Ciro Guerra. Foto: Tomás Mantilla

ENTREVISTA | Hablamos con Ciro Guerra y Cristina Gallego sobre su más reciente película, ‘Pájaros de verano’, que se estrenó este jueves 2 de agosto.

Por: Santiago de Narváez*

Las respuestas de esta entrevista las separa una iglesia. Los apartamentos quedan sobre la misma cuadra, pero las entrevistas tienen lugar a horas distintas. Nos encontramos con Ciro Guerra a las 10:30 de la mañana. Esta misma noche presenta su más reciente película, Pájaros de verano, en Rioacha. Con él estará Cristina Gallego, codirectora del largometraje y quien tuvo la idea original del filme. Juntos, Guerra y Gallego han trabajado desde hace más de 15 años. Las pasadas películas (entre las que se encuentran Los viajes del viento o El abrazo de la serpiente) fueron producidas por Cristina y dirigidas por Ciro.

Para Pájaros de verano, la cineasta decidió dar un paso más y ponerse, junto a Guerra, al frente de la dirección de la película. “Fue una transición natural justamente porque la colaboración había sido muy larga durante mucho tiempo y era quitarme el miedo y lanzarme”, dice ella en su apartamento, donde está un acordeón con cuernos, afiches de sus películas anteriores y estatuillas de los distintos festivales en los que han participado. Lo mismo en el apartamento de Guerra, a setenta metros de distancia, sobre la misma calle: un afiche de Cannes, un India Catalina, algunos libros, una hamaca.

Ciro Guerra nos recibe en alpargatas y dice que no sabía que había entrevista. Dos horas mas tarde, Cristina Gallego se come una manzana en su apartamento mientras responde con calma las preguntas.

Pájaros de verano es la historia de cómo se abrió el mercado de la marihuana (y por tanto de la droga) en Colombia. La historia de las rutas, los cultivos y los intermediarios. La historia de la sangre alrededor de la yerba. La historia de la llamada ‘bonanza marimbera’. La historia de cómo una familia wayúu entra al negocio del tráfico de marihuana y cómo las consecuencias personales y sociales de esta decisión son inevitables.

Antes de pasar a la entrevista, invitados a ver el trailer:

¡Pacifista!: ¿Cómo llegaron a este tema de la bonanza marimbera? Han hablado que fue mientras rodaban Los viajes del viento, pero ¿qué disparó la idea de contar la historia del negocio de la marihuana en Colombia?

Cristina Gallego: En Los viajes hay una escena en la que los protagonistas pasan por donde los marimberos. Para hacer esa escena escuchamos muchas historias y nos documentamos. Me documenté porque me parecía súper apasionante todo lo que contaban y decían. Tampoco es que haya mucha literatura, más allá de Leopardo al sol y la Mala hierba o La noche de las luciérnagas. Escuchamos a toda esta gente contando este recuerdo de una época dorada. Pero además las historias de cómo se mataban y desaparecían familias de 300 personas a lado y lado. Con códigos de venganza. No era a lo Pablo Escobar de ‘ponemos una bomba y ya está’. Eso era uno a uno. Uno dice ‘juepucha, realmente esto es una gran película de gángsters no contada’.

Si la idea original era de Cristina, ¿por qué razón decidieron delegarle la escritura del guion a dos terceros (María Camila Arias y Jacques Toulemonde)?

Cristina Gallego: Yo no soy guionista, ni me llama la atención hacerlo. Yo creo que gran parte de los problemas del cine acá es que la gente cree que puede hacer todo.

Ciro Guerra: El guion es algo completamente diferente a la dirección. Nosotros estamos presentes en todo el proceso, lo acompañamos, participamos. Pero nos gusta la idea de que haya guionistas y gente que se dedique a eso. Porque esa ha sido una falencia histórica del cine colombiano: las industrias fuertes del cine se construyen sobre canteras de guionistas muy sólidas. 

Dijiste en una entrevista que no estaban satisfechos con la representación del narcotráfico en el arte colombiano, ¿por qué?

