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Foto: Diana Suárez/Agencia Colombiana para la Reintegración

En el Valle del Cauca, 74 personas desmovilizadas se forman en horticultura, fruticultura y hotelería. Foto: Diana Suárez/Agencia Colombiana para la Reintegración

 

La escena podría ser un final de película: avioncitos de papel que vuelan por el patio y hombres que ríen mientras se los lanzan unos a otros. Al fondo las montañas y enterrada en el pasado, la guerra. Son excombatientes que, en un acto tan simple como jugar, intentan recuperar la infancia que el conflicto les arrebató. Ese respiro de diversión hace parte de la lucha que emprendieron por reconstruir su vida. Aquí, en un país que sigue enfrascado en la discusión política sobre cómo dejar de echarse bala, ellos buscan otra oportunidad.

Claudia Patricia Berrio Ramírez, profesora de la Escuela Normal Superior Jorge Isaacs de Roldanillo, Valle, fue testigo de esta escena: “Se nos olvida que a ellos, los desmovilizados, la guerra se los absorbió y les quitó la niñez. Ellos se perdieron de cosas que no deberían, entre esas muchos aprendizajes”. Ella es una de las docentes que se encarga de nivelar académicamente a los 74 desmovilizados que están en el programa de reintegración temprana implementado por la Agencia Colombiana de Reintegración (ACR), en tres municipios de ese departamento.

La idea es que, con este modelo, los excombatientes puedan empezar su transición a la sociedad mucho más rápido, pues está pensado para quienes llevan menos de un año de haber decidido escapar de la guerra. No es fácil explicar qué es un proyecto de vida a alguien acostumbrado a pensar cómo sobrevivir, literalmente, el día a día. Mucho menos, cuando se trata de excombatientes que sabían dónde se levantaban pero no en qué paraje armarían un campamento para pasar la noche.

De ahí que la ACR haya identificado que la etapa más crítica en la desmovilización son los primeros 12 meses. Y el modelo de reintegración temprana le apunta a facilitar ese tránsito al conjugar la estabilización emocional, productiva y académica. En palabras de Joshua Mitrotti, director general de la Agencia, se trata de “formar a las personas que se han desmovilizado, en una fase temprana, en competencias que les den la oportunidad de conseguir empleo más rápido y así afianzar su reintegración”.

Foto: Diana Suárez/Agencia Colombiana para la Reintegración

En el programa de reintegración temprana, los desmovilizados ponen en práctica todo lo que aprenden en el aula. Foto: Diana Suárez/Agencia Colombiana para la Reintegración

El programa tiene un componente de formación práctica en las áreas de horticultura, fruticultura y gestión hotelera, que se desarrolla en tres entornos productivos. Esto permite que haya una metodología de aprender-haciendo. Es decir que todos los conocimientos que adquieren en el aula lo ponen en práctica inmediatamente y, en paralelo, avanzan en la estabilización académica del nivel educativo en el que hayan quedado. Además, los excombatientes salen con una certificación de formación laboral que les permite empezar a buscar trabajo.

Para Julián Benavides*, un joven que se desmovilizó de la guerrilla y se forma en el área de hotelería, “este proceso es una oportunidad que tenemos para salir con un buen cartón y defendernos con eso afuera. Esto es un paso más que a uno le da la vida y mi meta es seguir aprendiendo”.

Sin embargo, la parte académica no es el único reto que enfrentan en los entornos. Los desmovilizados llegan al programa de reintegración temprana después de aplicar al proceso para ser seleccionado y no se conocen entre ellos. Es decir, encaran desde el principio la noción del otro, del desconocido y de la convivencia. Durante los tres meses que dura este modelo deben compartir entre ellos las 24 horas del día y aprender a trabajar en equipo: todas las actividades son colectivas. Y las responsabilidades también.

Vea también: Trabajar los sueños: las lecciones de cuatro desmovilizados

“El primer día todos llegamos extraños, pero uno acá se va acogiendo a los amigos, uno va a hablando y se va integrando. Tenemos una buena convivencia y aprendemos muchas cosas todos los días”, explicó Alcides*, quien duró 11 años en el ELN y se desmovilizó a principios de 2016. Sorprende que, a pesar de haber sufrido la guerra en bandos diferentes, las personas que están en el modelo de reintegración temprana terminen tratándose y estimándose como familia. Los extraños caminos de la reconciliación. “Aquí somos una familia, desde los profesionales reintegradores hasta los compañeros. Compartimos mucho, somos unidos y nos ayudamos. Todos estamos pendientes de lo que necesita el otro”, explicó Hugo, un joven que escapó de la guerrilla y ahora sueña con ser profesional.

Silenciar los fusiles es la parte más fácil. Esa es una de las pocas certezas que quedan en medio de la incertidumbre que dejó el resultado del plebiscito. Aferrarse a esta máxima implica empezar a pensar en los desafíos que llegarán cuando se logre un nuevo acuerdo: ¿cómo vamos a reintegrar a los excombatientes que quieren volver y  hoy siguen con el fusil al hombro? ¿Cómo les vamos a decir que ahora sí los queremos de vuelta en la sociedad cuando hace un mes el mensaje fue diametralmente opuesto? Ellos también han vivido parte de la tragedia que es este conflicto de más de medio siglo. ¿Les vamos a dar la oportunidad?

*Los nombres de los excombatientes fueron cambiados por petición de ellos mismos.

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