Andrea Rosero, en la Universidad de Los Andes. Fotos: Sara Gómez Toro

Por: Irene Larraz

Andrea Rosero ayuda a los estudiantes que quieren morir. Estudia Derecho, tiene 21 años, dos trabajos y desde hace casi tres años administra junto a otros tres amigos la página de Facebook Confesiones Uniandes Reloaded, en la que los estudiantes de la universidad más prestigiosa del país vuelcan sus miedos, anécdotas y secretos a través de mensajes que la página republica bajo total anonimato. En su descripción, el grupo tiene todo un discurso sobre el acto de confesar y su valor a la hora de perdonar, consolar y reconciliar. La página tiene el doble de seguidores (cerca de 32.500) que el número de estudiantes de pregrado en la universidadAndrea se encarga de los suicidas y ahora se alista para el inicio de un nuevo semestre. 

Una mañana de 2014 estaba de turno como administradora de la página y recibió un mensaje con dos palabras: quiero morir. Alguien al otro lado de la pantalla había colapsado. Andrea se agobió, trató de calmarle, rastreó su perfil y detalló quién era: hombre, 21 años, estudiante de Sistemas. Ella no sabía qué hacer, así que fue a Decanatura de la universidad para pedir ayuda.

Aunque estaba rompiendo el anonimato que la página promete, se fue a casa tranquila pensando que dejaba el caso en manos de un profesional. Pero cuando volvió a su computador había otro mensaje: la universidad había llamado a los padres del estudiante y les había recomendado internarlo en un hospital psiquiátrico. El joven había vuelto a escribir para contárselo, esta vez más enfadado con Andrea que con la vida. Dos horas después estaba muerto.

Cuando Andrea se enteró, unos días después, se sintió responsable. Pensó que el psicólogo iba a darle una salida, pero no lo hizo. “Nos escribió buscando verdad, queriendo entender. Y yo lo tomé súper personal. Creo que si hubiéramos tomado otro camino, habría sido diferente. Su problema no ameritaba; sus papás se habían enterado de que era gay, su familia era súper religiosa. Sentía que estaba rodeado de odio en su contra. Confiaba en nosotros, y yo le fallé”, dice frente a un café, todavía resentida. En ese momento tomó una decisión: no volvería a delatar a otra persona, y menos con las autoridades de la universidad.

Desde entonces se ha convertido en una especie de ángel de los suicidas en la Universidad de los Andes. Se encuentra con quienes necesitan a desahogarse y contarle sus problemas a alguien, generalmente en un rinconcito del restaurante El Italiano. Andrea sólo escucha, y algunas veces aconseja. Hasta hace tres años no sabía nada del suicidio, pero ahora habla con propiedad del tema y ya ha atendido más de un centenar de mensajes de personas que necesitan motivos para no quitarse la vida. 

Ella lo cuenta así: “Yo misma llegué a la página porque tenía un problema que no sabía manejar y el administrador me propuso que hiciera parte, como una especie de terapia. Le parecía que ver los problemas de los demás me ayudaría a relativizar los míos. Y me ayudó, pero me pasó al contrario; ver cómo uno hace grandes los problemas insignificantes me hizo pensar que yo estaba haciendo igual”.

Otro de los administradores, que no quiere dar su nombre, cree que el éxito de la página es justo ese: “La gente sabe que detrás de la pantalla hay otro estudiante igual que él, que entiende su situación, que no lo va a juzgar, y que no va a llegar a sus papás a contarles”, explica.

El suicidio entre universitarios es un tema opaco. Según Medicina Legal, el porcentaje más alto de suicidios (14,6%) se produce entre los 20 y los 24 años. El año pasado hubo 11 casos relacionados con motivos escolares y educativos, el 1,15%. Sin embargo, no hay estadísticas específicas en universidades, y el estudio más completo, impulsado por cinco universidades de Bogotá registró 45 casos en la capital entre el 2004 y el 2014, pero advierte que podrían ser más.

Martha Lucía Gutiérrez, directora del Observatorio Javeriano de Juventud y una de las autoras del estudio, señala que ese “manto de silencio alrededor del tema significa negar una situación muy confrontadora, porque el suicidio confronta a la institución, a los compañeros, a la familia y a la sociedad con la pregunta de qué pasó para que un joven que tenía todo por vivir no encontrara respuesta en ninguna parte”. Gutiérrez reconoce que a la vergüenza y al dolor de las familias se suma la preocupación de las universidades por mantener su prestigio.

