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Lo prometimos hace una semana, VICE y ¡PACIFISTA! cubrirán juntos las elecciones de 2018, cruciales para un país que pasa por un momento histórico y decisivas para una generación de jóvenes que vivirán en una Colombia distinta a la violento y atribulada en que vivieron sus papás, y los papás de sus papás…

Espere todos los lunes en VICE y ¡PACIFISTA! una entrevista con un candidato presidencial en texto y en video (en redes sociales e incorporada al final de cada artículo).

Hoy, con ustedes: Claudia López, candidata del partido Alianza Verde y, junto a Sergio Fajardo (Compromiso Ciudadano) y Jorge Enrique Robledo (Polo Democrático), parte de la Coalición Colombia.

Hace algunas semanas, López nos visitó en las oficinas de VICE Colombia en Chapinero, Bogotá, y habló con todos los miembros de la redacción.

* * *

¿Cuándo decidió meterse en el nido de ratas que tanto ha denunciado?

Andrés Páramo (editor de VICE.com): Bueno, yo soy profesor de periodismo de opinión, y entre los ejemplos de argumentación y retórica que yo pongo está usted…

Claudia López: ¡Carajo!

A mis alumnos una vez les dije: “¿Qué ven ustedes en Claudia López, cuál es su estrategia retórica?”. Y respondieron: “Claudia López habla como si siempre tuviera la razón”.

Risas.

¿Usted cree que usted siempre tiene la razón?
No. Pero sí tengo mucha pasión y convencimiento para decir o sustentar algo. Y claro, mucha gente me dice eso, y además me lo dice de manera cruda, como: “Usted es muy arrogante, usted siempre se cree la dueña de la verdad”. Yo no me creo la dueña de la verdad y estoy dispuesta, digamos, a dejarme convencer por argumentos.

¿Usted qué defectos cree que tiene? 
Uy, muchos… (Risas)

No le estoy pidiendo defectos de hoja de vida. Nada de: “Mi defecto es que trabajo mucho”. Imagine que hubiera una Claudia López que le hace oposición a Claudia López. ¿Qué diría ella de usted?
Buen punto. Como persona tengo muchos defectos. El peor es que soy súper impaciente, soy impulsiva y puedo ser agresiva. A mí se me vuela la piedra fácil. Muchas veces he tenido que pedir perdón porque digo algo inapropiado. Esto me causa muchos dolores porque a veces uno termina hiriendo a gente que no quisiera herir y que adora. Pero no tengo problema en reconocerlo.

En la política, ¿usted cree que ha cometido alguna equivocación?
Muchas. De hecho he tenido que pedir excusas varias veces en mi vida, y me he tenido que retractar ante un juez. O sea, me ha costado en lo personal y en lo político.

“Yo no me creo la dueña de la verdad y estoy dispuesta, digamos, a dejarme convencer por argumentos”

¿Usted en qué momento decidió meterse en el nido de ratas que ha denunciado tanto?
(Risas) Lo decidí entre septiembre y diciembre de 2013 por una combinación de razones públicas del país y personales. Las públicas del país eran que para ese momento el proceso de paz era un hecho y yo que venía en un estudio de que había que parar la guerra para lidiar con la corrupción, para mejorar la economía, para construir equidad. Yo decía: “Este puede ser un momento histórico para Colombia”. Tenía dos opciones: quedarme en mi doctorado en Chicago y un día escribir un libro sobre el proceso de paz en Colombia, o meterme al Congreso y tener la oportunidad de influir en el fin de la guerra y construir paz en Colombia.

