Foto: Sara C. Gómez | VICE Colombia

Lea aquí la primera entrega del Cuestionario VICE: “No es la bala, es mi cédula la que debe decidir”: Claudia López

Aquí, la segunda entrega: ‘“Soy un experto en arreglar bollos grandes”: Humberto de la Calle’

​Y aquí, la tercera: ‘“Estoy preparado para conducir a Colombia”: Sergio Fajardo’

Por Sebastián Serrano y Lina Alonso

Lo prometimos hace pocas semanas: VICE y ¡PACIFISTA! cubrirán juntos las elecciones de 2018, cruciales para un país que pasa por un momento histórico y decisivas para una generación de jóvenes que vivirán en una Colombia distinta a la violenta y atribulada en que vivieron sus papás, y los papás de sus papás…

Espere todos los lunes en VICE y ¡PACIFISTA! una entrevista con un candidato presidencial en texto y en video, en redes sociales e incorporada a cada artículo.

Hoy con ustedes: Alejandro Ordóñez​, abogado, expresidente del Consejo de Estado, Procurador General de la Nación entre 2009 y 2016 ​y, tras entregar más de 2.200.000 firmas en la Registraduría​ el pasado cinco de diciembre, candidato a la Presidencia de la República.

Hace algunas semanas, un equipo de VICE se reunió con Ordóñez en el Hotel de la Ópera, en el centro de Bogotá.

Ilustración: VICE Colombia

Vea aquí un resumen de la entrevista en video:

Y lea aquí la conversación completa:

¡Pacifista!: ¿Por qué no nos cuenta quién es Alejandro Ordoñez?
Alejandro Ordoñez: Es un santandereano nacido en Bucaramanga en el año de 1954, en una familia o un matrimonio formado por Miguel Ordóñez Cadena y Mary Maldonado. Él bumangués, ella ocañera. Un hogar tradicional, cristiano. Él, muy trabajador, fundó una empresa, la fábrica de Galletas La Aurora, una empresa típica y clásica en Bucaramanga. Ella, una mujer dedicada al hogar. Soy el menor de cinco hermanos. Estudié en Bucaramanga en el Colegio San Pedro y después en la Universidad Santo Tomás. Soy un hombre de provincia y provinciano, con todo lo que eso significa, simboliza e implica.

 

En la provincia son importantes la tradición y el festejo. ¿Le gusta festejar, bailar?
Pues mire, yo soy muy mal bailarín, pero mi señora es una gran bailarina. Entonces nos complementamos mucho. Ella es costeña, y los costeños son bailarines. La gente del interior, no tanto. Ella es extrovertida, yo soy tal vez el complemento, la media naranja. Más tímido y menos extrovertido.

 

¿Pero sí le gusta la música?
Me gustan varias clases de música. La música denota una expresión cultural que tiene elementos bien disímiles de acuerdo a las regiones, a las tradiciones y a la geografía. De ahí el contraste entre la música andina y del caribe. Como andino, a mí me gusta mucho lo nacional, la música de cuerdas, la tradicional, los bambucos, las guabinas, que son un poco expresiones de la santandereanidad y de la historia, de su temperamento y carácter. Eventualmente, a mí me gustan también las rancheras y la música carrilera. Son el costumbrismo, los dramas humanos, la condición humana expresada en diferentes situaciones emocionales, afectivas, políticas, sociales.

Soy un hombre de provincia y provinciano, con todo lo que eso significa, simboliza e implica

¿La música clásica?
Me gusta. La música de Vivaldi, de Albinoni, la música de Bach. Sobre todo los allegros de Vivaldi que lo incluyen a uno en la belleza de la naturaleza. Los Conciertos Brandenburgueses de Bach. Pero también me gusta el canto gregoriano en los momentos de la tranquilidad hogareña, que le permiten a uno elevar el alma, elevar el espíritu. Entonces no hay una exclusiva, digamos, vocación para determinar melodías. Sino que es un poco la pluralidad. Y en la pluralidad está la belleza, y estas son expresiones de los estados del alma.

