Blanca Nubia Díaz continua buscando justicia para su hija, Irina del Carmen Villero Díaz. Foto: Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado

En los últimos 17 años, Blanca Nubia Díaz se ha dado a conocer en diferentes tribunales: visitó la Corte Constitucional, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía y los tribunales de La Guajira. Los asesinatos de su esposo y su hija de 15 años –en 2000 y 2001 respectivamente– por parte de grupos paramilitares la obligaron a convertirse en una abogada empírica, en una defensora de los derechos humanos.

Blanca Nubia Díaz, como lo dio a conocer el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice) a través de un comunicado, fue secuestrada el pasado 13 de enero por sujetos desconocidos que la obligaron a subirse en una camioneta, la amenazaron y después de unas horas la dejaron en frente del Centro Nacional de Memoria Histórica. De acuerdo con Díaz, los hombres le dijeron “guerrillera sapa”, le cortaron el pelo y posteriormente la abandonaron.

Los días siguientes fueron confusos, dolorosos. Blanca Nubia no quiso hablar con nadie. Interpuso una denuncia ante la Fiscalía e, intuitivamente, atribuyó esta amenaza a la misma razón por la que la han intimidado en anteriores ocasiones: la búsqueda de justicia para el caso de su hija, Irina del Carmen Villero Díaz, integrante de las Juventudes Comunistas en la Guajira, asesinada y abusada en 2001 en los alrededores del municipio de Albania. Este caso, contrario al de su esposo, el líder social Rubén Antonio Loperena, fue declarado de lesa humanidad, por lo que no prescribe.

“Tengo 68 años y estoy cansada, claro, pero no por eso voy a dejar de luchar por averiguar la verdad, por tener algo de justicia”, dice Blanca Nubia Díaz. Accedió en a hablar con nosotros en la tarde del sábado, todavía un poco aturdida por lo que había vivido hace apenas días. Hasta el momento ni la Policía, ni ninguna otra autoriadad, se ha pronunciado sobre la denuncia.Tampoco ha sido posible conocer videos de seguridad o alguna pista que pueda ayudar a esclarecer lo sucedido.

Díaz, por su parte, fue enfática dejar claro que esta no es la primera vez que enfrenta amenazas  –su nieto también está amenazado– y por eso, argumenta, necesita medidas de protección. Esta fue nuestra conversación:

¿Qué fue lo que pasó el sábado 13 de enero?

Yo estaba en mi casa, en un barrio del sur de Bogotá, estaba atardeciendo. Salí a la tienda a comprar un líquido para limpiar la estufa y ahí fue cuando me cogieron. Me subieron en una camioneta, me pusieron un trapo en la boca y me dijeron “guerrillera sapa”.

¿Cuánto tiempo la retuvieron?

No sé, yo me sentía mareada, no me sentía bien. Sé que aparecí como a las 8:30 p.m. en el Centro de Memoria Histórica.  Fui a buscar la casa de una amiga que vive cerca. Ella me ayudó llamando a las brigadas internacionales de paz.

¿Recuerda qué le dijeron en la camioneta?

Me dijeron guerrillera. Me dijeron que no fuera a meterme en campañas políticas. Me pusieron un trapo en la boca.

¿Puede estar relacionado con algunas de las últimas actividades en las que ha participado?

Últimamente estuve en muchas actividades y plantones. Una de las últimas fue de mujeres contra la violencia en el Parque de los Hippies, con Sisma Mujer y con la Ruta Pacífica. También soy integrante de Movice, estoy desde que se fundó.

¿Le había pasado algo así antes?

Varias veces. Me han amenazado mucho. Recuerdo mucho que salí en los panfletos de las Águilas Negras en 2015. Desde que asesinaron a mi esposo y a mi hija me he sentido perseguida.

¿Qué ha pasado con los casos de su esposo y su hija?

A mi esposo lo mataron en Maicao, en el 2000. Le pegaron cinco tiros en la cabeza. Él era un líder de la comunidad, una persona que sabía mucho sobre plantas ancestrales. A mi hija la mataron al año siguiente, el 26 de mayo de 2001. En los dos casos fueron los paramilitares. En ese entonces yo hacía parte de la Asociación Nacional de Mujeres Campesinas, Negras e Indígenas de Colombia –Anmucic –, una organización que tiene más de 30 años de fundada y que ha sido muy perseguida. En agosto de 2001, después de tanta persecución por parte de los paramilitares, me vine para Bogotá.

¿Llegó a Bogotá con medidas de protección?

No. Lo único que me dieron fue un celular y un chaleco. Hace más de dos años que me los quitaron porque dijeron que ya no los necesitaba. Yo igual seguí trabajando con organizaciones sociales que han estado muy amenazadas. No iba a dejar de luchar porque no tenía un chaleco y un celular.

¿Cree que la amenaza es justamente por eso? ¿Por su trabajo?

Yo creo que ellos hicieron un simulacro. Trataron de asustarme, por eso me cortaron el cabello.


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¿Denunció?

Sí, claro. Después de aparecer toda trasquilada los de Brigadas de Paz me llevaron a un salón de belleza. Inmediatamente declaré en Fiscalía, Personería, todo…

¿Ahora cómo va a ejercer su trabajo?

Voy a seguir. Afortunadamente tengo el apoyo de las organizaciones en las que participo. En este momento se habla en el país sobre la paz con la guerrilla, cuando los paramilitares siguen ahí, cometiendo crímenes.

¿Usted notó que la estaban siguiendo?

El 23 de diciembre vino un tipo a mi casa cuando yo no estaba. Mi nieto abrió la puerta y el tipo preguntó por ‘el guajiro’, seguramente por mi hijo. Mi nieto no le respondió, estaba asustado porque el tipo tenía la mano en el bolsillo y no se la sacaba.

¿A sus hijos también los han amenazado?

Sí, han salido en los panfletos.

¿Teme regresar a La Guajira?

Yo voy seguido con el acompañamiento de brigadas internacionales. Allá tengo familia, nietos. Mi hija está enterrada en una ranchería.

Sobre ese caso… ¿Ha avanzado la justicia?

El caso de mi hija está en la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Se sabe que fueron los paramilitares, que fue el comando de ‘Jorge 40’. Sin embargo, no ha habido ninguna condena. A ella la asesinaron en el monte por pertenecer a la JUCO (Juventud Comunista Colombiana).

Este año se cumplen 17 años desde el asesinato de su hija…

Sí, y vivir en Bogotá es muy duro, mis hijos y yo nos sostenemos de artesanías que vendemos. A mí me dicen que deje eso así, que no van a capturar a nadie. Yo siento que no me puedo quedar callada. Así me quede callada me harían daño, como cuando mataron a mi hija. La única opción que me queda es quedarme luchando por la verdad, por algo de justicia.

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