Fabiola Piñacué supervisa la pequeña producción de hoja de coca tostada en una casa campesina de Tierradentro.

Por: Clara Roig Medina
Todas las fotos fueron tomadas por la autora

Fabiola Piñacué recoge la hoja de coca extendida en el patio antes de que se seque demasiado por el sol. En la casa de campo de su socio, que es a la vez almacén y planta de procesado, se realizan los últimos preparativos para llevar una nueva encomienda a la fábrica de Bogotá, donde la empresa de Fabiola, Coca Nasa, elabora productos derivados de ella. Este mes está complicado. Hay muy poca para recoger y todos los trabajadores están en la cosecha del café. A Fabiola le preocupa no poder obtener la hoja necesaria para satisfacer la producción de galletas, té, ron, jabones y cremas que elabora a base de hoja de coca.

La hoja de coca se deja al sol un par de días para que se acabe de tostar, técnica común también en Perú y Bolivia.

“Esto es una guerra”, afirma la dueña de Coca Nasa, “cada vez toca buscar a los proveedores porque muchos de ellos le venden al narcotráfico, que paga más. Si ellos dan 35-40.000 pesos por arroba, yo les intento pagar a 25-30.000. Pero si se nos adelantan —reconoce Piñacué— aquí no hay ni Dios ni ley”.

Fabiola obtiene la hoja de coca de las montañas andinas de Tierradentro, una región a siete horas en bus de Popayán, capital del Cauca, donde se establecieron las primeras comunidades indígenas del país. Prueba de ello son los más de cien hipogeos de roca pintada que recorren las cumbres de las montañas en el Parque Arqueológico de Tierradentro. Hoy en día, indígenas, mestizos y blancos conviven alrededor del cultivo de la hoja de coca, práctica que se mantiene arraizada en la cotidianeidad. Cada vecino tiene sus matas, ya sea en el jardín de su casa o en las plantaciones arriba, en la montaña.

Muchas veces, a Fabiola le cuesta encontrar hoja de coca limpia y sin pesticidas para la fabricación de alimentos. La mayoría de los productores la destina al narcotráfico: “Para ellos es un orgullo que les compremos directamente –comenta la emprendedora– y les duele darla al narcotráfico, pero si les toca les toca”.

Durante estos últimos 15 años, esta mujer ha tenido que luchar duro por el reconocimiento al uso, consumo y comercialización de la hoja de coca. Se ha enfrentado al narcotráfico, a la legislación colombiana, a empresas multinacionales e, incluso, a la misma comunidad indígena de la que ella es originaria.

En Colombia, la hoja de coca solamente es permitida para el uso tradicional de las comunidades indígenas, que la han mascado por generaciones. Sin embargo, cuando el narcotráfico se la apropió como base de su producto estrella, quedó totalmente estigmatizada.

Empleados de Coca Nasa negocian con jornaleros para poder recoger la hoja de coca.

De las aromáticas al Coca Sek

Coca Nasa empezó con $ 200 para vasos desechables y una idea: desestigmatizar y recuperar el uso ancestral de la hoja de coca. “El Gobierno, con su política prohibicionista, extirpó la cultura”, comenta Fabiola. A través de campañas publicitarias oficiales –tal vez una de las más recordadas era la que definía a la hoja de coca como “la mata que mata”– se satanizó la hoja y se eliminó el consumo cotidiano en las comunidades rurales. “Ahora solo los abuelos mambean (mascan hoja de coca). El uso de la hoja de coca se fue erradicando junto a la erradicación de la planta”, denuncia la empresaria.

Fabiola comenzó vendiendo té de coca a los compañeros de la universidad. Del dinero obtenido, compró bolsas para empacar la hoja de coca entera y tostada, que triunfaba entre los jóvenes porque les permitía seguir estudiando durante la noche. Luego compró una maquinilla para el sellado, un molinito para convertir las hojas de coca en harina y diseñó la etiqueta del envase. En el 2000 llegó la industrialización: infusiones aromáticas, galletas, ron y el famoso Coca Sek, una bebida energizante parecida a la Coca-Cola.

En 2006, la multinacional demandó a Coca Nasa por plagio de marca. Coca-Cola alegaba que otra empresa no podía usar el término “coca” en sus productos para referirse a la hoja de coca, pero Coca Nasa ganó el juicio. Y es que todo apunta que las dos bebidas no solo comparten el nombre, también ciertos ingredientes. Aunque Coca-Cola ha negado varias veces el uso hojas de coca en la preparación de su brebaje, en 1988 The New York Times publicó un artículo en el que un representante de la empresa reconocía el uso de la planta, eso sí, sin el alcaloide de cocaína. La farmacéutica Stepan Company de New Jersey se encarga del proceso de descalinización y es la única empresa en Estados Unidos autorizada por la Administración para el Control de Drogas (Drug Enforcement Administration o DEA en inglés) para importar y comercializar hojas de coca.

Las hojas de coca se pasan por un molinillo a motor para hacer la harina de coca, que sirve como base para producir los otros productos.

