Este artículo fue originalmente publicado en VICE, nuestra plataforma madre. Se trata de un reportaje sobre Hip-Hop y paz escrito por el periodista Felipe Sánchez. 

Caminando por la vereda hace algunos años, en una clase de fotografía con niños del corregimiento de Juan Frío, a quince minutos del municipio fronterizo de Villa del Rosario (Norte de Santander), al rapero y activista Jorge Botello le pegaron su primer susto.

—Uy, profe, lo estaban pisteando esos manes, ¿no? —le advirtió una alumna cuando regresaban al centro, donde recibían el taller.
—¿Cómo así? —respondió Botello, desconcertado.
—Sí, ¿no vio? Los de la moto.
—No, ¿cuál moto?
—Estaban ahí, pasaron, lo miraban mucho. Tenga cuidado.

A pesar de haber estado en el corregimiento varias veces, a Botello nunca le habían echado el ojo. Más bien: no se había dado cuenta. “A veces uno no se percata. Estamos haciendo talleres y llega una gente a preguntar que quiénes somos. Les dije a los chinos que me avisaran a la próxima”, me cuenta en los patios de la Biblioteca Julio Pérez Ferrero, en el centro de Cúcuta. “Luego entendí: por ahí pasa muchísimo contrabando, esas son las rutas que usan las bandas criminales y paramilitares para traficar desde y hacia Venezuela. Yo ahí, con una cámara de fotos, era un sujeto sospechoso para ellos”. Y aunque nunca los molestaron, Botello y su parche decidieron subir la guardia. Era eso o no volver nunca.

De los asentamientos periféricos que se extienden a lo largo de la frontera colombo-venezolana en el Norte de Santander, Juan Frío es el que ha albergado uno de los pasados de violencia más aterradores.

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