Édgar Bermúdez es uno de tantos policías que han resultado con graves discapacidades en operativos de erradicación forzosa de coca. Todas las fotos de policías y soldados heridos con minas cortesía de: Diego Zamora M / Fundación Prolongar – CNMH

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Por Andrés Bermúdez Liévano y Diego Alarcón

Ciudad Tunal, Bogotá

Hace un par de semanas, seis erradicadores manuales de la Policía resultaron heridos al pisar uno de ellos una mina antipersonal, mientras arrancaban coca en el Guaviare.

Con este accidente, a Colombia la volvieron a rondar los números negros de la erradicación manual forzosa, una estrategia para luchar contra los cultivos ilícitos que no solo ha sido poco eficiente sino muy peligrosa.

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Édgar Bermúdez es la prueba viviente de que esa estrategia no solo no funciona, sino que tiene un altísimo costo humano.

Bajo los lentes color cobrizo de sus gafas de aviador, se esconden las secuelas físicas que le dejaron a este policía guajiro las esquirlas de un artefacto explosivo que mató a uno de sus compañeros y que a él –cuando apenas tenía 25 años- le robaron la vista por siempre. Esto sucedió en 2005, en el norte de Nariño, en medio de un operativo de erradicación.

Lo que no pudieron quitarle, sin embargo, fue la voz. A ella se aferra justamente Édgar, que –guiado por una vieja leyenda familiar que reza que descienden del maestro Lucho Bermúdez- se ha dedicado a su gran pasión: el vallenato.

Su vida hoy se divide entre su esposa y sus dos hijas, decenas de citas médicas, su carrera de psicología en el Externado -becado por la Fundación Tejido Humano- y su carrera como músico.

En las dos últimas, avanza con creces. Ya está por entregar su tesis de pregrado, que propone una hoja de ruta para la reparación de policías y soldados con discapacidad. Y hace unos meses lanzó su disco de vallenato -‘El juglar de la paz’- incluyendo una canción con la que homenajea al Acuerdo de paz, titulada ‘La paz llega a Colombia’.

¡Pacifista! conversó con Édgar sobre su vida, su lucha diaria y la erradicación manual de coca en Colombia.

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¿Usted siempre trabajó como policía en operativos de erradicación de coca?

Prácticamente, aunque no era mi idea. Primero hice el curso de policía y luego el de comando de operaciones rurales. De ahí me mandaron para Llorente, a 45 minutos de Tumaco. Ya estaba tornándose la cosa caliente ahí: estuve ocho meses de comisión, donde cada 10-12 días nos hostigaban y día de por medio mataban a tres o cuatro personas. Era una situación tenaz: había muchos milicianos de las Farc y las autodefensas tratando de ganarse esos espacios.

Nosotros hacíamos muchos operativos: erradicábamos manualmente matas de coca, marihuana y amapola, destruíamos laboratorios donde se procesaba, hacíamos puestos de control y decomisábamos camiones de gasolina, cemento y éter que tenían permisos no muy bien sustentados. Demoramos ocho meses y, gracias a Dios, salimos con vida. Nos relevaron.

¿Adónde se fue entonces?

En ese momento nos mandaron llamar porque se iba a desmovilizar un grupo de 900 autodefensas y la orden del entonces presidente Uribe era que, donde se desmovilizaban estos grupos, tenía que ser copado por la fuerza pública para no cederle espacio a la guerrilla. Así que nos mandaron a un corregimiento que se llama El Ejido, casi limitando con el Cauca, en el municipio de Policarpa.

Allí había matas de coca sembradas en todos lados. No había ningún cultivo de pan coger. Las casas en los patios tenían semilleros con mil, 2 mil, hasta 3 mil matas. Nos ubicamos en un cerro porque el pueblito quedaba en un valle y no nos podíamos quedar por estrategia militar, porque quedábamos muy expuestos.

Por la carretera pasaban los insumos y la mercancía que la guerrilla necesitaba para hacer sus cosas, así que nosotros hacíamos los controles. Como no les dejábamos pasar nada y como les cogimos a tres compañeros de ellos, se calentó el parche.

