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Fotos: Santiago Mesa

Por Juan Sebastián Barriga

Pasadas las cinco de la tarde, el Salón Rojo del Hotel Tequendama estaba en silencio. Un silencio extraño, un silencio distinto, un silencio del alma. En las pantallas gigantes decoradas con los coloridos carteles del Sí todavía se pasaban los videos de la campaña. Los periodistas buscaban con desespero las declaraciones de Horacio Serpa, Armando Benedetti, Mauricio Lizcano y cuanto político hubiera. El resto de las personas miraban impávidos al vacío. Muchos lloraban, se abrazaban, se consolaban, se agarraban la cabeza. Nadie podía creer la derrota. Era como estar encerrado en una especie de letargo colectivo en el que solo había una pregunta: ¿Y ahora qué?

Así es la derrota, amarga, indignante, impotente. Pero hay dos formas de asumirla: echarse al abandono y dedicarse a llorar como todos lo que estaban sentados con sus ojos inyectados de lágrimas puestos en sus flácidas banderitas, o secarse las lágrimas y volver a levantarse. “No hay que bajar los brazos”, “debemos seguir trabajando”, “esto no significa que todo está perdido”, “ahora hay que hacer un llamado a la unidad”, decían algunas personas, así como cuando el equipo de fútbol pierde una final. Pero sinceramente en este caso daban más ganas de irse a la casa a llorar y gritar: ¡País de mierda! hasta perder la voz.

Aún así había quienes se negaban bajar los brazos y las pocas personas que quedaban empezaron a gritar: “Ni un paso atrás, queremos la paz” como una forma de aferrarse a la esperanza. La poca que quedaba.

Pero en verdad no había nada que hacer más que empacar. Nunca decir “amanecerá y veremos” tuvo tanto sentido. Pero un grupo compuesto en su mayoría por estudiantes universitarios bien vestidos, blancos, bogotanos en su mayoría y menores 27 años decidió ir a la Plaza de Bolívar con sus banderas blancas. Como diciendo: “la verga, esta búsqueda no se acaba. Derrotados pero no vencidos, carajo”.

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Bogotá se encontraba en silencio. Fría y oscura como las caras de los peatones que recorrían el centro. Por su parte la séptima vibraba como si nada hubiera pasado. Como si fuera un domingo cualquiera. Los vendedores pregonaban sus artículos. Un tipo gordo vestido de morada cantaba y un comediante se inventaba una historia de amor entre Álvaro Uribe y Piedad Córdoba.

Pura indiferencia, a nadie le importaban los cuatro gatos que gritaban por la paz y ondeaban banderas blancas. Solo los miraban, en silencio, mientras tomaban tintico. Nadie opinaba, nadie hacía mala jeta. Solo miraban. El vivo rostro del abstencionismo.

Aún así, esos pocos estudiantes de clase media alta y uno que otro extranjero curioso avanzaban con el firme objetivo de llegar a la Casa de Nariño.

Nunca en toda su historia la Plaza de Bolívar recibió una marcha más triste. No había ni palomas cagando sobre la estatua del libertador. Solo frío, sombras, los fantasmas de todos los que murieron allí en 52 años de guerra con las Farc y unas cincuenta personas a las que las policía les bloqueaba el paso a la Casa de Gobierno. Los gritos y el júbilo que tanto se sintieron en ese lugar durante los días previos al plebiscito, fueron reemplazados por los murmullos de incertidumbre de una pocas personas que no sabían si quedarse, irse o comprar una agüita aromática.

En la espera llegó el discurso del Santos. La gente se unió en grupos alrededor de unos cuantos radios. Cuando el Presidente dijo que se mantenía el cese al fuego bilateral todos aplaudieron con alegría. Hay que agarrarse de algo ¿o no? El resto del comunicado lo vivieron en silencio, manteniendo la dignidad y aguantando las lágrimas. ¿Qué más se podía hacer?

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Cuando Santos dijo “buenas noches”, siguieron los intentos para pasar la barrera de los policías. Un hombre de contextura gruesa cantaba en voz baja: “Volveremos, volveremos. Volveremos otra vez. Y la paz perseguiremos, como la primera vez”. Pero nadie le paraba muchas bolas.

