Este artículo fue publicado originalmente en VICE News

Por Alejandra Sánchez Inzunza y José Luis Pardo

Todas las ilustraciones son de Clementina León.

 

Primera parada: Fortaleza (Brasil).

Hablan de sobrevivir. De sus infancias. De los muertos que han visto. Están en un salón de clases. En las paredes hay varios dibujos: un árbol de la vida, un joven negro. Hablan Vítor Pereira (19 años), Jacqueline Márques (22 años), Carolina Ximénes (15 años) y Suyanne Oliver (24 años). Todos viven en Bom Jardim, una de los zonas más peligrosas de Fortaleza, la capital más violenta de Brasil, el país con mayor número de homicidios del mundo. Entre 2007 y 2014 murieron asesinadas en esta área 1.200 personas. El asesinato se ubica en una periferia llena de baches y graffitis que los traficantes usan para marcar su territorio y dejar sus amenazas. Ellos crecieron aquí.

— Hace unas semanas, iba caminando y alguien dejó las piernas de un cuerpo en una esquina. Me asomé. Tenía curiosidad. Después me fui a casa.

—Cuando era niño, había tanto tiroteo que mi familia ponía el colchón en el suelo y nos tirábamos ahí para no recibir una bala perdida.

—Ya perdí un amigo que murió así. Me asusté mucho. Estuve un año con el trauma, hasta que vi otro y otro y otro y otro.

—Si los cuento todos, han muerto unos ocho amigos.

—¿Cuántos amigos míos murieron? Unos cinco que quería mucho, que eran cercanos. Todos de la periferia.

— Empezaron vendiendo droga, metiéndose con personas que no los llevaban a ningún lado. Se involucran con el traficante o con la mujer… o no pagan la cantidad que se llevaron de droga y los matan.

—A veces la única forma de sustentar a la familia es a través de la droga.

—Un vecino que vivía en mi calle murió por deberle cinco reales (1.5 dólar) a un traficante.

— Yo he visto morir unas tres personas. Mi primo, mi vecino y un colega de la escuela, que también estaba en las drogas. Usaba, no pagaba…

—La realidad no juega. Alguien que escoge eso tiene dos caminos: presidio o cementerio.

—Cuando vi que la gente muere por miserias de dinero, supe que yo no quería eso.

—Te acostumbras a la muerte de los amigos. Tú ya sabes que al vivir en la periferia eso va a pasar de nuevo.

—Cuando mi primer amigo murió teníamos 16 años. Cuando éramos niños, jugábamos en la calle. Era muy activo, siempre hacía bromas. Cuando yo me enfoqué en mis estudios y dejé de vivir en la comunidad, él cambió por completo. Ya tenía tatuajes, hablaba con una jerga que yo no entendía, no lo reconocía. Él decía: “no tengo trabajo, no tengo estudios, tengo que ayudar a mi familia”. Era avionzinho, significa que te llevas una cantidad pequeña y vas distribuyendo poco a poco. Nunca pagaba porque él usaba. No daba lucro para el tráfico. Le dijeron que si no pagaba todo, iba a morir. Él rezaba para que no pasara, pero no había nada que hacer.

—El tráfico solo avisa una vez. Llega, te amenaza y te dice que si no pagas tal día, ya sabes…

—La primera vez que vi un muerto estaba en un teléfono público. Llegaron en un carro, le apuntaron, así bien cerca, como si fuese aquí al lado, y le dieron un tiro: PAAAAH. Yo me quedé paralizado. Tenía 11 años.

—A mi mamá le dispararon del otro lado de la calle. Un tipo, primo de un colega, se estaba peleando con otro por una empanada. Yo era niño. Fui a recoger un hamster a casa de un amigo y estaba esperándolo afuera con mi mamá. Estábamos en la esquina, en la pared. Y pasaron esos tipos, peleando, hasta que escuché un tiroteo. Y de repente mi mamá cayó en el suelo. Tenía un tiro en la espalda. Fui a llamar a mi tía. Un tipo llevó a mi mamá al hospital. Todo el mundo me culpó porque había salido a la calle. No salí más de casa hasta que tuve 15 años. Sólo iba a la escuela.

—A mi mamá también le dispararon. Ella venía de la iglesia con mi tía. Se metió dentro de un fuego cruzado. Los avionzinhos le decían que saliera, pero ella no entiende la forma del hablar de los traficantes. Continuaron caminando. Mi mamá solo sentía como pasaban las balas. Recibió una en el tendón. Todavía la tiene dentro.

