para que yo no me fuera pa’l lado de ellos.

Los tres nos criamos solos desde mis ocho añitos. Cuando se fueron, yo tenía 13, el mediano 14 y el otro 16… apenas estaba sacando su tarjeta de identidad. Se fueron muy menores. Se fueron a la Teófilo, una de las columnas más duras. Y me dejaron solita. Ocho días antes llegó una camioneta de las Farc y yo vi que ellos ya se estaban enlistando, entonces me monté en la parte de atrás. No sé qué hablaron con el camarada pero me bajaron y nunca me dieron ingreso.

Yo duré años en que si desayunaba, no almorzaba ni cenaba. No dormía de noche ni de día. Mantenía en la pieza pa’ acá y pa’ allá. Y cuando lograba dormir alguito me soñaba corriendo con ellos. El mayor es mocho de un dedito porque mi otro hermano le mandó la peinilla (machete) un día que andaban buscando lombrices. Y el otro, el blanquito, tiene una cicatriz en la frente. Nosotros nos la pasábamos así, jugando los trecitos. Nos tirábamos limones y hacíamos de que fueran granadas. Si había una fiesta, ellos me mandaban en moto y hacían que me esperaran. Me cuidaban mucho. El tiempo pasó y yo nunca dejé de preocuparme. Todos los días los pienso, yo creo que ellos a mí también. En mi corazón tengo mucha fe de que Diosito me los tiene bien.

Esperé mucho este día. Esperé a la paz para poderlo volver a encontrar. Hasta ahora no sé nada, madre. No los he visto, pero me la paso aquí cerquita mirando a los de la fila a ver si de pronto los miro. Algunos comandantes me han dicho que tengo que hablar con los compañeros a ver si alguien los reconoce. No sé si están o no… Es que sin saber si están pasando agua o hambre.  De verlos, ¡ay, sería mucha alegría!

(Al momento de la publicación de este artículo, Deyanira seguía sin encontrar a sus hermanos).

 

 Nidia y Edgar Quintero Hernández. Buscan a su papá, Moisés Quintero Martínez- 13 años sin verse. Vienen de San Vicente del Caguán, Caquetá.

Foto: Alejandro Bernal

Foto: Alejandro Bernal

Se lo llevaron a la fuerza hace 13 años. En la época del despeje, mi papá trabaja en su camión llevando mercancía para la Macarena. Ese día él venía con una carga para ferretería y verdura, lo pararon en una Y en la vía y lo reclutaron. Uno de los hermanos que venían con él se ofreció a que se lo llevaran a cambio. Pero los guerrilleros dijeron que no, que el problema era con mi papá.  Se fue de 45 años y nunca volvimos a saber nada de él.

Él era una persona muy trabajadora, muy amable y conocido en el pueblo porque fue de los fundadores. Le gustaba ser dueño de sus cosas y trabajar por sí mismo. Por eso andaba en su propio camión. Por los tiempos de la zona de despeje todo mundo quería colaborar porque eso significaba tener una platica. Así como mira usted ahorita. Mi amor lindo, eso fue durante el despeje y a ellos se les servía. Mi papá los transportaba de aquí pa’ allá.

Si uno no les trabajaba mal y si sí.. pues mire, se lo llevaron, lo desaparecieron. No sabemos ni por qué razón.

Gildardo, el hombre de las Farc del Frente Yarí que lo mandó a agarrar, ya murió. Vimos las noticias, hicimos estas camisetas con su foto y nos vinimos madrugados para saber qué pasó con él. Entonces estamos esperando a ver si el domingo que van a estar varios lo miramos.

Hasta ahorita era imposible esta oportunidad. Escuchábamos que lo veían por aquí y allá, pero las veces que vimos a los del Frente no supimos nada concreto. Tenemos mucha tristeza, mucha inquietud de no saber si vive. Ya él tiene tres nietos que no conoce, y quién sabe si va a conocer. Lo extrañamos, sobre todo su presencia, pero nosotros queremos es ya salir de esta incertidumbre, saber si está bien de salud o si está muerto, y también investigar su vida durante estos años atrás.

Queremos descansar.

 

Camilo.  Encontró a su hermano – 15 años sin verse. Vienen de Puerto Rico, Caquetá.

Cuando mi mamá lo miró, le palpó toda la cara, lo tocó por todos lados. Quería asegurarse de que estaba bien y yo creo que no sentía que esto fuera real. Se quedó mirándolo. Él no sabía que veníamos. No lo creía cuando nos vio. Nosotros nos abrazamos, no cabíamos de la emoción y la alegría tan tremenda de vernos después de 15 años. Fuimos al concierto, la mamá se tomó sus cervezas y estuvimos juntos. Ya quedo contento de saber que no le pasó nada. Está enterito, gordito, con una salud completamente envidiable. Me veo más viejito yo que él, y eso que soy menor.