Foto: Diego Zamora M / Fundación Prolongar – CNMH

¿Qué pasó entonces?

A los trece días de estar ahí, se nos metió un frente de las Farc. Cuando hablamos de frente, le cuento que era la pesada: no 25 ni 50, sino 300 o 400 hombres. Ahí empezó el combate desde la medianoche hasta las 6 de la mañana, casi seis horas.

Cuando se terminó, salimos a hacer un registro y llegamos a una casa que estaba destruida absolutamente. Había cilindros bomba que habían dejado unos cráteres inmensos, ráfagas de ametralladora en las puertas, granadas incrustadas en las paredes, muchas sin explotar, cartuchos de AK-47, de todo.

Llamamos al mayor y nos ordenó hacer un patrullaje avanzado, en un cerro donde no contábamos con detectores de metales ni con perros antiexplosivos. Después de un combate de esos, hermano, uno tiene que prever todo, pero como la intención del señor oficial era que le hiciéramos el patrullaje…

Llegamos a ese cerro y encontramos latas de atún con detonadores incrustados. Había cables, había explosivos, machetes, palas, picas. Toda esa vaina la cogimos y cuando veníamos subiendo la pendiente para llegar a esa casa, un compañero pisó un explosivo que nos habían sembrado. Como que ellos tenían pensado sembrar varios.

O quién sabe si sembraron más, pero el que pisamos fue ese. Ahí murió un compañero de 22 años de edad, que hoy lo tenga Dios en su gloria.

¿Y a usted qué le pasó?

Yo quedé con pérdida total de la visión como se pueden dar cuenta: me hicieron enucleación de ojos y quedé con todo el rostro afectado.

Ya me han hecho varias cirugías: me sacaron un hueso de la cresta iliaca para colocarme acá en la frente, me sacaron piel de la pierna y me la colocaron acá una franja de piel, me cortaron el cuero cabelludo y me lo echaron todo para acá, me volvieron a colocar piel de la pierna aquí. Quedé con cicatrices en el abdomen y acá en los brazos.

Édgar señala múltiples partes de la cabeza a medida que enumera sus cirugías: la frente, la sien, la nariz, la mandíbula…

Además quedé con una afectación acústica. Yo ando con un ruido que es así como ‘zzzzzzzzzzzz’. (Édgar imita un zumbido, como el de un abejorro). Eso se llama tinnitus. Lo logré descubrir cuando estaba estudiando psicología, porque los doctores de la Policía no supieron explicarme nada.

Me hicieron una timpanoplastia con cadena reductora en este oído. Por eso, escucho los sonidos graves en éste y los agudos en éste. A veces los sonidos agudos se me concentran y me toca taparme el oído. Pero todo el tiempo ando con ese ruido interno, que es una incapacidad que la gente no se da cuenta. Es un ruido perturbador.

¿Cómo fue su tratamiento médico?

A mí me hicieron la cirugía en la Policía y quedé con una franja de piel –que venía de la pierna- de cuatro dedos de ancho, una cicatriz de aquí a acá. (Con el dedo, recorre su cabeza de lado a lado).

Si yo me quitaba las gafas en la calle, las personas se persignaban al verle a uno el rostro. Porque yo tenía unos alcaloides acá gruesos, los labios todos torcidos, la nariz peor que ahora, la piel adherida al hueso. Hasta tenía un huequito acá, podía meter el dedito y bajarlo y subirlo.

Un año después volví a la Policía, donde el doctor –que era todo sedentario y flojo, estaba pensionado pero seguía contratando con la institución policial- y me dice “¿Para qué vino, cuénteme?”.

– “Usted me dijo que en un año para ver qué cirugía me hacía”.

– “No, yo no puedo hacerle a usted nada porque el cuero cabelludo ya no cede”

– “¿O sea que usted me está diciendo que voy a quedar con esta cicatriz tan grande en mi cabeza?”

– “¿Pero usted de qué se afana si más calvo soy yo?” Entonces cogió la mano mía y me la puso en la calva suya.

¿Qué sintió usted en ese momento?

