Violencia San Salvador

Foto: Roberto Escobar EPA

 

Los desafíos que enfrenta un país al hacer el tránsito entre el conflicto y la paz son espinosos. La firma de un acuerdo no es, necesariamente, un antídoto contra la guerra. Tampoco asegura una sociedad pacífica que aprenda a tramitar sus conflictos por vías diferentes a las armadas. En El Salvador, por ejemplo, la violencia se ha ido recrudecido después del fin de su guerra civil.

Este país no había registrado un arranque de año tan sangriento desde que se firmó la paz en 1992. En los dos primeros meses de 2016, El Salvador alcanzó la espantosa cifra de 1.399 asesinatos, más del doble de los que ocurrieron en enero y febrero del año pasado.

Lo más preocupante es que los números de 2015 habían sido los más elevados desde el final del conflicto armado, una estadística que ha convertido a El Salvador en el país más violento del mundo en supuestos tiempos de paz. Hoy, registra una tasa de 104 asesinatos por cada 100.000 habitantes, quitándole a Honduras el dudoso honor de ocupar el primer lugar en el ranking mundial.

El escenario es tan grave que, en este país de 6.3 millones de habitantes, el promedio de asesinatos alcanzó la pavorosa cifra de 24 personas al día en enero, y de 22 en febrero. Estos crímenes provocaron que, a principios de enero, los Cuerpos Pacificadores de Estados Unidos suspendieran su programa “debido a la precaria seguridad de su entorno”.

La violencia en El Salvador — al igual que en Honduras — está vinculada a la encarnada rivalidad de sus pandillas locales, encabezadas por la Mara Salvatrucha y el Barrio 18.

El problema de las pandillas en Centroamérica se originó después de que Estados Unidos deportara masivamente a pandilleros que cumplían allí sus condenas por diversos delitos. La administración de George Bush padre decidió entonces que, después de haber participado activamente en la guerra civil que había terminado ya, era el momento de deshacerse de todos sus convictos centroamericanos. Las debilitadas instituciones salvadoreñas no pudieron contener el desembarco, y se ha generado una guerra abierta de pandillas, cuyas cifras nada tienen que envidiarle a los peores años de la guerra civil.

Las autoridades han intentado solucionar el endémico problema de distintas maneras, pero ninguna ha funcionado. El elevado nivel de corrupción de funcionarios y de policías termina por complicar la situación.

Hasta la fecha, la única estrategia que disminuido el índice de asesinatos es la polémica tregua financiada por el gobierno en 2012, que se sostuvo durante 15 meses. Sin embargo, cuando se resquebrajó, los asesinatos regresaron con más fuerza que nunca.

Algunos observadores señalaron que el estallido de violencia del año pasado -cuando los asesinatos crecieron en casi un 70 por ciento- se debe a la decisión del gobierno de transferir a los jefes de las pandillas a cárceles de máxima seguridad. Producto de ello, se habría interrumpido la comunicación de estos miembros con sus efectivos en la calle.

El presidente del país, Salvador Sánchez Cerén ha insistido en  que la única respuesta es intensificar la persecución de los delincuentes, una estrategia que muchos consideran contraproducente.

Esta historia fue publicada originalmente en VICE News, la plataforma de noticias de VICE. 

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