Álvaro Uribe Vélez, expresidente de Colombia y hoy senador del partido Centro Democrático. En los últimos comicios legislativos, obtuvo la votación más alta al Congreso. | Foto: wiki commons

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No creo que haya sido una traición del subconsciente, como dicen que fue, la salida en falso de Álvaro Uribe Vélez desde su hacienda en Rionegro, Antioquia, cuando felicitó a Iván Duque por ganar de manera contundente la consulta de la derecha: “Qué bueno para Colombia —dijo— que Iván Duque sea candidato a la vicepresidencia…”. No creo, insisto, que haya sido una traición del subconsciente ni tampoco un mensaje subliminal sobre su eventual futuro gobierno.

Pero así se ve.

No es gratis. Si uno hace cuentas rápidas, es verdaderamente sorprendente para una democracia cómo Uribe pretende dictar a perpetuidad los destinos del país: presidente electo en primera vuelta en 2002, fue reelegido en 2006 después de haber cambiado la Constitución a punta de fraudes, para, al final, insistir en un tercer periodo con la manida tesis del “Estado de Opinión” que la Corte Constitucional finalmente le tumbó.

Un expresidente más o menos decente se retiraría y dejaría que el país volviera al curso normal de una democracia. Un expresidente más o menos decente, después de haber abierto a hachazos la Constitución que él juró proteger, dejaría que el país que gobernó decidiera libremente la continuidad o el cambio a través de un voto libre. Pero Uribe no es un expresidente más o menos decente: nunca nos dejó ser libres.

Nos amarró a su voluntad.

Puso a Juan Manuel Santos con holgura para que le cuidara sus tres huevitos, y apenas vio visos de traición —que es como él califica a un presidente que no le hace caso —, le armó una oposición inmensa y sin precedentes que logró disputarle el cargo en la primera vuelta de su reelección. Un milagro no permitió montar a Óscar Iván Zuluaga en la Presidencia, pero sí empotrar en el Congreso a treinta y nueve desconocidos que le corearan todo lo que decía. Desde esa tribuna, armado hasta los dientes, le hizo un fiero contrapeso al proceso de paz: si no lo iba a hacer él, no lo podía hacer nadie. Y si lo tumbaban con mentiras, pues mentían, como confesó uno de los promotores del No.


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Para lograr torpedear todo lo que a él no le parece, todo lo que no podemos decidir como país si a él no le gusta, usa siempre el mismo método: manosea el cariño de la gente, desinforma, difama a quienes no están de acuerdo con él. Y, sobre todo, mete miedo.

Me impresiona esa capacidad de usar el miedo de la gente a su favor: primero con el temor a que las Farc se fortalecerían después de haberlas combatido, cosa que no sucedió en el primer periodo de Juan Manuel Santos. Después, sembrando con pánico la idea de que con el proceso de paz se les entregaría el país a la Farc si su títere Zuluaga no quedaba elegido, cosa que, como vimos en estas elecciones, en que el partido Farc se quemó en las urnas —en vez de quemar las urnas— tampoco tuvo lugar.

Y ahora que las Farc no existen, repite hasta el cansancio la absurda tesis de que Colombia será “una segunda Venezuela” si no queda Iván Duque.

No le bastaron ocho años para gobernar el país. Y lo grave es que si queda Iván Duque, su candidato, cosa que es muy posible en primera vuelta como algunos dicen, tendríamos a la sombra de Álvaro Uribe sobre él y sobre este país hasta 2022. Es decir: lo tendríamos a él saliendo a diario en las noticias e influyendo en la opinión pública veinte años seguidos. Dos décadas de un país entero a merced de un solo hombre que no soporta ver que la gente decida y piense diferente.

Nuestro Chávez, como lúcidamente decía María Jimena Duzán en esta columna, es Álvaro Uribe Vélez: un desconocedor absoluto de la filosofía que inspira una democracia. Su candidato Iván Duque, a quien no dejaban hablar en la concentración de campaña del Centro Democrático en Bogotá después de conocer los imponentes resultados de la consulta de derecha en la que salió victorioso, le espetaban a cada palabra pronunciada “¡Uribe! ¡Uribe! ¡Uribe!”.

Esa es nuestra democracia.

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