Foto por: Lucía Romero.

OPINIÓN | Valdría la pena empezar por ponernos de acuerdo en si nos importa o no la vida. O es sagrada a o nos ponemos medievales y nos vamos matando como si esto fuera ‘Game of Thrones’

Por: Adolfo Zableh Durán

Poco antes de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, un amigo puso el siguiente tuit: “Si gana Duque me voy de Soacha”. Doloroso, pero chistoso. Y es chistoso porque es tristemente verdad. No es para juzgar a Duque antes de que se posesione, que al menos hay que darle el beneficio de la duda, pero dados los antecedentes del partido por el que llegó a la presidencia, si vives en Soacha es mejor que te mudes, por si acaso. 

 No sé si recuerden, pero mientras todos nos indignábamos por Don José, el músico al que discriminaron en un restaurante en Medellín, salió en el diario británico The Guardian un informe que decía que los falsos positivos podrían haber sido 10.000 y no los 4.000 que se calculan, y aunque no todas las víctimas salieron de esa zona de Soacha, sí es una de las localidades que más está presente en la cabeza de la gente en este tema de los falsos positivos. Pues eso, mataron 10.000 personas a sangre fría y acá no pasa nada. Y cuando alguien habla de 10.000 falsos positivos salen a decir que es una cifra inflada. Quizá sí, quizá no, el hecho es que ante gente asesinada por el Estado para presentar resultados no salen a debatir si estuvo bien o mal sino si fueron poquitos o muchos. La cifra es lo de menos, el hecho es que cogieron gente, la mataron, la disfrazaron y la usaron para cumplir metas.

En Colombia tenemos una relación especial con la muerte, y así la corrección política nos lleve a decir que todo muerto es importante, el día a día nos indica lo contrario. Siempre ha sido así, pero no sobra repetirlo: si tienes plata puedes comprar de todo, hasta seguridad y justicia; si no, estás por tu cuenta y que la suerte te acompañe. Así, los de la cima de la pirámide andan con escolta, no solo por protección sino por comodidad. El guardaespaldas como símbolo de estatus. Y abajo está el resto, poniéndole el pecho a las balas porque es lo que hay.

En este año de contienda electoral los candidatos hicieron carrera no solo por los votos sino por ver quién estaba más amenazado. A Petro le hicieron una emboscada en Cúcuta y a la fecha no nos hemos puesto de acuerdo en si fue una bala o una piedra. Luego, Iván Duque denunció un plan para atentar en su contra, y por último Claudia López, fórmula vicepresidencial de Fajardo, tuiteó con algo parecido al orgullo que ellos, a diferencia de otros candidatos, no estaban amenazados de muerte. Lo cierto es que ya sea por estar amenazados o no, nuestros políticos ven en ello una oportunidad de sacar más votos. La muerte como potenciador de campaña electoral.

Y mientras los candidatos jugaban a las amenazas, los asesinatos de líderes sociales se cuentan por montones, casi 300 desde 2016 –según la Defensora del Pueblo– y poco se sabe al respecto. Ni idea quién los mata ni por qué, pero no solo eso. Son un reguero y no sabemos cómo se llama ninguno; no tienen nombre, apellido ni cara, y tampoco sabemos con exactitud a qué se dedican para que los estén matando. No nos importan así duela aceptarlo y alguna vez el gobierno quiso justificar todo el asunto con el argumento de que era un lío de faldas, como si esto fuera una telenovela mexicana y no un país que está tratando de salir de la guerra.

Quizá valdría la pena empezar por ponernos de acuerdo en si nos importa o no la vida. Así, crudo, sin hipocresía: o es sagrada y no se puede tocar ninguna, o nos ponemos medievales y nos vamos matando los unos a los otros como si esto fuera Game of Thrones. O todos en la mala o todos en la buena, pero todos juntos, es la única forma de salir adelante como país.

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