La lucha legal por el reconocimiento

Fabiola y su equipo recorren el pueblo de Belalcázar coche arriba, coche abajo, resolviendo problemas. Cualquier tarea es una odisea. El motor del tostador está dañado y nadie en el pueblo tiene las herramientas para arreglarlo. No se encuentran jornaleros para recoger la poca hoja que queda. La última producción de 100 kilos de hoja de coca tostada que enviaron a la fábrica de Bogotá se la retuvieron los policías en Neiva, pensando que era para el narcotráfico.

“Hay mucha ignorancia por parte de policías, jueces y fiscales. No entienden que hay indígenas que consumen hoja de coca y que la hoja seca no sirve para hacer clorhidrato de cocaína”, sostiene Fabiola enfadada. “Al menos ahora cuando nos retienen la producción puedo decir que es una violación a nuestros derechos y demandar”, afirma.

En agosto de 2015, Coca Nasa consiguió finalmente que el Consejo de Estado colombiano reconociera el derecho al uso, consumo y comercialización de la hoja de coca a las comunidades indígenas. Aunque tales derechos ya estaban garantizados por Naciones Unidas y la Constitución colombiana, la ardua batalla ha estado en hacerlos respetar.

La ONU prohíbe el consumo y comercialización de la hoja de coca a nivel mundial dejando un espacio legal para el uso tradicional en territorios con evidencia histórica. Por su parte, la Constitución colombiana, a través de la Ley General de Cultura de 1997, garantiza a los pueblos indígenas el derecho a conservar, enriquecer y difundir su identidad y patrimonio cultural, entendiendo a la hoja de coca como tal.

Con este marco jurídico, Coca Nasa obtuvo en el año 2000 los registros sanitarios para poder sacar adelante su proyecto. No obstante, en enero de 2007, el Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos de Colombia (Invima) emitió una circular para que los productos derivados de la hoja de coca fueran retirados de la venta. La institución alegaba que el consumo de hoja de coca solo se podía aplicar en territorios indígenas.

En Colombia, la hoja de coca se tuesta en ollas al fuego para consumo tradicional.

De acuerdo con una investigación y análisis jurídico sobre este caso, realizado por Nicolás Ceballos Bedoya de la Universidad Eafit de Medellín, meses antes la Junta Internacional para la Fiscalización de Estupefacientes (Jife) le la había informado al ministerio colombiano de Relaciones Exteriores sobre la producción de una bebida gaseosa a base de coca (la Coca Sek), y le recordó al Gobierno sus obligaciones en la lucha contra las drogas. Justo en ese entonces estaba por determinarse el resultado de la demanda de Coca-Cola, que finalmente resultó favorable para los productores de Coca Sek. “Después de la pelea legal con Coca-Cola empezó la persecución del Invima”, denuncia David Curtidor, marido de Fabiola y abogado de la empresa. “Nos hemos desgastado en batallas legales”, añade.

Aunque el intento de restricción por parte del Invima fue invalidado por el Consejo de Estado, los procesos judiciales repercutieron en la rentabilidad de la empresa. Entre otros, Coca Sek, uno de sus productos estrella, se dejó de producir.

Aún así, Fabiola se siente orgullosa. Para ella la lucha legal va más allá de la viabilidad de su proyecto. “Es un servicio a la comunidad. Las sentencias que se han aprobado sirven para todos los pueblos indígenas de Colombia”, comenta. Desde que Coca Nasa empezó a reclamar, la Corte Suprema colombiana ha sido proactiva en hacer respetar el derecho al uso tradicional de la hoja de coca delante de jueces y fiscales. Por eso, ante esta mejoría en el panorama,  Fabiola aspira a que pronto la Coca Sek vuelva a producirse.

Del consumo local al consumo global

Hoy en día, los productos de Coca Nasa se encuentran en mercaditos artesanales de Bogotá y tiendas naturistas de Medellín y Cali. El consumo va en aumento, sobre todo en las zonas urbanas donde triunfan las aromáticas. Ahora Fabiola y su equipo están trabajando en el negocio de los cosméticos: jabones, cremas, pomadas, geles. Su objetivo es masificar el consumo de la hoja de coca en su estado natural.

Fabiola tiene la esperanza de llegar a un público masivo. En Perú, un 14% de la población (unos tres millones y medio) consume hoja de coca al menos una vez al año, según una encuesta del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI-DEVIDA) del 2013. En Bolivia, un tercio de la población son consumidores regulares, de acuerdo con un estudio del Gobierno financiado por la Unión Europea.

Por su parte, Alfredo Menacho, presidente de la Asociación de Exportadores (Alex) del Perú, ha analizado el mercado potencial de la hoja de coca. En el caso de que fuera legal exportarla y obtuviera el 10% del mercado global de bebidas y alimentos energizantes, antidepresivos, adelgazantes, plantas naturales y antidiabéticos, la hoja de coca podría generar unos US$ 40.000 millones al año.

Fabiola piensa que el cambio en la política de drogas se ha generado a través del consumo. Gracias a que cada vez hay más gente que compra su producto, se ha ganado un puesto muy respetable en el mercado. Sigue considerando la ‘competencia’ del narcotráfico uno de sus principales problemas a la hora de conseguir la hoja, pero no está dispuesta a desistir. En su mente de empresaria ya no se pregunta tanto cuánto vende, sino cuánto podría llegar a vender.

ARTÍCULOS RELACIONADOS