Para Saúl Franco, director del estudio y profesor de la Universidad Nacional, falta conciencia dentro de las universidades. “No existen políticas claras al respecto y en muchas priman las consideraciones éticas o religiosas antes que afrontar el problema. Las universidades deben tener una mirada más completa de la realidad de la persona como ser humano; el estudiante no es sólo alguien que paga una matrícula”, señala, y advierte que aunque casi nadie se suicida por eventos propiamente de la universidad, es una etapa muy importante de su vida en la que detonan otros aspectos”.

Sentía que estaba rodeado de odio en su contra. Confiaba en nosotros, y yo le fallé.

Esperando a la universidad

Aunque Andrea no lo dice de forma explícita, en sus palabras hay una crítica sobre cómo su universidad ha atendido los casos de suicidio. Muchos intentan primero ir a los servicios de Bienestar Universitario y hablar con uno de los psicológicos, pero la larga lista de espera los ahuyenta, y a los que esperan con paciencia, las soluciones no siempre les complacen.

Andrea optó por ir ella misma a pedir consejo para otros. Va al psicólogo de la universidad y le dice: “Imagina que a alguien le pasa esto, esto y esto, ¿qué le recomendarías?”, y luego ella repite lo que ha oído a la persona que le ha escrito. Intenta pedir citas por adelantado, por si surge un mensaje urgente y los servicios están saturados, y a veces también las usa para ella, porque necesita descargarse de tantos casos. Ya ha tenido más de 40 visitas al psicólogo, pero la última vez le salió mal.

“Había pedido una cita para aconsejar a una chica que se quería suicidar porque tenía un problema de salud e iba a perder el semestre; ella creía que la iban a sacar y que ya no se podría graduar −explica−. Después de contárselo al psicólogo, mi padre me llamó para preguntarme cómo estaba y si podía ir a casa para conversar. Llegué a casa y el psicólogo había llamado a mis padres para decirles que me quería matar, que estaba desesperada y que, en mi caso, lo mejor era recibir un tratamiento psiquiátrico. Ya habían hecho una valoración y lo consideraban ‘súper necesario’. El seguro de la universidad cubriría todos mis gastos, y a tal hora y en tal sitio habría una ambulancia con dos paramédicos listos para internarme. Y efectivamente, pasé por el lugar con mis padres y vi la ambulancia esperándome. Ahí entendí todo; cómo se tenían que sentir otros chicos, la rabia de que la universidad hiciera las cosas así, sin explicación. Yo tuve suerte de que mis padres son muy comprensivos; les tuve que contar que asesoraba a otros y que yo estaba bien. Pero imagínate otros padres menos comprensivos… Al día siguiente mi padre fue a la universidad a decirles que yo no necesitaba ayuda, como si estuviera en la escuela”.

La Universidad, que no quiso atender una entrevista sobre sus protocolos ni dar cifras de este tipo de casos, respondió con el siguiente comunicado: “(…) En el caso particular de emergencias psicológicas, existe un protocolo de atención para quienes requieran apoyo prioritario e inmediato. Como parte de esta ruta de acción, se evalúa la necesidad de contactar a acudientes y/o miembros de la red de apoyo más cercana del estudiante (…) Adicionalmente, los estudiantes cuentan con un seguro médico, que adquieren a través de su matrícula. Este se utiliza en los casos de mayor necesidad y permite la atención inmediata en instituciones especializadas en salud mental”.

 

Al día siguiente mi padre fue a la universidad a decirles que yo no necesitaba ayuda, como si estuviera en la escuela.

 

Un protocolo propio

Después de lo que había sucedido con el primer mensaje de suicidio, Andrea decidió establecer su propio protocolo. No quería acudir a la universidad, pero no podían seguir publicando esos mensajes de la misma manera que el resto. A partir de entonces, si podían rastrear a la persona que escribió, la buscarían y tratarían de hablar con él o ella; si alguien pedía consejos sobre técnicas para suicidarse, no lo publicarían; y si alguien escribía desde un perfil falso y no respondía a los mensajes después de haber lanzado la amenaza de suicidio, no mantendrían el anonimato.