¿Y las razones personales?
Me motivaron dos cosas que me pasaron en agosto de ese mismo 2013. Cuando vine a hacer mi práctica de campo de mi investigación del doctorado, dije: “Bueno, me voy a mandar a hacer mis chequeos médicos. Siempre es mejor hablar con alguien colombiche que con un gringo”, y me descubrieron cáncer en el seno izquierdo. Eso fue como un golpe, como … puf, cáncer, ¿no? Uno se puede morir. En ese mismo mes me llamó el director de la UNP, de la Unidad Nacional de Protección. Yo había tenido una escolta muy grande hasta que me fui a estudiar en 2011. Ahí entregué la escolta y cuando venía al país nunca la pedía. Tener escolta es tal vez lo más aburrido de este trabajo. Y entonces me llamó el director de la UNP. Pero, te digo, o sea, yo salí del médico y al día siguiente me llamó él. Me dijo: “¿Usted tiene escolta ahorita? (…) Tengo información de que Kiko Gómez —a quien yo había denunciado y estaba a punto de que lo cogieran preso— pagó a unos sicarios para matarla, y esa gente ya está en Bogotá y ya está paga. Entonces realmente el riesgo es muy grande. Mientras yo le organizo algo (…), va a pasar un mes. Entonces si puede váyase. O sea, qué pena decirle esto, pero si puede irse rápido váyase por favor”. Fueron dos cosas al tiempo, y yo dije: “Carajo, es que de verdad me puedo morir mañana”. (…) Esa combinación de circunstancias personales y políticas me llevaron a meterme en este nido… (Risas)

De ratas…
¡De ratas! (Risas) ¡Y de sanguijuelas!

* * *

¿A usted Uribe le ha sacado una sonrisa?

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Cuéntenos una anécdota con Uribe.
Con Álvaro hemos pasado por varios estadios. Recién empezamos el Congreso, digamos, el día que nos posesionamos, yo fui, lo busqué, lo saludé y le dije: “Vea, senador Uribe, usted y yo hemos tenido muchas diferencias, pero pues yo espero que aquí logremos tener una relación respetuosa, y le deseo lo mejor”.

Ya habían debatido en la Tadeo, yo me acuerdo…
Ya habíamos debatido en la Tadeo, o sea, ya habíamos tenido encontrones muy difíciles, muy fuertes… Pero en ese encuentro que le digo él fue muy amable, me saludó, perfecto, y en ese primer año, recuerdo, una vez me lo encontré en las escaleras, en el pasillo literalmente. Hay un túnel que conecta al Capitolio con el edificio de las oficinas del Congreso, un túnel largo, y ahí nos encontramos y nos fuimos conversando y me dijo: “Senadora, un día debemos sentarnos a conversar sobre ese tema de las votaciones atípicas que usted tanto ha estudiado porque ahí hay muchas cosas que yo creo que usted confunde y que mezcla y que malinterpreta”. Y me empezó a contar: “Mire a Puerto Salgar, Antioquia. Si yo no saco… O sea, si me llama un amigo campesino de allá el día de elecciones y me dice: ‘Doctor Uribe es que nos sacamos cien por ciento de los votos, nos robaron aquí unos votos’ … (López empieza a remedar a Uribe), pues yo allá puedo ir o puedo no ir, pero saqué noventa y ocho por ciento de los votos. Eso va a ser normal, y lo que la gente allá que me apoya cree es que ese dos por ciento nos lo robaron. Usted malinterpreta esas cosas”.

“Senadora, usted es una mujer muy inteligente, pero tiene muchas malinterpretaciones”, Álvaro Uribe

¿Usted qué le dijo?
Me sacó una sonrisa porque y le dije: “Puede ser, expresidente, puede ser que haya muchas razones por las que hay votaciones atípicas tan altas, puede ser que usted naturalmente por su vida y su trayectoria sea Mickey Mouse en Puerto Salgar, normal. Los políticos pueden ser muy populares en el municipio en que nacen, o de donde fue su familia, o donde tienen su finca, eso es normal. Ahora, que usted sea Mickey Mouse en Remolino Magdalena, donde durante cien años la gente votó por el candidato oficial liberal hasta 1998 y de repente en 2002 el candidato liberal al Congreso hubiera pasado de 4.500 votos a 200, pues eso ya me parece un tris atípico. Usted allá no es Mickey Mouse. Y en el Magdalena, expresidente, su jefe de campaña debió de ser Jorge 40, eso no tiene otra explicación en ese año. Yo no sé si fue con su anuencia o no.

¿Y Uribe qué dijo?
Él, que es un político muy hábil, me cogió el hombro y me dijo: “Senadora, usted malinterpreta, usted es una mujer muy inteligente, pero tiene muchas malinterpretaciones y muchos prejuicios, un día tenemos que tomarnos un tinto”. Nunca llegamos al tinto (Risas), pero ha sido una de las ocasiones en que me ha sacado una sonrisa, sin duda.