Se fue a los 17 años, puro peladito. Vivíamos en Puerto Rico y teníamos a los paramilitares encima. Entonces tocaba que con la guerrilla, con los paras o al Ejército. Él decidió con las Farc. Nosotros decidimos Bogotá. A él, de todas maneras, le gustaba esto. Siempre los miraba cuando nos compraban una gallina y nos compartían a todos la cena. Ya llegó un día en que nunca volvió a amanecer en la casa. Se fue con el Frente que estaba por los lados de Currillo.

Nosotros éramos muy unidos. Jugábamos micro, pero nunca como contrincantes, siempre los dos contra todos. Hasta que se fue y se acabó el micro para mí. Los primeros años fueron pura tristeza, sobre todo porque uno sin saber nada y los medios diciendo que mataron a tal guerrillero, que bombardearon tal Frente. No volvió a comunicarse que porque no tenía teléfono y que porque tuvo un tropiezo en el que perdió todos los números. Y nosotros pegados a la televisión esperando que no dijeran su nombre en los muertos por combate. Pero mi mamá siempre lo sintió y supo que estaba vivo.

Yo vi lo de la Conferencia por las noticias. Y agarré el mapa satelital y averigüé dónde iba a ser esto. Cuando venía me entró la curiosidad de cómo lo iba a encontrar; si flaco o gordo, si mocho o entero, si vivo o muerto. Hay gente que ha venido acá y de chiripazo se encuentra con amigos o familiares. Como nosotros. Miramos caras conocidas y nos decían que “yo en el año tal lo vi en tal”, y preguntamos, toda una investigación, hasta que nos lo trajeron. Yo sabía que era la última oportunidad entonces me vine en la moto desde Bogotá. Quería ver bien la seguridad del lugar porque usted sabe que aquí uno no sabe, y los medios hacen mucho miedo. Pero esto acá se siente muy bueno, muy tranquilo, entonces mandé a traer a mi mamá en flota.

Acá viven muy relajados, diferente a Bogotá. Eso sí mi hermano que se prepare, porque vienen de una selva así a meterse a una selva una terrible. Los guerrilleros están haciendo la paz, pero hay otros que no y eso los pone en riesgo. Esta selva es una hermosura, pero allá afuera hay una selva que no conocen y que se los va a querer tragar.

 

Frank. Guerrillero. Encontró a su hermana guerrillera- 5 años sin verse. Encontró a su mamá- 8 años sin verse. Vienen de Cachicamo, San José del Guaviare.

Foto: Alejandro Bernal

Foto: Alejandro Bernal

Un día, cuando yo estaba en el Frente Séptimo, me mandaron a hacer las labores cotidianas. Cuando volví, mi hermana ya no estaba. Dejamos de vernos cinco años. La volví a mirar acá en la conferencia. Yo llegué el 12 de septiembre y logré ubicarla hasta el 17. Entre los trabajos de ambos durante X Conferencia y las varias veces que nos cruzamos, duramos cinco días en encontrarnos. Ella ya no pertenece a ningún frente porque trabaja en la unidad de diseño, ahí donde se reúnen los camaradas, entonces pedí el acceso. El otro hermano que estaba también en la guerrilla murió al inicio del Plan Patriota, en una emboscada. El Ejército lo remató, mientras se quejaba. Yo todavía era civil.

Cuando mis hermanos entraron a las Farc, vivíamos en la Macarena, en plena época de distensión. Luego ingresé yo, estando ya en Cachicamo, cerca del Guayabero. Mi hermana ya llevaba 7 años, yo tenía 14, hoy tengo 22. Ese día mi mamá me mandó a la escuela, pero no fui. Dejé los libros y me metí con las armas. Era mi afición. Pero luego me enamoré de la lucha, estudié y comprendí el país en el que vivíamos. Ahora en la familia quedamos cuatro mujeres, entre esas mi mamá, mi papá —que está en Buga—, y yo.

Mis hermanas y mi madre arrancaron el 19 de septiembre en moto, desde el Guaviare. Se echaron un día largo, porque las carreteras son pésimas. Apenas llegaron entraron justo al campamento donde yo estaba. Me mandaron a llamar y nos vimos. Aunque me había logrado comunicar con ella por teléfono público algunas veces, no la veía hace ocho años. Nos miramos y las lágrimas de alegría tan verraca se salieron. Me vio grande, hombre. La vi como siempre: alentada, animada, fuerte. Yo no quiero que una madre sufra lo que ella sufrió. Pasó unos años muy difíciles de saber que sus hijos estaban en peligro permanente. Y se le fue uno, entonces para ella fue muy duro. Por eso nosotros los guerrilleros queremos la paz, para vernos con las familias. Todos los que estamos acá tenemos que reencontrarnos con la familia, así sea con un tío, y que sepan que estamos bien. La lista con nuestro verdaderos nombres tiene que publicarse para que nos busquen. Esa es la parte más positiva de este proceso. La gente tiene que entender que somos humanos con sentimientos que no hemos olvidado a los nuestros ni ellos a nosotros.

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