 

Hablando de belleza y pluralidad, ¿cómo ve la música actual?
A mí los vallenatos… Los vallenatos clásicos me encantan, los modernos no me entusiasman mucho. No es que no me gusten, no me entusiasman. Hay cierta clase de música muy popular hoy como el reggaetón que no me agrada mucho. Pero la música que les acabo de referir expresa la satisfacción y la sensibilidad del alma.

 

Bueno, cambiemos ahora el…
Perdón, ¿podría decir otra cosa? No me lo preguntó, ¿pero podría decirlo?

 

Sí, claro. 
Bueno, hay dos canciones muy folclóricas nuestras que me gustan y que les recomiendo que oigan por el costumbrismo, por lo que expresan, por la radiografía que hacen del país y de la realidad nacional, social y política. Ahí entenderán más.

 

¿Cuáles son?
Hay una que se llama ‘Soñando con el abuelo’, que es una interpretación de una canción que compone Fausto. La letra me sirvió durante muchos años para dictar clase. Yo dictaba clase en la Universidad Santo Tomás, de Ética. Entonces utilizaba los diferentes apartes de la canción, estrofas, para hacer foros, para discutir. Hay otra que también es más actual y polémica que se llama ‘El campesino embejucao’.

¿Le gusta Jorge Velosa?
Me gusta, me gusta. Esa clase de música me gusta… Y la de carrilera también.

 

¿La carranga?
Esa me gusta. La de la gente santandereana y de esa región agreste, de las breñas cundiboyacenses y santandereanas. Es que los santandereanos somos boyacenses con zapatos. [Risas] Entonces tenemos tradiciones, costumbres, gustos, creencias, historias comunes. Esa es la fortaleza. Por eso le dije que yo era de provincia y provinciano. Nuestras tradiciones, costumbres, historias son diferentes a las de los citadinos. La vida de provincia lo marca a uno. Más que la universidad, que es otra cosa. El colegio lo marca a uno. Hay momentos y episodios de la adolescencia allí  que uno nunca olvida.

 

¿Por qué dice eso?
Nosotros hacíamos las fiestas patronales. Yo estudié en un colegio, San Pedro, el colegio de los jesuitas, y las fiestas patronales en agosto tenían carrozas y partidos de fútbol, básquet y enfrentamientos. Eso a uno nunca se le olvida. Pero eso en las ciudades capitales significa muy poco y se diluye mucho. Allá no, porque allá la relación social y los lazos sociales y familiares son muy fuertes. En las grandes ciudades, no. Allá hay más individuo que familia, mientras que en la provincia hay más familia que individuo. Entonces es mucho más intensa la relación que se da. Eso lo marca mucho más a uno, en todo lo que implica y con todo lo qué significa.

 

¿En esas fiestas qué trago tomaba? 
Aguardiente, en esa época había Aguardiente Superior… Era bueno.

 

¿Usted tomaba Aguardiente Superior?
Sí, un par de tragos. Y el ron, el ron con Coca-Cola.

 

¿Recuerda qué ron? 
Era Ron Buc 58. [Risas] Era de la Licorera de Santander. Ya se quebró, ya se la robaron como se roban aquí todo. Pero era fundamental, el whisky y el Old Parr no existían en esa época. Lo que había era aguardiente y ron… Y algunos eran cerveceros.

Foto: Sara C. Gómez | VICE Colombia

Tirantas, Twitter y almas empañetadas

Queríamos preguntarle por las tirantas. Siempre que está en público, tiene tirantas. ¿Por qué?
Para tener los pantalones bien puestos. [Risas] Para que no me cojan con los pantalones abajo. A mí siempre me llamaron la atención, me gustaron. Mi padre usaba tirantas. Aunque en provincia no se utilizaban, eso es una cosa más de ciudad, de acá o de cualquier otra parte del mundo, mi padre utilizó mucho las tirantas. Por eso desde pequeño me llamaron la atención, desde hace muchos años, desde hace… unos treinta o cuarenta años utilizo las tirantas.

 

Cuando pasaron de moda, ¿usted por qué decidió conservarlas?
No, no, nada. A mí me parece que es una costumbre. Así como unos utilizan corbatín y no corbata. Es toda una costumbre. [Risas] Puede tener un mensaje subliminal de carácter político… [Risas] Que hay que tener bien puestos los pantalones.