* * *

¿Legalizaría la cocaína?

Aquí en VICE tenemos un foco de atención en la marihuana, en la legalización de la marihuana. ¿Usted pensaría en meterle el hombro?

Sí, yo creo que eso hay que hacerlo.

¿Entonces la legalizaría?
No solo eso. No solo me ocuparía de la marihuana, digamos, porque eso es lo políticamente correcto, ¿no? Que avancemos en lo que podamos avanzar. Es que es una estupidez que usted pueda comprar y vender y consumir marihuana libremente en California y que aquí nos estemos matando. Eso francamente es ridículo. Pero, como le digo, hay que ir incluso más allá.

¿A qué se refiere?
El principal problema de seguridad, (de control) territorial y de salud pública está relacionado con la cocaína y la coca. Yo creo que hay que hacer cosas audaces. Hoy tenemos entre 160.000 y 180.000 hectáreas de coca, ese es un problema de Seguridad Nacional. Nosotros no podemos darnos el lujo de tener semejante economía que alimenta grupos criminales, que alimenta corrupción, si queremos tener una economía moderna y derrotar la corrupción. Esa es una chequera brutal.

¿Qué piensa hacer?
Nosotros vivimos en una esquizofrenia en que hemos expulsado al campesinado de las zonas más fértiles y más integradas a los mercados nacionales y los hemos mandado a la porra. Vía plomo y sin reforma agraria. Esa gente en la porra construyó la guerrilla y encontró la economía del narcotráfico, y se nos volvió una amenaza. Luego nos hemos gastado miles de millones de dólares y miles de vidas en ver si somos capaces de someter a esos que excluimos con plomo y glifosato. Ahora hicimos un acuerdo de paz porque, como no pudimos exterminarlos, buscamos ver cómo nos comprometemos para reintegrarlos.

“No solo me ocuparía de la marihuana, sino que iría más allá para buscarle una solución al problema de la coca y la cocaína”

Entonces hay que parar esa esquizofrenia. Sería mucho más barato no excluir y mandar a la porra a la gente, que excluirla y luego tratar de reintegrarla. En buena medida, el acuerdo de paz busca decirle al campesinado que vamos a ofrecerle algo más que plomo y glifosato. Vamos a titularles tres millones de las veinticinco millones de hectáreas cultivables en Colombia. Y a darles asistencia técnica y crédito y hacer un acuerdo voluntario de sustitución de coca. Esto es un paso en la dirección correcta, pero insuficiente.

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El tema crítico sería decirle a ese campesinado: “Señores, yo, el Estado de Colombia, le voy a comprar esa pasta de coca”. (…) Tenemos que comprar anticipadamente antes de que compren las bacrim, el Cartel del Golfo o el ELN. Estos grupos ilegales tienen un monopsonio. Los campesinos son los únicos productores y ese grupo ilegal que controla el territorio es el único comprador, ¿de acuerdo? Y ese campesino produce eso porque tiene compra asegurada y cierta asistencia técnica. Tenemos que ser capaces de reemplazar al ilegal en ese monopsonio, de ver cómo logramos decirle al pisco: “Bueno, usted va a erradicar la mata, pero usted con esa mata ya produjo una pasta, no la esconda, véndamela a mí, al Estado Colombiano, yo veré que hago con ella, la quemo, la hundo, se la vendo a una farmacéutica, ya veremos…”. Ahí esa pasta de coca tiene muy poquito valor agregado y puede usarse para mil cosas legales. “Entonces yo veo si la quemo o si la uso en algo legal, pero no se la venda a un ilegal”.

O sea, hay que hacer un pacto no solo de erradicación de la mata, sino también de compra de la pasta ya producida antes de que se multipliqué por diez, veinte, treinta veces su valor y se nos devuelva en plata para la corrupción, para el lavado y para la guerra. Ese es el tipo de decisiones audaces que hay que tomar en Combia, más allá de la legalización de la marihuana.


