THUMBNAIL-DANIEL-PACHECHO

Por Daniel Pacheco*

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Le di muchas vueltas a esta invitación de VICE para darle una mirada al tema del consumo de coca y cocaína, y lo que significa para Colombia. Lo haré en cuatro entregas en este espacio titulado: ‘Cocalombia’.

Parte del problema es que no hace mucho había hecho algo similar en este mismo espacio. Ese artículo (‘El perico y yo’, 29 de junio de 2016) fue un acto de exhibicionismo político, una salida del clóset del perico con un título escandaloso para alimentar un debate sobre cómo pensar en el futuro de la regulación de la cocaína.

Se los recomiendo porque cuando lo vuelvo a leer me da cosa, lo que me hace pensar que tiene algo de carne. Además, desde entonces tengo nuevo trabajo, y con él un ligero decaimiento de ese arrojo. Pero bueno, tampoco me volví un ejecutivo de corbata ni me hacen pruebas de drogas. Lo que no quiero es ser repetitivo. Del exhibicionismo a la payasada hay un línea delgada, fácil de cruzar y difícil de descruzar.

Entonces viene la segunda parte del problema, y al mismo tiempo el lado más interesante de esta invitación. Es amplia, en un buen sentido, y para empezar siento la necesidad de trazar un plan ambicioso para hacerle honor a esta serie sobre consumo de coca y cocaína en Colombia.

Lea aquí la primera parte de ‘Cocalombia’.


 

PARTE 2: COCAÍNA MODERNA

Tiempos modernos, la película de Charles Chaplin de 1936, tiene probablemente la primera representación audiovisual del consumo de cocaína en la larga historia de registros hoy disponibles de consumo de cocaína.

Quiero darle un significado especial a este debut del polvo blanco en la gran pantalla por dos razones. Primero, en la escena de la película en la que Chaplin inhala cocaína accidentalmente (escena que no voy a describir en detalle porque asumo ustedes son ‘millennials’ y van a ver el video… porque es corto) surgen ya, en 1936, las trazas fundamentales de lo que se ha entendido son los efectos de la cocaína y su lugar entre los derivados de la coca.

Comencemos por el envalentonamiento.

Después de ese abundante rocío del salero, Chaplin agarra el pan, se lo rapa de la mano al matón de al lado, un matón intimidante de cara cortada, y logra imponerse sobre un rival más fuerte, más malo y más poderoso.

Lo decía antes, la coca, e incluyendo la cocaína, es una droga de poder. Y de un poder particular: el poder del yo, el poder del ego. Chaplin no se comunica, empericado como está, con una nueva manera de ver el mundo, con energías ocultas hasta que una sustancia logra ampliar su rango de conciencia. Chaplin, empericado como está, se vuelve el amo de sus propios deseos. Deseos que ya estaban ahí, y que ahora se vuelven más potentes, y sobre todo él cree y siente que se vuelve más potente. De esto no quiero hablar mucho ahora.

La segunda razón por la cual quiero darle significado al pase de Chaplin en Tiempos modernos, es porque esa película, más allá de lo que sucede en esa escena en particular, habla del albor de los tiempos de la cocaína: la sociedad industrializada y capitalista que tendría su momento culmen a finales del siglo XX.

En ese sentido, lo del perico en la película de Chaplin es una aparición y también una desaparición.

Es 1936, y aunque la cocaína ya había sido sintetizada hacía 81 años, solo era una sustancia regulada hacía 22, al menos en Estados Unidos, por el Harrison Act de 1914, una de las primeras leyes antidrogas de ese país considerada como la abuela de la prohibición de las drogas que conocemos hoy.

De hecho, cuando Chaplin la pone en su película, el ruido alrededor de la cocaína había ya caído un poco, luego de su primer momento célebre como el ingrediente activo del famosísimo Vin Mariani, el vino de cocaína que se popularizó a finales del siglo XIX y del cual el Papa Leo XIII fue un asiduo consumidor y recomendador.

El Vin Mariani era un tónico que había sido inventado en 1863 por el químico Angelo Mariani, y que se vendía libre y abundantemente por todo el mundo. En la publicidad de la infusión de cocaína se reconocen, entre otros, los atributos para “estimular y refrescar el cuerpo y la mente”, lo que da a entender que no era por su sabor amargo o por estar compuesto con cepa de Bordeaux que el Papa se echaba sus vinitos.