 

—Otro día estaba yendo a un evento de reggae aquí en la plaza. Vi que mataron a una persona, pero ya no me detuve. Me fui al concierto.

—Muere mucha juventud en nuestro barrio. Mucha, mucha, mucha.

—A la gente de la periferia nos gusta siempre estar en la calle.

— El crimen marca un territorio: como de aquí a esta esquina no puedes ir. No eres libre.

—Da coraje. Si tengo que hacer un trabajo para la escuela y tengo que comprar un material, pero la tienda queda en un lugar al que no puedo ir, es peligroso. Yo voy igualmente porque se que no debo nada a nadie, pero pienso: podría morir aquí solo porque estoy comprando material.

—Si estás en un lugar en el que no puedes andar y ven tu tatuaje, o van a llegar y preguntarte qué haces aquí o no van a preguntar y te van a golpear y matar.

—Acabo de ir a una entrevista para trabajar en un hipermercado. Me tuve que cortar mi pelo, era grande, negro, largo, estaba feliz. Extraño mi cabello. Me dijeron que me lo cortara porque iban a tener prejuicio de mi. Siempre es eso.

—Nos criminalizan.

—A mi me ven negro y de barrio y les da igual si hablo formal, si me comporto bien, si tengo mejor calificación que otros entrevistados, no me van a contratar.

—Yo quisiera ser profesor de informática.

—En pleno siglo XXI, la gente tiene este prejuicio contra el negro joven de la periferia.

— Siempre hemos tenido esas cosas de prejuicio por religión, por droga, por ser mujer…

—En una clase de ciudadanía, yo dije que soy umbandista (parte de una religión ecléctica fundada en Brasil en el Siglo XX), Y un niño me dijo: “Tú eres hija del diablo, tú adoras a Satanás”. Cuando salimos de la escuela me empujó al suelo y me empezó a pegar. Yo no entendía el porqué.

— Por no tener un dinero, unas ropas, las personas ya te ven diferente.

—Yo veo que la gente rica, es muy fresquinha. Siento que la periferia es más acogedora.

— Mi papá le pegaba a mi mamá. Son muchos recuerdos malos. Hubo un día que mi mamá no aguantaba más y quiso prender fuego a todo. Mi papá trabajaba con pintura, tenía galones en la casa. Ella los derramó en el cuarto y fue con nosotras. Llorábamos mucho. Pero no pudo. No prendió el fuego. Mi mamá huyó con nosotras. Yo tenía siete años.

—Mi madre cuida de mi como si tuviera nueve años. Ella hace todo por mi. Ella no duerme hasta que llego a casa. Yo llego y voy directo a la computadora, pero ella se levanta de cama para hacerme de comer, no importa que sea la una de la mañana. Ella me hace mi tapioca. Tiene miedo de que me pase algo.

—Aquí el homicidio es muy próximo. Uno vive muy cerca de donde muere.

***

En la última década, la violencia del país se ha trasladado a las ciudades del nordeste. En Fortaleza, desde 2003 hasta 2013, la tasa de homicidios entre niños y adolescentes creció un 755%.

Hace 20 años, en Brasil había 13.000 homicidios y 190.000 presos en sus cárceles. Hoy hay 60.000 asesinatos y 622.000 reosUn grupo de expertos realizó el estudio Cada Vida Importa para saber por qué morían tantos jóvenes. El mapa de homicidios de Fortaleza dibuja una U casi perfecta, lejos de la playa y de los hoteles. Hablan el diputado Renato Roseno y Thiago Holanda, del Instituto Oca, autores del informe. También hablan el capitán Wagner Souza, antes Policía Militar y ahora diputado, y el secretario de Seguridad de Ceará, André Costa.

—Mira el mapa, sólo 4 por ciento de la ciudad concentra el 33 por ciento de los homicidios. ¿Y quién muere? El joven, negro, pobre de la periferia.

—La muerte no es un acontecimiento, es un proceso.

— Los grandes medios simplifican: disputa, tráfico de drogas. Pero hay dinámicas muy complejas y profundas.

— Más de la mitad de las personas que murieron eran hijos de madres adolescentes. El 70 por ciento había abandonado la escuela al menos seis meses antes de morir.

— Donde vives es importante. Donde está la mayor tasa de violencia también hay dengue, desempleo, alto riesgo social y sanitario.