Ciro: Sí, creo que la representación ha sido muy problemática. Primero, se ha terminado en una glorificación de la criminalidad y los victimarios. La manera en que se ha abordado la historia ha hecho que un personaje como Pablo Escobar termine convirtiéndose en ídolo. No se ha encontrado la manera de narrar esa historia para que no se termine convirtiendo en héroes a gente sanguinaria. Por otro lado ha sido explotativa, ha habido una glorificación de la violencia y una subversión de los valores que hace que uno termine identificándose con los criminales más que con las víctimas. No ha habido una reflexión profunda de lo que eso ha significado para el país. 

 

Cristina Gallego. Foto: Tomás Mantilla

Hay una escena al comienzo de la película en la que el gringo les dice a dos personajes Moncho y a Rapayet que le digan no al comunismo. ¿La historia de la bonanza marimbera (y por tanto la historia del narcotráfico en Colombia) puede verse como la historia del capitalismo en este país?

Cristina: Sí, del capitalismo salvaje. Del momento en el que todo se tergiversa. Para mí lo interesante de la historia de la bonanza es cómo Colombia entra de manera inocente en un negocio que es un demonio. Cuando uno se pone a mirar cómo arrancó todo esto, todo el mundo estuvo metido. La cantidad de mulas que bajaban marihuana, la cantidad de gente que estuvo vinculada… Cuando tú llegas a Rioacha hay una vía de tres carriles a lado y lado. Está desde los años 70. ¡En un país donde nunca ha habido doble vía! Tenías entonces seis carriles para que aterrizaran los aviones DC-3. Esta fue una vía que mandó a construir Alfonso López siendo presidente. Claro, después todo se volvió delincuencia y se satanizó pero la forma en que arrancó esto pues fue inocente. La plata de la bonanza marimbera se cambiaba toda en el Banco de la República.

Ciro: Más que sobre narcotráfico, para mí, la película trata sobre cómo el capitalismo en su forma más pura llega a un lugar que no está preparado para él. Y realmente la historia de la bonanza marimbera te cuenta la historia reducida, en diez años, de cómo funciona el capitalismo en las sociedades.

¿A qué te refieres con el ‘capitalismo más puro’?

Ciro: Sin regulación, sin ningún tipo de restricción legal, sin ningún freno policial.

¿Y había una intensión de contar la historia desde una mirada crítica?

Ciro: Creo que la película asume una actitud crítica. Mejor dicho, ¿si no es para asumir una actitud crítica entonces para qué contarlo?

En la literatura colombiana se ha tratado varias veces el tema de un producto o una mercancía que se vuelve un vórtice de violencia. Desde el caucho en La Vorágine, pasando por el banano en Cien años de soledad o más recientemente la cocaína en las narconovelas. ¿Sienten que Pájaros de verano continúa esa tradición?

Ciro: Creo que todos los narradores colombianos, cuando estudiamos la historia de Colombia, lo que vemos es una relación entre el extractivismo y la posición que se le ha dado a Colombia como simple productor de materias primas y cómo esto es la raíz de todas las violencias cíclicas y endémicas.

Cristina: No sé si una tradición, pero es lo que queríamos contar en esta historia: la historia del género, de la incapacidad de mirarnos a los ojos, de contar una película sobre el narcotráfico. Esta historia es la forma de hablar de un tabú. Siempre son los gringos contándonos la historia. Desde Miami Vice, Scareface hasta Narcos. Toda la vuelta del narcotráfico ha sido contada desde allá.

 

¿Qué implicaciones tiene que la película esté hablada en un 80 % en lengua wayúu?

Ciro: Cuando uno está haciendo el retrato de una sociedad, el hecho de que la historia esté narrada en la propia lengua de ellos le da una autenticidad y un misterio que no sería posible lograr de otra manera. Cada lengua es un universo tan particular que, aunque no entendamos las palabras, es mucho lo que podemos captar de ahí y es mucho lo que se trasmite. Es la oportunidad de ver a la gente como es. 

