Portada de El Tiempo del 12 abril de 1948.

El Bogotazo no fue tan grave como lo pintan, dicen varios historiadores y documentos.

En esta parte del mundo, la autodestrucción es casi un ritual de paso para las ciudades capitales: en Lima, la huelga general de la policía en 1975 condujo a una serie de revueltas contra el gobierno militar que los peruanos hoy llaman Limazo. En 1989, las estaciones de televisión venezolana transmitieron en vivo mientras los barrios populares de Caracas respondían a las reformas económicas de Carlos Andrés Pérez con una serie de incendios y saqueos que pasaron a la historia con el nombre de El Caracazo.

A Bogotá la destrucción le llegó hace exactamente 70 años. Cuando, dice la historia, una multitud destruyó el centro de la ciudad en retaliación por el asesinato del líder del partido liberal Jorge Eliécer Gaitán. La del 9 de abril del 48 fue una jornada tan violenta que acabó con el tranvía de Bogotá, obligó a reconstruir significativamente el centro histórico de la ciudad y ha sido designada como fecha de inicio para el conflicto armado colombiano.

Pero el Bogotazo no fue tan grave como lo pintan. Al menos eso dice el historiador e investigador del instituto Caro y Cuervo, Felipe Arias Escobar, quien ha recopilado suficientes documentos e investigaciones como para decir que el Bogotazo es un mito.

Felipe Arias Escobar/ Foto por Lucía Romero.

Pacifista!: Usted no niega el homicidio Jorge Eliécer Gaitán, ni las revueltas populares que su muerte desencadenó, entonces ¿cuál es el mito del Bogotazo?   

Felipe Arias: Lo primero que hay que decir es que yo no soy el investigador que ha descubierto esto, yo simplemente me he dedicado a divulgar estos contenidos. Existen suficientes investigaciones que, aunque han pasado desapercibidas por el gran público, coinciden todas en afirmar que ni Bogotá ni el centro de la ciudad pasaron un proceso de destrucción radical el 9 de abril de 1948.

Este proceso de destrucción sí se da, pero no obedece a las revueltas de ese día, sino al afán modernizador propio de la mentalidad del siglo XX. Por ese entonces se buscaba imponer una arquitectura racionalista, de espacios amplios, para dejar atrás la ciudad colonial. Es algo que comienza mucho antes de El Bogotazo, en la década de los 30, y especialmente después de 1938, cuando Bogotá llega a su cuarto centenario.

Muchos de los edificios de la séptima son evidencia de ese espíritu, como el edificio Michoni, donde hoy funciona la personería y el antiguo pasaje Santa Fe, del cual solo queda el Café Pasaje.

¿Si la transformación de la ciudad viene de antes, entonces qué pasa el 9 de abril del 48?

Ese día muere Gaitán, un suceso imprevisto que se termina convirtiendo en una justificación y, más adelante, en un chivo expiatorio para este proceso arquitectónico que venía de antes. A partir de ese momento se genera la creencia de que el reemplazo radical de la arquitectura de la ciudad obedece a los incendios que se vivieron ese día.

El pionero en develar claramente este mito fue el historiador Jacques Aprile-Gniset, quien escribió un libro titulado El Impacto del 9 de abril. El libro tiene un claro sesgo ideológico ya que Aprile-Gniset buscaba resarcir el estigma de turba iracunda y fanática que había caído sobre el movimiento gaitanista. A pesar de su sesgo, el libro aporta documentos interesantes que reflejan cómo, desde el poder, ya existía una decisión de arrasar el centro de la ciudad para reemplazarlo con nuevas construcciones, y cambiar el servicio de transporte de la ciudad incluso antes de El Bogotazo.

¿Cuáles documentos?

Está, por ejemplo, La revista Proa que es el principal órgano difusor del modernismo y el referente por excelencia para el estudio de la arquitectura en Colombia. Durante los años 40, la revista clamaba por un terremoto que arrasase con las edificaciones existentes para construir una nueva ciudad. En el 48 esta misma revista publica una editorial afirmando que El Bogotazo es una gran oportunidad para ampliar la séptima.

