Foto: Gabriel Herrera

Foto: Gabriel Herrera

Por: Juan Miguel Álvarez

Ahí están. Ahí se ven las dos Colombias agroexportadoras: matas de coca “boliviana” escoltadas por palos de café caturro.

Hubo una época en la que el café era un cultivo artesanal de prácticas poco tecnificadas, acostumbrado por los campesinos de la región andina. Luego, vino la “Revolución verde” con sus métodos de producción intensiva y expansiva y Colombia se volvió una potencia cafetera mundial. Muchas pequeñas fincas fueron absorbidas por las más grandes, y hasta las personas que no tenían nada que ver con la agroindustria quisieron comprar su pedazo de tierra para participar de la bonanza. Con todo ese dinero, creció el mercado interno.

Hubo otra época en la que la hoja de coca era un cultivo indígena de los Andes, que se practicaba con técnicas ancestrales de uso de la tierra. Luego, estalló la contracultura con su afán por las drogas y la vida al límite, y hubo quien transformó una mata ritual en el principal cultivo del agro colombiano. El país se volvió una potencia coquera —o cocalera— mundial. Muchas pequeñas fincas fueron absorbidas por las más grandes, y hasta las personas que no tenían nada que ver con la agroindustria quisieron comprar su pedazo de tierra para participar de la bonanza. Con todo ese dinero, creció el mercado interno.

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