Cristina: Para el público colombiano leer una película con subtítulos en inglés o en francés o en árabe o en ruso va a ser lo mismo que leerla en wayuunaiki. Ahora, poder ver una película colombiana hablada en una lengua indígena genera apropiación por la cultura que es muy fuerte. Creo que con el idioma se le pone un foco cultural a otras cosas.  

La película muestra varias relaciones en permanente conflicto. Una de ellas es la tensión entre tradición y ‘modernidad’. Las tradiciones wayúu frente a los códigos de una nueva economía de mercado que se abre con la droga. Al final parece que termina siempre triunfando la segunda. ¿Por qué?

Ciro: Siento que es una lucha. Colombia dio el salto de ser un país rural a ser urbano de una manera muy abrupta y violenta en muy poco tiempo. Siempre miramos a estas sociedades de Europa con admiración pero a ellos les tomo 700 años el proceso de dejar de ser rurales y pasar a ser urbanos. Nosotros lo hicimos en 50. Siento que en ese proceso algo se quedó atrás. Y es algo sobre lo que nuestra generación está volviendo a mirar.

¿A qué te refieres cuando dices ese ‘algo’?

Ciro: Pues si tú lo ves en todo el arte colombiano contemporáneo desde la música, la pintura hasta la literatura, existe un regreso a buscar esas raíces. Los músicos están volviendo sobre la música pacifica, están volviéndose a reencontrar con el bullerengue. Estamos tendiendo un puente entre lo tradicional y lo más moderno. Nuestra generación creció en una época en la que todo lo colombiano era malo y es una mentalidad colonizada que todavía persiste en mucha gente. Hay gente que es feliz quejándose de que todo en Colombia es una porquería. Y es un remanente que tenemos de los años ochenta en donde nuestro máximo sueño era emigrar a Estados Unidos. Pero ya es claro que ese sueño americano es una pesadilla para la mayoría de la gente. Siento que hay muchas personas que no se comieron ese cuento. Por eso cuando preguntan que por qué los artistas colombianos ahora están siendo valorados en el resto del mundo es por eso: porque hay algo aquí que teníamos para contar que el mundo no conocía. 

Hay una escena que me parece muy llamativa y a partir de la cual se desencadena toda una serie de eventos y es cuando matan al palabrero. Es como la puesta en escena de una tensión que ha estado muy presente en la historia reciente de este país: palabra y violencia. ¿El narcotráfico exige que prime la violencia sobre la palabra?

Ciro: Eso es una lección muy grande que la comunidad wayúu le tiene que dar al país. De cómo ellos encontraron una manera, siendo un grupo de gente que vivía en un territorio con recursos muy escasos y donde la vida era muy difícil, cómo a través de la palabra y de la importancia que le dieron a la palabra, permitió que esa sociedad floreciera en el desierto durante tanto tiempo.

Cristina: La incapacidad que tenemos en este país para aceptar la diferencia es muy grande. Y el querer imponer una sola voz es muy grande. La posibilidad de paz pasa por la palabra. Por ver otras miradas. Y se hace con el que piensa diferente a uno.

¿Crees que en estos años de negociaciones con las Farc y de firma de los Acuerdos de Paz se ha abierto una oportunidad para contar nuevas historias? 

Cristina: Hay un cambio. Antes había mucho miedo de hablar de ciertas cosas. Ahora con todo esto que anda pasando de las Águilas Negras reactivas y la muerte de los líderes sociales es un miedo que vuelve a estar. Yo, que abro tanto la boca, digo ‘qué susto’. Pero claramente el Proceso de Paz le da a uno la tranquilidad y la distancia para investigar sobre temas que no se podían hablar.

Ciro: Yo creo que todo el proceso de bajar la intensidad del conflicto sí ha afectado muchísimo nuestra narrativa. Una película como El abrazo de la serpiente no era viable en el contexto de hace 20 años. De alguna manera lo que estamos haciendo es retomar el país. Yo alcancé a vivir esa época en la que gran parte del país estaba fuera del alcance de nosotros. Como que el país y el territorio no nos pertenecían. Y siento que con las demás artes está pasando lo mismo: se está haciendo un proceso de reapropiar ese país que durante tanto tiempo parecía que no era nuestro.

