Por: Esteban Montaño

Fotógrafo: Iván Valencia

 

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“Yo vengo de mi tierra,

y estoy en la ciudad,

en busca de trabajo,

que no pude conseguir”.

 

Así comienza una de las canciones de Donausa, una agrupación compuesta por indígenas Emberá Katíos desplazados del Alto Andágueda, en los límites entre el Chocó y Risaralda. En ella, retratan toda su frustración por estar en un lugar cuya hostilidad es para ellos la prolongación de la guerra que los sacó corriendo de sus territorios. Una guerra que no solo se manifestaba en los continuos combates entre el Ejército y las Farc, sino principalmente en el abandono de un Estado que, por ejemplo, nunca fue capaz de construir un hospital para evitar que sus hijos se murieran de enfermedades como el cólera, el paludismo o el sarampión.

 

Por eso cogieron cuanto les cupo en sus mochilas y se embarcaron en la travesía hacia esta ciudad. Lo que no sabían es que aquí, aunque es más visible, el Estado que andaban buscando tampoco estaba preparado para recibirlos. Que lo diga Felipe Campo, guitarrista de Donausa: “a mí se me acabó toda la plata que tenía durante el viaje. Yo no conocía Bogotá y cuando llegué me tocó amanecer en la calle con mi esposa y con mis nueve hijos”. Era noviembre de 2005. Tuvieron que pasar varios meses antes de que el gobierno central se pusiera de acuerdo con la administración distrital para atender este fenómeno que los tomó a ambos por sorpresa.

 

Según datos de la Unidad de Víctimas, creada seis años después de la llegada de los primeros indígenas, para ese momento más de mil Emberas Katíos y Chamís arribaron a Bogotá luego de ser expulsados violentamente de sus territorios. Entonces empezaron a deambular por aquí y por allá y, sin darse cuenta, se convirtieron en parte integrante del paisaje cotidiano de la ciudad. Se volvió común ver a las mujeres con vestidos coloridos ofreciendo sus artesanías tradicionales a todo el que pasara cerca de ellas. Y a los hombres vendiendo “bon ice” o rebuscando con cualquier chuchería que encontraran a la mano. No fue sino hasta 2007 que los Emberas fueron confinados en un albergue en Ciudad Bolívar.

 

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Para hacer música también hay que ser recursivo. A falta de “picks”, algunos utilizan sus cédulas para hacer los punteos en la guitarra.

 

 

Después fueron trasladados al barrio 20 de Julio, y más tarde a una bodega en una de las zonas más deprimidas del centro de Bogotá. Allí se les garantizaba la comida y la dormida, pero los días se pasaban entre el encierro agobiante y la exposición a los vicios y los peligros de las calles circundantes. Así fue como algunos Emberas conocieron el bazuco y se empezaron a emborrachar con los tragos más baratos que existen en el mercado. Por si fuera poco, los niños pequeños estaban abandonando el colegio a causa de la discriminación que sufrían por ser indígenas y por no hablar la lengua de la mayoría. Como casi siempre, la reacción institucional fue tardía.

 

Hacia 2012, al albergue se acercó un grupo de profesionales independientes buscando propiciar un cambio, ya que sus directivas no parecían preocupadas por la situación. El diagnóstico de ellos fue claro: había que propiciar escenarios de reproducción cultural para que las costumbres y las tradiciones de los Emberas no naufragaran en la ferocidad de la vida urbana. Como explica Mónica Suárez, la trabajadora social que hizo parte de esa experiencia, “lo único que nosotros hicimos fue escuchar a los mayores. Por ejemplo, ellos ya tenían una banda formada desde el territorio, que era Donausa, y solo necesitaban el espacio para poder seguir tocando”. Ese es el origen de Embera Bacatá, un proyecto musical de fortalecimiento de la identidad y reconstrucción de memoria como estrategias para sobrevivir al desplazamiento.

 

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Los emberas cantan en su lengua para defender su cultura en un ambiente hostil.

 

 

Felipe Campo recuerda los primeros talleres en el albergue y cómo poco a poco más personas de su comunidad se fueron acercando al proyecto. “Para nosotros la música es fundamental. En el territorio hacíamos fiestas, cantábamos y bailábamos. Sin música no hay bien. Sin cultura propia no hay bien”. Pero esas prácticas se estaban perdiendo porque en el esquema de atención a estas poblaciones se agotaba en brindarles un techo y una comida. Francisco Rojas, el ingeniero de sonido, explica que la importancia de la iniciativa se evidencia en que al principio solo trabajaban con los cuatro integrantes de Donausa, pero un año después ya existían cuatro bandas musicales Emberas en Bogotá.

 

Quintiliano Nembaregama, un Embera Chamí de 19 años que en la ciudad le gusta que lo llamen simplemente Fercho, conoció a Francisco en 2013 y desde entonces han trabajado juntos sin descanso. “Él llegó al albergue anunciándoles a los líderes que estaba buscando gente para una orquesta de música Embera. Y como yo desde pequeño aprendí a tocar la guitarra, de una me le presenté y empezamos a camellar”. En estos dos años han grabado varias canciones en su lengua, vendieron los discos y ganaron un concurso del Centro de Memoria Histórica por una canción que narraba su experiencia del desplazamiento.

 

Aparte de ganarse unos pesos, todo este proceso le ha servido a Fercho y a Felipe, entre otros, para rescatar sus dignidades extraviadas en un lugar ajeno a sus costumbres. El encierro del albergue y los peligros de la calle se convirtieron en una nueva amenaza para su supervivencia como pueblo. Por esa razón, el hecho de que ellos decidan cantar sus sufrimientos en una lengua que nadie entiende (y de la que muchos se burlan), con un ritmo que nada tiene que ver con las tendencias urbanas del momento, tiene un poder simbólico difícil de cuantificar. Es un acto de resistencia que, como dice Mónica, “les devuelve el protagonismo y el orgullo de pertenecer a su etnia a pesar de haber sido doblemente victimizados”.

 

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Fercho Nembaregama durante un ensayo para un concierto. Al fondo, otro embera chamí lo observa y aprende.

 

 

A finales de 2013 hubo un proceso de retorno que disolvió las cuatro bandas que se habían conformado. Solo quedaron Felipe y Fercho. El primero dice que ya no quiere volver a su territorio porque, según él, todavía continúan los bombardeos. Pero también tiene temor de que a sus hijos no los maten las balas sino el hambre. El segundo sí quisiera regresar, pero no puede porque una de sus dos hijas tiene problemas pulmonares y los médicos le dicen que allá no va a conseguir los medicamentos que le recetaron para tratarla. “Por eso me va a tocar seguir en Bogotá aunque no me gusta. Acá la vida no vale nada, lo matan a uno por un celular”, se queja Fercho y hace un gesto de resignación.

 

Por lo pronto, ambos seguirán apostándole a la música como una manera de defender su cultura en un ambiente hostil. A ellos se han venido sumando algunos de los 90 Emberas que aún permanecen en Bogotá. A pesar de que quisieran obtener por este medio el dinero suficiente para poder sobrevivir saben que, por el momento, es una utopía. Felipe tendrá que seguir vendiendo pomadas de marihuana para los dolores musculares y Fercho lavando motos en un local del centro de la ciudad. Entre tanto, continuarán haciendo música para que los paisas, como ellos les dicen a los que no pertenecen a su etnia, se enteren de quiénes son y de dónde vienen. Pero sobre todo, para que sepan que están aburridos de la forma como tienen que vivir en la ciudad.

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