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¿Qué le pensar que un campesino aceptará el negocio?
Aquí no es que … la mata que mata y esa pendejada. ¡No! O sea, esto es una economía de la que viven seres humanos reales, ¿sí? Yo tengo que ser capaz de sustituir eso por una economía legal. Ahora, le estoy pidiendo que erradique la mata, ¿cierto? Muy bien, pues que la sustituya por algo: piña, fique, aguacate hass, cacao. Como Estado, yo debería poder ofrecer un portafolio de productos pertinentes por región y decirles: “Muy bien, si usted sustituye por alguna de estas diez cosas pertinentes al mercado y al clima de su región, yo le titulo la tierra, le doy asistencia técnica y le garantizo la compra durante cinco años”. Con eso le minimizo el riesgo y lo acompaño a hacer una transición completa de la producción de coca a la producción de otra cosa. Ellos son campesinos, les da lo mismo sembrar coca que cacao, si pueden comer y vivir razonablemente del cacao.

¿Y el debate moral sobre la droga?
Si hace la cuenta, eso nos costaría, creo yo, un punto y medio del PIB: nada comparado con lo que nos cuesta la guerra contra el narcotráfico. Es una estupidez volver moral y guerra un problema que es de economía política. Y que puede volverse de salud pública. Pero esto que te estoy diciendo es para lo que realmente es el problema, no de salud pública, sino de seguridad nacional, de seguridad territorial.

¿Y legalizar la cocaína?
Imposible.

Explique.
Digamos que no es el paso pertinente en este momento. Si yo hoy quisiera comprar la base de coca, se armaría un debate internacional el verraco, porque a mí lo que me están diciendo es: “No, usted mate, persiga, eche glifosato”. Y yo salgo a decir que voy a asociarme con este señor en vez de criminalizarlo para produzca cacao, pero yo le compro el cacao cinco años. Yo me gastaría el esfuerzo en eso y no en un debate casi teórico, digamos, general de legalización de la cocaína.

* * *

¿Qué le aburre de ser congresista?

Antes de esta entrevista, usted nos contó que le costó un poco respirar en un debate de Hora 20 en que estuvo sentada junto a un exguerrillero. ¿Cree que algún día podrá dejar de sentir eso?
Todo toma tiempo. Yo me siento todos los días al lado de Antonio Navarro, que fue de los primeros que se desmovilizó, y le tengo genuino aprecio.

Ha bailado con él… 
Bailé con él. Pero todo en la vida … reconciliarse toma tiempo, o sea, es tan simple como eso. Y yo, digamos, soy muy privilegiada, yo no soy víctima de esta guerra, a mí las Farc no me han hecho un rasguño, ¿sí? Y sin embargo el nivel de dolor que yo tengo por el dolor de otros es enorme. Pero va a pasar y un día no me va a costar estar sentada al lado de Carlos Antonio Losada. Hoy me cuesta mucho. Me duele por mucha otra gente y me duele porque digo, en buena medida, ¿por qué estoy lidiando con esta derecha desastrosa? ¿Por qué estos imbéciles han legitimado esa derecha desastrosa?

¿Usted apoya la implementación del acuerdo?
Pero, por supuesto, claro.

“Yo soy muy privilegiada, no soy víctima de esta guerra, a mí las Farc no me han hecho un rasguño”

¿No siento que eso, apoyar el acuerdo, puede ser un lastre para un candidato?
Pues para un sector de la sociedad es un lastre, sin duda. Pero es que el acuerdo no es una concesión a las Farc. O sea, no echarles glifosato a medio millón de campesinos no es una concesión a las Farc, sino a esos colombianos. (…) Es un lastre para un sector, pero yo creo que es lo correcto para la Colombia que yo quiero construir.

Cambiemos de tema. Yo he visto fotos de muchos congresistas dormidos…
Risas.

¿Qué le aburría a usted de ser congresista?
Ay no, todo. Pues no, todo no: la plenaria es lo que más me aburre. Yo nunca me duermo, pero a veces sí me llevo mis libros. Nos vamos a echar tres horas hablando pendejadas. Yo alcanzo a leerme este paper, a contestar estos quince mails. No me duermo pues, pero hago otras cosas.

Pero casi… 
Multitask.

Sí.
Risas.


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* * *

¿Cómo salió del clóset?

Bueno, una anécdota.
Ah, ¡carajo!

