Foto: El Murcy fotografía

El cine chocoano ha comenzado a despertar, de la mano de productores y directores de la zona. Foto: El Murcy fotografía

Por: Teresita Goyeneche

Las venas eléctricas de una noche lluviosa iluminan la sala de una casa que sirve de sede a la Biblioteca Negra Haile Selassie. Una pandilla de cinco chicos que aparentan unos nueve años tocan a la puerta y, sin esperar respuesta, la abren, entran con ansiedad navideña, gritan todos a la vez. Sus caras redondas y morenas gotean tanta agua como la que ya ha bañado la cancha de fútbol que queda justo al frente.

Hay compulsión en el ambiente. Se suponía que justo aquí sería proyectada “Alias María”, la película del cuarto día de la Semana del Cine Colombiano en Quibdó, gestionado por el Ministerio de Cultura y Ambulante Colombia, pero el invierno eterno de esta ciudad selvática ha cancelado la función.

“¿Se va a presentar la película? ¿al fin va a haber cine hoy?”

La respuesta será negativa y la pandilla, decepcionada y pateando las piedras lisas y húmedas que forran el piso quibdoseño, saldrá a la calle y se perderá en la noche.

Adentro, el artista audiovisual Reison Velásquez seguirá sentado en una silla plástica con los ojos encandilados. Reconocerá que estas cosas pasan, que la lluvia tiene que entrar en el presupuesto de cualquier evento público en la ciudad y a pesar de la decepción por la función cancelada, continuará charlando sobre su tema favorito: el cine.

Reison es un experto en efectos especiales y tecnología audiovisual de 33 años, pelo al ras y brazos de temer. Es co-fundador de Dela Mina Estudios, una de las compañías que ha estado impulsando la producción cinematográfica del Chocó durante los últimos tres años. Su serie “Demian” estrenará un día después.

En Quibdó no hay salas de cine. No ha tenido una desde que hace dos décadas cerró el Teatro César Conto. Esta particularidad, que parece parte de la constante escasez relacionada una y otra vez con el pueblo chocoano, hace pensar que no tener cine es otro de los rasgos que hacen al Chocó ser lo que es: uno de los departamentos más pobres del país.

Pero las cosas no fueron siempre así.

En octubre de 1954, Gabo era reportero de El Espectador y tuvo que cubrir una serie de manifestaciones que se estaban presentando en el Chocó. En uno de los textos que publicó en esos días, “La riqueza inútil del platino colombiano”, el escritor narra la historia de Andagoya, la ciudad que para él era de las más innovadoras y modernas del país.

La serie de crónicas buscaba exponer el abandono y la desigualdad que desde entonces vivía ese punto selvático de nuestro mapa nacional, y esa pieza en particular habla de las riquezas chocoanas provenientes de la explotación minera norteamericana que eran exclusivamente disfrutadas por los gringos que entonces trabajaban las minas y construyeron las primeras salas de cine, a las que solo podían ir blancos.

En el centro de la ciudad hay un casino, con un bar en el que se consumen a menor precio que en el resto del país, licores importados; hay mesas de juego y restaurante. Es una ciudad habitada por hombres de todo el mundo. Por un gordo y simpático italiano, técnico de laboratorio, que puede pasar días enteros hablando de cámaras fotográficas. Por suecos, norteamericanos e ingleses, y colombianos que han olvidado la nostalgia y están allí mejor que en la capital de la República. (García Márquez, 1954).

 “Era la época dorada del Chocó”, dice Gonzalo Díaz Cañadas en la sala de su casa. Es la de dos pisos y paredes blancas en lo más alto del sur quibdoseño. Un lugar donde los gallos cantan a las 11 de la mañana y que, para él, tiene la mejor vista de la ciudad. “Se puede ver la Serranía del Baudó y la Cordillera Occidental”, presume.

El periodista y estudioso de la herencia audiovisual y fotográfica de Chocó viste una camisa hawaiana verde y azul, acompañada de unos jeans y las canas que 53 años han cultivado en su barba, pecho y cabeza.

