Foto: Felipe Chica Jiménez. Tratamiento gráfico: Juan Rubio.

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Por:  Andrés Bermúdez Liévano*

Hoy, cuarenta y un años después de que el presidente de Estados Unidos Richard Nixon les declaró la guerra a las drogas, el enfoque tradicional de prohibición, cárcel y operativos militares para solucionar un problema global deja muchos fracasos y pocos éxitos.

Como mostramos en ¡PACIFISTA! en la primera fase del Proyecto Coca, en Colombia esa guerra no solo fracasó al no poder solucionar el problema, sino que dejó una larga estela de daños colaterales: unas tras otras proliferaron las organizaciones criminales, las oleadas de violencia arreciaron contra comunidades pobres y vulnerables, los consumidores nunca encontraron el acompañamiento adecuado, y el Estado abandonó regiones enteras abandonadas. Miles y miles murieron.

Hoy la pregunta permanece: ¿Cómo eliminar el narcotráfico, cuando desde Estados Unidos y Europa la demanda de cocaína se mantiene?

En Colombia hoy por hoy ya se asoma el intento articulado de encontrar una solución distinta a la confrontación. Con el acuerdo de paz firmado entre el gobierno y las Farc en diciembre de 2016, el país recibió una nueva hoja de ruta que se nutre de las lecciones aprendidas tras décadas de fracasos. Aquí y en todo el mundo.

Ese camino reconoce por primera vez que el narcotráfico es una cadena compleja con actores muy distintos y que, por eso mismo, cada uno de los eslabones requiere una estrategia distinta.

También deja claro que los dos eslabones más débiles –los campesinos que cultivan la coca y los consumidores finales de la droga– no son narcotraficantes y que, en vez de castigos, necesitan soluciones a sus realidades. En el caso de los consumidores, por ejemplo, el acuerdo establece abordar el asunto como uno de salud pública, no penal. Así, Colombia por fin plantea dirigir los operativos militares y judiciales a los actores en el medio: a aquellos de donde realmente vienen la plata y la violencia del narcotráfico.

Pongámosle el ojo al campo

Los cocaleros, por su parte, llevan demasiados años encerrados en el sótano de la cadena de las drogas, subsistiendo en regiones abandonadas a su suerte en las que por muchos años no hubo otras actividades que pudieran garantizarles a ellos y a sus familias una vida digna.

En lo más recóndito de la geografía colombiana no encontraban carreteras por donde sacar productos distintos a la hoja de coca, ni una asesoría para aprovechar mejor sus suelos con cultivos tradicionales, ni una razón clara y contundente para pensar que cultivar algo distinto a la coca podría ser rentable. Tampoco contaban con la presencia del Estado, necesaria para protegerlos de la intimidación de los violentos y fundamental para la promoción de los cultivos alternativos mediante subsidios. Hacían lo que más les servía. No para volverse ricos. No para acaparar poder o fama. Sencillamente, para vivir.

Por eso, la solución a su problema no puede ser la cárcel o la fumigación. La solución debe responder a todas las necesidades insatisfechas y debe ayudarles a encontrar vías legales para salir adelante sin tener que irse del campo. Sin tener que cultivar y vender lo único que, aún hoy, parece ser productivo y rentable en zonas todavía demasiado amplias de Colombia.

Los colombianos arrancamos la etapa de ‘aterrizaje’ del muy esperado acuerdo de paz con una realidad agridulce. Agria porque entramos al posconflicto con 146.000 hectáreas de cultivos de coca, el número más alto desde 2001 y tres veces mayor que cuando comenzó el proceso de paz con las Farc en 2012 (cuando tuvimos la cifra más baja de nuestra historia).

Pero también dulce porque por primera vez el país tiene un plan serio para ayudar a los cocaleros a erradicar la coca y cambiarla por proyectos de vida que les permitan dejar de ser ciudadanos de segunda categoría. El plan entiende que las regiones donde ellos viven –regiones pobres y golpeadas por la violencia– necesitan carreteras, colegios, puestos de salud y, sobre todo, oportunidades.

Hoy lanzamos en ¡PACIFISTA! la segunda parte del Proyecto COCA, una iniciativa que busca, mediante el periodismo, entender quiénes son esos miles de colombianos que en medio de las matas de coca intentan construir una nueva vida; que busca hacerles seguimiento a sus proyectos e identificar, más allá de la retórica que nos heredó la guerra contra las drogas, cuáles soluciones funcionan y cuáles no.

Durante los próximos ocho meses, nuestro equipo periodístico se hará preguntas y buscará exhaustivamente sus respuestas:

¿A qué le apuestan los miles de campesinos que intentan cambiar la coca por otra vida?

¿Con qué sueñan?

¿Qué logros, fracasos y dificultades enfrentan?

¿Estamos realmente cambiando las condiciones en las que vive, o sobrevive, la mitad de la población rural de nuestro país?

¿Cómo podemos nosotros, desde las ciudades o desde la fortuna de no haber terminado sin quererlo en el frente de la guerra contra las drogas, ayudarles a tener oportunidades verdaderas, oportunidades que nosotros damos por sentadas?

El Proyecto COCA, en esta segunda etapa, seguirá siendo un espacio de encuentro para curiosos, como hasta ahora creemos que ha sido su fase inicial. Un espacio para todos aquellos que, como nosotros en ¡PACIFISTA!, se preocupan por darles una cara a quienes más se han visto perjudicados por las erráticas políticas y las violentas luchas para combatir la droga.

Los invitamos a seguirnos en este propósito de entender la complejidad de un drama humano en Colombia y un problema global, y de seguir de cerca las alternativas que se abren para solucionarlo.

Bienvenidos de vuelta al Proyecto COCA.

 

* Coordinador editorial del Proyecto Coca

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