Le voy a proponer una. Si prefiere no contarla, me tiene que proponer una usted. ¿Cómo fue cuando salió del clóset?
En un avión … se lo dije a mi mamá. Pero mis amigos todos sabían, digamos, eso no era un misterio. Lo duro de salir del clóset para cualquier joven gay es decírselo a los papás.

¿Y cómo fue eso?
Uno está dispuesto a que lo rechacen los amigos o los compañeros, y eso puede ser duro. Pero uno puede cambiar de amigos. De papás, en cambio, no. Y lidiar con el rechazo afectivo de los papás es brutal. Entonces yo me demoré mucho. Ya era muy grande la verdad, ya no me acuerdo pero tendría veintipico de años, no sé. Y bueno era un viaje muy largo, mi mamá iba para Nueva York, y decidí decirle.

¿Cómo se lo dijo?
Le dije: “Bueno, mira, esta es como una parte de mi vida, y yo no te he querido decir porque me asusta, no sé cómo lo vas a tomar y tal, pero yo quiero que tu sepas que eso no cambia nada en la vida, etcétera”. Y la reacción de mi mamá fue muy bella porque fue como de decepción… como: “Ahhh, yo sabía, pero de alguna manera tenía la ilusión de que no” (Risas), y a la vez como: “Sí, yo igual sabía”. En todo caso, me dijo de inmediato: “A mí esto me cuesta entenderlo, riñe con muchas de mis ideas, de mi filosofía, de mi religión, pero ese es mi problema, no el tuyo. Yo a ti te amo, te adoro, tu no tienes ningún problema. Yo tengo un problema”.

Entonces, ¿quedó tranquila?
Pues fue una bendición … porque te quita la carga. Pero eso no le pasa a mucha gente, ¿sí? Al contrario, a muchos les ponen toda la carga encima y les dicen: “¿Por qué no vamos a un médico para que te cures?”, salvajadas de estas. O sea, la cantidad de gente que he visto con la vida destruida por el rechazo de sus padres es enorme, y es dolorosísimo. Entonces, fue bonito pero fue doloroso, fue difícil, pero ella lo hizo muy fácil.

¿Y su papá?
Lo hice unos años después. No por temor sino porque yo con él tengo una relación mucho más distante. No vivimos juntos … en fin. Y cuando lo hice, fue como: “Yo ya sabía, siempre he sabido, no me importa, está perfecto”.

Imagen: VICE Colombia

* * *

Imagine que gana las elecciones…

Camilo Jiménez Santofimio (director editorial de VICE Colombia): Imagine que gana las elecciones. ¿Qué se le viene a la cabeza?
Si yo ganara sería un ejemplo de democratización, o sea, yo no soy de las élites, ni nací en cuna de oro, ni vengo de un partido tradicional, no tengo los atributos del poder tradicional. Yo soy una colombiana de clase media, que arrancó de una familia mucho más humilde, pero que gracias a la educación hoy va en clase media. (…) Y si ganara sería solamente porque han ocurrido dos cosas: porque las élites tradicionales están divididas y porque las bases que pueden ser la mayoría están organizadas. Esas son las dos condiciones esenciales para que alguien como yo pueda aspirar y ganar la presidencia.

Bueno, y ahora sí díganos por qué cree que va a ganar.
Mira, las elites de este país están divididas, y ahora nos toca es organizar las bases para derrotarlas. Este es un momento de acción colectiva, de unir esfuerzos, de crear una coalición más ciudadana que partidista, más de centro que de izquierda, más de bases regionales que solo de voto de opinión. Que logre ser una tercería entre esa división. Esa es la oportunidad que yo creo que tenemos ahora entre manos, y yo estoy dispuesta a ser parte de ella.

(Nota del editor: Pocos días después de esta entrevista, Claudia López ganó la consulta interna del Partido Verde y se convirtió oficialmente en la candidata verde a la Presidencia de República.)