Me parece significativo que en varias de tus películas la presencia estatal es mínima. Acá por ejemplo solo aparece una patrulla de policía, que es sobornada por los incipientes narcos. En las distintas producciones que llevan encima, ¿hay una voluntad de mostrar la ausencia del Estado en sus películas?

Ciro: No es algo que quisiera mostrar. La ausencia del Estado es una realidad a lo largo de la historia colombiana, entonces es algo que se va a reflejar. Pero no es de ninguna manera intencional, no es que estemos borrando al Estado de nuestras historias, sino que simplemente eso es lo que se veía.

Ciro Guerra. Foto: Tomás Mantilla.

¿Cómo vieron el tema del abandono de La Guajira durante el rodaje?

Ciro: La Guajira es especial porque no se trata simplemente de que el Estado la haya abandonado, sino que las incursiones de la institucionalidad han sido siempre violentas. Y la sociedad wayúu no ha permitido la entrada del Estado por eso. Hoy en día para los wayúu, la manera que tiene la sociedad occidental de penetrar es aún peor: a través del asistencialismo. Es muy claro para los líderes wayúu que esto de que a la gente hay que regalarles todo a los indígenas desprotegidos pues lo único que está haciendo es destruir el tejido social. Porque si lo único que haces es regalarle las cosas a un pueblo, ese pueblo lo único que va a aprender a decir es ‘gracias’. Y vas a tener una sociedad de mendigos. Los líderes wayúu enfatizan eso, de que a pesar de sus buenas intenciones, el asistencialismo es un cáncer.

Cristina: Algo que coincidió fue que cuando rodamos, Weildler Guerra –que fue gerente regional del Banco de la República y gobernador encargado de La Guajira– conoció el guion y nos ayudó. Su sensibilidad hacia la película era grandísima. Pero eso no es frecuente. No sé cuántos gobernadores han pasado por allá en los últimos cinco años. O cuánto tiempo ha estado ese departamento sin gobernación porque están en la cárcel. La ausencia del Estado allá es muy brava.

Hay algunos momentos clave en la película que sabemos que son violentos, pero que no se muestran. ¿Quería saber si ese recurso de no mostrar, de usar la elipsis es intencionado?

Ciro Guerra: Sí, prefiero que la violencia esté por fuera de campo. Es muy fácil hacer show con la violencia y es muy fácil hacer espectáculo con la sangre. Y entiendo que la violencia está presente, sobre todo en una historia como está, pero ya de ahí a hacer el recuento gráfico pues creo que no es necesario. Siempre es más poderoso confiar en la imaginación del espectador. No me interés agredirlo con imágenes grotescas. De la violencia me interesa su impacto, no su espectáculo.

 

Hace unos meses, desde !Pacifista! estuvimos hablando con mujeres indígenas líderes en sus comunidades, y una líder wayúu nos decía que uno de los grandes problemas era que el conflicto había sido narrado siempre desde la voz del hombre, ¿en la ficción colombiana, y en el cine en particular, pasa lo mismo?

Ciro: Sí, siento que es así. Para Cristina era muy importante que la película se contara desde una perspectiva femenina fuerte y desde personajes femeninos fuertes, porque la película abordaba un género tan machista como ha sido esta narrativa [del narcotráfico]. Si como país hubiéramos logrado contar el conflicto desde una perspectiva femenina, es imposible idealizar a gente como Carlos Castaño o Pablo Escobar. Pero como en la narrativa machista se tiende a glorificar al más violento era inevitable que eso pasara. Por eso es que hay que cambiarla.

Cristina: Claramente. Las víctimas de la violencia son mujeres. Creo que hemos estado por fuera del discurso del conflicto, y de la discusión de qué debería pasar y para dónde va la sociedad. En la película, quienes tienen que cargar con todo este peso son las mujeres. 