Cuando salí del consultorio del doctor, me acuerdo que entré en desesperanza y desilusión. Uno se da cuenta cómo la institución está fijada en otra época de la vida y no le interesa buscar médicos que puedan solucionarle a uno el problema.

Ese trato lo trauma a uno. No lo comprenden a uno como héroe sobreviviente, sino como otro más del montón. Cuando uno lo que necesita es un equipo médico que sea verdaderamente profesional, con ética y con estética.

¿A mí quién me va a responder por mis ojos? ¿Tú sabes qué es la reparación? Tratar de volver a la persona a la situación en la que estaba la persona antes de sufrir el accidente. ¿Sí pillas? Que todas las opciones vayan orientadas a que Edgar diga ‘Oiga, me pasó lo que me pasó pero me siento respaldado por mi Estado’. Yo ese respaldo no lo he sentido.

Uno necesita un equipo médico que sea profesional, con ética y con estética.

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Édgar y sus compañeros no son una excepción. En total, entre 2008 y 2017 murieron al menos 147 integrantes de la fuerza pública en operativos de erradicación, con otros 563 resultando heridos, como muestran las cifras compiladas por la Fundación Ideas para la Paz.

En muchos casos, los erradicadores pisaron minas antipersonal o artefactos explosivos improvisados, como narra el informe sobre víctimas de minas -llamado ‘La guerra escondida’- del Centro de Memoria Histórica, en el que Édgar participó activamente. En otros, fueron el blanco de francotiradores que protegían los cultivos. Y en unos más, fueron emboscados por grupos armados.

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¿Qué pasó entonces?

Yo tenía un as bajo la manga: conocí a la Fundación United for Colombia, dirigida por la doctora Gabriela Febres-Cordero, al doctor Alan González, que es donde se operan las actrices bonitas de la televisión y mucha gente famosa, y al doctor René Rodríguez.

El doctor Alan me colocó un expansor aquí y otro aquí, como la silicona que le ponen a las mujeres. Cada ocho días me inyectaba solución salina y eso se me estiraba la cabeza. Yo iba a la universidad con unos gorritos tan grandes que uno de mis compadres me decía ‘cabeza de corazón’. Después de ocho meses echándome esa solución salina y andar con ese baloncito de caucho, el cuero cabelludo -que supuestamente no estiraba- estiró. Me pusieron grapas en toda la cabeza y me quedó la piel unida. Me reconstruyeron los labios con tejido, me aceleraron el proceso de las células y se me separó la piel del hueso. Me inyectaron folículos de cabello.

 

Foto: Diego Zamora M / Fundación Prolongar – CNMH

¿Y cuál fue el resultado de tantos tratamientos?

Me volvió el alma al cuerpo, porque esas cirugías me han dado la oportunidad de ser un hombre más aceptado por la sociedad.

Pero fíjate que nada de esto me lo hicieron en la Policía. Uno ahí se da cuenta que hay muchos médicos que no quieren estar actualizados y son personas sedentarias, que piensan ‘yo ya tengo lo que tengo y el resto me importa un tiesto’. Gracias a Dios que hay personas que sí se interesan por los demás.

Aún hoy una de las principales estrategias del Gobierno colombiano para eliminar la coca sigue siendo la erradicación manual forzosa. Usted, que sufrió en carne propia el drama de una mina en uno de esos operativos, ¿cree que deberíamos estar haciendo una reflexión distinta?

Yo no comparto con nuestros gobernantes eso de mandar a seres humanos a erradicar ese tipo de cultivos sin saber lo que se van a encontrar. Si son tan buenos para mandar, ¿por qué no se ponen el uniforme y van ellos a hacerlo?

Hoy yo estoy aquí contándote esta historia, pero con nosotros falleció un compañero, dos quedamos ciegos y uno se quedó sin escucha por el oído izquierdo y sigue trabajando con la institución policial. Eso es muy fuerte: la lucha con los seres humanos para ese tipo de procesos no funciona. Y la otra, la aspersión aérea, tampoco funciona porque es muy dañina.