De repente la valla se abrió y la gente empezó a entrar desesperada. Algunos hicieron un llamado al orden, pero la policía una vez más cerró el paso. “Solo pueden entrar los javerianos”, dijo un comandante. Los demás, que coman mierda. “Ahí está pintada la paz de Santos”, dijo un hombre indignado. Pero bueno, qué se le va hacer. No queda más que esperar.

A pesar de la tristeza la gente decía que hay que seguir luchando. Es hora de la unidad, de no expresarse con odio hacia los simpatizantes del No, decía el hombre de la gafas con voz entrecortada. “Sentimos una tristeza pero esperanzadora”, comentó.

Mientras tanto una periodista extranjera le preguntaba a las pocas personas qué opinaban del triunfo del No. Cogió a una señora narizona, peli negra y vestida con una camiseta con un diseño de flores. “Estoy feliz de este resultado y me lleno la boca de decir que vote por el No”. Empezó a decir que lo hizo en nombre de la justicia y para que esos criminales paguen por su pecados.

Un hombre en bicicleta empezó a gritar: “no a la violencia sí a la reconciliación”, pero la mujer estaba desatada. Peleaba e insultaba junto otras tres personas que se le unieron. Una señora de unas 68 años que la apoyaba, un joven de 22 años que decía venir del Tolima y un tipo flaco, que cubría su rostro con una capucha y un tapabocas.

Mientras las mujeres discutían, los hombres gritaban: “que viva la guerra” y “Uribe va a matar a Timochenko”. El hombre de la bicicleta simplemente repetía como un mantra  “no a la violencia sí a la reconciliación” y los del No se reían de forma burlona. La gente indignada empezó a discutir. Un español que grababa con un celular la deplorable escena se acercó a la señora mayor y le dijo: “¿usted qué le va a decir a la madre del próximo muerto de este conflicto?”. La mujer de las flores gritaba que la guerrilla le había matado a su familia y el joven del Tolima gritaba que el odio que sentía no podía dejarlo atrás y que no fue a votar.

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Un hombre de altura mediana y la cabeza cuadrada se acercó al joven, le dijo que él era una víctima de las Farc. Con lágrimas contó que los guerrilleros mataron a su hermano frente a sus ojos y aún así los perdonaba. Pero la discusión no tenía sentido. Los del No solo provocaban sin argumentos y con agresividad, y los del Sí peleaban una batalla ya perdida.

Así vivió el centro de Bogotá el post plebiscito. Un grupo de personas derrotadas, peleando contra cuatro provocadores. Que tristeza. Solo un muchacho de pelo largo dijo algo con sentido. “Reunámonos y empecemos a proponer nosotros porque la paz la construimos todos”.

Era un cuadro desolador. Había odio por todo lado y la policía miraba con indiferencia. “Siento que le fallé al país”, dijo el hombre de las gafas mientras se iba mirando al piso. Finalmente, los javerianos salieron. Una muchacha de pelo negro y gafas dijo que el Presidente los recibió y les dijo que la lucha recién empieza y hay que seguir adelante. De repente ese grupo de jóvenes bien vestidos y muertos de frío expresaban un renovado optimismo. Pequeño, pero optimismo al final.

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Llegó la hora de partir. En la plaza cinco gañanes en bicicleta miraban al grupo para ver si por ahí le echaban la manita a alguna pertenencia ajena. El grupo se fue caminando hacia Las Aguas. Algunos seguían gritando por la paz pero en la séptima solo había un habitante de la calle que decía: “viva la paz, hagan el amor y sean vegetarianos”.

Sobre las trece terminaron las coplas. “Tengo hambre”, “tengo frío”, “quiero una pepa”, decían los estudiantes. El joven del Tolima aprovechó y antes de desaparecer gritó por última vez “¡Viva la guerra!”.

Después, en la noche más importante de la historia reciente de Colombia, el centro de la capital quedó en silencio.

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