Fotomontaje: Mateo Rueda

Antonio Navarro y Evert Bustamante dejaron sus armas hace casi tres décadas y hoy hacen política sin armas. Fotomontaje: Mateo Rueda

Antonio Navarro Wolff y Evert Bustamante fueron compañeros de lucha. Dentro del Movimiento 19 de abril (M-19) le hicieron durante años la guerra al Estado y participaron de algún modo, en hechos trágicos como la toma del Palacio de Justicia, en noviembre de 1985. Años después, ambos estuvieron de acuerdo con entregar las armas, someterse a la justicia y acceder a la política a través de elecciones democráticas.

En 1990, Bustamante se convirtió en uno de los primeros congresistas del M-19. Salió elegido como representante a la Cámara por Cundinamarca y Bogotá con una de las votaciones más altas de la época. Mientras tanto, Navarro tomaba la decisión más importante de su vida guerrillera: 46 días después de firmar un acuerdo con el gobierno, habían matado a Carlos Pizarro, el máximo comandante de esa guerrilla. En sus manos estaba seguir con el proceso o volver a la lucha armada.

Ambos decidieron, desde su escenario, jugársela por la paz: Bustamante ha sido senador, alcalde, director de Coldeportes y asesor de la presidencia. Navarro fue miembro de la Asamblea Nacional Constituyente, congresista, secretario de Gobierno de la alcaldía de Bogotá y gobernador.

Hoy, paradójicamente, están en orillas opuestas. Bustamante hace parte del Centro Democrático, el partido de oposición al proceso de paz en Colombia; mientras que Navarro ha sido uno de los parlamentarios que más ha apoyado las negociaciones con la guerrilla y la implementación de los acuerdos. En el primer día de las Farc desarmadas, un día después del histórico encuentro entre ‘Timochenko’ y Santos en Mesetas, Meta, los buscamos para que nos contaran su historia. Esto fue lo que nos contaron.

“Bienvenidos a la democracia”

Antonio Navarro, antes y ahora. Fotos: archivo particular y Sara Gómez.

¿Qué significa para el país que las Farc dejen finalmente las armas para hacer política?

Lograr que voluntariamente miles de guerrilleros le entreguen sus fusiles a las Naciones Unidas para convertirse en un partido político es un paso adelante muy importante en el mejoramiento de la situación colombiana. Le están haciendo demasiado ruido a los peros y no están valorando el evento de fondo, hay más concentración en los detalles.

 

Hace 30 años usted estaba a punto de realizar este mismo proceso, ¿qué pasaba por su cabeza?

Carlos Pizarro y yo nos adelantamos al desarme del M-19 y salimos a Bogotá, aún sin haber firmado el acuerdo. En una negociación con el gobierno, él y yo nos adelantamos para ver la situación en las zonas urbanas del país.

Nos subimos a un helicóptero que nos llevó desde Santo Domingo, en el Cauca, donde estaba nuestro campamento, hasta Cali. El helicóptero aterrizó en ese aeropuerto y de ahí nos iban a pasar a un avión, y cuando llegamos se acercó a nosotros un oficial del ejército vestido de camuflado, y ahí me dio escalofrío.

El camuflado había sido nuestro contrincante. Entonces él se acercó, nos dio la mando y nos dijo: “bienvenidos a la democracia”. Eso no se me va a olvidar nunca.

 

¿Usted estaba desarmado en este momento?

Sí, ya estábamos desarmados. Nosotros no íbamos a salir del campamento armados, teníamos escolta pero salimos desarmados.

 

Usted era comandante del M-19, ¿cómo hizo para quitarle el miedo a los cientos de guerrilleros que, como los combatientes de las Farc hoy, sienten que el fusil era su vida?

Ahí tuvo mucha más influencia Carlos Pizarro que yo. En ese entonces yo ya no tenía una pierna y no estaba en la guerrilla rural. Pizarro, en cambio, era el comandante efectivo de las tropas en el terreno y él, que era muy respetado como persona, comandante y como militar invicto, se convenció de la necesidad de la paz.

Cuando él dijo “hay que firmar un acuerdo de paz y hay que desarmarse”, quedó claro que el mejor comandante del M-19 lo decía y que era el camino correcto. Eso sirvió mucho para que la tropa del grupo entendiera que ese era el camino.

 

¿En qué momento se convenció usted que la lucha armada del M-19 había llegado a su fin?  

En ese momento ya estábamos bastante convencidos, pero necesitábamos una reconfirmación. Y llegó cuando salimos a Bogotá, y empezamos a recorrer las ciudades y sentimos el gran respaldo de la gente, su cariño y simpatía me convencí de que la decisión era correcta.

No se había firmado ningún proceso de paz en Colombia, así que estábamos esperando un camino nuevo. Y cuando mataron a Pizarro, 46 días después de firmado el acuerdo, tomamos la decisión de quedarnos en la idea de la paz y nos acompañó un millón de personas en el sepelio de nuestro comandante. Eso le puso el sello definitivo de que habíamos tomado el camino correcto.

 

¿Cuando matan a Pizarro, usted siente miedo o ganas de volver al monte?