Yo invito al Estado colombiano, si es tan pensante de querer acabar con la droga en el país, a buscar otras estrategias, como hacer pedagogía con las comunidades en las veredas donde siembran esos cultivos y apoyarlos.

¿Cuál es entonces para usted el balance humano de esa política antidrogas?

El impacto social y humano que ha generado la lucha antinarcóticos, metida dentro de la dinámica del conflicto armado entre la lucha antisubversiva, ha sido muy fuerte.

El Estado colombiano podría tener una estadística concreta de cuántos policías y soldados han muerto o fueron heridos, cuántas viudas y cuántos huérfanos han quedado, cuántas mamitas se mueren de pena moral porque no superan la muerte de sus hijos.

Y ese impacto no es solo en la fuerza pública, sino también en la población civil porque nosotros también erradicamos con personas que -por no tener nada más que hacer- van a erradicar cultivos y no saben que agarrar una mata de esas pueda detonarle un campo minado en rama o en telaraña.

Pero, como aquí lo que interesa es mostrarle a los estadounidenses lo que se hace, no importan las pérdidas humanas.

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Solo en 2010 -el año más letal de todos- murieron 31 policías y militares, quedando heridos otros 158. Tras cinco años consecutivos a la baja, estos números comenzaron a subir el año pasado: mientras en 2016 hubo cero muertos y 10 heridos, en el primer semestre del año pasado –que es hasta donde hay cifras- ya había dos policías muertos y 20 heridos.

 Este aumento obedece a que el Ministerio de Defensa reanudó los operativos de erradicación manual forzosa, al mismo tiempo que arrancó el programa de sustitución voluntaria (PNIS) mano a mano con las comunidades bajo el ala del Ministro del posconflicto Rafael Pardo. Mientras la sustitución voluntaria –pensada como la zanahoria- avanza con gran lentitud, la erradicación forzada –en teoría el garrote- se ha multiplicado, generando conflictos con comunidades y dejando episodios confusos como el de Tumaco que dejó un saldo de 8 campesinos muertos.

Esta gráfica -que aparece en el último informe de la FIP sobre la sustitución de coca- muestra el altísimo impacto humano de la erradicación forzosa.

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¿Los policías saben lo que les puede pasar erradicando?

Los policías te enseñan, cuando estás en la Escuela de formación, a ser policía. Te enseñan el Código de Policía de principio a fin, te muestran la Constitución, te enseñan aprestamiento físico y tiro. Pero a ti no te dicen: ‘Usted puede quedar así, entonces tendremos un ordenamiento jurídico especial para cuando ustedes lleguen a sufrir un accidente’. Nadie estaba preparado para eso.

Ahora que estamos en temporada de elecciones, ¿qué le diría usted a los candidatos presidenciales?

Yo invito al presidente que está y al que va a entrar que busquen otra manera diferente de luchar contra los cultivos. Porque bastantes problemáticas sociales hay aquí en Colombia que tiene que sufrir la fuerza pública como para, además, someterlos a un conflicto armado, por no haber tenido la capacidad intelectual de acabar con él muchísimos años atrás.

Son los integrantes de la fuerza pública los que deben sufrir los avatares de la guerra. Y, déjame decirte, las secuelas de la guerra son las peores que pueden existir en el mundo.

¿Ese impacto es sólo físico?

Como dice Carlos Martín Beristain, hay dos tipos de violencias. Cuando una persona vive una catástrofe natural se repone más rápido porque, ¿a quién va a echarle la culpa? Pero cuando es por manipulación humana, son violencias que dejan huellas y traumas, muchas veces imborrables.

Cuando uno adquiere secuelas de esta magnitud -como las que le quedan a compañeros cuando quedan sin brazos, sin pies, con cuadriplejia, con hemiplejia, con paraplejia, con sordera- son muchas las discapacidades.

Y ojo con esto: no son solo discapacidades físicas, sino también psicológicas. Tú sales del hospital de la Policía, te dan una patadita en el trasero y “si te vi no me acuerdo”. No hay un seguimiento psico-social constante, que le permita a uno seguir adelante, poder reorganizar su proyecta de vida y reintegrarse a la sociedad.