Nathalia Guerrero (editora de VICE Magazine): ¿Pero sientes de verdad que esto de la coalición sí genera un impacto en la opinión?
Yo llevo más de un año mencionando la palabra coalición y diciendo con quiénes y diciendo por qué creo que debe ser más de centro que de izquierda. Yo tengo una convicción académica de por qué eso es así. O sea, yo me he quemado cinco años las pestañas para hacer el libro Y refundaron la Patria (2010) y publicar todo lo que sabía de los bandidos en Colombia. (…) Cuando salí de ahí, dije: “Bueno, yo no me voy a dedicar toda mi vida a denunciar bandidos. Eso me parece un poquito desolador en la vida, ahora quiero entender”. (…) Por eso me fui a hacer mi doctorado. Los últimos cinco años de mi vida han estado dedicados a investigar cómo otras sociedades lograron superar los desafíos que hoy tiene Colombia. (…) El camino de transición que se está construyendo en Colombia necesita un camino más ciudadano que partidista, más de centro que de izquierda, es con la izquierda, pero con la izquierda atrás, no adelante. Si el sector más radical de la izquierda lo lidera, hunde la transición, y no porque ellos sean especialmente malos, ni por estigmatizarlos, sino porque el conjunto de la sociedad todavía está demasiado a la derecha como para hacer ese cambio tan drásticamente. Entonces a mí me parece que esto es apasionante, que no tenemos nada que perder.

“Bueno, yo no me voy a dedicar toda mi vida a denunciar bandidos. Eso me parece un poquito desolador en la vida, ahora quiero entender”

Camilo Jiménez Santofimio: ¿Por qué dice que no hay nada qué perder?
Ellos (las eites políticas tradicionales) solo saben ganar y ejercer el gobierno así. Y eso es lo que cada vez tiene más rechazo. No hay nada que perder. Nada es nada. La demanda por cambio democrático en Colombia es imparable. Si tenemos la audacia, la inteligencia y las circunstancias, podemos concretarlo en 2018.

* * *

¿Usted a quién admira?

María Alejandra Rodríguez (practicante de ¡PACIFISTA!): A mí me gustaría saber si tienes algún político colombiano que sea un ejemplo a seguir.
Pues gente que me haya inspirado mucha, digamos, desde gente conocida hasta gente que no es conocida. A mí me marcó la vida … uno tiene como cosas que lo marcan, ¿no? Que le quedan como una huella en el alma, que lo motivan. Yo vengo de una familia que nunca ha estado en política, pero que sí son ciudadanos muy activos. Mi madre es maestra, sindicalista, de izquierda. A mí me toca ganármele el voto a mi mamá pues y quitárselo a Jorge Enrique Robledo. Ella es mucho más de izquierda que yo. Mi papá, en cambio… Yo creo que mi papá el día en que yo me muera no va a llorar tanto como el día en que mataron a Luis Carlos Galán. Eso fue como que le mataron la mitad del alma, él realmente tenía una enorme ilusión de cambio con Galán. Después la guerrilla lo fregó y entonces se me volvió uribista. Pero esto para decirte que son dos visiones muy distintas.

No has respondido a la pregunta.
Lo que quería decir es que siempre he tenido ese interés por lo público, así como un enorme deseo de participar. Yo esperé con ilusión mi cédula para votar por primera vez. Cumplí dieciocho años en el ochenta y ocho, que fue cuando hubo por primera vez una elección popular de alcaldes en Colombia. No alcancé a votar en esa elección porque apenas me iban a dar la cédula. Entonces esperé con mucha ilusión el noventa, que iba a ser mi primera elección y la seguí con mucho detenimiento. Me tocó vivir, como a muchos de ustedes —bueno, ustedes están como más chiquitos que yo—, el narcoterrorismo de la época… Eso de que a uno lo levantaran con un bombazo por semana, pues. Entonces, cuando llegué a las urnas en 1990, las tres personas por las que quería votar estaban muertas: Luis Carlos Galán (…), Carlos Pizarro … yo tuve una gran ilusión, fue la primera desmovilización en Colombia … y Bernardo Jaramillo, que de los tres era el que a mí más me ilusionaba. A mí me parecía un verraco ese man, la capacidad de oratoria, el carisma de ese pisco… La irreverencia de ese man me parecía infinita. Y los tres estaban muertos. Entonces, ¿quién me ha marcado a mi la vida? Ellos tres.