—Esas muertes quedan en el abandono. De 1.573 procesos de homicidios de adolescentes, sólo 2,8 por ciento fueron resueltos.

 

—Menos del 12 por ciento de los homicidios fue directamente por la disputa del tráfico. La dinámica es otra: yo estoy armado y tú también. Tenemos un problema entre nosotros. ¿Cómo lo resolvemos? Con el arma.

— A partir de 2015, las principales facciones criminales del país hicieron pactos para dividir el territorio: “este barrio es tuyo, este es mío, tú trabajas aquí, yo acá”. Su objetivo era que la policía no entrara porque interfería en el tráfico.

—A finales de 2016 empezamos a tener problemas en las penitenciarías del país. El pacto se rompió. De nuevo, el crimen está intentando ocupar los espacios.

—Si hubiera un pacto, no habría homicidios. Un día no tienes homicidios y otro tienes 10, ¿Qué tipo de pacto es ese?

—Aquí están el Primeiro Comando Capital, Comando Vermelho, Guardianes del Estado y se llega a hablar de la Familia del Norte. Pero son grupos sin organización, sin cabezas. No tienen capacidad de hacer un pacto.

—Con nuestra ley, a veces un joven mata a alguien y lo sueltan a las 24 horas.

—Muchos homicidios tienen que ver con peleas entre facciones criminales, pero no es lo único. Es también una cuestión cultural, de la región. Alguien abusa de alcohol, de drogas, y pelea. Eso pasa mucho en el interior. Todo el mundo va armando con un cuchillo, un revólver.

—También hay muchos linchamientos. Alguien asalta y la gente lo agarra y lo mata en la calle.

—La muerte comienza en el abandono. Yo vi un vídeo de una madre que decía: “Mi hijo empezó a morir a los 13, lo perdí de hecho a los 19. Yo ya sabía que él iba a morir”.

***

Llueve fuera y también llueve dentro del Centro Educacional San Miguel, un correccional donde cumplen condena 69 chicos que eran menores de edad cuando cometieron su delito. La mayoría todavía lo son. Hay celdas vacías porque más que goteras caen pequeñas cataratas del techo. El agua llega hasta los tobillos. En otro módulo hay chicos apiñados, de seis en seis, en cada celda. Algunos se lanzan contra los barrotes con entusiasmo adolescente para contar sus historias criminales. Otros comen. Un chico grita que está preso porque mató a un policía. Un grupo juega al fútbol en el patio encharcado.

Los chicos suelen pasar la mayoría del tiempo sin salir al patio porque el centro no puede garantizar que no huyan: en los últimos tres años 850 adolescentes se han fugado de los centros educativos de Fortaleza. En San Miguel hay chicos del Primeiro Comando Capital (PCC), el Comando Vermelho (CV) y Guardianes del Estado (GDE), las tres facciones que se disputan el territorio y el tráfico de drogas en la ciudad. Hablan tres menores, uno está aquí por tráfico de drogas, otros dos por homicidio. Habla también Francisco De Asis, tiene 19 años y desde hace dos está en el centro por violación y homicidio.

— ¿Si tuve infancia? Tuve infancia desde los cinco hasta los diez.

— Entré al crimen por necesidad, aventura y placer. Tenía ropa nueva, carros, tenía lo que era mío.

— Estaba muy borracho y estoy seguro de que el demonio me poseyó, porque consciente yo nunca haría una barbaridad así. Yo cometí un crimen… maté a un niño.

— Yo no lo pensé. Tenía un arma.

— Yo no estaba en el tráfico. Era más de disfrutar. Dejé la escuela en 2015 y empecé a beber. Drogas no consumía. Ese día estaba bebiendo con unos amigos.

— La primera vez que consumí tenía 12 años y llegó mi hermano mayor, que tenía 18 y me ofreció. Yo no sabía qué era, pensaba que era maicena. Esnifé y le dije: “¿qué es esto?” Él me dijo que era algo muy bueno. La primera vez pensé que iba a morir. A partir de la segunda ya sólo pensaba en hacer maldades. Ese mismo día empecé a usar marihuana también.

— Compré mi arma en la ciudad de donde era mi novia. Costó 2.000 reales (unos 700 dólares).

— Cuando esnifas te pones muy nervioso, si alguien te dice algo lo quieres matar. Pero la sensación era buena. La marihuana me relajaba. Sólo fumaba, dormía y comía… y vendía.

