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El grupo de hip-hop ‘Todo Copas’ está activo desde 2007. Foto: Daniela (Iris) Echeverry | ¡Pacifista!

Por Pablo Rodero 

 

Reclinado sobre la silla de su estudio de grabación, Ángel Salazar escucha tranquilo las preguntas y se toma tiempo para iniciar las respuestas. Habla en un tono calmado y usa un vocabulario rico, en ocasiones sofisticado. Nada que haga sospechar que pasó buena parte de su infancia deambulando “por callejones donde el diablo es visible”, entre los cambuches y los edificios derrumbados del Cartucho, el centro neurálgico del expendio y el consumo de drogas de la Bogotá de finales del siglo pasado.

“Mucha gente con la que uno dialoga a veces no cree que uno ha vivido todo eso”, dice Ángel, vocalista del grupo de hip-hop Todo Copas, que este año cumple su décimo aniversario. Precisamente el rap, la música que conoció y aprendió a componer en la calle, lo sacó del agujero. “Yo soy calle, yo hago rap de la calle para la calle, porque ese rap que yo construyo está basado en esas experiencias de vida, pero he logrado formarme, he logrado trabajar, he logrado crecer como persona. No habría querido salir de seguir vendiendo drogas y viviendo en la calle si no hubiera sido por el rap”.

Los callejones

El parque del Tercer Milenio es hoy un espacio prácticamente sin vida: una enorme planicie verde en pleno centro de Bogotá por la que apenas camina alguien, pero que ofrece una panorámica de la ciudad y sus cerros. Nada hace sospechar que sobre este inmenso solar se levantó hasta hace menos de dos décadas todo un barrio.

Habitado desde tiempos de la colonia, abandonado tras el Bogotazo y repoblado por desplazados de la guerra, desde los años ochenta el barrio Santa Inés y la calle del Cartucho fueron invadidos por el tráfico de drogas. “Allá, pues, había de todo, incluso había zona residencial, litografías, era un barrio. Pero contando con que entre la calle 7 y la calle 9, entre carreras 10 y avenida Caracas, era casi todo expendio de sustancias, inquilinatos, prostitución… se veía de todo allá”, recuerda Ángel. Él nació aquí y aquí, en una de las zonas residenciales de la zona, se crió. “Crecí en ese sector, El Cartucho, pero con mi familia. No presenté necesidades, era un niño normal hasta los 12 años, cuando falleció mi mamá. Como no tenía yo familiares, entonces fue ahí que yo cogí la calle”.

Corrían los años noventa, los tiempos del ‘gamín’ y la Vendedora de rosas. Ángel pasó a ser simplemente uno más de tantos niños arrojados a las calles de las hipertrofiadas ciudades colombianas. Sin embargo, él parece hoy indemne tras pasar por las calles del Cartucho probablemente porque, como él admite, “yo viví en la calle, pero nunca andaba así, como sucio, porque yo alcancé a consumir basuco, pero muy poquito”.

“yo viví en la calle, pero nunca andaba así, como sucio, porque yo alcancé a consumir basuco, pero muy poquito”

Tras volarse de un internado, su “madrina” fue quien le introdujo en el oficio del microtráfico. “Ella creía que ayudarme era darme trabajo en ese sentido. Me decía: ‘Venga mijo, usted no está haciendo nada, yo lo pongo acá a empacar. Usted no está haciendo nada, trabájeme vendiendo’”. Su vida pasó por un paréntesis cuando decidió marcharse al Vichada, a un internado del Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y de la Juventud (Idipron), donde estudió y trabajó, en una experiencia que recuerda como el paso por un “reality”.

Pero al volver a Bogotá, regresó a un submundo que no abandonaría hasta el desalojo definitivo del Cartucho en 1999.

“El oscuro abismo”

El Cartucho murió entre disturbios en 1999, pero el proceso de desalojo fue lento y paulatino, hasta que el último edificio fue demolido en 2003. El barrio Santa Inés se fue convirtiendo poco a poco en un solar repleto de ruinas, un rincón abandonado de la ciudad a dos cuadras del palacio presidencial.

“Cuando yo volví de allá (del Vichada), había como otra dinámica, ya había cambiado, estaban empezando a tumbar las casas, empezó como ese proceso de acabar con el sector”, recuerda Ángel. “Entonces ya no eran las casas donde uno trabajaba antes, ya eran cambuches improvisados con costales y con lonas. Ahí era donde uno llegaba y le tocaba rebuscarse”.

Para poder afrontar sus turnos de 24 horas “vendiendo sustancias”, el ‘perico’ se volvió cotidiano, parte de la rutina de la calle, “el oscuro abismo en el que se tornó su entorno”. Cuando no había trabajo en el microtráfico, a Ángel le tocaba vender inciensos para reunir los 15.000 o 20.000 pesos que valía una noche en una pensión. Temprano en la mañana salía de esa realidad y cogía la bicicleta de un amigo para ir a estudiar a un externado del Idipron en el barrio Santa Lucía, a seis kilómetros del Cartucho.