Gonzalo me cuenta que el primer registro fílmico del Chocó data de 1929 cuando la rica intendencia de Chocó contrató por tres mil pesos a los hermanos Acevedo, una afamada familia pionera del cine colombiano, con el fin de promocionar la buena época por la que pasaba la región.

En los diecinueve minutos de cinta que sobrevivieron al tiempo y la humedad, se puede ver al viejo Quibdó. La ciudad antes del Malecón, cuando el borde del río estaba delineado por casas de madera.

El auge minero había coincidido con el comercio impulsado por los sirio-libaneses recién llegados al país, y la fiebre del oro y el platino traía gente de todas partes del mundo motivados por el dinero que se movía en la región. El intercambio operaba a través de los ríos Atrato y San Jorge y conectaba al Chocó con Cartagena. Fue así como se unió de manera incuestionable el Pacífico con el Caribe.

Foto: El Murcy fotografía

Proyección de cine en la capital chocoana. Foto: El Murcy fotografía

Dentro de los descubrimientos de Gonzalo también están las cintas grabadas por los curas claretianos, que debían mandar a España evidencia de su trabajo evangelizador. Así se produjeron filmes como “Amanecer en la Selva” y “La Isla de los deseos”, que según él cuenta, fue hasta presentada al dictador Francisco Franco.

Más adelante, ya entrado en los 60 y antes del gran incendio que cambió a Quibdó para siempre, se filmó la película “Tierra Amarga”, escrita por el colombiano Manuel Zapata Olivella y dirigida por el cubano, Roberto Ochoa. El asunto es que, aunque sí había entonces algunas salas de cine, como El Salón Colombia, El Salón Quibdó y el mismo César Conto, difícilmente se proyectaban filmes en los que los chocoanos pudieran verse a sí mismos. Hasta aquí podemos decir que esa primera parte de la historia audiovisual del Chocó fue, y en gran medida siguió siendo, escrita y dirigida por la mirada extranjera.

Pero las cosas están cambiando.

En los últimos cuatro años nuevas generaciones de creadores han empezado a asumir la responsabilidad de la narrativa con la que se cuentan sus historias. El letargo al que se ha sometido de manera sistemática a la población chocoana, especialmente después de la desaparición del César Conto, ha formado a la gente de manera inevitable a través de la oferta de los dos canales de televisión colombianos, compuesta en su mayoría por películas norteamericanas y telenovelas.

Chocó ha empezado a despertar de la mano de grandes creadores y gestores, como la organización ChobQuibFilms, o el abanderado de esta nueva ola: el fantástico Jhonny Hendrix, quien a través de sus prolongadas escenas paisajísticas y su fábula exquisita, que cuentan cómo se vive en el departamento, ha logrado retratar fielmente a su tierra y su gente, en películas como Chocó y Saudé. Igual pasa con el afán de Reison, que desde la formación académica en el SENA aboga por que se produzca, bien o mal, pero que se produzca y se ejercite la mano.

Luego está la labor que personas como la bogotana Ana María Arango, que aparte de haber creado documentales impecables como “El Oquendo”, creó un espacio de cine en la Universidad Tecnológica de Chocó, que se llama “Miércoles de Cine”.

Ana María, que es reconocida por Gonzalo como una de las gestoras y documentalistas que se ha puesto la camisa de la cultura audiovisual en la ciudad, llegó a Quibdó hace ocho años a hacer un trabajo antropológico de campo y se quedó. Para hablar con ella fue necesario sacarla por unos minutos de una reunión en un hotel del Centro de la ciudad, en la que estaba con funcionarios del Ministerio de Cultura trabajando la agenda de 2017.

Ana no pierde lo cachaco ni en el acento, ni en la forma de sentir calor, ni en sus gestos, que contrarrestan con la costeñidad pacífica de dos de sus compañeras chocoanas, que también nos acompañan: la bióloga Mabel Torres y la actriz Ifigenia Garcés.

Mientras trabajaban con niños y jóvenes, se dieron cuenta de algo asombroso y un poco triste. Cuando les preguntaban a niños de diez y doce años cosas como “¿qué te gustaría ser cuando grande?” o “¿Qué te gustaría estudiar?”, la mayoría se quedaban callados. Y para ella esto pasa porque muchos de ellos no se sienten con el derecho a soñar.