— En mi barrio cada día muere uno. Ya vi muchos amigos morir. Yo tenía un arma porque hay facciones que están amenazando nuestro barrio. Tenía mucho miedo.

— La primera vez que tuve un arma fue con 13 años. Un amigo me la dio para robar.

— Sólo viví con mi madre. Con mi padre no. Tengo una hermana mayor que yo y dos hermanos menores.

— Yo tenía ya una hija con ella. Tiene cuatro meses. Vivíamos juntos en el interior del Estado. Estaba contento por ser padre, no pensaba que era demasiado joven. Es la vida.

— Mi padre trabajaba en la marina y mi madre es ama de casa y cuida de mis hermanos. Uno tiene 18, otro 17, otro 21, otro 12 y otro 14. Mi madre está muy triste de que yo esté aquí. Aquí es todo sufrimiento.

— Yo de momento no he tenido ningún problema aquí. Porque yo no me meto con nadie, pero si alguien se mete conmigo tampoco me voy a quedar parado.

— Hasta hoy estoy pidiéndole a Dios que me devuelva la memoria para saber lo que pasó. No consigo acordarme de nada.

— Estábamos discutiendo y ella estaba a mi lado. Yo agarré el arma. Pensé que no tenía balas. El tambor giró y acabó disparando.

— Estábamos todos usando droga y llegaron unos chicos que yo conocía con una chica. Me dijeron que los llevara a casa de uno de ellos. Ahí la violaron y la mataron. El juez dijo que era yo y él es un juez y yo no puedo ser más que él. No puedo echar para atrás la palabra de él.

— Dijeron que yo invadí la casa, pidiendo un arma. Que la necesitaba porque me estaban persiguiendo y me querían matar. Dijeron que tenía un cuchillo, que tiré la puerta y ahí fue que pasó. El niño tenía 7 años.

— Estoy aquí porque maté a mi novia. Mi hija está, con todo respeto, con la madre de ella.

— Yo no pensaba que era peligroso estar en el tráfico. Lo que pensaba es que tenía más dinero y podía usar más droga. Antes sólo pensaba en maldades. Ahora estoy arrepentido. Cuando salga de aquí voy a ir a trabajar a Sao Paulo. Tengo tres hermanos allá. No quiero volver a mi casa porque si vuelvo allá voy a hacer las mismas cosas.

***

Son cuatro jóvenes, ninguno llega a los 30 años, todos han nacido y viven en la periferia. Se reúnen en un pequeño cuarto del Centro de Vida Herbert Souza, una ONG situada en Bom Jardim. Cairo Feitosa, Edivania Marques, Víctor Oliveira y Henrique Lim pensaron en algún momento de su vida que esa violencia desenfrenada no era normal. Por eso se involucraron en el trabajo social en su comunidad.

— En los 2000 empezamos a preocuparnos por los asesinatos de jóvenes. La sorpresa fue que nadie quería hablar del tema.

— Que un joven mate a otro se está volviendo muy banal. Y la propia comunidad lo incentiva: “Si fulano hace esto, tú lo matas porque nadie va a sentir su falta”.

— Muchas familias no tienen derecho a la memoria porque se piensa de ellas que son bandidos, traficantes. La vida no importa.

— Cuando muere un traficante, el pensamiento de la gente es que la madre ya no va a tener más preocupaciones, va a poder dormir.

— Las personas no creen en eso del lugar equivocado en el momento equivocado. Siempre dicen: “él hizo algo malo, se involucró con las drogas”.

— Queremos saber por qué a la policía y al Estado no le interesan nuestros muertos.

— Quien muere y quien mata tiene las mismas condiciones precarias. Es el mismo perfil. A veces es una cuestión de defensa, “voy a matar para no morir”.

— Las facciones tienen un planteamiento de muerte mucho más brutal. Es exterminar al otro. Descuartizarlo. Creo que hay una total deshumanización. Ya no podemos crecer en maldad.

— Una persona mató a un joven y distribuyó sus miembros por la calle: la cabeza en un rincón, los brazos en el otro. Pasamos una semana viendo los miembros.

— Tuvimos un caso en el que encontraron un cuerpo, pero no sabían dónde estaba la cabeza. La madre decía que al menos quería enterrar lo que tenía de su hijo.

