Foto: Mateo Rueda

Foto: Mateo Rueda

Por: Caroline Haidacher

En 2012, cuando volví a Austria luego de un largo viaje por Colombia, regresé con la impresión de que el país estaba estancado y que no iba a ver paz en muchas décadas. Mis compañeros colombianos estaban convencidos de que la corrupción, el dominio de las multinacionales y la violencia profundamente arraigada en la sociedad no permitirían perspectivas optimistas. El conflicto armado parecía un aspecto tan natural y propio de Colombia, que ni siquiera se discutía un posible final.

Al volver en abril del 2016, me recibió un país radicalmente diferente. Una euforia impresionante se había apropiado de Colombia: paneles, conferencias, discusiones, acciones en la calle. El tema de la paz estaba en todas partes, el optimismo y la esperanza magnetizaban al ambiente, un futuro sin guerra parecía al alcance de la mano.

Mi trabajo era cubrir todo tipo de temas relacionados con el proceso de paz para la televisión pública austríaca. Sabía que no iba a ser como mi trabajo cotidiano en Austria, pero no me esperaba que los retos comenzarían con el trabajo más básico del periodismo: pedir una entrevista.

Al principio, lo hice a la austriaca: hacer llamadas y preguntar por citas. Así fue casi imposible por culpa de la mala señal, mi lucha por entender el acento colombiano y la música a todo volumen al fondo de la llamada. Hasta que me atreví a algo que no haría en Austria: solicitar la entrevista por Whatsapp. Y realmente, dentro de poco tiempo estaba acordada la cita, yo sudando por sentirme como una intrusa extranjera que entra a la vida íntima de las personas. Luego de esta experiencia no me sorprendió cuando me enteré que Colombia era el país con el mayor numero de usuarios de Whatsapp en Latinoamérica.

Iba a las entrevistas con la idea de hablar con personas tan ocupadas que ni siquiera podían chequear sus mails o hablar un momento por teléfono. Estaba preparada para hacer entrevistas de máximo 10 minutos, sin preguntas innecesarias, para no desperdiciar el tiempo de mis informantes. Pero ahí vino otra sorpresa: a los entrevistados les gusta mucho, MUCHO, hablar.

En mi primera entrevista con un politólogo le pedí que me diera su opinión sobre el actual momento del proceso de paz. El resultado fue una respuesta de 7 minutos sin un segundito de pausa. Era excelente para aprender sobre la situación colombiana. Pero el precio lo pagué después en Austria, cuando tenía que sacar informes de 2 minutos de esas entrevistas gigantescas de una hora. Entonces, otra sorpresa colombiana: a muchas personas les encanta hablar sobre el proceso de paz y no hay nada que les puede parar.

Pero no siempre fue tan fácil. Cuando empecé a salir de Bogotá para zonas rurales, las cosas se ponían más complicadas. Acordé minuciosamente las entrevistas, los horarios, los lugares de rodaje en Urabá. Mis contactos me aseguraban (por whatsapp) que tenían todo el tiempo del mundo y que me esperaban con los brazos abiertos. Pero no.

Cuando ninguna de las personas con las que había acordado las entrevistas apareció, aprendí (con la decepción en el estómago) a improvisar. La razón por supuesto es triste: en Colombia no hay nadie que no este afectado por la guerra. Todos tienen algo que contar relacionado con el conflicto armado, cada persona tiene su opinión sobre el proceso de paz y la mayoría de la gente tiene muchas ganas de expresarla. Así, otra lección fue: si tu no puedes llegar a las entrevistas, espera a que las entrevistas lleguen a ti. Llegan siempre.

Tal vez la lección más deslumbrante fue el 2 de octubre del 2016, ya de vuelta en Austria. Después de haber visto y sentido ese júbilo exaltado por el pronto fin del conflicto, estaba segura de que los colombianos iban a hacer fila en las urnas el día del plebiscito y votar con un convencido Sí.

Pero no fue así.

Conocemos los resultados de ese día, pero eso ni siquiera fue lo que más me sorprendió. Lo que realmente me dejó con la boca abierta fue la participación de un 37% en las votaciones. Se reflejaba también en Austria: las semanas antes de la firma y del referéndum, la comunidad colombiana en Viena había organizado discusiones, fiestas y encuentros; por primera vez se expresaban políticamente de una forma visible. Pero también: la participación de los que podían votar en Viena fue un nuevo desencanto, 32%. La brecha entre la exagerada euforia y el real impacto político fue tan absurda que entendí mi última lección: no tomes nada literal en Colombia.

Volví a Colombia ahora, un año después de mi último viaje y con la implementación de la paz en marcha, nuevamente para hacer trabajo periodístico. Lo que encontré fue un país con más ganas que antes de trabajar en temas de paz. La euforia le ha hecho sitio a la serenidad y a la reflexión. Entiendo ahora que la victoria del No terminó siento algo no tan malo: esa decisión despertó al país y le recordó a la gente que la paz no simplemente es un acuerdo que hacen las élites, sino que es un proceso en el que los colombianos deben  implicarse. Definitivamente, la paz no se construye de un día para el otro. La paz como decisión no es una meta, es un camino.  

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