La institucionalidad no ha pensado en eso para los integrantes de la fuerza pública que tanto protegemos al país.

¿Cómo afecta su discapacidad su vida cotidiana?

Uno sufre mucho, la verdad: el quedar así -sin ojos, haber tenido la vista y ver la naturaleza, y perderlos por una cuestión de guerra- es fuerte.

De la ciudadanía –y no es por juzgarlos a todos- el 30 por ciento es amable. Qué bueno que fuera todo lo contrario: el 70, el 80 o el 90 por ciento. Nos falta ser solidarios y ponernos en los zapatos del otro.

Quedar así -sin ojos, haber tenido la vista y ver la naturaleza, y perderlos por una cuestión de guerra- es fuerte

¿Y a su familia?

El impacto humano lo vive el policía con su familia. Mis hijas, Camila y Alison, tienen un mundo de interrogantes que yo les voy aclarando poquito a poquito, porque a veces en el colegio los compañeritos las han puesto entre la espada y la pared –por ignorancia- preguntándole por su papá cieguito.

Mi esposa, que tiene que andar conmigo pa’arriba y pa’abajo porque yo dependo de terceras personas, ha dejado de hacer su vida por entregarse a la mía. A veces termina muriéndose primero el cuidador primario que el discapacitado.

Son personas que tampoco son incluidas dentro del ordenamiento jurídico que tiene la institucionalidad policial para responder por el proceso de atención y restablecimiento de derechos de nuestros uniformados.

¿La Policía Nacional es sensible a esta realidad?

Eso todavía no lo tienen claro las instituciones policiales, que solo responden desde la parte contractual, pero no comprenden que estos seres humanos también tienen familia y corazón. Que lloran, sufren y tienen que vivir el día a día e sus secuelas adquiridas por la lucha antinarcóticos y también de la lucha antisubversiva. De hecho, no les importa si llega un policía más o uno menos.

Nos inventamos estrategias para combatir, como el Plan Colombia. Pero no hemos sacado un presupuesto para atender este tipo de situaciones como propone el marco internacional de protección a víctimas, que son la reparación, la restitución, la rehabilitación, la indemnización, la satisfacción y la garantía de no repetición.

Estos policías y estos soldados deberían llamarse héroes sobrevivientes -como los llamo y como titulo mi tesis- porque hacen una función que no la gente del común hace y fueron sometidos a este tipo de violencia por omisión o acción del Estado que no fue capaz de hacer que este conflicto armado se termine.

Foto: Diego Zamora M / Fundación Prolongar – CNMH

¿Un policía está preparado para soportar esta carga mental?

Mire, la Policía fue sumergida en un conflicto armado que no era de ella y se militarizó. Hoy sacan a un policía después de dos o tres años metidos en el combate -después de quién sabe cuántos hostigamientos o cuántos compañeros que vio morir- con problemas psicológicos fuertes que ni siquiera es capaz de expresar porque tiene riesgo de que lo saquen por loco.

Por no poner en riesgo su carrera de ascenso hasta el grado de sargento mayor o para que no lo estigmaticen, comen callado, reprimen esa cuestión en la mente y se hacen más daño.

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Édgar tiene razón: en Colombia no existe un programa especial para veteranos, como el que han creado tantos países -como Estados Unidos o Gran Bretaña- al final de una guerra.

 El espíritu de estos programas es que, más allá de los beneficios laborales ordinarios a los que tienen derecho los uniformados, se reconozca el servicio prestado a la patria y puedan acceder a un tratamiento para las secuelas que les dejó ese conflicto, de manera que puedan integrarse a la sociedad y continuar con sus proyectos de vida.

La ausencia de este tipo de programa en Colombia ha llevado a que miles de soldados y los policías vengan intentando ser reconocidos como víctimas del conflicto en el marco de la Ley de Víctimas, entre otras razones porque es la única manera de acceder a una atención psico-social. 

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¿Qué efectos tiene eso?