— Ves los graffitis de las paredes y dicen ‘si robas a un trabajador en la favela, vas a morir’. Parece que hasta tienen conciencia de clase [se ríe irónica]. No tienes que robar al trabajador, tienes que robar al burgués.

— Es muy difícil salir de casa y sentirte seguro. Yo vivo en la frontera con la favela. Tengo miedo de ir a otros barrios. Aunque sea a trabajar.

— Aquí la gente muere entre 14 y 29 años. Llegar a los 29 años es tener suerte. Es muy delicado. Yo misma no tengo una condición psicológica muy buena.

— Yo conozco traficantes, yo conozco personas que mataron a otras personas, pero no necesito hacer lo que ellas hacen. Mi contacto con ellos es de buenas tardes, buenas noches. Vengo aquí porque creo que podemos mejorar.

— El crimen tiene una dimensión muy importante, pero también está otra cuestión que es la resolución de conflictos. Hubo un caso hace poco en el que a un chico no le gustó que su ex novia saliera con otro y lo mató.

— Cuando era pequeña, si veía un arma me daba pavor y estaba todo el día temblando. Y hoy piensas que es normal que alguien esté armado. No es normal, pero es muy común. Es una sociedad enferma.

— La población piensa que más policía es la solución. Siempre que hay un espacio para una obra la gente lo que pide es un puesto de salud, una escuela y una delegación de policía.

— El que sufre un abuso de la policía ya no piensa así. Pero la opinión general es esa de separar a los ciudadanos de bien de los otros. Si la policía hace algo es que esa persona había hecho algo. Pero tienes muchos casos que no son así. Vivimos en una especie de territorio de excepción porque vivimos en un contexto de barbarie. Y la actuación del estado… entra sin orden de arresto, tortura…

— A veces delante de la madre.

— Parece que es un lugar donde se permite hacer todo.

— La opinión pública no quiere saber de nuestros muertos, ni cómo vivimos aquí.

— Las personas tienen una vida difícil. Gastan una hora y media para ir a trabajar y hora y media para venir. Entonces no tienen tiempo para complejizar. Las reflexiones más simples son las que tienen adeptos.

— Para nosotros no hay cultura de paz sin justicia. Y para que haya justicia necesitamos mejorar las condiciones que tenemos aquí. Ahora no son dignas.

***

Entre el 11 y 12 de noviembre de 2015, un grupo de policías militares mató a 11 personas en la periferia. Fue una de las peores masacres en Fortaleza. Nueve de los muertos tenían entre 16 y 19 años. Todos eran hombres. Los únicos antecedentes penales que se han encontrado hasta ahora en la investigación fueron infracciones menores. 45 policías fueron investigados. Hasta ahora ninguno ha sido condenado y 17 de ellos fueron liberados. Según diversas versiones, la matanza fue una respuesta al asesinato del policía Valterberg Chaves la noche anterior.

Edna Carla Souza, madre de Álef Souza, una víctima de la masacre, está en el centro comunitario Cuca Jangurussu, un espacio cultural en la periferia donde los jóvenes se reúnen para jugar fútbol, patinar o practicar capoeira. El lugar está lleno de graffitis. En las gradas del anfiteatro, donde normalmente se realizan conciertos, varios jóvenes pintaron en letras gigantes la palabra “unión” en referencia a la tregua entre los grupos criminales en la ciudad. La acompaña Rómulo Silva, un activista que defiende los derechos humanos en Grande Messejana. Muestra los agujeros de bala de un asesinato reciente. En esta conversación, se incluye también la versión del capitán Wagner Souza sobre la masacre.

— Imagina a los policías encapuchados. Agarraron a unos jóvenes, los mataron, los torturaron. No tuvieron pena.

—Mi hijo era un niño tranquilo. Era bueno, cariñoso, dedicado. Andaba de skate, le gustaba el fútbol. Él decía que se parecía a Justin Bieber.

—Fue con su amigo a Curió. Jardel lo llamó para ir a casa de su tía. Ahí cerca los mataron.

— Hay una calle donde hay wi-fi y todos los chicos van a eso. Ellos estaban en la calle, sentados. Eran las once de la noche.

—Mataron a quien sea que se les puso enfrente.

—Por venganza a un policía que mataron un día antes, creyeron que debían matarlos.

—Esa es la realidad de Ceará. Si eres pobre, negro y de la periferia, te mereces la muerte.

— Los 11 muertos estaban limpios.