En una entrevista te oía decir que en el mundo masculino ya sabe uno más o menos qué va a pasar y que pocas cosas sorprenden, mientras que los personajes femeninos están por explorar.

Cristina: Pájaros de verano nace de una idea terca y muy posiblemente tenga muy poco fundamento, que es: ¿dónde están las mujeres? ¿por qué no sabemos nada de las historias de las mujeres? Siempre son como damas de compañía. Nosotros queríamos construir un personaje femenino, que es el de Úrsula, que fuera muy fuerte. Sabíamos que era lo que le iba a dar la vuelta a la película. La pregunta era ¿cómo le damos vida a un personaje femenino fuerte, a una matrona, pero además, a un personaje que es también la figura del oráculo? Se trataba de construir ese personaje con todas sus aristas y conflictos.

Los he oído decir que hoy en día la mayoría del cine que se hace en América Latina es urbano y que se concentra en narrar historias en las ciudades. ¿Es por eso que sus historias tienen como lugar de narración la periferia, la Colombia rural o profunda?

Ciro: La verdad es que yo siempre voy a contracorriente. Primero veo lo que los demás están haciendo y yo luego voy y hago todo lo contrario. Para mi generación de cineastas, el narcotráfico era el tabú absoluto: todo el mundo estaba feliz de decir que no se contaban historias de eso. Y para mí eso era absolutamente ridículo. No podía creer que se estuviera armando un tabú frente a eso porque existía la idea completamente falsa y manipulada de que el cine colombiano sólo hablaba de narcotráfico. Cosa que no es cierta y que obedece a un desconocimiento absoluto de lo que se ha filmado en Colombia.

Cristina: Es una cosa de donde uno viene. Lucrecia Martel y Pino Solanas decían que el cine latinoamericano siempre ha estado en manos de clases medias y altas, las clases estudiadas. Obviamente nosotros hemos estudiado, fuimos a la Universidad, pero nuestra extracción no es de la clase alta colombiana. La familia de Ciro, mi familia es de clase media, pero viene desde muy abajo, y está conectada con lo campesino y no con los grandes poderes. La historia de ellos pueden contarla ellos. Nosotros estamos contando la historia de gente que no ha tenido voz.

 

Un tema que me parece recurrente en tus películas es el tema de los sueños. Acá también es central. ¿Por qué es tan importante para ti narrar el sueño?

Ciro: Eso es una cosa muy cercana a mí de mi relación con el cine desde la infancia. Para mí el cine es una máquina de sueños y ver cine es la actividad más parecida que tenemos a soñar. Cuando tú le ves la cara a la gente saliendo del cine parece como si estuvieran despertando. Y eso es muy lindo. Creo que el cine está conectado por su naturaleza con la naturaleza de los sueños, y es un sueño que se construye a partir de la observación de la realidad. Entonces esa idea de transformar la realidad en sueño es muy interesante y muy poética. El realismo está muy bien y hay muchos directores que lo trabajan de manera magistral pero pues no es el único camino. 

Para los wayúu es algo muy importante…

Ciro: Sí, la relación que los wayúu tienen con el sueño es muy particular. Todas las comunidades indígenas tienen en común la idea de que el sueño es la otra cara de la realidad, pero digamos que, además de esto, los wayúu lo utilizan al sueño como una guía que el ser humano tiene y como una manera de comunicarse con los muertos, que es como la otra gran parte fundamental de su creencia.

¿Cuál fue la recepción de la comunidad wayúu cuando presentaron la película?

Ciro: Realmente la proyección que hicimos en Uribia fue una de las más bellas que he tenido en toda mi vida. Una proyección bajo las estrellas. Electricaribe cortó la luz entonces todo el pueblo estaba a oscuras. La única luz encendida era la del proyector. Todo el pueblo se reunió: teníamos 400 sillas y llegaron más de 1.500 personas. La gente sacó sus mecedoras de la casa, las sillas de su negocio y se puso a ver la película. Para ellos ver su propio idioma en la pantalla era algo que nunca habían visto y la gente entendía esas cosas que sólo podían entender ellos. Estaban muy conectados. Al final, la gente que había vivido la época de la bonanza marimbera me decía que la película les había traído mucha nostalgia, les había hecho recordar mucho. Momentos tanto buenos como dolorosos.

