Ilustración y gráficos: Laura Velasco.

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El gobierno Trump le sacó la tarjeta amarilla a Colombia y amenazó con ‘descertificar’ los esfuerzos del país contra la coca, como ya hizo en los peores años de los noventa, durante la era Samper. El anuncio se dio el pasado 13 de junio en un memorando de la Casa Blanca que aseguraba que ese gobierno consideraba “seriamente” designar a Colombia como un país que falló en cumplir con sus obligaciones en materia de acuerdos internacionales de lucha contra las drogas. La razón, dice el documento, es la insuficiente reducción de cultivo de coca y de producción de cocaína.

Lo que dice el memorando es la última señal de que Estados Unidos le está echando la culpa a Colombia por el alza en el consumo de cocaína en ese país. “Hay señales de alarma preocupantes de que el uso de cocaína y su disponibilidad están al alza en Estados Unidos por primera vez en casi una década (…) Este incremento en la producción [en Colombia] puede estar teniendo efectos dentro de Estados Unidos”, advertía hace un par de meses el informe anual de drogas de drogas que presenta el Departamento de Estado al Congreso gringo.

Sin embargo, los números de consumo de drogas en Estados Unidos cuentan una historia distinta y más compleja, que hace imposible señalar a Colombia como la causa del aumento en su problema de drogas.

En primer lugar, no hay números fiables sobre cuántos consumidores de cocaína hay en Estados Unidos ni cuántos de ellos son usuarios habituales. El número puede incluso estar bajando, como explica Beau Kilmer, uno de los investigadores en política de drogas más juiciosos de Estados Unidos.

De hecho, el Departamento de Estado gringo no parece lograr ponerse de acuerdo. Aunque suena increíble, el mismo informe que le atribuía a Colombia el alza en el consumo de cocaína en Estados Unidos, dice también que “los datos demuestran que el uso de cocaína está cayendo en Estados Unidos y en Europa” (ver página 15 del informe https://www.state.gov/documents/organization/268025.pdf).

“Las cifras de consumo no dicen mucho por sí mismas ya que no todo consumo es problemático. Si alguien consume una vez al mes, entonces esa no debería ser una preocupación prioritaria para el gobierno. Lo prioritario es atender a las personas que muestran un consumo problemático, ellos son los que están en riesgo de sobredosis. Sin embargo, el sistema político no tiene en cuenta esta diferencia, cuando los políticos hablan de consumo casi siempre asumen que es igual a abuso”, afirma Sanho Tree, economista y director del Proyecto sobre Política de Drogas del Institute for Policy Studies.

Tomemos uno de los pocos datos claros que Estados Unidos viene midiendo desde hace dos décadas: el número de nuevos usuarios de distintos tipos de droga (los que se iniciaron) en el último año, una pregunta que viene haciendo todos los años en su encuesta nacional de drogas a unas 20 mil personas.

¿Estas cifras se comportan igual que la cantidad de coca sembrada en Colombia?. Esa es la pregunta del millón.

La primera clave para responder esta pregunta es mirar los números históricos de cultivos de coca en Colombia registrados en el censo que Naciones Unidas hace cada final de año —a partir de fotos captadas en sobrevuelos—. Ese es el censo que comprobó que, tras llegar a su punto más bajo en 2012, Colombia regresó el año pasado a los niveles de coca que tenía durante el gobierno Pastrana.

Si la lógica del gobierno de Trump es correcta, eso significaría que cada vez que creció el consumo de cocaína en Estados Unidos, aumentó la coca sembrada en Colombia. Y, por consiguiente, cuando tuvimos nuestros números más bajos de coca, allá consumieron menos. Pero, ¿qué tan fiable y rigurosa es esta comparación?

De nuevo es muy difícil encontrar una respuesta, como explica Juan Carlos Garzón, uno de los investigadores que ha seguido el tema en Colombia. En primer lugar, porque la cocaína no llega inmediatamente al mercado en Estados Unidos, sino que se puede demorar hasta dos años. Y segundo, porque los cultivos de coca de distintas regiones y ‘edades’ tienen distintos niveles de productividad.

