Diana Jembuél Morales, comunicadora indígena Misak. Foto: Cristian Mora

Por: Jazmín Nathalia Morales

Sus piernas temblaban, sus manos sudaban y mientras recordaba las sabias palabras de sus abuelas, Diana Jembuél se armó de valor para enfrentarse cara a cara con un guerrillero de las Farc. Con su mayor arma, la palabra, fue la única mujer de la comunidad indígena Misak que decidió mirar a los ojos a aquel hombre grande y gordo que se llevaba a uno de los suyos en una camioneta hacia lo más profundo del Cauca.

Parecía una pesadilla, de esas en las que quieres pellizcarte para saber si en realidad estás durmiendo. Pese a la súplica que ella le hizo a sus compañeros para que la apoyaran, solo unos cuantos, sin mencionar una sola palabra, rodearon la camioneta blanca blindada. Uniformados, con el escudo de las Farc en sus hombros izquierdos, respondieron: Hijueputas, ¿por qué se meten con nosotros?

Diana no comprendía ese cinismo. Desconcertada pero furiosa levantó aún más su voz, y con el bastón de mando en su poder, exigió que liberaran a su compañero, a quien le apuntaban con una pistola; él lloraba nerviosamente, sin parar.

 

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En Bogotá, no hay un solo día en el que Diana no use el traje típico de su comunidad. Desde hace 32 años, así llueva o haga frío, siempre viste un rebozo (manto azul), un Tambak Kuary (un sombrero) y un anaco (falda) de color negro tejido por ella misma. Este traje, dice, simboliza su resistencia y el respeto a la madre tierra.


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Diana Jembuél Morales nació el 29 de noviembre de 1984 en las montañas de Silvia, en el Cauca, rodeada de dos mujeres inspiradoras.

De su padre no tiene muchos recuerdos. Un accidente de tránsito le quitó la vida cuando ella apenas tenía cinco años de edad. En ese momento Diana quedó bajo el cuidado de su madre y su abuela paterna, quien, cuenta, le inculcó el liderazgo y el respeto. Hasta sus últimos años de vida le recordó, mirándola a los ojos, los valores de la comunidad indígena Misak.

Aunque en su comunidad era difícil que los hombres la tomaran en serio, el machismo que vivió no fue más que un motivo para llenarse de ganas y emprender un camino para convertirse en una autoridad visible de su resguardo.

 

 

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Al terminar el 2012, Diana tenía en mente trabajar en la agricultura, siguiendo el mismo camino de otras mujeres Misak. Aparentemente esta era la mejor forma de subsistencia, la actividad que podía ayudar a su economía y la de su familia.

Sin embargo, los planes de Diana cambiaron cuando la Universidad Externado visitó a la comunidad Misak. El motivo: entregar becas para que algunos indígenas tuvieran la oportunidad de estudiar en Bogotá.

A mediados de enero de 2013, Diana Jembuél, de corta estatura, cabello negro, largo y trenzado emprendió su viaje a Bogotá. Lo hizo sola, dejando atrás a su madre, sus hijos, su compañero, al Cauca en general. Sola y sin dinero, tuvo que enfrentarse al frío y al hambre de la capital.

 

¿Eres boliviana? ¿Eres peruana?” eran las preguntas más comunes que recibía Diana por parte de personas de diferentes lugares de Colombia

 

Como ella, más de 200 familias Misak viven en la ciudad. El desplazamiento y la usurpación de tierras es el factor de desplazamiento más común. La mayoría de familias se han asentado en los barrios Casandra y HB de la localidad de Fontibón, barrios llenos de casas antiguas, rodeados de los ríos Bogotá y Fucha, de humedales y donde aparentemente el arriendo resulta más barato.

Según cifras del DANE a corte de 2014, en diferentes zonas urbanas del país viven aproximadamente 1.840 indígenas Misak, los cuales representan el 1.5 % de la población indígena en Colombia.

 

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“¿Eres boliviana? ¿Eres peruana?” eran las preguntas más comunes que recibía Diana por parte de personas de diferentes lugares de Colombia. “Lo primero que percibí en Bogotá era la falta de conciencia sobre qué es nuestro país, no hay memoria, no hay investigación, hay muchas personas individualistas, si no es con plata, tú no existes”.

¿Mi historia? sonríe mostrando gran parte de sus dientes blancos, “yo he sido muy afortunada” -considera Diana-, debido a que la Universidad Externado le brindó la oportunidad de estudiar lo que ella tanto deseaba, Comunicación Social- Periodismo. Diana encontró en las letras, libros y micrófonos una oportunidad para representar a las mujeres, a los indígenas y a los soñadores, esos que se esfuerzan por lograr sus objetivos.

Pese a que cada Misak tiene diferentes motivos para estar en la selva de cemento, Sara Tróchez, Misak, estudiante de economía y quien lleva cuatro años en Bogotá, resalta que la unión es lo que mantiene a muchos en esta ciudad. “Algunos domingos hacemos actividades en Fontibón o en la casa Misak en el centro, hacemos ollas comunitarias, tejidos, charlas, mingas, en las que cualquiera es bienvenido, sea indígena o no”, cuenta.

