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Hernández representa a 17.000 líderes de la mesa de víctimas de la localidad Rafael Uribe Uribe. Foto: Mateo Rueda | ¡Pacifista!

El cuerpo de Robinson Hernández cuenta una historia. Callos de esos que solo salen cuando uno trabaja duro en el campo recubren sus manos, las arrugas abundan sobre su piel trigueña, sus ojos lucen cansados, y sus extremidades se entumecen todavía por la altura de Bogotá, pese a que vive en la ciudad desde hace diez años.

Robinson Hernández es un desplazado del conflicto armado. Pero su caso es especial y ejemplar: tras perdonar y reconciliarse con sus victimarios, hoy tiene una amistad con uno de ellos, ayuda a otros afectados por la guerra desde la mesa de víctimas del Rafael Uribe Uribe y representa a sus 17.000 miembros.

“Mi nombre es Robinson Hernández Saramullo, pero para las mujeres soy capullo y soy ternura”, canta. Viene de Agustín Codazzi, Cesar y, según cuenta, nació en cuna de oro con varillas de acero. “Soy hijo de mamá campesina y papá campesino, tengo abuelos campesinos y viví lleno de felicidad hasta los 23 años. Yo estaba acostumbrado a vivir sabroso”, recuerda.

Pese a las comodidades que tenía y a la vida de tranquilidad en el campo, Hernández se dio cuenta de que su región tenía algunos problemas por solucionar. Entonces, decidió crear una organización de campesinos, y así pasó de vivir sabroso a huir para salvarse de la muerte.

“En 1995, después de que me vieron en la organización, un grupo de las AUC me fichó. Ellos querían obligarme a que me uniera. Entonces decidí irme de huida para una parcelita que tenía a 17 kilómetros”, cuenta.

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Sus manos tiemblan pues asegura que aun no se acostumbra a la altura de Bogotá. Foto: Mateo Rueda ¡Pacifista!

Pero escapar no bastó. Según relata, pocos días después más de 150 paramilitares llegaron a donde se había escondido y le volvieron a hacer la propuesta, asunto que él consideró una amenaza. “Ya lo tenemos ubicado”, le dijeron. Solo lo querían a él. “A ellos les valió mierda que hubiera más campesinos alrededor de mi parcela porque ellos me querían a mí por motivos políticos”.

Los paramilitares le dieron un mes para responder, pero Robinson les dijo que en tres días les daría una razón bajo la condición de que le respetaran la vida al mensajero. “Les dije que eran una partida de pícaros sinvergüenzas y que no iba a negociar con ellos”, recuerda. Luego volvió a huir.

Se demoró más en llegar el recado a oídos de los ‘paras’ que ese grupo en cerrarle las salidas de Cesar “para evitar que se volara”. Robinson cuenta que, durante cuatro años, tuvo que refugiarse en las casas de sus vecinos, pues ya le tenían precio a su cabeza: hasta 200 millones de pesos llegaron a ofrecer.

Apenado, Robinson cuenta que decidió solicitar protección a las Farc, decisión que le salió cara. Parece un hombre fuerte, pero al recordar a su familia rompe en llanto. Él, sin embargo, niega que esté llorando y dice que es culpa de la altura. El 27 de julio de 1997, los ‘paras’ se adueñaron de sus propiedades, expulsaron a su esposa junto y sus ocho hijos e instalaron sus campamentos ahí.

Tuvo que dejar a sus hijos en diferentes zonas de Cesar para que no les pasara nada. En 2001 llegó a Bogotá, mientras esperaba para poder retornar a su tierra. En la capital decidió integrar un grupo de desplazados, pero tuvo un desacuerdo con otras víctimas y decidió irse para Guaduas, donde los ‘paras’ lo volvieron a encontrar.

Decidió crear una organización de campesinos, y así pasó de vivir sabroso a huir para salvarse de la muerte

Pero no solo los paras. También hombres con brazaletes de las Farc lo buscaron y le prometieron acabar con su vida si no se unía a ellos. Así, por cuarta vez, tuvo que huir.

Volvió a Bogotá con su familia y se instaló en el barrio Diana Turbay, donde vio debió vivir más dificultades. “A uno de mis hijos trataron de meterlo en una olla para que se fuera a consumir droga”, cuenta.

Con el fin de ayudar a quienes han padecido los diferentes flagelos de la violencia, Robinson se unió a la mesa de víctimas del Rafael Uribe Uribe y con el tiempo se hizo líder de esta para garantizar que se cumplan leyes como la 1448 de 2011 sobre actos de verdad, justicia y reparación.

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El punto más importante para Hernández en su papel de líder de víctimas es conseguir que, finalmente, los desplazados regresen a sus tierras. Foto: Mateo Rueda ¡Pacifista!

No busca que las 17.000 víctimas que representa le agradezcan las labores que hace en la mesa. Dice que solo necesita la aprobación de Dios para sentirse bien con su trabajo, aunque lo único que anhela de verdad es poder retornar a la tierra donde vivió sabroso durante 23 años.

Tras haber sido desplazado cuatro veces, cree firmemente en que la paz se discute con el enemigo. Sabe que lo que vivió no se olvida, pero afirma que sin perdón no hay reconciliación.

“Yo me acuerdo de un muchacho que era amigo mío y se volvió paramilitar. Él mató mucha gente y hasta me decía que me iba a matar a mí y que me buscaba porque yo era guerrillero. Yo también lo buscaba y le llegué a hacer unos 16 atentados. Una vez aquí en Bogotá haciendo una vuelta me lo encontré. Me metí la mano al bolsillo como si estuviera armado aunque no cargaba ni una navajita, el hombre se asustó. Yo le pregunté que si tenía miedo, pero finalmente le di un abrazo”, cuenta.

Ese día, su viejo enemigo y Hernández lloraron juntos. Parecieron olvidarse de las viejas rencillas que tuvieron durante el conflicto armado. “Es que el perdón es un ejemplo de Dios”, dice. Sabe que la plata que le den como forma de reparación no le va a devolver todos los años que perdió a causa de la guerra y que la venganza no es una solución.

Hernández no cree en las leyes y dice que pedir su cumplimiento en Colombia es una sentencia de muerte. Pero ya no tiene miedo. A pesar de su visión escéptica, cree en el poder de los colectivos y del trabajo en equipo. Agradece los intentos del Gobierno por construir paz y la oportunidad que le han dado para coordinar la mesa.

Teme por su salud. Sabe que el departamento de Cesar es la única tierra en la que puede ser feliz y sano, aunque también es consciente de que las víctimas lo necesitan aquí, en la ciudad, para que encamine la lucha de otros desplazados.

Canta para no olvidarse de esos años en los que respiraba vallenato, aunque tiene la fe intacta y cree que algún día, finalmente, podrá recuperar lo perdido.

“Robinson vivía en el valle trabajando y ya se fue

Ahora está en Bogotá, aguantando frío, lejos de sus hijos, de los nietos y muje’.

Robinson vivía en el valle trabajando y se perdió

Los rumores en de la calle dicen que los paras son culpables

Don Robinson quiere regresar al valle, con ganas de parrandea’

Sus amigos lo esperan todos los días, porque saben que pronto va a regresar”

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