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El presidente Juan Manuel Santos en la clausura de la cumbre. Al fondo, los laureados. Foto:Presidencia

Si la Cumbre Mundial de Premios Nóbeles de Paz de la semana pasada no se hubiera celebrado en Bogotá, probablemente no nos habríamos enterado de su existencia. El evento, que se realiza desde 1999, raramente aparece en la prensa nacional. Es un despliegue de recursos y de lobby para las ciudades que lo alojan, pero a la larga genera poco impacto mediático.

El evento del año pasado, que se hizo en Barcelona (España), no tuvo la atención del periodismo colombiano, ni del español. Ni siquiera por la presencia en el Palacio de Congresos de esa ciudad de Frederik de Klerk —el político que sacó a Nelson Mandela de la cárcel— y de Jody Williams —la activista norteamericana que habla sin pelos en la lengua (a finales del año pasado, Williams dijo que votar No en el plebiscito era tan “estúpido” como votar por Donald Trump)—. Tampoco nos enteramos de la Cumbre cuando se hizo en Hiroshima (Japón), donde Estados Unidos arrojó en 1945 la primera bomba nuclear de la historia. Lo mismo ocurrió cuando el encuentro llegó a Chicago, Berlín y París.

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La irrelevancia mediática de la Cumbre se debe, probablemente, a que en ese espacio no se toman decisiones, ni se activa de manera práctica la movilización ciudadana. Y aunque en Colombia tampoco se lograron ese par de cosas, el impacto fue diferente. El evento fue calificado por la Cámara de Comercio de Bogotá, que lo gestionó, como un “encuentro global del mayor interés”, y por la revista Semana como “uno de los más grandes retos de la historia” de la ciudad. Todos los medios lo cubrimos, y el tiempo de los nóbeles con la prensa estuvo cronometrado. Fue un espacio de regodeo entre las élites de la paz de Colombia y el mundo, incluyendo a los negociadores Humberto de la Calle e “Iván Márquez”. Hubo mucho de vitrina política y de exhibición.

En la apertura, luego de que los nóbeles reflexionaran sobre la llegada de Trump al poder y los conflictos que enfrenta el planeta, el presidente Juan Manuel Santos cambió por momentos el chip de mandatario por el de laureado: en un discurso atípico, habló del amor y de la necesidad de interponerlo al miedo, y pronunció frases reflexivas como “dentro de cada victimario hay una víctima que grita”. El presidente también aprovechó para anunciar ante activistas de la paz de todo el mundo que, gracias a su gestión, el ELN acababa de liberar al excongresista Odín Sánchez y las Farc se encontraban en un gigantesco trasteo hacia las zonas donde dejarán las armas.

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El otro que aprovechó el evento para tratar de echarse flores fue el alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa. Sin embargo, el intento le salió mal: chiflado por buena parte del auditorio, Peñalosa no nos dejó un discurso inspirador, sino una especie de rendición de cuentas. Un rosario de logros que no sustentó en datos y que se refirió a temas tan amplios como salud, educación y transporte. Hasta puso a Transmilenio como un ejemplo de equidad, pese a que el sistema es cuestionado por sus usuarios todos los días en las calles y en las redes sociales.

El alto comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo, echó pullas electorales y dijo que “el interés por el poder a veces tiende a derrotar el interés por la paz”, por lo que es necesario “exigirles” a los próximos candidatos presidenciales que respeten los acuerdos firmados con las Farc. Entre tanto, “Iván Márquez” usó su espacio en un conversatorio para reclamarle públicamente al Gobierno por las demoras en los indultos de los guerrilleros presos y en la construcción de las zonas veredales.

Foto: Paz a la Calle

Rigoberta Mechu, al centro, en la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos. Foto: Paz a la Calle

Pero, también hay que decirlo, la Cumbre sirvió para darles reconocimiento a quienes construyen paz día a día. La organización del evento premió con la medalla al “impacto en la comunidad” al líder social del Chocó Leyner Palacios, víctima indirecta de la masacre de Bojayá, ocurrida en 2002. Palacios fue a la mesa de diálogos de La Habana en representación de las víctimas y ha participado activamente en la búsqueda de verdad, justicia y reparación para la gente de su pueblo. Dijo, al recibir la medalla, que les agradecía “a las víctimas por no multiplicar la violencia”.

Algunos de los nueve laureados que llegaron a Bogotá, entre ellos Rigoberta Mechú, también se reunieron con víctimas, jóvenes, excombatientes y dirigentes campesinos e indígenas en la sede principal de la Asociación de Usuarios Campesinos (Anuc). La Anuc es una organización campesina que nació en 1970 y es considerada como la confederación agraria más grande y combativa que haya existido en el país. Aún se está recuperando de los cientos de muertos que les causaron los paramilitares y las guerrillas en las décadas más sangrientas del conflicto, y la llegada de los nóbeles a su casa de Bogotá es un merecido reconocimiento.

El evento también sirvió para, al final, hacerle un llamado a los gobiernos de todo el mundo para proteger el medio ambiente, superar la pobreza, acabar con la trata de personas, eliminar las armas nucleares y las minas antipersonal, e ir cerrando las brechas de la desigualdad. Un llamado muy similar al del año anterior, que tiene poco eco en la práctica, porque las decisiones se toman al vaivén del juego político y no de los pedidos de los laureados.

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