Luz Dary Díaz. Todas las fotos: Andrés Bermúdez Liévano

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Por Andrés Bermúdez Liévano

Puerto Asís, Putumayo

A Luz Dary Díaz le fumigaron tres veces su pequeño lote de coca en diez años. Una cuarta ocasión, la Policía se lo erradicó manualmente y a la fuerza.

Cada una de esas veces, Díaz –una campesina putumayense de 38 años, manos gruesas y voz timorata– se enjuagó la tristeza y arrancó de nuevo. Tras las primeras ‘fumigas’, como popularmente llaman los cocaleros del Putumayo a los sobrevuelos que rocían un herbicida a base de glifosato sobre sus cultivos, Luz Dary cortó las matas hasta el tronco para dejarlas crecer de nuevo sin el veneno pensado para matarlas. La última vez volvió a sembrar desde cero, en una finca distinta.

Pero siempre volvió a vivir de la coca, como hizo durante más de dos décadas. Hasta el año pasado.

Ahora las cosas son distintas. A finales de julio de 2017, Luz Dary terminó de arrancar su cocal de tres hectáreas y quemó las duras raíces para asegurarse que no volvieran a retoñar.

¿Qué cambió?

La suya es una de las 61 familias cocaleras en la vereda de La Pradera –y de unas 25.000 en todo el país– que ya dieron el paso hacia la legalidad en el marco del Acuerdo de Paz, que por primera vez plantea una solución distinta al problema de la coca a una gran escala.

El 27 de julio Luz Dary terminó de arrancar y quemar su cocal, que la había acompañado dos décadas.

Una vida fuera de la coca

Todo inicio es torpe y La Pradera no es la excepción. Al igual que muchos de sus vecinos, Luz Dary todavía no está del todo convencida de que el Programa Nacional Integral de Sustitución (PNIS) –liderado por el Alto Consejero para el Postconflicto, Rafael Pardo– vaya a funcionar.

“Nosotros no teníamos confianza con el Gobierno. Pensamos que no nos iba a cumplir, que quería que arrancáramos la coca y ya. Porque en el pasado salía la gente a marchar, se llegaba a unos acuerdos y todo eso se quedaba en el papel”, dice Luz Dary, mientras unos potreros enmontados hasta su antiguo cocal.

Pero la confianza se construye paso a paso. “No pensamos que nos iba a dar los 2 millones [de subsidio] cada dos meses. Pero sí nos ha cumplido”, añade, mientras muestra el campo yermo que hasta julio escondía cientos de palos de coca.

Todavía se ven los densos enjambres de raíces y tallos chamuscados. Entre todos ellos, retoñó una solitaria mata que Luz Dary aplasta con su bota de caucho. Un envejecido cacorro de fumigación es el ‘otro’ sobreviviente de las épocas de la coca en este terreno, de esos tiempos que no trajeron riqueza ni tranquilidad a su familia. Solo supervivencia.

Entre los escombros de la coca, retoña una mata que Luz Dary aplasta con el pie.

Al preguntarle a Luz Dary por cuáles son sus planes ahora,  su cara de repente se ilumina:  “Vea, sacha inchi”, dice, extendiendo en su mano un fruto marrón con forma estrellada, como la flor de anís. Al romper el cascarón sale una semilla del tamaño de una moneda de 200 pesos, que recuerda un ojo de venado.

Primero pensó en pimienta pero los precios han caído dramáticamente en dos años, en parte por el contrabando de Ecuador, y resulta costosa porque necesitaría un poste de madera para sostener cada planta.

“Luego oí del sacha inchi y se me metió esa idea en la cabeza”, cuenta. Lo primero que le impresionó es que una semilla que sembró por pura curiosidad se transformó, en menos de tres meses, en un bejuco crecido que a los siete meses ya está listo para cosechar.

Pronto empezó a juntar testimonios positivos. Un campesino en la cercana vereda de Villa Marquesa le dijo que estaba muy contento con sus dos hectáreas de la semilla, apetecida por su alto contenido de omegas para aceites nutritivos.

Algunos granos de sacha inchi.

Un comercializador en Puerto Asís le prometió que se lo compraría en la propia finca, algo que pocos cultivos –aparte de la coca– pueden garantizar y que resulta clave en una vereda como la de Luz Dary, separada por una hora, de moto taxi y un planchón, de la cabecera municipal más cercana. Y en La Hormiga otros cultivadores, que el PNIS la llevó a conocer, la animaron.

Porque, aunque es poco conocida en Colombia, esta planta andina se está extendiendo como opción para la sustitución de coca en regiones amazónicas. De hecho, en Perú –donde también la llaman ‘maní del inca’– tiene una larga historia: los mochica y los chimú la cultivaban hace más de 3.000 años, y luego los incas extendieron su uso.

Luego Inca Garcilaso de la Vega, uno de los escritores más importantes de la Colonia, la mencionó en sus famosas crónicas y el naturalista sueco Carlos Linneo –padre de la botánica– lo incluyó en su catálogo de plantas del siglo XVIII.