 

Estuvimos revisando su cuenta de Twitter​ y vimos que es usuario desde 2014. ¿Por qué se unió a la red social?
La gente de mi generación es muy refractaria en cuanto a utilizar las redes. Pero hoy en día no utilizarlas es desechar un instrumento muy eficaz y útil. Cuando uno está en la vida pública, uno es consciente de comunicarse e informarse, y esta es una forma, también, de establecer diálogos con muchos sectores. Es un medio útil y eficaz, pero también puede ser un medio que le genere a uno demasiados dolores de cabeza.

¿Por qué dice que es útil?
Todas las mañanas yo me reúno con ‘milleniums’ como ustedes [Risas] y les preguntó qué ha pasado, qué está pasando, y doy instrucciones a media mañana. Pero si uno hace como muchos hacen, se convierte en un esclavo de la máquina. Hoy son muy importantes las redes porque son un refugio de la libertad frente al unanimismo de los medios de comunicación, frente a las agendas políticas, económicas, sociales, lícitas e ilícitas de los medios de comunicación. Si bien es cierto que se presentan abusos y excesos y todo el esplendor de la miserable condición humana… [Risas], de alguna medida es un refugio frente al dominio tiránico que tenían antes los medios de comunicación.

 

¿Se ha arrepentido de algún tuit?
Tanto como arrepentirme, no. [Risas] Me he arrepentido de no haber sido más agudo en ciertas circunstancias. Pero así que me mortifique por haber hecho algo, no. Sí pude decir: ‘Hombre, no he debido decir esto’ o ‘He debido ser más duro’ o ‘No debí haberle respondido a este personaje’. [Risas] Pero así que nos arrepintamos, no.

 

¿Siente que en Colombia la sociedad le perdió el miedo a Dios?
Algunas élites culturales. Pero la sociedad, no. Todo lo contrario. Colombia es un país muy religioso. Incluso podríamos decir algo. A Colombia le pasa lo que le puede pasar a una de esas viejas y hermosas capillas doctrineras de la altiplanicie boyacense. Después de una invernada como la de estos días sale una gotera en el techo, y llega el albañil a tapar la gotera y quita el pañete y encuentra una preciosa obra de arte. Entonces tiene que quitar todo el pañete para contemplar todas esas preciosas obras de arte y para que empiecen a ir los gringos o japoneses mascando chicle y tomando fotos. Eso pasa con los colombianos.

 

Explique eso mejor.
Los colombianos tienen el alma empañetada, pero hay determinadas circunstancias que equivalen a la gotera de esa capilla porque desempañetan amplios sectores y reaccionan. Eso pasó, por ejemplo, con la reacción de millones de colombianos el diez de agosto del año pasado y con la marcha que le hicieron a la ministra Gina [Parody]. Como consecuencia, de hecho, la tumbaron en ocho o quince días. Hay un fenómeno social generalizado.

 

Sabemos que usted se fue a Europa porque quería ser seminarista. ¿Por qué abandonó la carrera de sacerdote?
Bueno, pues, ¡para eso se requiere vocación! Y yo no la tenía, y pues de eso se da uno cuenta. [Risas] Claro, y me regresé y me casé y soy un esposo feliz y un padre dichoso. Llevo treinta y cuatro años de casado, tengo siete mujeres. ¡Siete mujeres de una esposa! [Risas]

Foto: Sara C. Gómez | VICE Colombia

El misógino, el homófobo, el monstruo

¿Qué lección le ha dejado convivir con tantas mujeres?
Mire, yo he comprendido la trascendencia e importancia de la mujer. Y yo no hubiera podido dar las batallas que he dado en la vida pública, si no fuera por dos cosas: la fe y el amor. Y si no fuera por mis hijas y mis nietas sería muy difícil tomar decisiones, tener constancia, perseverancia y contar con un bálsamo de consuelo y alegrías.