También existe un plano de los inmuebles afectados por El Bogotazo que fue levantado por el Gobierno en 1949. El plano muestra que la destrucción se limitó a sitios muy puntuales del centro: siete manzanas en La Candelaria y dieciséis en Santa Fe, la mayoría de ellas con daños solo parciales. El plano también tiene un detalle muy diciente: en el ya se proyectan con líneas punteadas los lugares por donde van a pasar las troncales de la calle 19 y la carrera 10, incluidas varias manzanas que no presentaban ningún daño a causa de El Bogotazo.

Usted también señala que existía un interés empresarial detrás de esta exageración de los daños de El Bogotazo, ¿cuál es ese interés?

Hay dos figuras claves en todo este proceso que son el presidente Mariano Ospina Pérez y el entonces alcalde Fernando Mazuera, ambos socios de empresas constructoras que lideraron el proceso de expansión de Bogotá hacia su periferia. Tampoco creo que necesariamente hayan obrado de mala fe, en esa época la mentalidad imperante exigía que las construcciones de la séptima fueran reemplazadas por edificios racionalistas y que la ciudad comenzara a planearse hacia la periferia.

Este plano, levantado en 1949, señala los inmuebles afectados durante el 9 de abril del 48.

Quizá el mito más grande acerca del Bogotazo es que ese día se acabó el Tranvía, ¿qué fue lo que pasó en realidad con este sistema?

Muchos creen que el tranvía se acabó con el Bogotazo, pero en realidad el sistema funcionó hasta 1951. Hubo, eso sí, daños en una tercera parte de la flota del sistema. Pero el Tranvía se acaba por un capricho de Fernando Mazuera, quien para ese entonces ya no era alcalde sino gerente del tranvía. Él, en sus memorias, cuenta cómo la noche antes de que el concejo decida si el tranvía se queda o no, ordena pavimentar la vías del tranvía. En ese momento, Mazuera se justifica diciendo que era necesario hacer la transición al modelo de los buses a gasolina, que en ese momento eran considerados una tecnología superior y permitían una mejor conectividad entre el centro de la ciudad y estos nuevos desarrollos urbanos de la periferia.

Hasta ahí quedan claras las motivaciones arquitectónicas y urbanísticas que llevaron a construir el mito de El Bogotazo, ¿existieron también razones políticas para exagerar los eventos del 9 de abril del 48?

Es posible. El Bogotazo se convierte  en el referente de hasta dónde no debe llegar la ira popular. La estigmatización de los movimientos de masas en Colombia también encontró en el 9 de abril un chivo expiatorio. Creo que ese día se juntaron varios factores: el deseo de una renovación espacial de la ciudad, el temor a los movimientos de carácter popular y el temor de las élites a que esto se repita.

Durante los años del frente nacional, la estigmatización de la protesta social obedece a esta idea: evitar a toda costa que suceda un nuevo Bogotazo. Luego, durante el paro cívico del 77, López Michelsen asegura de manera temeraria que esto fue un segundo 9 de abril.

Por su relevancia, el Bogotazo también es considerado por muchos como la fecha de inicio del conflicto armado colombiano, ¿si no es esta, entonces cuál?

Durante todo el siglo XIX el bipartidismo construye dos subculturas muy fuertes y profundamente antagónicas. En ese momento era más importante ser liberal o conservador que ser colombiano. Esta mentalidad, esta actitud de excluir por completo al contrario, llega al siglo XX, cuando los partidos pasan a convertirse en fenómenos de masas.

Cuando el liberalismo asume el poder en 1930 hay un cierto sentimiento de revancha, sobre todo en las zonas rurales. A partir de entonces las elecciones se convierten en escenarios permanentes de confrontación y violencia. Esta violencia va a escalar y va ser atizada por las élites. Para 1948, la violencia ya se había desbocado: dos meses antes de ser asesinado, Gaitán recita la oración por la paz pidiendo que cese la violencia.

El Bogotazó creo esa imagen porque fue la primera vez que se evidenció esa violencia que hace 17 se estaba sintiendo en el país. Tampoco creo que el Bogotazo marque un recrudecimiento del conflicto, porque el conflicto ya venía recrudecido, sobre todo tras el regreso de los conservadores al poder en las elecciones del 46.

De ninguna manera quiero minimizar lo que pasó el 9 de abril, al fin y al cabo El Tiempo dejó de circular durante dos días. Claro que lo que pasó durante El Bogotazo fue grave,  pero no tanto por sus proporciones, sino porque nunca había pasado ni nunca volvió a pasar.

ARTÍCULOS RELACIONADOS