A mí me toca ganármele el voto a mi mamá, pues, y quitárselo a Jorge Enrique Robledo

¿Por qué específicamente?
Por lo que hicieron estando vivos, y por el dolor de no haber podido elegir a ninguno cuando pude, ¿no? Eso que alguien viene y te impone algo. Eso que tú quieres otra cosa, y alguien a la brava, literalmente, a bala, te impone otra cosas. Mi vida desde entonces ha sido desafiar a los que nos quieren imponer a bala, cualquier cosa. No es la bala, es mi cédula la que debe poder decidir, y en eso llevo treinta años de mi vida tratando que no sean las balas ni de la guerrilla, ni de los narcos, ni de los paras, ni del Estado, las que nos impongan por quién se puede votar y por quién no se puede votar.

Imagen: VICE Colombia

Pero ya estamos llegando…
Sí. O sea, en esa época había trece grupos armados ilegales en Colombia. ¡Trece! Hoy hay uno, que es el ELN. Y si logramos concretar esa negociación habremos cerrado la historia del conflicto armado en Colombia. Claro, quedarán otros desafíos de seguridad, hay narcos y hay bacrim, pero narcos y bacrim hay en otros países y no hay conflicto armado como tal. Los colombianos nos hemos tenido que pasar toda esta época de la vida saliendo del primer desafío: la guerra. La balacera. Pero estamos a punto de lograrlo.

Llevo treinta años de mi vida tratando que no sean las balas las que nos impongan por quién se puede votar y por quién no se puede votar

 

Camilo Jiménez Santofimo: ¿Si una coalición de izquierda llega a tener más votos que usted en primera vuelta, la apoyaría en segunda vuelta, así tuviera que votar por Timochenko?
Pues es que en ese caso la respuesta no es si uno apoya a Timochenko o no, sino a quién escogió el electorado. Es que esto es una democracia, hemos aceptado que las diferencias políticas las van a resolver los electores con su voto libre. Entonces yo creo que Timochenko no tiene ningún chance. Si hay una coalición de izquierda de verdad, la ganaría Petro. Estoy absolutamente segura de eso.

* * *

¿Cuál es su realización en la vida?

Felipe Sánchez (redactor de VICE.com): Esta es una pregunta más personal y tiene que ver con esos escalones que uno tiene en la vida a nivel profesional. ¿Hay algo que te daría más satisfacción que ser presidente? ¿Hay algún cargo más allá de eso, otro peldaño para realizarte?
No, ya yo me siento perfectamente realizada, o sea mi realización en la vida no depende de un cargo. Mi realización en la vida depende de que soy feliz, de que tengo una familia hermosa, de que me gusta el chocolate, de que disfruto la montaña, de que me ilusiona jugar con mi perrito, de que sin importar donde esté siempre voy a poder producir conocimiento e influencia, ojalá constructiva. Esa es mi realización, y eso no necesita un cargo, eso lo voy a lograr siendo presidenta, siendo senadora, siendo ciudadana, siendo profesora.

Y laboralmente ¿cuál sería el cargo que, tu dirías, podría estar más allá de la Presidencia?
Pues ser decana de Ciencia Política en Arauca (Risas), sin duda. O en Santa Marta, o en Amazonas, en algo que no sea Bogotá. Yo sí tengo esa ilusión. La gente, digamos, asume que todos los políticos somos calculadores y que siempre tenemos algo detrás, ¿no? Entonces mucha gente en esta campaña me dice: “Ay, usted lo que quiere es ser alcaldesa de Bogotá, y por eso se está lanzando. Usted sabe que no tiene ningún chance en la Presidencia y tal”. No, no, yo sí creo tener un chance, y si quisiera ganar.

“Mi realización en la vida depende de que me gusta el chocolate, de que disfruto la montaña y de que me ilusiona jugar con mi perrito”

Sebastián Narváez (coordinador editorial de Noisey en Español): No es por ser pesimista, pero yo sí siento que Colombia es un país acostumbrado a perder. ¿Cómo lidiar con eso? ¿Cómo desacostumbrarnos del miedo?
Son dos cosas. Una, una labor diaria, constante, de pedagogía política. Decirle a la gente: “Salimos de la balacera para que usted pudiera usar su cédula, úsela. En la guerra el fusil era el instrumento más poderoso, en la democracia sin armas su cédula es el instrumento más poderoso. Úsela como quiera, pero úsela”. Es posible que la abstención baje treinta por ciento y perdamos, eso ya seria una ganancia. O es posible que la abstención baje y ganemos, sería más ganancia. Pero yo creo que es un tema de pedagogía política. Que la gente entienda que ella es parte del problema, y puede, si quiere, hacer parte de la solución.