En esa época se decía que a todo el que firmaba lo mataban. Pero fue tanto el apoyo público, sobre todo el día que enterramos a Carlos Pizarro, que yo quedé absolutamente convencido que había que continuar por el camino que habíamos emprendido juntos.

 

Usted vive este momento con las Farc desde un escenario completamente diferente. ¿Cómo evalúa este proceso de paz, sobre todo cuando la guerrilla dejó las armas?

Tengo mucha esperanza. Estoy convencido de que para las Farc ya pasó el punto de no retorno y siempre habrá algunos disidentes pero el paso es decisorio e irreversible. La preocupación es que hay un sector de la política colombiana que le está sacando provecho político a oponerse al proceso, y está ayudando a confundir una franja de la opinión pública.

 

Hay personas que lo acompañaron en la lucha revolucionaria y que hoy están en la otra orilla política. ¿Qué piensa, por ejemplo, de la opinión del senador del Centro Democrático Everth Bustamante, quien hoy rechaza el proceso con las Farc?

Yo no estoy de acuerdo con la posición de Everth, pero tengo como principio no pelear con quien piense diferente a mí. Mucho más cuando estuvimos juntos guerreando la vida. Respeto lo que está haciendo, pero no lo comparto.

 

“Las Farc significan un retraso para el país”

Everth Bustamante, antes y ahora. Fotos: archivo particular.

¿Qué significa para el país que las Farc dejen finalmente las armas para hacer política?

En cualquier parte del mundo donde se desactive el terror, la criminalidad o la violencia, debe ser bienvenido. El mundo de hoy está bastante flagelado por la amenaza del terrorismo en varias partes del mundo, así que cualquier fin de la violencia, venga de donde venga, es positiva para la sociedad.

 

¿Cuáles son las diferencias entre el proceso de dejación de las Farc y en el usted participó como guerrillero del M-19?

Nosotros hicimos una dejación voluntaria de las armas, no hicimos ninguna exigencia ni ningún chantaje para entregar nuestros fusiles. Nos sometimos a las normas vigentes, la Constitución de 1886 y las leyes que regían en ese entonces; así que no tuvimos que crear una Jurisdicción Especial de Paz. Fue un sometimiento a la justicia en razón de que aspirábamos a salir a la legalidad política para trabajar por el fortalecimiento de la democracia.

Tampoco fuimos beneficiarios de participación política a dedo. Firmamos y al día siguiente salimos a unas elecciones en las que Vera Grabe y yo resultamos electos como representantes a la Cámara y pudimos participar en la Constituyente de 1991. Ahora, a las Farc se les están dando 10 curules y 16 circunscripciones especiales; además les están dando 20 emisoras, amén de todo el tema de tierras.

 

¿Cómo fueron los momentos previos a la entrega de armas, cuando estaba en la clandestinidad?

Estábamos concentrados en el Cauca, y allá entregamos públicamente las armas. Eso le dio transparencia y confianza al pueblo colombiano. No como ahora, que todo es un misterio. Yo tengo dudas sobre la cantidad de armas que hay en las caletas. Conociendo ese mundo como lo conocía, sé que los comandantes de las Farc tenían muy compartimentadas esas caletas. ¿todos dijeron la verdad sobre la ubicación de esos lugares?

 

¿En qué momento usted se convence de que la lucha armada ha llegado a su fin?

Eso fue un proceso, y el punto de inicio fue el Palacio de Justicia. Esa toma originó una discusión al interior del M-19 sobre lo que había sucedido y nos llevaron en 3 a 4 años a la conclusión de que el camino de la violencia no era el mejor para el país. Eso desembocó en la dejación voluntaria de las armas.

 

En las Zonas Veredales, hay cientos de guerrilleros con miedo por haber entregado sus fusiles. ¿Cómo generarles confianza en que ya no necesitarán un arma para expresarse? 

Esas bases guerrilleras simplemente recibían órdenes de sus comandantes. Por ende, deben ser aceptadas por la sociedad y participar de los planes de reintegración, de estudio, trabajo para que se puedan reintegrar. Los miedos son propios de la violencia que se ejerce y de la que se es víctima en una confrontación.

Es entendible que la sicología de la violencia produce unos temores y unos miedos que la sociedad colombiana debe encargarse de eliminar. Las bases eran campesinos humildes que se enrolaron en las filas de estas organizaciones y por eso hay que darles una salida. Soy partidario de que estos campesinos sean parte del nuevo partido político de las Farc.

 

¿Cómo llega un hombre de ideas revolucionarias a hacer parte de un partido político considerado de derecha?

Una actitud realmente revolucionaria tiene que ver con el fortalecimiento de reglas del juego garantistas para todos los integrantes de la sociedad. En Colombia no hemos tenido reglas del juego claras, lo que hace que tengamos marginalidad y violencia.

Necesitamos modelos de confluencia y yo he llegado a la conclusión de que ese escenario es el centro político. Las Farc, por ejemplo, significan un gran retraso para el país y para la sociedad, porque proponen tesis que no son acordes al tiempo que vivimos.

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