 

Pero usted ha sido ampliamente criticado en temas de género.
Por algunos sectores mal informados. Algunos sectores públicos hacen caricaturas, y después se dedican a criticar a la caricatura. Han hecho una caricatura mía todos esos sectores de izquierda, toda la mamertería intelectual. Dicen: ‘Este señor es esto y esto y esto…’, y lo pintan a uno como un monstruo y después atacan al monstruo. Pero esa caricatura no es la realidad. Entonces a mí me dicen que soy misógino. Pero, ¿ustedes creen que con siete mujeres [Risas] puede uno siquiera tener la tentación de ser misógino? Las mujeres me han enseñado mucho en cuanto a la actitud vital, la sensibilidad, la tolerancia, el afecto y la compresión… Y bueno, ¿qué mejor que ser consentido? Siete mujeres lo consienten a uno mucho. Yo soy muy consentido. [Risas]

 

¿Qué habría hecho si hubiera tenido una hija lesbiana?
Mire, varias cosas. Primero, pues como han hecho una caricatura yo voy a deshacer esa caricatura antes de responderle la pregunta.

 

Adelante.
En cuanto a Ordóñez, el homófobo, el que dicen que persigue a los homosexuales… Bueno, no. Yo estuve en la Procuraduría casi ocho años y nombré a varios homosexuales. Por mis convicciones entiendo que los homosexuales tienen una condición por la que no pueden ser discriminados. Ellos son personas que como cualquier otra tienen una dignidad. Dignidad que no puede ser menoscabada. Los católicos creemos y la moralidad católica nos enseña que debemos amar al prójimo sin importar su condición. Ahora, como diría Perogrullo, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

 

¿Cómo así?
Una cosa es el tema del homosexual, y otra, el del lobby gay. El lobby gay es un tema ideológico, político. Al lobby gay en el fondo le interesan poco los homosexuales, le interesa utilizar al gay o a las lesbianas para que una ideología, la de género, los instrumentalice a ellos con el fin de que esta ideología termine imponiendo o construyendo políticas públicas para que a través de ellas y de la autoridad del Estado se adoctrine a la ciudadanía.

 

Lobby gay, ideología de género… ¿Usted de verdad cree que esas cosas existen?
Muchos homosexuales me abordan y me dicen: ‘Nosotros estamos de acuerdo con usted, nosotros no estamos de acuerdo, por ejemplo, con lo de la adopción ni con lo del matrimonio’. Hay dos clases. Una es el que es gay, y otra, el que es político. El lobby o el ideólogo utilizan a los homosexuales y lesbianas como instrumento para diseñar una ideología e imponerla. Una sociedad pluricultural y multicultural, o como se le quiera llamar, no puede pretender que quienes tienen una antropología cristiana vayan a aceptar sus instituciones sociales y esa cosmovisión que impone la ideología de género.

 

Pero imponer la visión cristiana tampoco es la salida.
¿Cuál es la solución? La regulación de la objeción de la consciencia, que está en la Constitución. Algunos sectores radicales pretenden imponer en las sociedades la ideología de género como una especie de ortodoxia en la cual hay una inquisición para lograr no solamente deconstruir, sino también judicializar a quienes profesamos una antropología cristiana. ¿La objeción de la consciencia qué nos dice? Que a nadie se le puede obligar a actuar en contra de su consciencia.

Una sociedad pluricultural y multicultural, o como se le quiera llamar, no puede pretender que quienes tienen una antropología cristiana vayan a aceptar sus instituciones sociales​

Dé un ejemplo concreto.
¿Por qué obligar a un colegio que como consecuencia del derecho de asociación transmite unas obligaciones, unas concesiones fundadas en unas antropologías y creencias? ¿Por qué obligarlo por la vía de las decisiones judiciales, las leyes o por la vía pública a actuar en contra de su ideario ético, moral, antropológico y de sus creencias? ¿Por qué no reglamentar la objeción de la consciencia? Ese colegio que ha sido escogido por unos padres de familia de acuerdo a la misma Constitución, y ellos tienen el derecho de escoger la educación de sus hijos. Que haya otros colegios que enseñan otras cosas, perfecto. Pero lo otro sería un diseño totalitario. Lo mismo con las clínicas. En una clínica que tiene un ideario que considera la vida como una concesión hasta la muerte, ¿por qué se le va a obligar a abortar? Y lo mismo con los otros temas de carácter cultural. Aquí estamos hablando es de un proyecto totalitario que les niega a los padres de familia escoger la educación de sus hijos y que niega una libertad: la libertad de asociación y la libertad de educación que consagra y permite que se asocien ciudadanos para transmitir unas ideas, idearios y concepciones.