Imagen cocalombia

Sin embargo, el Vin Mariani llegó al gusto de los negros estadounidenses que empezaron a usarlo como estimulante en las jornadas agotadoras de trabajo como hombres ‘libres’ luego de la guerra civil en Estados Unidos. Según han argumentado numerosos estudiosos del asunto (algunos de los cuales aparecen en este documental nominado al Oscar en 2017), el gusto que era santo en el Papa fue demonizado y criminalizado rápidamente por el establecimiento blanco en ese país como una herramienta de control social contra los negros. Entonces le sacaron la cocaína a la Coca-Cola, prohibieron el Vin Mariani, y comenzó la era de prohibición de lo que en ese momento se veía como el peligro líquido y tónico de la cocaína, que ha sido hoy convertido en un rocío diabólico.

Para el momento de su aparición en Tiempos modernos, la cocaína había vuelto a los círculos de intelectuales, presos y putas alejados del ojo y el escándalo público. De esta forma la cocaína siguió existiendo sin mucha controversia, sin demasiado protagonismo, hasta finales de los años setenta y principios de los ochenta, como sugiere el conteo que hace Google de la aparición de la palabra ‘cocaine’ en los libros digitalizados en inglés por nuestro zeitgeist moderno entre 1855 (año en que fue sintetizada) y 2008 (año hasta en que Google deja contar).

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Los paisas, los más periqueros

A finales de los años ochenta, la cocaína, su celebridad y su infamia, dan un salto cuantitativo en la atención del mundo anglosajón. Este evento, que voy a relacionar con la aparición premonitoria de la cocaína en Tiempos modernos, es probablemente el más significativo sobre el destino de Colombia desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, y comienza como un conjunto creciente de inhalaciones en tierras lejanas.

Y es que el ir y venir del consumo de cocaína nos grita en la cara que la clave detrás de la popularidad (y las consecuencias enormes para nosotros de esa popularidad) del consumo de cocaína no está en las cualidades intrínsecas, y en efecto adictivas, de la mata autóctona de los colombianos.

Los pases desconocidos de Freud en la década de 1880, los tragos más célebres de Vin Marin del Papa en la de 1890, su largo periodo de olvido progresivo de más de 40 años entre los años veinte y sesenta del siglo pasado, y su salto cuántico en los setenta hasta el pico de 2000 piden a gritos que nos olvidemos de la idea dañina y enormemente difícil de derribar de que es la cocaína la que explica el consumo de la cocaína. De que somos los colombianos, los que la cultivan, los que la hacen y los que la exportan en menor o mayor cantidad, los que determinamos si es consumida en mayor o menor cantidad por extranjeros de todo el mundo.

Entonces, ¿por qué el pico en súbito que lanza a la fama mundial a la cocaína? Porque ahí fue cuando se desarrollan finalmente los tiempos modernos. Chaplin hablaba de la industrialización temprana, del trabajo mecánico de los ensambladores en línea, de ese primer enfrentamiento con la modernidad de individuos arrancados de las estructuras familiares, rurales, comunitarias, lanzados a ciudades y a fábricas.

Pero después cayó la segunda guerra, después llegó la resistencia al ego de la contracultura de los años cincuenta y sesenta con su búsqueda mística y su negación del sistema. Y cuando fracasó, cuando se cayeron las utopías, en los setenta y ochenta, y cuando floreció el individuo corporativo ya anunciado en Tiempos modernos, pero ahora en una sociedad de mercados libres, acumulación de riqueza y avidez de poder, floreció también el consumo de cocaína.

La relación entre las menciones de la cocaína de Google y el desarrollo económico, entre el capitalismo y el interés por la sustancia que ha definido a Colombia, tiene una relación espeluznante con la curva del índice bursátil más importante de Estados Unidos, el Dow Jones entre 1915 y el 2008.

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Y para dejarlos en punta con una intuición, en esta serie de artículos al que le faltan dos entregas más, es tal vez esa relación entre el espíritu emprendedor de nuestros tiempos modernos y la cocaína lo que explica la anormalidad estadística más notable en las tendencias de consumo en Colombia: que Antioquia y Medellín tripliquen el promedio nacional.

Los paisas son los más periqueros porque son quienes mejor entendieron el espíritu capitalista, en su mejor y peor cara. Un retorno paradójico en la tierra del poporo Quimbaya.

 

*Daniel Pacheco es periodista, columista de El Espectador y director del programa Zona Franca.

** Este es un espacio de opinión. No compromete la posición de VICE Media Inc.

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