“Por allá por Valle de Guamuez la gente está contenta, dicen que los hizo superar la coca. Ahí más me motivó. Bacano uno poder tener en la finca varias cosas, así sea una hectárea de sacha inchi y una de pimienta”, dice Luz Dary, mientras se arrodilla y remueve la tierra donde antes hubo coca. Aparece una pequeña semilla que justo comienza a germinar.

El sacha inchi, una planta amazonica peruana, es apetecido por su alto contenido de omega.

Primeros meses sin la mata

A unos 15 minutos caminando desde su casa de madera, vive un primo de Luz Dary que ya está cosechando sacha inchi y está igual de contento.

En varias trojas de alambre, enredado como un maracuyá se ve un bejuco con grandes hojas corazonadas y frutos verdes. Wilmer Guevara, su sobrino, avanza entre las hileras escogiendo los frutos que ya están marrones y llenando una carretilla. Entre las filas de sacha inchi incluso están sembrando cúrcuma.

A Wilmer Guevara le compran el sacha inchi en la puerta de su finca.

Luz Dary firmó su acuerdo de sustitución, en donde además se compromete a no volver a sembrarla, a mediados de mayo pasado. El 27 de mayo recibió el primer pago mensual de un millón de pesos del Gobierno, destinados a ayudarles a sobrevivir mientras dan el primer paso hacia otros trabajos que sí son legales.

Ese día también comenzó a correr el reloj para Luz Dary y para 61 familias en La Pradera: dos meses después, los cocales de todos quedaron pelados. De hecho, decidieron hacerlo todos juntos, yendo en ‘patota’ a cada parcela y eliminando lote por lote.

Unos días después vinieron funcionarios de Naciones Unidas, de la Agencia de la ONU contra las Drogas y el Delito (Unodc), con GPS en mano para verificar que en efecto hubiera erradicado toda.

 

Abandonado en un rincón, puede verse un viejo cacorro de fumigación.

Pero ahí también comenzaron algunas dificultades que la tienen preocupada. En agosto deberían haber llegado los agrónomos contratados por el Gobierno que le ayudarían a ver qué producto era más idóneo y le traerían semillas. Pasaron septiembre y octubre, pero nada. Noviembre y diciembre, pero tampoco. Enero, ninguna señal de vida.

Hasta febrero les confirmaron que los tenían contratados, aunque a mediados del mes ella seguía esperándolos.

Preocupada por lo que suceda cuando se acabe el año de subsidios, se adelantó y sembró su sacha inchi exactamente en el lugar donde estuvo su cocal.

“Ahí era la preocupación mía. Me decían que de pronto en lo que uno tiene la coca no puede sembrar otro producto porque la tierra está muy cansada por todos los químicos que uno tiene que echarle. Por eso me estaba deteniendo para ver si había posibilidad de que vengan los técnicos a hacer estudios de la tierra. Pero ya no llegaron y nosotros ya habíamos limpiado tres veces en el lugar. Dios quiera que no me que digan que ahí no se puede”, dice.

Luz Dary inspecciona las semillas de sacha inchi que sembró hace una semana.

En cierta forma, Luz Dary es el vivo ejemplo de una de las lecciones aprendidas de Colombia. Por años, el Gobierno –impulsado y financiado por Estados Unidos– le apostó a eliminar la coca a punta de opciones represivas como la aspersión con glifosato o la erradicación manual forzosa, dos estrategias muy costosas pero a la hora de la verdad –como prueba la reincidencia reiterada de Luz Dary– poco efectivas.

El nuevo plan, que el Gobierno de Santos corre para dejar adelantado, consiste en trabajar de la mano con las comunidades para sustituir la coca y, gracias a una inversión en bienes y servicios esenciales como carreteras, agrónomos o electricidad, volver viables otras alternativas. Se llama sustitución voluntaria porque es concertada, aunque –en caso de no entrar al programa– les procede la forzosa.

Un atractivo del sacha inchi es que demora apenas ocho meses en entrar en producción plena.

Que Luz Dary y los demás cultivadores tengan éxito con sus cultivos es clave para que funcione la sustitución de coca en Putumayo, que –con 25.162 hectáreas- tiene la quinta parte de toda la coca en Colombia, según el censo anual que hace Naciones Unidas. Puerto Asís tiene 7.453 hectáreas, solo superadas por Tumaco y Tibú en el Catatumbo.

Solo así se evitará repetir la historia reciente, después de que –con una fuerte inversión de Estados Unidos y el Plan Colombia– en 2010 solo quedaban 4.000 hectáreas de coca en el departamento. Sin embargo,muchos proyectos productivos mal planeados y la debacle de la pirámide de DMG que se llevó por delante los ahorros de miles de personas –incluida Luz Dary– le dieron un nuevo auge a la coca.

Por ahora, el cambio más grande ya se dio: el de mentalidad. Luz Dary, entre el ánimo, el escepticismo hacia el Estado y el miedo, está rompiendo el ciclo que iniciaron sus abuelos cuando llegaron hace 20 años de Cumbitara (Nariño).

“Dios quiera que no sea una ilusión”, dice con cautela. Un rato después, se muestra más optimista. “Ya viendo las cosas, miro que sí, que puede funcionar”.

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