Foto: Frente de Guerra Oriental del ELN

Foto: Frente de Guerra Oriental del ELN

Luego de dos atentados en contra de dos estaciones de policía durante el último fin de semana, el presidente Santos decidió suspender las negociaciones de paz en Quito “hasta que no vea coherencia por parte del ELN, entre sus palabras y sus acciones”. A los ataques de la guerrilla el gobierno respondió con una ofensiva militar en Chocó, la cual dejó, por el momento, una menor indígena de 16 años herida, según la Defensoría del Pueblo.

La ofensiva contra el frente ‘Che Guevera’ del ELN  continuará, lo que nos lleva a una inminente conclusión: el gobierno y la guerrilla parecen estar quedándose sin opciones para llegar a un acuerdo de paz en la mesa de Quito.

Para el gobierno cada vez es más difícil sostener el diálogo con un grupo que ha mostrado escasa unidad de mando y voluntad de paz. Mientras tanto, la guerrilla parece cada vez menos interesada en llegar a acuerdos con un gobierno que está de salida.

Si no es en esta mesa de negociaciones, ¿qué alternativas quedan para terminar la guerra con el ELN?

“En una negociación entre un Estado y un grupo insurgente hay un momento en que prevalece la cuestión política o la cuestión militar: si la negociación toma una madurez política,  va por ese camino, pero si toma una madurez militar, entonces se va por el otro” me dice por teléfono el general (r) Jairo Delgado.

Según Delgado, el gobierno y el ELN han quedado en posturas incompatibles frente al cese bilateral al fuego “y el ELN cree que puede destrabar esa situación con acciones militares”.

El gobierno también tiene razones para tratar de destrabar las negociaciones por la vía militar: “le pongo el ejemplo del proceso con las Farc”, dice Delgado, “en 2015,  11 militares murieron en  un ataque de las Farc en el Cauca.  En respuesta, el Ejército ordenó un bombardeo donde murieron 26 guerrilleros. Estas acciones fueron definitivas para llegar  a un cese al fuego al final de ese año”.

Si el Ejército Nacional ya se mostró efectivo en  contra de una guerrilla de alrededor de 10 mil combatientes, es razonable pensar que podría derrotar o al menos obligar a tomar una posición más blanda en la mesa  al ELN, que tiene un pie de fuerza de 2.000 guerrilleros.


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No obstante, el Ejército que inclinó la balanza en la lucha contra las Farc no es el mismo que la inclinaría en contra del ELN, una guerrilla que, a diferencia de las Farc, no concentra grandes estructuras armadas en campamentos rurales sino que opera a través de redes de milicianos que se infiltran entre la población,  incluso en zonas urbanas. Según el general Delgado, la lucha  en contra del ELN implicaría un cambio de estrategia que privilegiaría la inteligencia en lugar de los ataques con armamento pesado que tanto afectaron a las Farc.

Pero aparte de repensar la guerra, intensificar  las operaciones militares contra el ELN tiene otras implicaciones: “A parte de los costos humanitarios y financieros de la guerra, Colombia no va poder quitarse su imagen de país narcotraficante y en conflicto mientras esté en guerra con el ELN” me dice Kyle Johnson, investigador del International Crisis Group.

Para Johnson, la opción militar “es un camino riesgoso” y antes de tomarlo “Colombia debe preguntarse si lo hace con el fin de consolidar un proyecto nacional sólido o si lo hace para satisfacer ciertos intereses políticos dentro del Estado y la Fuerza Pública”.

Justo mientras el investigador estadounidense me explicaba que el gobierno podría considerar la alternativa de darle al ELN un plazo de una semana para dar muestras de voluntad de paz antes de ordenar una avanzada militar,  la noticia de un bombardeo contra  este grupo guerrillero en San Juan Chocó se hacía pública.

“Yo no sé si el Estado pueda derrotar militarmente al ELN”, me decía Joe Broderick, un australiano que llegó a Colombia en 1969 y que terminó escribiendo la biografía de los curas Camilo Torres y Manuel Perez, fundadores del ELN. “En los años setenta el ELN prácticamente dejó de existir, solo quedaban unos treinta tipos con unos fusiles ahí en monte, pero en este país de tanta necesidad y pobreza siempre habrá la posibilidad que un grupo armado e ilegal renazca”, afirma el Broderick , quien solo atiende llamadas al teléfono fijo de su casa en el barrio La Macarena.

Broderick también es escéptico frente a las posibilidades de acuerdo que existan en la mesa de Quito: primero porque, según él, al interior del ELN “no existe la unidad de mando que sí tenían las Farc” y segundo porque el ELN pretende llegar a un acuerdo con “la  sociedad”, lo cual “es muy amorfo y mucho más difícil que llegar a un acuerdo entre un grupo armado y un Estado armado, como hicieron las Farc”.

Sin embargo, para Broderick, la mesa de Quito ha estado condenada al fracaso desde el principio por una cuestión de lenguaje:

“Hasta ahora nunca se ha hablado de negociaciones de paz, ellos (el ELN) se han cuidado de omitir esa palabra y únicamente hablan de conversaciones públicas, que pueden durar por siempre y no llegar a nada. “El día en que empiecen a negociar, podría ser distinto”, concluye.

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