A ese policía lo ponen luego a trabajar acá en la calle, porque ni siquiera la Policía tiene un proceso de desintoxicación. ¿A qué me refiero con eso? Compañeros que salen del monte, pensando que todos los que están allá son guerrilleros, llegan a una ciudad y cualquier persona del común le dice algo y de una vez lo van levantando a insultos. Porque está enfermo y la Policía no lo descontamina.

Hay no sé cuántas escuelas de la Policía a nivel nacional, donde se podría hacer programas psico-terapéuticos o de sanación para que logren sacar de la mente el haber visto a tantos compañeros morir.

La institución policial tiene que dejar de pensar todo el tiempo en estar haciendo operativos y más bien en acercarse a su misión de ser ejemplar. Tú buscas por internet ‘policía en Londres’ y ves a un señor ayudando a una anciana a bajarse de un bus, o a cruzar la vía. Y parte de ese trabajo es con los uniformados que salen traumados de los campos de combate. Yo esta es la hora en que no sé si he superado mi trauma.

Yo esta es la hora en que no sé si he superado mi trauma.

¿Qué cambios cree usted que deberíamos hacer en la política de drogas?

Si ahora vamos a volver a trabajar con los Estados Unidos, inventémonos otra estrategia para que no sean los uniformados los que tienen que poner su cuerpo por ir a erradicar esos cultivos. Y que no sea tampoco echar el glifosato.

Hagamos proyectos pedagógicos con los campesinos. Bueno, en tal tierra, ¿qué se da? ¿Se da el café o el maracuyá? Ayudémosle a ellos: erradiquemos y sembremos. Asegurémosle el mercado con la Federación Nacional de Cafeteros, con la central de abastos o con el Éxito. Para que puedan comprar los alimentos, la ropa y mejorar las condiciones de vida. Somos la institucionalidad, así que ayudemos con soluciones.

Foto: Diego Zamora M / Fundación Prolongar – CNMH

Con escenas como la de hace unas semanas en Guaviare -con seis policías heridos mientras erradicaban- que se vuelven y se repiten, ¿qué piensa usted?

Me pongo a pensar que lo que yo hice fue perdido, fue en vano. Que las cantidades de mamitas, esposas e hijos que perdieron a sus familiares fue perdido. Que el Estado no se está dando cuenta que, no importa cuántos millones de dólares se han invertido en el Plan Colombia, eso se ha perdido.

Por último, cuéntenos, ¿qué significa la música para usted?

La música es un proceso de sanación porque le permite a uno sentir paz y darle sentido a la vida, porque nosotros no queremos quedarnos solo con lo que nos pasó.

Por eso montamos nuestra corporación de personas con capacidades diversas –una organización de víctimas y para víctimas- para gestionar y desarrollar proyectos auto-sostenibles. ‘Auto-sostenibles’: ojo con esta palabra. Significa que de esos proyectos queremos subsistir nosotros, sobrevivir nosotros y trabajar nosotros, sin necesidad de estar mendigando nada a nadie.

Nosotros quisimos aportar nuestro granito de arena con esta canción -que se llama ‘La paz llega a Colombia’- para que el otro colombiano se ponga en el zapato del otro por un momento, que sienta que esa persona que quedó con su discapacidad quiere seguir con su proyecto de vida y no quedarse fijado en lo que le pasó.

Y dice así:

Édgar comienza a recitar una estrofa, pero rápidamente abandona la idea. ¿Para qué declamar cuando puede cantarla?

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Esa persona que siempre está ahí / me he dado cuenta que necesita

Una amistad como la tuya, / como la mía y como la nuestra

Para ser más feliz (…)

 

La paz llega a Colombia / Se acerca, ya se asoma

Está en cada persona / Llega la paz

 

Ven colombiano abre tu corazón / dame tu mano y una sonrisa

Ama a tu hermano, siente la brisa / que el tiempo pasa y todo se olvida

Para ser más feliz (…)

 

La paz llega a Colombia / Se acerca, ya se asoma

Está en cada persona / Llega la paz

 

 

* Esta historia fue realizada en el marco de una beca de reportería del Centro Carter sobre la salud mental y emocional de las víctimas del conflicto.

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