Los primeros días en la capital fueron difíciles.  A los quince días Diana ya quería regresar con su familia, pasaba hambre y no se adaptaba a Bogotá, su clima y su gente: “Aquí ya desde las cuatro o cinco de la mañana tienes que estar moviéndote, en nuestro territorio todo es más tranquilo”, dice.

Estaba enferma, dormía en el piso y tuvo que vender varias de sus cosas. Para que su situación mejorara en esta ciudad y fueran más los motivos para quedarse que para regresar al Cauca empezó a vender manillas, collares, diferentes tejidos que llevaba para sus compañeras de universidad.

La llegada de su esposo, también comunicador, permitió que se sostuvieran, no sólo con cuestiones de dinero, sino anímicamente, él siempre la apoyaba y más cuando compartían la misma pasión: el periodismo. Empezaron a dar cátedras en universidades, enseñaban su idioma, daban clases y así se fueron dando las cosas para que Diana terminara su carrera.

Diana Jembuél en su lugar de trabajo. Foto: Juanita Pérez

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Hablar con Diana es sentirse en familia, tener esas conversaciones que pueden durar horas. No es gratuito que muchos de sus compañeros, como Jefferson Chirri Aran, le digan “mamá Diana”. “Diana es un ejemplo de unión y hermandad, llamarla Mamá Diana radica en su liderazgo y autoridad, ella no teme enfrentarse contra lo que sea con tal de representarnos a los Misak, ha pasado muchas dificultades para poder llegar a ser mamá, pero como dice ella, se puede cuando se propone”.

En la visita del papa Francisco a Colombia, Diana habló frente a miles de asistentes que se congregaron en Villavicencio. Sin embargo, no dijo lo que los obispos querían que dijera. La iglesia esperaba que su mensaje fuera en favor y agradecimiento a la institución religiosa, pero no fue así.


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Diana sabía que estaba frente a miles de personas y que su mensaje no podía ser algo que le impusieran. Por eso decidió expresar su inconformismo con el secuestro por parte de las multinacionales a la madre tierra y exigía su liberación en nombre de las 106 víctimas indígenas de Colombia que se encontraban en aquella tarde de lluvia.

“La petición también es para la Iglesia, para que asuma la deuda histórica y espiritual que tiene con los pueblos del mundo. Que lo sagrado de los indígenas no es satánico y que cada vez los jerarcas de la iglesia puedan, respeten, capaciten y reconozcan la espiritualidad indígena, como una forma diferente de ver la vida”, dijo  Diana.

 

No olvidar de dónde vienes

Para el sociólogo y coordinador del Área de Sociales en la Universidad Libre, Néstor Orlando Varón, cambiar de entorno y tener que adaptarse a este, de alguna manera altera la identidad de algunos sujetos. “No en todos los casos sucede esto, para algunos sujetos la identidad es lo que históricamente los acompaña y simplemente cambia su forma de ver el mundo” cuenta.

Algunos indígenas Misak en Bogotá encontraron diferentes trabajos que exigían un cambio en su vestimenta y, claramente, en la lengua que empleaban. La mayor preocupación para una gran defensora y promotora de la identidad como Diana, no solamente radica en la lucha contra las multinacionales, sino en la preservación de la identidad incluso lejos de sus hogares.

“Se está perdiendo nuestra lengua Namtrik, a las parejas actuales les importa más que sus hijos aprendan el español para que se defiendan y no el idioma propio, tampoco se les enseña la historia, nuestro origen y en especial las nuevas generaciones ya no usan los trajes Misak”, dice.

Diariamente lucha por no dejar perder su lengua, su origen, sus ideales, ni mucho menos sentir vergüenza. Diana se esfuerza por hacer llegar a los colombianos, a través de los micrófonos, el papel de la memoria en el país, en tener presentes también las concepciones de aquellas comunidades indígenas.

        – ¿Bogotá te ha cambiado?

        – Me ha abierto la forma de pensar, de ver el mundo, de conocer muchas culturas, me ha dado mucho. Yo era de esas personas cerradas que pensaba “solo los Misak”.

        – ¿Se pierde la identidad estando en otra ciudad?

        –  En mi caso la he fortalecido, cuando uno tiene su identidad clara, uno puede estar donde sea, pero con voluntad y fortaleza, habemos quienes no olvidamos de dónde somos.

 

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Diana adquirió en Bogotá la misma fortaleza con la que enfrentó aquella vez a ese guerrillero de las Farc que amenazaba con llevarse a uno de sus paisanos Misak. Consiguió la liberación gracias a la determinación que mostró en aquel momento, marcando un precedente en la comunidad no solo de resistencia, sino de reconocimiento hacia la mujer Misak.

Cuando su madre se enteró de aquel enfrentamiento soltó uno de esos regaños que vienen acompañados de amor, esos regaños de preocupación que demuestran que una madre solo quiere lo mejor para un hijo, pero implícitamente se sentía orgullosa, pues la testarudez que su hija cultivó desde niña, es lo que hasta el día de hoy la acompaña y la llena de carácter.
Con ese logro Diana cumplía con el designio que su abuela alguna vez le confió antes de morir, casi como prediciendo el futuro de su nieta: ser una mujer que se niega a callar su voz, ser una representación para los indígenas de Colombia.

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