—Hubo una reunión de policías para intentar identificar y atrapar a los individuos que mataron a su compañero. Y alguien aprovechó la ocasión para vengarse de los traficantes del área.

—Aunque hubiera pena de muerte en Brasil, esto no se puede hacer.

—Si tu investigas, los 11 muertos tenían relación con un individuo, con el capitán del área. El primo, el vecino, el amigo, todos tenían relación con ese traficante.

—No es que fueran criminales, pero todos tenían una relación de parentesco o amistad con él. Se llamaba Brem. Después la policía lo detuvo, se resistió y fue asesinado.

—Hay 45 personas involucradas. Se vio que estaban relacionadas a través de la señal del GPS, de fotos, conversaciones y audios. Tienen que enfrentarse al jurado popular.

—Ellos están detenidos, pero yo quiero justicia. Que salgan de la corporación. Y ellos no pueden salir matando. No tienen derecho. La policía es para traer paz, no para hacer guerra.

—Entre los detenidos hay policías inocentes, que sólo pasaban por ahí.

—Yo se que mi hijo no estaba en malos pasos. Tenía 17 años. Él decía que cuando cumpliera 18 años quería servir al Ejército. Porque era bonito, porque era alto, y la policía vino y le arrebató sus sueños.

—Yo lo supe al día siguiente. Fui al cuarto de mi hijo y no lo vi. Y pregunté a su padre: ¿Dónde está Aléf? Y él dijo: “creo que está en casa de Jardel”.

—Solo en la calle de Curió mataron a 4. A Aléf, Jardel, Pedro y Adison.

—Cuando tu hijo está involucrado, lo estás esperando. Pero cuando no, ¿cómo crees que me quedé?

—Hasta ahora ellos están intentando criminalizar a las personas diciendo que estaban dentro del tráfico.

—La policía de Ceará fue tan cobarde que fueron encapuchados. Adulteraron placas de vehículos, hicieron todo eso para matar.

—Yo pensaba que a mi hijo nunca le podría pasar nada. Como él no debía nada, ¿por qué habría de morir? Tenía miedo que muriera en un accidente, que muriera por una caída, que muriera de viejo, de una enfermedad. ¿Pero por la policía?

—Yo pasé tres meses sin hablar. Con ganas de morir. Sólo lloraba. Todavía lloro. Pero ahora el luto es en la lucha.

—Empezamos a luchar para que cambiáramos el nombre de dos calles aquí en San Cristóbal. Pusieron el nombre de Jardel y de Aléf.

—Yo vi a mi hijo por la última vez en el cajón, en su féretro. La policía me arrancó a mi hijo. Sin último adiós. Sin último te amo. Sin último abrazo. Me arrancó mi hijo y todos sus sueños. Toda la vitalidad que tenía mi hijo. Toda la alegría que tenía mi hijo. La policía enterró la juventud de mi hijo.

***

El juez Manoel Clístenes lleva seis años juzgando casos sobre infancia y juventud en un modesta sala con el aire acondicionado al máximo. Antes de que se abran las puertas y desfilen jóvenes, en su mayoría hombres, muchas veces sin padres presentes, acusados de tráfico, asalto, homicidio y portación de armas, el juez dice que su trabajo a veces es deprimente. La experiencia le dice que la mayoría de los muchachos acabará en la cárcel cuando cumplan la mayoría de edad, o muertos.

Los delitos entre los adolescentes se han agravado. Hace años la lista del crimen la encabezaba el hurto, ahora el asalto a mano armada. El perfil, en cambio, sigue siendo el mismo: jóvenes de la periferia con familias que no superan los dos salarios mínimos. Lo peor, dice el juez, es que la inmensa mayoría no muestra ningún tipo de arrepentimiento. Sólo lamentan haber sido descubiertos. Muchos son reincidentes. Clístenes maneja unos datos de impunidad del 92,8 por ciento. Recuerda que el caso que más le estremeció fue el de un niño de 12 años que ya había cometido tres asesinatos. Las audiencias comienzan. Estos son sus testimonios.

— Supongo que tenía que deber algo para morir. Vendía drogas. El tipo tenía 17 años y ya era un patroncito. Yo no sé nada. Sólo que está muriendo mucha gente por la droga. Llevábamos 8 o 9 meses sin muertos. Ahora la gente habla que vamos a morir. El mes pasado murieron tres. Cuando muere uno, va uno detrás de otro.