El siguiente mensaje llegó unos meses después, en septiembre de 2014. Andrea respondió con una pregunta: “¿Te tomarías un café conmigo?”. El estudiante estaba sentado en una de las mesas cuando Andrea llegó. Ella estaba nerviosa y compró café. No sabía cómo manejar la situación, así que adoptó un tono autoritario: “¿Qué tan serio es eso que dijiste?, ¿por qué te quieres suicidar?”. El estudiante respondió a la defensiva: “No, si me vas a decir que me mate, me voy”. Andrea lo negó, dijo que ella jamás le diría a alguien dueño de su vida que no se la quite, y que sólo quería tomar un café y hablar. Entonces él puso un cronómetro: le daba una hora. Y él empezó a hablar: “Mis padres murieron en un accidente de tránsito. Estoy solo en el universo. Me siento muy solo. Tengo mucha plata, pero no quiero seguir estudiando y no tengo ni la más mínima idea de qué hacer con mi vida. No tiene sentido”.

La hora se cumplió y Andrea le preguntó: “Si tienes tanta plata y la vas a dejar a alguien, ¿a quién te gustaría ayudar?”. Ella se acordó de un ancianato en el sur al que su abuela iba a ayudar, y lo llevó allí. “La situación era tan fea, que una señora se le agarró a las piernas y le decía: ‘Lléveme con usted, yo quiero ver a mi hijo antes de morir’. Él enseguida le respondió que le iba a ayudar, y ahí encontró un sentido para su vida”, recuerda Andrea.

Nadie le ha dado las gracias, pero “hay un agradecimiento tácito”, dice. Cada tanto les escribe y se asegura “de que sigan vivos”. “Lo mejor que uno hace es escuchar; la gente no tiene un manejo de su miedo al fracaso, colapsa por frustraciones o no aguanta la presión académica. Lo que más he aprendido es que a las personas no hay que decirles que no lo hagan, sino que contemplen otras perspectivas, que dejen el afán. Yo les digo que si quieren quitarse la vida, no es asunto mío, es su decisión, yo no les llevaría la contraria en eso”, dice. “Siempre intento pensar qué haría yo en su situación, qué me convencería de no hacerlo. Muchas veces sólo trato de construir una red a su alrededor: contacto a amigos, hermanos, y les cuento que soy una amiga, y que esa persona lo está pasando mal, que traten de estar pendientes y acercarse a él”.

El número de personas que escribe contando que ha pensado en el suicidio se dispara en la época de exámenes. Las presiones económica, académica y familiar son las tres causas más recurrentes, alguna vez combinadas todas ellas en una mezcla fatal, señala Andrea. “Muchos cuentan que se sienten forzados a ser exitosos, igual que sus padres; están acostumbrados a que se les den las cosas y ahora que tienen que estudiar y demostrar, se descompensan. A veces la misma persona se causa el daño”, dice.

El pasado noviembre una estudiante de Economía publicó un mensaje de socorro diciendo que se iba a suicidar. Aunque había recibido la beca Ser Pilo Paga, tenía problemas económicos y no alcanzaba a cubrir gastos, además de una situación familiar complicada. A los pocos días alguien del Ministerio les escribió a la página: “Buenas noches, hablo en nombre de Lida Teresita Herrera, gerente de Sociedad Pilo, del Ministerio de Educación Nacional. Me he enterado del caso de una joven de Economía quien expresa estar en un duro momento emocional. Me encuentro muy preocupada por la situación y me gustaría contactarla para poder ayudarla, razón por la cual acudo a ustedes para que me den la información de esta niña que precisa ayuda urgente, y yo desde el Ministerio de Educación puedo brindársela”.

Como habían acordado, Confesiones no da información de las personas que confiesan, pero sí pasa recados. La estudiante se puso en contacto con Herrera, recibió ayuda y empezó a trabajar en los Servicios de Información y Tecnología de la Universidad.

Andrea sabe que no cuenta con las herramientas de un profesional en psicología, pero siente que hay muchas vidas mejores gracias a lo que hace. Al final, en una de las notas de la página, uno de los confesantes escribe: “Con respecto a un acontecimiento reciente de la muerte de una amiga de todos. Por el intento de suicidio (casi efectivo) de otro amigo de nosotros en finales. Por los intentos de suicidio de otros dos amigos de nosotros a inicios de mayo (estos dos adentro de la U), quiero decir: siempre hay solución, sin importar lo que pase”.

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