Texto y foto: Juan Miguel Álvarez

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El sábado en la noche vimos por televisión el anuncio desde La Habana sobre un nuevo mejor acuerdo de paz entre el gobierno nacional y la guerrilla de las Farc. Fue imposible no sentir optimismo; fue imposible evitar la ilusión. Seguramente, la mayoría de los habitantes del norte del Cauca sintieron algo parecido. Seguramente, los cabildos Nasa, los concejos comunitarios afro y las juntas veredales campesinas abrazaron los logros de este proceso, así nadie hiciera público su regocijo.

En las calles de los municipios del norte del Cauca no hubo mayor manifestación de alegría. Desde Miranda hasta Timba no se registró ni un solo acto público de aceptación o júbilo. En Toribió, me dijeron por teléfono algunos de sus habitantes, fue una rutinaria noche de sábado: las tabernas aturdieron la plaza central con su música a todo volumen, mientras los novios caminaban de la mano por las calles empinadas.

¿Cómo explicar esta aparente indiferencia ante el hecho más importante de la historia reciente del país? ¿Cómo entender esta actitud de los pueblos del norte del Cauca y cómo podemos extrapolarla al resto del país?

Lo primero que debería decir es que las comunidades étnicas y campesinas sienten una profunda desconfianza por todo lo que sea Estado. No le creen a los entes territoriales, no le creen a los gobiernos locales, no le creen a las instituciones y menos le creen a la fuerza pública. Años y años de abandono, años y años de sufrir vejámenes y violaciones de Derechos Humanos, no se superan con la firma de un acuerdo. Hoy en la mañana, estuve en una retirada vereda de Santander de Quilichao llamada El Mazamorrero, habitada por afros. Mi encuentro con ellos transcurrió en medio de su amabilidad y su decencia. Por un momento me hicieron sentir como el visitante más querido. Pero luego, me di cuenta de que no tienen agua potable y que el servicio de energía eléctrica falla cada día de por medio. Carecen de un centro de educación para bachillerato y su río tutelar está contaminado por las acciones de la minería ilegal usufructuada por gente armada que no es de la comunidad. Sabiendo esto, la pregunta que me hicieron fue una respuesta indubitable: “¿De qué nos sirve un acuerdo de paz con las Farc, si el Estado ni siquiera sabe que existimos?”

Lo segundo que debería decir es que la violencia sigue siendo un accidente cotidiano. A los frecuentes crímenes de la delincuencia común y de la organizada, se suman los asesinatos de líderes comunitarios. En otras palabras: a la violencia recurrente del narcotráfico, se están sumando homicidios que no están lejos de calificarse como “políticos” o “ideológicos”. Por más que las autoridades judiciales sean cautas a la hora de explicar cada caso, siempre queda flotando la idea de que un brazo de corte paramilitar sigue empecinado en extinguir cualquier idea política comunitaria. De esto escribiré en los días que siguen.

Y lo tercero que debería agregar es que la promesa de la desmovilización de las Farc viene acompañada por la promesa de la llegada del Eln. Abundan los grafitis en aerosol rojo con las iniciales de esta guerrilla en las paredes, puertas y ventanas de las casas, en varias veredas de estos municipios. En muchos de los trayectos que hicimos en moto por las trochas, vimos este anuncio. Incluso, en la ruta hacia el sector del Sesteadero, en Toribío, —un corredor de patrullaje histórico de las Farc— abundan las iniciales de este grupo armado guevarista.

Es un peligro real. Hace una semana, un joven de unos 22 años que compartió silla con nosotros en un colectivo —trocha adentro— lucía una manilla en la muñeca derecha elaborada en chaquiras rojas y negras, con la figura del Che Guevara y las iniciales del Eln. Al vernos tan citadinos, quiso cubrírsela con un suéter. Quizás no era un combatiente en día de descanso. Quizás era apenas un muchacho contagiado con el discurso mesiánico de “vamos a salvar el mundo”, con el que el Che Guevara embaucó a medio planeta. Quizás es una alerta. El reclutamiento de jóvenes heridos por el abandono estatal es la cosa más sencilla de lograr.

Si en las ciudades unos cuantos bailamos, vitoreamos y aplaudimos el acuerdo de paz, en las regiones que siguen amenazadas por la violencia y la cooptación guerrillera la vida apenas ha cambiado. Lo de la noche del sábado, para muchos por acá, acaso fue un pestañeo.

Queda toda la nación por construir.

 

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