— No fui al servicio social porque no podía ir de sandalias y mi madre no tenía dinero para zapatos. Luego hice un asalto porque había un grupo de Whatsapp y yo me apunté, pero no conocía a los otros. [Tiene el brazo escayolado porque durante el asalto la policía le dio dos tiros].

— Estaba llevando el arma para otra persona. Un conocido me pidió el favor y yo se lo hice.

— Me detuvieron ayer. Estoy en San Miguel. Cuando llueve, duermo sentado. Huí el año pasado. Por donde siempre, saltando el muro. Me fui al interior con una tía. Me detuvieron por un asalto. Voy a cambiar cuando tenga 17 años. [Se va sonriendo].

— Hace 15 días hubo una matanza y mataron a mi primo, que tenía 22 años. Cuando me detuvieron, estaba sentado en la calle, en la panadería. Iba armado porque está muy peligroso. Hay mucho inocente muriendo. Mi primo era un trabajador. Dejó dos hijos, uno con cinco años y el otro de dos. Ese mismo día a nuestro vecino también le dispararon. Una mujer se fue corriendo y tenía a su hijo de cuatro meses y se le cayó el niño. Se dio un golpe en la cabeza y fue al hospital.

— Yo estoy armado porque si no, me matan. Mi madre hoy no vino porque no tiene mucho dinero. Mi hermana es deficiente. Yo soy el que se encarga.

— Llevo tres meses sin visita porque mi familia es de muy lejos, como a 400 kilómetros. Ahí se pelean el Comando Vermelho y el GDE. Si entras en el crimen no sales, es por eso que no me metí.

— No sé leer ni escribir. No uso drogas. Robo.

— Yo nunca conocí a mi padre. Mi madre no está aquí porque donde trabaja no puede contestar el celular.

— Su comportamiento no ha mejorado. No tiene hora de salida, ni hora de llegada. Anda con los amigos todo el día. Quiero mandarlo a la Base de Infantería. Yo estuve 19 años en las Fuerzas Armadas.

— Por cada 20.000 reales [6.000 dólares] de cocaína ganaba 10.000 [3.000 dólares]. Yo no mezclo. Con 900 reales [300 dólares] de marihuana saco el doble. Conozco muchas personas que murieron. Me voy a mudar al campo por la situación de allá.

— Para mi madre es mejor que vaya a un régimen de semilibertad [el juez podría darle la libertad y sólo obligarle a firmar].

[Madre] Él no quiere tanta libertad. Está amenazado. Ahí puede estudiar. A mí me duele la cabeza, las rodillas.

[Hijo] Dejé de estudiar hace cinco años y me involucré con el crimen. Mi madre perdió la confianza en mí. Estuve preso cinco veces. La última vez no vino a visitarme. No tengo a nadie más que a ella. En el crimen perdí amigos, la libertad y sobre todo a mi familia. Gané dinero, mujeres y motos. Tenía enemigos, pero ya no. Eran cuatro. Dos están muertos y dos están presos. Entiendo que podría estar libre, pero es mejor el régimen de semilibertad. Lo voy a hacer por mi madre.

[Llaman al último acusado, pero en vez de él aparece su madre. Está nerviosa]

—No sé dónde está. Fueron a mi casa y preguntaron por él. Sé que está amenazado. Tampoco sé si está vivo. Hace 20 días que no sé nada. Se fue de casa en febrero. Antes me hablaba, ahora no. Yo no voy a buscarlo porque tengo miedo. Tengo el corazón en la mano. Si no lo atrapan a él me podrían atrapar a mí.

Una semana después de recoger estos testimonios, se quemaron 14 buses en Fortaleza durante un sólo día. Según la Secretaría de Seguridad, los incendios se produjeron por orden de varios presos, supuestamente de la facción Guardianes del Estado, porque les quitaron horas de patio en la cárcel. Un mes después, los agentes penitenciarios se pusieron de huelga y se produjeron varias rebeliones en los penales. Murieron al menos cinco personas. Unos 50 presos se fugaron.

***Los testimonios de las personas entrevistadas para este texto fueron editados con la intención de ofrecer a nuestros lectores una mejor comprensión de la lectura.

 

***Los datos de este texto provienen del Informe Cada Vida Importa elaborado por Comité Cearense por la Prevención de Homicidios en la Adolescencia y del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública del Gobierno Federal de Brasil.

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