¿Y lo otro?
Tenemos una cultura que aspira a mucho haciendo muy poco. Queremos grandes cambios, queremos derrotar a todo el mundo, pero no somos capaces de organizar una plataforma colectiva que dure más de un minuto. Mockus estuvo en campaña y no fue capaz de quedarse a hacer partido Verde. Con todo lo que yo lo amo, se lo critico, porque teníamos que trascender más allá de su candidatura. Yo no conozco a una persona después del papa Francisco, a quien vi hoy, que hubiera inspirado a más jóvenes en Colombia que Antanas Mockus. ¿Cómo no se quedó liderando una escuela de formación política para jóvenes? ¿O ampliando candidaturas en el Verde?

“Hay que decirle a la gente: ‘Salimos de la balacera para que usted pudiera usar su cédula, úsela’”

Pero él decidió que: “No, no funcionó, quedé con un dolor, no nos fue bien, no nos entendimos, cada quien por su lado”. Entonces, queremos mucho haciendo muy poco. Esto no es de emoción, esto no es de la ola, esto no es de tuiteros. Aquí hay que embarrarse, hay que trabajar con disciplina sostenidamente, y en ese trabajo disciplinado, hay cosas más agradables y hay cosas menos agradables. Hay que hacerlas ambas.

* * *

¿Y si gana Vargas Lleras?

Sebastián Serrano (redactor de ¡Pacifista!): ¿Y si llega a ganar, digamos, Vargas Lleras?
Igual, igual, con más veras. Hay que hacer esas cosas. Miren, yo tengo esta teoría con Vargas Lleras, y si me sale esta teoría voy a ir a pedir Honoris causa en mi universidad. Yo no sé si ustedes recuerden a un señor que se llamaba Julio Cesar Sánchez. Ustedes son todos muy chiquitos y ni habían nacido cuando él era un personaje. Pero Julio Cesar Sánchez era un líder liberal, que había hecho todo lo que tocaba hacer en la política Colombiana y en el partido Liberal para ser Presidente de la República. Todo el curso. El señor había sido dirigente, concejal, diputado, congresista, ministro, canciller. Y había llegado al último cargo más importante antes de ser presidente de la República, que era ser nombrado alcalde de Bogotá.

Pero entre 1986 y 1990, Colombia cambió de tal manera que todo lo que ese señor tenía que era un activo se le volvió un pasivo. Todo el narcoterrorismo, más matarnos los unos a los otros, más los jóvenes salimos a decir: “No nos van a matar a todos, y si el Congreso no funciona pues hacemos una constituyente”… Ese pobre pisco paso de casi presidente a ser un nobody. Yo creo que eso es exactamente lo que le va a pasar a Vargas Lleras en estas elecciones. Todo lo que él representa: el poder, la élite, el macho, el jefe político, el dueño de la maquinaria, es exactamente lo que este país quiere botar al carajo, yo creo.

Sebastián Serrano: A los millennials nos han llamado indolentes, malcriados y desinformados. ¿Qué reproches le haría a esta generación, a quienes estamos acá?
No, ninguno. A mí realmente me parece es que así es como evolucionan las sociedades, o sea, cada generación tiene unos gustos, unas maneras de expresarse, unas irreverencias propias, ¿no? Yo soy la mayor de seis hermanos, tengo seis sobrinos, y pues no tengo nada que criticarles, pero muchas veces me siento a almorzar con ellos y digo: “Pucha, pues es que no entiendo nada”. No entiendo, pero también es una belleza que mi sobrinita me diga: “Pero, tía, cómo es que no tienes Instagram, ese Twitter ya no sirve de nada”. Y yo quedo como: ¿Mi Twitter? ¿Con todo lo que yo le he dedicado a mi Twitter?”. Cada generación tiene derecho a sus propias irreverencias, y a sus propias formas, y ese es siempre el shock cultural que permite que la sociedad evolucione y cambie.

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