Es difícil establecer la relación. Entre 2001 y 2006 Colombia redujo a la mitad los cultivos de coca, pero el número de nuevos consumidores en Estados Unidos se mantuvo muy estable. Lo mismo sucedió entre 2008 y 2013: cuando Colombia de nuevo redujo a la mitad los cultivos y el número de personas que probaron la cocaína se mantuvo.

De todos modos, hay otro factor que complejiza la ecuación: son tres países —Colombia, Perú y Bolivia— los que concentran casi todos los cultivos de coca en el mundo. Y, siguiendo un fenómeno que los economistas expertos en drogas llaman el ‘efecto globo’, cuando la coca baja dramáticamente en alguno de los países sube en los otros.

Es decir, la coca se suele mover de lugar. Eso explica que, al final, la región nunca haya logrado reducir en la mitad la coca que ha tenido sembrada.

Mientras tanto, ¿qué viene pasando con el consumo de otras drogas ilícitas en Estados Unidos? ¿Solamente aumentan los nuevos usuarios de cocaína?

De nuevo, las encuestas nacionales de drogas en Estados Unidos muestran que el consumo de otras drogas como el LSD viene aumentando a una enorme velocidad (se duplicó en los últimos cuatro años), mientras que el de crack, heroína y éxtasis suben y bajan como un yoyo.

Pero, ¿qué está disparando las alarmas del consumo en Estados Unidos? Una de las razones fundamentales es el aumento de las muertes por sobredosis de droga, al punto de ser uno de los temas más sensibles de la política gringa.

No es un problema solo de la cocaína, que pasaron de 4.000 muertes en 2012 a casi 7.000 el año pasado. De hecho, la cocaína es la cuarta droga que más ha contribuido a las muertes por sobredosis (con más de 30 mil muertes el año pasado solo para opiáceos y más de 12 mil por heroína). Así también lo reconoce Tree, quien afirma que “el consumo de coca ha subido en el último par de años, pero sigue sin ser un problema tan grave como el de los opiáceos, que son responsables de la mayor parte de muertes asociados con el consumo de drogas”.

Eso demuestra que los comportamientos de consumo riesgoso, que explican las sobredosis, han aumentado en varias drogas además de la cocaína, incluidos opiáceos sintéticos como el fentanilo (fabricado en Estados Unidos), la heroína y las metanfetaminas. Es decir, va más allá de la cocaína.

Para complicar aún más las cosas, un número muy alto de sobredosis se está dando por la mezcla de cocaína con otros opiáceos como el fentanilo y la heroína: casi dos de tres muertes por sobredosis que involucran la cocaína eran casos donde se mezclaba con opiáceos.

Y no solo sucede con la cocaína. Como muestran estadísticas del National Institute on Drug Abuse, también se han disparado las muertes por sobredosis con mezclas de opiáceos y benzodiacepinas, medicamentos usados para tratar la ansiedad y el insomnio.

En otras palabras, hay una serie de comportamientos riesgosos en el consumo que se están agudizando y que van más allá de la disponibilidad de cocaína.

“En los Estados Unidos  la cocaína ya no es el principal foco de atención, hace un par décadas mucha gente estaba investigando acerca de la cocaína, ahora no. El principal problema que tenemos entre manos es la crisis de los opiáceos”, asegura Tree.

¿Hay entonces una relación entre coca sembrada y cocaína consumida?

Muy difícil decirlo. Y, pese a sus afirmaciones, el gobierno Trump no lo está demostrando.

Es probable que un mayor número de cultivos en Colombia contribuya a que haya más cocaína disponible en Estados Unidos, aunque —como señalan muchos investigadores— la demanda y la oferta en el mercado de drogas no se comportan igual. Ni siquiera es posible establecer que haya un mayor número de consumidores gringos, aunque sí que hay comportamientos más mortales de consumo.

Así que relacionar los problemas de consumo allá con los de siembra acá parece más una respuesta fácil que una sopesada.

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