 

En esos colegios que siguen lo que usted llama la ‘antropología cristiana’, ¿cómo tratarían, por ejemplo, a un adolescente que descubre que es homosexual? ¿Lo expulsarían?
No, no. Yo ya le dije, ya le explique. Hay una dignidad personal que no se menoscaba. Lo que es inadmisible es que haya una política de Estado para hacer un adoctrinamiento a los ciudadanos en una ideología. Eso es claro. Por eso yo distinguí al lobby, la ideología. Es que el lobby se ha convertido en un emisario político y no le importa la defensa de esas personas, sino instrumentalizarlas políticamente.

Foto: Sara C. Gómez | VICE Colombia

Católico, pirómano, rebelde

¿Alguna vez ha consumido drogas?
No, yo nunca he consumido drogas. Es que cuando es reiterado y habitual, el consumo genera adicción, y la adicción afecta la libertad. Y al afectarla ya no se puede hablar de responsabilidad. Porque si yo no soy libre, no soy responsable.

 

¿Piensa lo mismo del alcohol?
Hay un estudio realizado en la Procuraduría en la época en que fui Procurador por un investigador muy importante, el doctor Juan David Gómez. Se llama Los ocho mitos de la legalización de la droga. Esto de que la droga es equiparable al alcohol es un mito. Se lo recomiendo.

 

¿Usted, que es tan conservador, alguna vez se ha rebelado?
Hoy yo soy un rebelde del establecimiento, un rebelde del régimen, un rebelde de un unanimismo cultural que pretende imponer una ideología. Entonces, hoy quiénes somos los rebeldes frente al establecimiento somos los que tenemos un ideario conservador. Hoy esa es la revolución ideológica-cultural, de acuerdo a la mentalidad gramsciana, la ortodoxia del establecimiento. Hoy quienes nos resistimos y rebelamos tenemos un ideario conservador, cristiano, católico. Hoy, los revolucionarios somos los que queremos el orden. [Risas]

 

Las Farc se consideran también revolucionarias. ¿En algún rincón de su mundo caben las Farc?
Mire, una Farc que entregue todas las armas, una Farc que entregue a todos los niños, una Farc que pague por lo crímenes de guerra y sus delitos de lesa humanidad, una Farc que deje de narcotraficar y que repare a todas las víctimas tendría legitimidad. Legitimidad política y legitimidad moral para intervenir en política. Pero lo que la deslegitima, lo que le hace perder credibilidad es la ausencia de todo ello. Hay un principio de la filosofía clásica que permite ver la unidad en la variedad, en lo múltiple. Un jardín es más hermoso cuando hay distinción de las flores, en sus colores, tamaños y formas. En mi jardín entraría la Farc, pero solo en esas condiciones que les estoy diciendo. No es el caso. Por eso ganamos el dos de octubre. Lo que pasa es que un raponero se robó la flor y se escondió en el Palacio de Nariño.

 

¿Usted de verdad quemó libros?
¿Yo quemé libros? Sí, yo quemé libros. Yo nunca lo he negado. Hace cuarenta años. Yo tengo sesenta y tres años, en ese momento tenía veinte años. [Risas] Entonces, ¿por qué no preguntan qué hizo Humberto de la Calle hace cuarenta años? ¿Por qué no preguntan qué hizo Gustavo Petro hace veinticinco años? ¿Por qué no preguntan qué hizo Doña Claudia López hace veintiocho años?

 

Pero esas preguntas se hacen. 
Yo sé, pero es para que entiendan que hay toda una agenda que hace ridiculizar, estigmatizar y satanizar a algunas personas de la vida nacional, no por lo que ellos han hecho, sino por lo que ellos piensan.

 

¿Se arrepiente de la quema?
No, no me arrepiento. Hoy hubiera actuado de manera diferente, hoy hubiera diseñado políticas públicas. Hace veinte años quemé libros, pero como una actitud reactiva, como una actitud de protesta, revolucionaria, porque hoy, como les decía, en las épocas contemporáneas cada vez es más claro que quienes protestamos y estamos contra el régimen y establecimiento somos nosotros. ¿Quiénes somos nosotros? Pues la gente que tenemos ese ideario conservador.


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