¿Mucha nostalgia?

Ciro: Sí, nosotros pensábamos que iba a ser difícil hablar de esta época con la gente pero realmente los wayúu estaban muy felices de hablar. Muchos la recuerdan como una época muy buena, como una época dorada. Todo el mundo tiene anécdotas, todo el mundo conoció un personaje. Es una historia que a la gente le parece importante recordar. Porque para ellos también hay como una gran lección en esa época que ellos aprendieron y el resto de Colombia no: cuando el negocio evolucionó hacia la cocaína y los carteles, los wayúu no quisieron tener nada que ver con eso y prefirieron enfrentarse al Cartel de Medellín que volver a vivir eso. El Cartel de Medellín fue otra de esas fuerzas colonizadoras que no logró entrar.

En una entrevista a Dago García, él decía que a veces el público es un problema (porque es todo y es nada al mismo tiempo) ¿ustedes comparte esa visión?

Cristina: Uno no puede hacer películas pensando en lo que le guste al público. Hago películas pensando en lo que quiero y quisiera ver. Yo me siento como público, yo soy público. No se trata de pensar en hacer esto para un tipo de público.

Ciro: Sí, yo no trabajo con una idea predeterminada de público. Las conexiones que las películas establecen con el público es algo que uno no puede prever. Yo nunca me hubiera imaginado que una persona de Pakistán se me acercara a decir que la familia de Pájaros de verano era su familia. Nunca me hubiera imaginado que los kurdos, al ver El abrazo de la serpiente, sintieran que esa era la historia del pueblo kurdo. O que en Los viajes del viento la gente del país vasco se iba a sentir identificada con su tradición de los versolares. Son relaciones que no podemos establecer pero que las películas hacen. El cine en ese sentido es muy poderoso.  

Te oí en una entrevista decir que sentías que a los colombianos nos ha sido robada nuestra historia y nuestro pasado ¿Cómo así?

Ciro: La relación que nosotros los colombianos tenemos con nuestra historia es que no sabemos qué pasó. Si hablamos de lo más reciente, no tenemos ni idea de qué pasó en el Palacio de Justicia. No tenemos ni idea de por qué surgieron las guerrillas. Simplemente no sabemos. Las guerras civiles del siglo XIX, que son fundamentales para entender la historia, es algo que no conocen  los colombianos. Simplemente vemos los fenómenos como si fueran nuestra condena, como si estuviéramos predestinados. Y como nadie nos ha contado nuestra historia, porque prefieren enseñarnos la historia de los antiguos griegos a la historia de nuestra sociedad, estamos desconectados de nuestra realidad.

¿Y crees que en ese caso el cine y la literatura tienen un papel importante? ¿qué papel juega la ficción en esta sociedad?

Ciro: Una de las cosas que aprendí de las comunidades amazónicas es que el mundo se crea cuando se cuenta. Nosotros somos el resultado de las historias que nos han contado. Si quieres encontrar la raíz profunda de tanta misoginia en esta sociedad, ve al cuento original de Adán y Eva, ahí está todo. Las historias que nos cuentan son las que crean nuestro imaginario. Tenemos, con el cine, la oportunidad de dejar algo para después de que no estemos y eso para mí es invaluable. El cine es una herramienta a base de sueño y de memoria y esa dualidad es una base sobre la que se puede construir el imaginario del futuro.

Cristina: Es un espacio de reflexión sobre lo que uno es. Las artes y el cine son un espejo. En el cine tienes la posibilidad de ir, viajar, ponerte en la carne del otro. Es la ventana hacia el mundo. Y poder tener cine es poder hablar y es poder conocernos y escucharnos como sociedad. Imagínate que en tu casa nunca tengas un espejo donde verte. ¿Quién eres? ¿Dónde está tu identidad?

* Twitter: @CalvodeNarvaez

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