“No se imaginan de otra manera, creen que están destinados a casarse con un minero, en el caso de las niñas, o a ser rapimotero, si eres niño. Pero el cine es un mundo de sueños, les muestra historias de gente que se atreve a hacer cosas extraordinarias. Por un par de horas te metes en la vida de alguien, que no es la vida de tus vecinos, ni la de la novela de mediodía o de la noche. Es la posibilidad de ver cómo se transforma el mundo”, cuenta para explicar por qué piensa que su labor impulsando el cine de la ciudad es importante.

Para ilustrar el rol que puede jugar el cine en los procesos de transformación, habla del caso de los Montes de María con el Colectivo de Comunicación y sus cines itinerantes. “Ahí estaban los paramilitares y la guerrilla, pendientes de lo que les mostraban, pero no podían decir nada. Justo ahí, en ese momento estaban metiéndoles mensajes de resistencia”. Ana insistió una y otra vez durante la conversación en que soñar es un camino fehaciente de cambio y de crecimiento mental.

Ifigenia, que es, desde el teatro y la actuación, parte de esa nueva movida de jóvenes chocoanos que decidieron decir en voz alta “quiero ser artista” y salieron de la ciudad a formarse para luego volver a casa a sembrar las semillas con insumos locales, también hace parte de la agenda de la Semana del Cine.

La protagonista del corto “El espejo del Alma”, que se presentó en estos días, tiene la belleza de una mujer Grau africana y habla con pasividad, pero con firmeza. Hace tres años, cuando la movida cultural que ahora parece tomar velocidad apenas se encendía, abrió con su socia Luisa Garcés uno de los lugares mágicos que pusieron la chispa. La Cafebrería, un centro cultural/hostal, estaba en una casa quibdoseña, de esas que son engañosas. Uno difícilmente puede imaginar que detrás de esas estructuras, algunas de cemento, otras de madera, tienen jardines infinitos de selva e inmensidad. El asunto es que esa chispa se apagó rápidamente por falta de fondos.

Ella, que trabaja en un colectivo de producción audiovisual que se llama Mojiganga, cuenta que para trabajar cada pieza se convierten en toderos. Aunque su rol principal es la actuación, hace cámara, claqueta, o lo que falte. Por ahora están en la búsqueda de mecenas y ayudas financieras que los lleven a trabajar producciones más grandes. “Pero nos estamos atreviendo… si ya escribimos la historia, vamos y la grabamos, los amigos nos prestan motos para ir a las locaciones y así sacamos el proyecto adelante”.

Durante el lanzamiento de la Semana del Cine Colombiano en Quibdó se proyectó la película “Manos Sucias” y cuenta el co-director de Ambulante Colombia, uno de las entidades fundamentales para la ejecución del ciclo de cine, que en la escena en la que los dos personajes principales, Jacobo y Delio, cantan una canción del Grupo Niche mientras van en una lancha cargada de 100 kilos de cocaína, el público se encendió. Todos cantaron al unísono, se emocionaron y rieron. Así cuentan los mayores que eran los días en el cine cuando todavía operaba el César Conto.

En poco tiempo empezará a operar el Centro Comercial que se está construyendo junto al aeropuerto de la ciudad, y dentro de sus planos se dejan ver unas salas de cine que han generado la expectativa en una ciudad con poca oferta cultural.

En algún momento, antes de que calme la lluvia durante el único día fallido de la Semana de Cine Colombiano, Reison Velásquez justifica su trabajo como cineasta en la necesidad de evolucionar, de dejar que las imágenes en movimiento propongan alternativas de cambio, de dejar que la imaginación nos ponga en el lugar del que vemos o queremos ver en la pantalla.

“En Chocó hay una necesidad de contar y de conocernos… nuestra historia —la historia negra— tiene muchos temas que necesitan ser contados y resueltos”, dice. Entonces, de su ancha espalda parece que se explayaran un par de alas. Es como si se elevara. Y sí, ahí con todo el ímpetu de la causa, chicos como él o Ifigenia nos dicen que es importante que sepamos que existen varios como ellos, como un pequeño ejército en medio de la selva pacífica.

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