El desalojo del Cartucho solo sirvió para regar sus problemas por otras partes de la ciudad. Tuvo un breve paso por un sector que pasó a llamarse El Indulto, en la actual ubicación de la biblioteca de la Universidad Distrital. El expendio, el consumo y los habitantes de calle se reubicaron luego en el centro, en el barrio San Bernardo y, sobre todo, en La L, las dos calles ubicadas tras el cuartel de la Compañía Ayacucho conocidas como el Bronx.

La marginalidad social y el crimen organizado se trasladaban por la ciudad, mientras Ángel lograba salir de ese mundo. “De ahí al acabarse el Cartucho pues ya no había mucho que hacer, ¿no?. Ahí cogí la calle otro poco, pero yo ya estaba estudiando y logré acabar mi bachillerato y conseguí un trabajo que fue en obras públicas”, recuerda. Fue por esa época que él y Smith, un viejo amigo de parche rapero en el Cartucho, grabaron su primera canción en un estudio: Todo Copas.

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Más de 80.000 personas fueron a ver a Todo Copas  en Hip Hop al Parque 2015 Foto: Daniela (Iris) Echeverry | ¡Pacifista!

Arte callejero

La mochila de experiencias que este joven veterano del Cartucho llevaba a cuestas se fue transformando en un rap directo, salido de las entrañas de los barrios y los callejones del centro de Bogotá. “Nosotros grabamos la primera canción y ya. No era un proyecto como tal seguir haciendo música ni nada, sino simplemente grabar esa canción como de hobby”, recuerda Ángel, diez años después. Luego, además, llegó YouTube. “Grabamos nuestro primer video con una cámara video 8, una cosa supremamente básica. Pero el video se empieza a viralizar, empieza a llegar a muchos lados, y empieza la gente a reconocer a Todo Copas como grupo”, cuenta.

En 2008 Todo Copas estrenó su disco de estudio. Cuatro años después, presentó su tercer trabajo en Hip Hop al Parque, y en 2015 volvió al principal festival de hip-hop del país en calidad de invitado con un horario prácticamente de cierre y una afluencia de más de 80.000 personas. Hoy, su canción ‘Experiencias’ cuenta con más de 6 millones de visitas en YouTube, y Ángel se siente “con la energía recargada en aras de aprovechar el décimo aniversario del grupo y darle la importancia que se merece”.

Sin embargo, Todo Copas no es sólo un proyecto musical. No podría serlo, teniendo en cuenta los antecedentes de sus miembros.

“En el 2008 iniciamos un proceso social en la localidad de Los Mártires que se denominó Festival de Arte Callejero. Fue un festival enfocado directamente a llevar arte a los habitantes de calle en lo que era conocido como la calle del Bronx”. Ángel cuenta esta experiencia frente a la pantalla de su computador, repasando viejas fotos del festival, sacadas por debajo de la cintura y bajo la estrecha vigilancia de los ‘sayayines’ del Bronx. “Como nosotros también parchábamos harto allá, nos reconocían y era más fácil como con las personas que manejaban allá la cosa poder conseguir los permisos para hacer las actividades dentro de esta calle”.

El festival se celebró exitosamente durante nueve años, llegó incluso a contar con financiación internacional y llevó talleres de cómic, rap, grafiti y break dance al nuevo agujero de marginalidad de la ciudad, ubicado a espaldas del poder político y económico del país. Pero con el fin del Bronx, llegó el fin del Festival de Arte Callejero, que realizó su última edición en 2016 fuera de la ya desalojada La L.

Ángel sabe que es una rara excepción. La mayoría de sus compañeros de viaje no lo acompañan en esta nueva vida, pero sus experiencias, por terribles que hayan sido, le permiten mantenerse estable. “Fueron momentos muy, muy difíciles, de mucha hambre, muchas necesidades. Pero eso me dio la madurez, me dio como las herramientas para, a pesar de estar solo, sin familia, sin tener a nadie a quien acudir, poder construir mi proyecto de vida”, dice.

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Tras el desalojo del Cartucho. Ángel se dedicó a intentar salir de las calles y a terminar el bachillerato Foto: Daniela (Iris) Echeverry | ¡Pacifista!

Él encontró su puerta de salida del infierno a través de la música y ahora busca que otros puedan hacer lo mismo. Casi todo el último año lo pasó recorriendo municipios en zonas rurales del país realizando talleres de rap para niños con la fundación La Familia Ayara. ¿Puede servir el rap a más jóvenes pobres a salir de un mundo dominado por el abuso de drogas y la violencia cotidiana?

“A mí la música me ha enseñado, me ha salvado, me tiene acá. Bien es cierto que es muy difícil vivir de esto, uno no puede llegar al joven y decirle: ‘Eh, rap y ya, se le solucionó la vida, va a ser un rapero y va a tener plata y todo’. No, pero si va a encontrar una herramienta para desahogarse que no necesariamente va a ser el basuco”.

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